"Adondequiera que va el Papa, realiza actividades muy importantes.
Pero ninguna lo es tanto como la celebración de la misa.
Yo también quiero celebrar la misa con ustedes". Son
las 9:15 p.m. Sobre la mesa de la sala, el padre José Conrado
ha dispuesto el pan y el vino como lo hará habitualmente
en su parroquia santiaguera de Santa Teresita de Jesús. La
habitación está repleta y algunos han decidido tomar
asiento en el piso. Hay un senador a mis pies. También hay
periodistas, académicos, jueces, comerciantes, estudiantes
y unos cuantos anónimos parroquianos de Cambridge católicos,
protestantes, judíos, agnósticos y ateos que
hemos venido a esta cena que se celebra en su honor. "Sea breve,
padre", ruega la anfitriona. "La misa dura lo que dura
la misa", responde él.
A las 11 de la noche consigo su atención. Su estilo llano
y alegre "Alegre es mi segundo apellido" facilita
el intercambio. Mañana, a primera hora, tendrá lugar
esta entrevista.
¿Tras la
visita del Papa en 1998, aumentó el número de cubanos
que se acercó a la Iglesia Católica. ¿Fue
éste un fenómeno momentáneo o ha sido un
proceso sostenido?
Inmediatamente después
de la visita del Papa, sí se notó el aumento de
personas que iban a la iglesia. También hubo una mayor
receptividad de la gente a la labor realizada por la Iglesia en
la preparación de la visita, que fue realmente extraordinaria.
Pero en el pueblo de Cuba hay como un cansancio, un cansancio
que alcanza inclusive a comunidades de creyentes muy vivas, a
personas muy comprometidas, muy fieles, que han sido fieles en
las circunstancias más difíciles. Y todavía
hay miedo. Y estos dos factores, más 45 años de
ateísmo militante, han creado en muchas personas una falta
de fe, de no creer en nada ni en nadie.
A veces no es ausencia
de fe religiosa, sino ausencia de fe. Ausencia de esperanza, algo
que afecta psicológicamente. Para muchos, la única
esperanza es irse del país; cosa que a mí me entristece
mucho porque, de hecho, Cuba está sufriendo una sangría
enorme. La gente joven, mucha gente valiosa, se va del país
porque no encuentra futuro en Cuba, piensa que en Cuba no hay
futuro, y por lo tanto se va. No encuentran solución para
sus problemas económicos, no encuentran solución
para sus problemas espirituales, se sienten presionados, se sienten
frustrados. Cuba es un país que tiene un techo muy bajo.
¿Cuál
es el papel social de la Iglesia en la Cuba de 2004?
La Iglesia cada vez
gana más conciencia de esa responsabilidad que tiene de,
en una situación de tanta miseria, de tanta carencia, ser
un canal para ayudar a la gente a resolver sus problemas. Te voy
a hablar de mi parroquia. En mi parroquia tenemos un grupo de
atención a los niños siempre digo niños,
aunque algunos tienen 30 ó 40 años con síndrome
de Down. Es un grupo de alrededor de 40 niños. Ayudamos
a las familias a entender cómo cuidar a sus hijos, a planear
actividades, como, por ejemplo, cantar, de modo que los niños
puedan socializar. También trabajamos con los niños
incapacitados físicos.
Tenemos un grupo de
alcohólicos anónimos. Tenemos alrededor de 400 ancianos
a los que ayudamos cuando podemos; a veces les llevamos jabón,
a veces les llevamos leche en polvo, o algo de ropa si la conseguimos,
porque tenemos también un grupo de señoras que se
dedican a hacer batas de casa y pijamas para los ancianos enfermos,
sobre todo aquellos que están en la mayor necesidad.
