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Por suerte
no se quedó para semilla. Fueron muchos años soportándolo.
Porque mi vecino, desde que bajó de la Sierra Maestra en
enero del 59 en una de las columnas que recorrió trinfalmente
la Isla, en vez de continuar hasta La Habana, Matanzas lo cautivó
para desgracia nuestra.
Tan pronto pudo, se *asentó* de porque sí en una
casa cuyos habitantes se fueron para losEstados Unidos quizás
adivinando lo que nos caería encima. Yfue entonces que
comenzamos a saber de sus *andanzas revolucionarias*
Lo primero que conocimos, que junto a otros arrestaron al mulato
policía batistiano más conocido por *¿Con
doló o sin doló?, que hizo de las suyas cuando le
caía entre sus manos algún militante del 26 de julio.
Es más, fue su custodio peremne durante el juicio, que
por supuesto, por todo lo que había hecho ¿Con con
doló o sin doló? se mereció el paredón
de fusilamiento en el castillo de San Severino.
Por supuesto, su traje
que algún día fue verde olivo no se lo quitaba de
encima, y cuando nos tropezábamos con él, teníamos
el privilegio(?) de embriagar nuestros pulmones urbanos del olor
a sudor y monte, es decir, a falta de agua y jabón.
Poco tiempo después, trajo de Oriente a su pareja, que
todavía y a pesar de los años transcurridos ignoramos
de qué remoto lugar procedían los dos.
Y la vida siguió su curso y por ende, este proceso político.
Nuestro vecino mientras tanto, ocupó varios frentes, pero
en el orden civil. (Por suerte mandó al olvido su traje
verde olivo) Pero eso sí, nos dábamos cuenta que
teníamos en la cuadra a un rabioso revolucionario después
convertido en un más rabioso comunista que en el mínimo
acuartelamiento, volvía a ponerse el verde olivo (otro,
no el anterior, por favor)
Combatiente de Playa Girón, de la Limpia del Escambray,
de las zafras azucareras, de las siembras de café Caturra,
de tutti cuanti movilización existiera, ahí estaba
él, como el primero.
Ya cuando eso, tímidamente, comenzaron a aflorar los primeros
desengaños con el régimen impuesto, pero sin que
nadie lo demostrara abiertamente. !Y menos delante de él!
Desgraciadamente, eso hizo que la espina negra de la división
política hiciera acto de presencia. Lo que nunca habíamos
padecido, estuvimos a merced de ella. Nos dividimos. Comenzó
el recelo, la vigilancia. Parte de nuestro cubaneo se perdió.Asumimos
el hablar con tacto, con precaución, temiendo que cualquier
frase dicha con las mejores intenciones, se tomara en un sentido
inimaginado. Ya no fuimos los de siempre.
Y en el medio de todo esto, mi vecino haciendo de las suyas.
Como es lógico y debido a su posición incondicional
con el régimen, los todavía ilusos del proceso revolucionario,
lo propusieron para el cargo de presidente del Comité.
Y fueron tantos los años que *ostentó* el puesto
que casi pudo ganarse el título de Presidente Honorario
Cederista.
Por otra parte, mientras esos desengaños o inconformidades
anteriormente mencionados poco a poco iban aflorando, aún
en los mismos que hasta ayer aplaudían cualquier ley o
decreto nuevo que aparecía en el horizonte, se hacían
más latentes en la cuadra. Y cuando captaba que éste
o aquél hacía una crítica al gobierno, lo
tildaba lo mismo de contrarevolucionario, que de desviado ideológico.
Por lo tanto, el inconforme se ganaba un escándalo de padre
y señor mío, y caería para siempre en la
mira de su kolimador, como presunto enemigo de la revolución.
En pocas palabras, fundamentó un cerco sobre nuestras vidas.
Y cualquiera que requería un trabajo así fuere donde
fuere, él era el que daba la información exacta
si lo merecía o no. Su palabra era ley.
En ese tiempo su señora le parió un niño
y todos pensamos que si salía como él, pobre de
nosotros.
Y pasaron otros años. El, incansable. Su lema predilecto
era *que había que ayudar a la Revolución*, siempre
arengando y arengando. Para portavoz no tenía precio.
Ah! Y llegó el Mariel. Fue entonces donde demostró
otra especialidad que le desconocíamos: el de pitcher.
Ignoramos de dónde sacó la cantidad de huevos que
utilizó para tirarle a todos los que optaron por irse,
con la necesidad que teníamos de ese alimento. Lo mismo
de noche que de día. No dormía. No descansaba. Movilizaba
al más pinto de la paloma diciendo que las calles eran
para los revolucionarios, aunque muchos de los revolucionarios
no estaban muy de acuerdo con él. Claro, no estaba solo.
Tuvo sus compinches en esa faena de realizar el huevicidio lanzados
contra los cuerpos de los que se dirigían a ese puerto,
con el propósito de abandonar a Cuba.
