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Madrid.- Se dice que ustedes, las jineteras, forman un inmenso ejército
de acaso 100.000 jóvenes mujeres que cambian sexo por dólares.
Se dice que operan por las noches en todas las ciudades cubanas donde
hay extranjeros, y por el día se repliegan a sus casas, donde los
familiares, incluso algunos esposos y compañeros sentimentales,
no ignoran la forma en que sus mujeres se ganan la vida, o la muerte,
si tienen la mala suerte de contraer sida como resultado de contactos
sexuales con viajeros enfermos.
Cuba, no hay duda, se ha convertido
en un destino frecuente para el turismo sexual. Es verdad que no es el
único país del mundo, pero la fama, la mala fama de la Isla
en ese terreno, ya es universal. La ironía es que al inicio de
la revolución se decía que el comunismo había librado
a Cuba de ser el prostíbulo de los norteamericanos, pero el cálculo
que entonces se hacía señalaba un total de 10.000 prostitutas
en todo el país, y ahora se supone que el número es mucho
más alto: se dice, insisto, que la cifra ronda las 100.000 mujeres.
Pero a Fidel Castro esa inmensa
tragedia no parece afectarlo. Más de una vez, con cierto cinismo,
ha declarado que las jineteras cubanas gozan de la especial distinción
de ser las prostitutas más educadas del mundo. Y es cierto:
las hay maestras y médicas, abogadas y dentistas, técnicas
industriales y estudiantes de biología. Las hay alumnas de bachillerato,
que apenas tienen 14 o 15 años, y las hay funcionarias de algún
ministerio que ya pasan de los treinta. Y Fidel Castro tiene razón:
en ninguna parte del mundo las prostitutas están tan educadas como
en Cuba. Sólo que esa observación no mitiga el problema,
sino lo agrava, no exculpa a la revolución, sino la incrimina de
una manera terrible, porque si algo se sabe con toda precisión
es que
a la prostitución no se llega como consecuencia de una decisión
tomada libremente, sino como resultado de una situación en la que
no hay mejores opciones.
A casi ninguna mujer le gusta
irse a la cama con un desconocido. Es muy difícil de creer que
esas muchachitas abrazadas con europeos calvos y barrigones, con canadienses
o latinoamericanos que podían ser sus abuelos, o con cubanos del
exterior, viejos pero adinerados, que viajan a la Isla en busca de sexo,
se entregan por deseo, por amor o por disfrutar de aventuras. Lo hacen,
como todas las prostitutas del mundo, por necesidad. Lo hacen para llevarles
alimentos o ciertas comodidades a sus familiares. Lo hacen para tener
ellas mismas una existencia materialmente digna, aunque terminen emocionalmente
destrozadas.
Castro tiene razón:
lo que diferencia a las jineteras de las prostitutas del resto del planeta
es, precisamente, que las cubanas, en efecto, están educadas. Uno
no ve en Madrid, París o Buenos Aires a médicas o abogadas
que ejerzan la prostitución. Jamás aparece en el periódico
la detención de una prostituta experta en computación, estudiante
de arquitectura o profesora de Física. En todas partes las prostitutas
siempre son pobres mujeres con un nivel muy bajo de educación,
frecuentemente de origen campesino y carentes de apoyo familiar. Eso sólo
ocurre en Cuba. ¿Por qué?
Porque la educación que les proporciona el comunismo no les sirve
para nada. No mejora la calidad de sus vidas. No les permite soñar
con un futuro mejor.
Estamos ante un sistema de
producción absurdo. Un sistema que penaliza la creación
de riquezas y favorece el parasitismo laboral y la promoción no
de los mejores, sino de los que más aplauden y repiten consignas.
Por eso, cuando las jineteras consiguen radicarse fuera de Cuba no continúan
ejerciendo la prostitución, sino retoman sus estudios o comienzan
a trabajar normalmente en empresas convencionales como secretarias, maestras,
ejecutivas o en donde obtengan un salario razonable que les permita llevar
una vida digna, lejos del infiernillo moral y material que dejaron en
la Isla.
La coartada del régimen
es que el jineterismo cubano es una consecuencia de las tentaciones capitalistas
que trae el turismo, actividad que el país se ve obligado a aceptar
para aliviar la crisis económica. Pero esa es una descarada falsedad.
Mallorca es una isla española por la que pasan veinte millones
de turistas todos los años, y es, simultáneamente, uno de
los lugares de España más ricos y con menor índice
de prostitución y enfermedades venéreas.
Lo que provoca la prostitución en Cuba es la estúpida organización
económica y social introducida por los comunistas, culpable de
que los jóvenes padezcan una vida miserable y carezcan de esperanzas
e ilusiones. Y ese fenómeno sólo va a cambiar cuando el
sistema impuesto por los Castro sea sustituido por la humana racionalidad
que acompaña a la democracia y por la eficiencia que trae la economía
de mercado. Hasta que eso no suceda, tendremos que soportar esta tragedia.
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