Desde hace dos años,
gracias también a la ayuda de nuestros hermanos del exilio,
hemos podido mantener un ajiaco. Tenemos una sola olla, un sólo
fogón. Tratamos de que ese ajiaco tenga carne de cerdo
o carne de ovejo, viandas, verduras, espinacas, en fin
tratamos
de hacer un ajiaco sustancioso, y se lo damos a unas 300 personas.
Cada día lo reciben 100 ancianos, de modo que cada uno
lo recibe dos veces a la semana.
Pero la Iglesia Católica es, prácticamente, la única
organización independiente de la sociedad civil cubana
con una presencia institucional. Más allá de su
labor esencial evangelizadora y asistencial, ¿cómo
asume la Iglesia esta posición única en la sociedad
cubana?
La Iglesia, a lo largo
de los últimos años, ha ido creciendo también
en la conciencia de su papel como maestra, en el sentido de fuente
de sensibilización, de formación humana, de formación
cívica. Quizás el caso paradigmático sea
el del Centro Cívico Religioso de Pinar del Río.
Pero esto de alguna manera también está haciéndose
en las otras diócesis.
La Iglesia realiza
una labor de iluminación de las conciencias. Lo hacemos,
por supuesto, en las homilías de los domingos, pero también
se ha promovido la presencia de la Iglesia en el mundo de la prensa.
Una prensa realizada con medios muy humildes, revistas, algunas
con la calidad de Vitral,otras más modestas; pero, ciertamente,
la Iglesia está consciente de que en este sentido tiene
una misión que realizar.
Las semanas sociales,
que se hacen todos los años; las semanas de estudios históricos,
que se hacen cada dos años; congresos que se realizan con
temas específicos, como el tema de Dios en la sociedad
o el tema de la familia. El congreso sobre la familia se celebró
recientemente en La Habana, anteriormente en Holguín. Todo
esto nos muestra que la Iglesia está preocupada por la
situación del país y está comprometida en
ayudar a la gente a asumir sus responsabilidades y a formarse
para hacer frente a esas responsabilidades. Por lo tanto, la Iglesia,
cada vez más tiene una presencia en el mundo de la cultura,
en el mundo de la familia, en el mundo de la sociedad.
¿Cae la defensa
de los derechos humanos dentro de la misión social de la
Iglesia?
Por supuesto. La única
voz que se ha levantado aquí para defender a los prisioneros
de conciencia, me decía la esposa de uno de los 75 encarcelados
hace un año, ha sido la de la Iglesia Católica.
Y no sólo eso. Estas personas están recibiendo ayuda
continua de la Iglesia. Usted sabe que se ha puesto a los presos
muy lejos de sus hogares. Las familias tienen que trasladarse
en viajes de mil kilómetros, a veces más, desde
Guantánamo a Pinar del Río, desde La Habana a Santiago
de Cuba, y la Iglesia ha dado alojamiento, apoyo, a veces para
trasladar a estas familias, ayudarlos con comida, en fin
Y la esposa de este
prisionero, que para en mi casa cuando va a ver a su esposo, que
está en Guantánamo ella vive en La Habana,
me decía: 'la única institución en el país
que nos ayuda es la Iglesia'. Nosotros sentimos que tenemos esta
responsabilidad. Pero la Iglesia no sólo trabaja con los
presos de conciencia. Tenemos un trabajo muy fuerte con los presos
comunes.
En mi parroquia, por
ejemplo, tenemos un programa de atención para las ex presas,
personas que salen de la cárcel con muchas heridas. Las
ayudamos psicológicamente. Tenemos un centro para que aprendan
computación, para que aprendan cómo defenderse en
la vida. Y tenemos un programa para que estas personas que no
encuentran trabajo al salir de la cárcel en su mayoría
madres de familia que no tienen cómo mantener a sus hijos
puedan hacer trabajos manuales, peluquería y cosas así,
en los locales de la Iglesia, tener un trabajo honrado, rehacer
sus vidas.
La Iglesia Católica
ha tenido una vocación mediadora en los conflictos sociales.