El asfalto de la cuadra se tinó de tonos blancuzcos y amarillos
y las mosca hicieron acto de presencia.
Pero no hay verdad más grande que un día tras otro.
Y para no hacer más largo esta semblanza, el tiempo continuó
su inexorable marcha. Nuestro *combatiente* se hacía más
viejo. La situación del País cambiaba no sabemos
si de mal a peor o de peor a mal. Las insatisfacciones ya no eran
de unos pocos, sino de muchos. Crecían. No como la mala
yerba.
Su hijo creció y creció y su señora inició
el viaje sin regreso, aunque podemos destacar que él nunca
quiso que trabajara en la calle. Argumentaba que con su retiro
bastaba para mantener la casa. Una casa que nunca pintó,
que nunca arregló. Parecía que eso no entraba en
sus planes.
Y del Mariel, saltamos para los 94, en pleno Período Especial.
Ay... Cómo añorábamos aquellos huevos que
le tiraron a nuestros compatriotas en los ochenta. !Cuánta
falta nos hacían! Porque conseguir un sólo huevito
no para llenarnos el estómago, sino aunque sea echarle
algo, constituyó
una proeza que algún día alguien debería
escribir aún más sobre ello.
Esos años coincidieron que hubo que hospitalizarlo, no
a los años 90, sino a él. Diabetis e hipertensión
fueron sus dos amantes compulsivas que desde se las descubrieron
en su malgastado cuerpo, no quisieron abandonarlo. Sin contar,
que por una circulación deficiente, comenzara a cojear
ostensiblemente. Pero así todo, seguía en sus tareas
*revolucionarias* pero ya con un perfil un poco más bajo.
Desde entonces, se pasaba el santo día con la santísima
noche sentado en un esquelético sillón en plena
acera, saludando a todos los que pasaban por allí. Y a
la vez, fisgoneando quién visitaba a fulano o mengano,
y qué hora. Y si un auto con chapa TUR se parqueaba frente
a una casa de nuestra cuadra y del carro salían cubanos
de la Comunidad, a lo mejor aquellos mismos que cuando el Mariel
les lanzó huevos, les viraba el rostro con gestos de asco.
Su posición era infranqueable. Opinaba que un comunista
no debía de tratarlos. Con dólares o sin ellos,
seguían siendo traidores.
Pero ese trato de pueblo a pueblo entre nosotros mismos, los de
afuera con los de adentro, sembraba nuevas semillas de reconciliación,
porque en definitiva, la familia era la familia, así se
pensase como se pensase, máxime entre nosotros los cubanos.
Y esto llevó a que mis vecinos poco a poco fueron perdieron
el miedo del comentar la situación reinante, aunque se
refugiaban en analogías, indirectas. Por supuesto, con
él no. Se estableció como un pacto secreto en que
el tema político ni se tocaba. Y si se tocaba no merecía
la pena ni comentarlo.
Mientras tanto, ocurrió lo que menos se pensó. Fue
como un clímax inesperado. En la cuadra durante días
no se habló de otra cosa.
Lo que nadie pudo predecir: su hijo, joven comunista, estudiante
en la universidad matancera, cederista, que tenía le prohibido
hasta saludar a los que no comulgaban con el régimen, una
noche oscura y tranquila, sin más ni más junto a
otros, optó por abandonar al País, en un bote con
dirección, of course, a los Estados Unidos. Los megatones
del comentario explotaron.
Nadie pudo entenderlo. Nadie. Y hasta hoy en día, se continúa
sin entenderlo.
Pensamos que eso fue lo que acabó con nuestro vecino combatiente.
Desde esos momentos se volvió que no hablaba con nadie.
Nunca más volvió a poner el sillón vigilante
en la acera.Nunca más lo vimos vestido de verde olivo portando
en su pecho un ceremillar de medallas cuando asistía a
algún acto político, que temíamos acercarnos
a él en días de tormentas eléctricas.
Hasta que, como nos sucederá todos, no se levantó
más. Sus amantes, la diabetis y la hipertensión
que al parecer fueron las únicas que lo quisieron de verdad,
dejaron exhausto su cuerpo amulatado. Se fue para el San Carlos,
donde por supuesto, los matanceros estaremos obligados a dormir
el sueño eterno, si es que no nos toca los cementerios
del condado de Dade.
Cuando la notica se supo, unos se santiguaron y le pidieron al
Señor que a pesar de todo lo perdona (la piedad por suerte
no la hemos perdido) Otros emitieron un largo y profundo suspiro,
como si se quitaran algo malo de encima.
A su entierro, nos enteramos, partió sin el acompañamiento
de un llanto, sin una cara triste. A lo sumo, lo esperaban antes
de inhumarlo en el Panteón de los Héroes de la Patria,
unos sexagenarios vestidos de verde olivo, con algunas medallas
en sus pechos.
Desde entonces, en mi cuadra se respira otro aire. Está
de más decir el por qué.
Hugo Araña
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