Usted, personalmente, solicitó al gobernante cubano un
diálogo nacional en 1994. ¿Quiere y puede la Iglesia
jugar este papel mediador entre las partes encontradas de la nación
cubana?
Esta voluntad de la
Iglesia, en cuanto al diálogo nacional, está expresada
desde hace no menos de veinte años. Desde las primeras
cartas pastorales que se hicieron a raíz del año
setenta, que fue la primera, una y otra vez, sobre todo a medida
que se ha ido agravando la situación de la convivencia
social, del respeto a las libertades, y al mismo tiempo creciendo
la conciencia por lo menos en una parte de la población
cubana, de que ellos necesitan un espacio social y político,
que ellos quieren ser protagonistas de sus vidas, como dijera
el Papa cuando estuvo en Cuba, que ellos quieren vivir siendo
ellos mismos, no que les digan lo que tienen que hacer, lo que
tienen que pensar
La Iglesia ha expresado
su voluntad muy clara de ayudar y de mediar en un diálogo
nacional. Pudiera parecer un poco arrogante decirlo, pero creo
que para todo el mundo está claro que la Iglesia Católica
es la institución más preparada para ayudar en este
sentido. El problema en Cuba es que una parte de los grupos implicados
en la situación, y me refiero claramente al gobierno, no
quiere el diálogo, no acepta el diálogo.
En Cuba vivimos bajo
el signo del monólogo. Por lo tanto, la Iglesia, aunque
tiene esta voluntad e insistentemente ha invitado al diálogo,
ha encontrado la callada por respuesta. Hay un dicho que dice
que dos no se fajan si uno no quiere. Lo mismo sirve para el diálogo.
Dos no dialogan si uno no quiere. Yo diría que hay un paso
más allá de este diálogo nacional, y es:
¿qué pasaría si la Iglesia iniciara un diálogo
entre los grupos políticos, religiosos, culturales, fraternales,
que no pasara por el gobierno?
Y cuando digo grupos,
no sólo hablo de cubanos que están dentro de la
Isla, sino también de cubanos que están en el exilio.
Esto sería un reto para la Iglesia. Porque el gobierno
lo podría interpretar como una agresión a su poder
absoluto. En realidad, cuando uno va al diálogo, precisamente
porque va al diálogo, renuncia a la fuerza, no agrede.
Los que agreden son aquellos que no permiten que los problemas
se solucionen con el concurso de todas las partes.
La reacción
oficial a ese diálogo vendría, me parece, en forma
de acusación: "La Iglesia se está metiendo
en política".
La Iglesia es una parte
de la sociedad, porque somos parte de la sociedad cubana, una
parte cualificada de la sociedad, porque está estructuralmente
organizada dentro y fuera del país, una parte que tiene
una larga presencia en la vida nacional, desde hace cinco siglos,
los cinco siglos de historia del pueblo cubano, y con una participación
en ella muy concreta.
Cuando uno piensa,
por ejemplo, en la labor que realizó Enrique Pérez
Serantes a raíz del asalto al cuartel Moncada, cuando con
su intervención salvó la vida de los sobrevivientes
del asalto, uno dice, bueno, ciertamente, esto es algo muy en
la esencia misma de lo que es la labor social de la Iglesia. Y
esto no significa que la Iglesia se meta en política, porque
lo que está en juego aquí es más que la política,
que es sólo un sector de la vida social; lo que está
en juego aquí es la vida misma, la vida en dignidad.
Pero enfoquemos
el diálogo nacional desde la oficialidad. Si yo tengo el
poder absoluto, si me afectan poco las medidas de presión
externa y los moderados actos de rebeldía interna, ¿qué
incentivo tengo para dialogar? Concretamente, ¿qué
puedo ganar yo en ese diálogo?
Esta pregunta es importante,
pero parte de premisas equivocadas. Si planteas el diálogo,
su conveniencia o condiciones de posibilidad, desde un poder absoluto,
desde los intereses de un poder que sólo pretende auto-perpetuarse,
no puedes comprender su exigencia. El diálogo parte de
premisas éticas a las que no podemos renunciar. Esas premisas
son las de una vida digna, plenamente humana. Es la vida en libertad.
Si algo define la "humanitas",
la esencia de lo humano, es la libertad, la capacidad de autodeterminación,
de ser responsable de tus actos y de poder hacer con tu vida lo
que tú mismo determines. Ese respeto a la libertad propia
y ajena es una condición para la paz, como intuyó
Benito Juárez al decir "el respeto al derecho ajeno
es la paz".
Por eso, el diálogo
forma parte esencial de la "vida justa", de la vida
que deseo vivir porque es buena. Es una cuestión ética.
Cuando el gobierno cubano se niega a dialogar, está traicionando
la esencia misma del poder que ostenta, que es servir al bien
común de todo el pueblo cubano. Un gobierno que no sirve
a los intereses del bien común, que no sirve a los intereses
de los ciudadanos que representa y a cuyo servicio está,
es un gobierno ilegítimo y deslegitimizado. Porque el gobierno
no es un fin en sí mismo, es un medio. Él tiene
un fin, servir a la libertad y al bienestar de todos los ciudadanos.
Si no lo hace, traiciona su razón de ser.
El gobierno de Cuba
debe mirar el diálogo con la sociedad cubana como un imperativo
moral. Los distintos grupos, iglesias, asociaciones, individuos,
de dentro y de fuera, cuando exigen el diálogo, deben hacerlo
como un imperativo moral: al reclamar el diálogo, reivindican
su propia dignidad, rescatan su humanidad no respetada y crecen
en libertad y responsabilidad.
Con el diálogo,
todos ganamos. Incluido el gobierno, aunque pierda ese poder absoluto
que lo invalida para servir, porque ese poder que aplasta, que
se tiene que imponer no por las razones sino por las acciones,
es un poder destructivo. Cuando yo quiero ilustrar la maldad de
ese poder, retomo el cuento del rey Midas. El rey Midas todo lo
que tocaba lo convertía en oro: una flor, su perro, hasta
su propia hija
El oro es valioso, pero no más que
una hija que te ama, que te acaricia y puede besarte, hablarte
la maldad de ese poder absoluto está en que destruye la
vida, afecta a las conciencias, entristece al ser humano, lo llena
de frustración y desesperanza.
Si el gobierno cubano
fuera capaz de cambiar hacia una actitud abierta, más respetuosa
de sus propios ciudadanos y sus intereses diversos, ganaría
en autoridad lo que perdería en poder. Autoridad es poder
espiritual, tiene que ver con el respeto y la aceptación
libre y voluntaria, tiene que ver con la verdad, con la justicia,
con la igualdad, con una sociedad capaz, de fraternidad y libertad,
sin miedos y con mayores posibilidades de ser feliz y de hacer
felices a las personas.
Dentro de la comunidad
exiliada, la Iglesia ha puesto un énfasis particular en
la prédica de la reconciliación. ¿Cuál
ha sido su experiencia con los cubanos que vivimos fuera de Cuba?
Hablar de reconciliación
a los cubanos del exilio puede ser visto de dos maneras, cuando
la que habla de reconciliación es la Iglesia. Una, como
una pretensión inútil, porque muchos cubanos se
sienten en plena comunión con el pueblo cubano en la Isla,
y entonces se ofenden si uno les dice que tienen que reconciliarse.
'Estamos reconciliados, ayudamos a nuestras familias, mandamos
remesas, ¿cómo nos pide usted reconciliación
?'.
Otra parte dice, 'es
imposible reconciliarnos con el gobierno de Cuba, porque ese gobierno
ha sido la causa de que nosotros hayamos perdido nuestra patria,
nuestros bienes, nuestras vidas, tal y como las queríamos
vivir'. Sin embargo, es una realidad que hay una ruptura, hay
una situación de división, de oposición,
de lucha, de parte de los comunistas cubanos y de parte del exilio.
Por eso el problema
pudiéramos plantearlo de esta manera. En Cuba hay una inmensa
mayoría silente yo escribí esto ya hace varios
años y dos minorías vociferantes. La inmensa
mayoría silente es el pueblo cubano, la inmensa mayoría
del pueblo cubano en la Isla y en el exilio, que quiere encontrar
el camino del futuro, que quiere normalizar la situación
del país, que quiere lograr una Cuba con todos y para el
bien de todos.
Hay dos minorías
vociferantes, que son el gobierno de Cuba, y ciertos elementos
de Miami que se dedican a sembrar una actitud que ellos piensan
que es patrióticamente combativa, pero no se dan cuenta
de que en el fondo excitan los peores sentimientos que pueda haber
en el corazón del ser humano. Llega el momento en que tiene
que surgir una voz diferente, y poco a poco va surgiendo, poco
a poco se va manifestando y se va organizando, una voz diferente
que realmente logre la aceptación del otro como distinto
y diferente.
En el ámbito
de las relaciones Cuba-Estados Unidos, la Iglesia ha abogado repetidamente
por el levantamiento del embargo. Los críticos de la Iglesia
han caracterizado esta posición como un quid pro quo con
el gobierno cubano para facilitar la labor de la Iglesia en la
Isla
La Iglesia se ha comprometido
tan claramente con la defensa de los derechos humanos en Cuba,
que acusarla de querer manipular estas cosas para lograr privilegios
no sólo es injusto, sino totalmente falso. La Iglesia se
opone al embargo desde el principio de la legalidad. Ningún
gobierno debe usar ese acto de fuerza contra un pueblo, porque
los que sufren realmente no son los gobernantes, son los pueblos.
Los gobernantes, los
que tienen el poder, siguen comiendo, siguen vistiendo, siguen
viajando, tienen todas las posibilidades, mientras que la gente
vive bajo un sufrimiento realmente espantoso, como es la situación
de Cuba. El principio fundamental es no utilizar medidas de fuerza.
Sin embargo, no es menos cierto que cuando un pueblo es rehén
de un gobierno, de algún modo hay que presionar a ese gobierno.
No lo debe hacer una sola nación. Eso debe ser obra de
muchas naciones, y siempre con el propósito de buscar una
salida, una solución al problema.
En documento de
trabajo de 1997, los presbíteros de Oriente diagnosticaron
a la sociedad cubana con el síndrome de la indefensión
aprendida, un caso extremo de postración social en la que
la gente deja de sentirse dueña de su destino. Siete años
después, ¿cómo ha evolucionado el paciente?
Las medidas coercitivas,
tanto en el plano económico como en el plano político
y en el plano del derecho a la información, el clima de
represión que se vive dentro de la Isla, es mayor hoy.
Por lo tanto, la indefensión se ha agudizado. A mí
a veces me da la impresión de que en Cuba vivimos en un
estado catatónico. El enfermo catatónico está
paralizado, pero en un momento determinado entra en una fase de
agitación totalmente descontrolada. Yo creo que ése
es el caso de Cuba en estos momentos.
Hay una parálisis
social, y esto tiene que ver con la indefensión, con la
desesperanza. Porque hay dos maneras de calificar este estado:
la indefensión aprendida o la desesperanza inducida. Los
dos términos iluminan nuestra realidad desde distintas
perspectivas. La situación es de desesperanza inducida
porque tiene un propósito, logra un objetivo
Su prédica
de la reconciliación no parece estar reñida con
un reconocimiento de la falta de derechos fundamentales en Cuba.
¿Es la suya una posición marginal dentro de la Iglesia?
Si repasaras las humildes
páginas de las revistas que mantiene la Iglesia hoy, en
prácticamente todas las diócesis, ibas a descubrir
que no hay una sola de estas revistas que no haya salido a defender
los derechos humanos y a criticar su violación, a veces
haciendo referencias muy concretas, otras veces en un lenguaje
más abstracto.
Yo nunca me he sentido
un francotirador. He estado predicando por años las mismas
cosas. Y lo mismo pasa con todos los curas de Cuba. No creo que
el mío sea un caso aislado. Tal vez sea un caso que, por
circunstancias coyunturales, ha salido a la palestra pública;
y quizás ha pesado en esto una cierta conciencia que tengo
de la responsabilidad que tenemos como Iglesia con la verdad de
lo que está pasando en Cuba.
Hay una propaganda
que presenta la vida del cubano como si fuera el ideal de una
vida justa, de una sociedad que realiza o está realizando
todos los sueños que puede tener una persona. Eso no es
verdad. Y el no decirlo, el no hacerlo saber a otros países,
a otros pueblos que puedan caer en la misma situación en
la que nosotros estamos y no queremos estar, a mí me parece
que es una responsabilidad.
¿Cómo
se vive la doctrina de Jesús fuera del ámbito de
la Iglesia? ¿Se puede llevar una vida cristiana en Cuba
fuera de los recintos de la Iglesia?
La vida cristiana no
se realiza dentro de los recintos de la Iglesia, porque la vida
cristiana es toda la vida. Es el compromiso con el pobre, es la
solidaridad con el que sufre, es crear el ambiente de amor en
la familia, es el respeto por el otro. Es decir, que uno va a
la Iglesia a escuchar la palabra de Dios, a compartir la fe con
los hermanos, a recibir de los demás y a dar a los demás
las experiencias que uno tiene de la presencia de Dios en su vida.
Pero la vida cristiana es la vida.
No hay vida cristiana
y vida profana para un cristiano. No hay vida cristiana cuando
estoy en la iglesia y vida profana cuando estoy en la calle, o
en la casa, en el trabajo, en la escuela. La vida cristiana es
vivir de manera diferente a como puede vivir una persona que no
tiene fe. Todo eso es la vida cristiana. Y es para eso que Jesucristo
vino al mundo, para transformar la existencia de las personas.
La vida cristiana se puede vivir en cualquier situación.
Por tres siglos, al
comienzo del cristianismo, los cristianos fueron echados a los
leones. La legión más grande de mártires
y de santos que tiene la Iglesia la hizo bajo la opresión
y la persecución del imperio más poderoso de la
antigüedad. Por lo tanto, la vida cristiana se puede vivir
en cualquier circunstancia. Y en Cuba se está viviendo.
Y se está viviendo no sólo en la Iglesia Católica,
sino también en otras comunidades hermanas, porque los
hermanos de otras comunidades y otras congregaciones cristianas,
y también de comunidades judías, están viviendo
un compromiso de fe, y están teniendo presente en sus vidas
al Dios en que tú y yo creemos.
En abril de 2003
fueron condenados 75 disidentes en Cuba. A usted parece haberle
afectado mucho este evento y se ha referido al mismo en dos homilías
de mi conocimiento. También realizó un ayuno a favor
de estos activistas e intentó estar presente en sus juicios.
¿A qué se debió su reacción?
Conozco personalmente
a seis de estos prisioneros de conciencia. Tres de ellos fueron
feligreses míos cuando fui párroco de Palma Soriano.
A dos de ellos los conocí desde adolescentes, de jóvenes
son jóvenes todavía, por supuesto; es
decir que, por ocho años, el tiempo que fui párroco
de Palma Soriano, pude conocerlos profundamente. A los tres de
Palmarito, igual, los conocí siendo párroco en Palma
Soriano, y hemos mantenido un profundo vínculo de amistad,
de cariño, de admiración profunda de parte mía,
porque estos jóvenes, para mí, son una gloria de
la patria.
En el Evangelio, cuando
se nos habla de la resurrección de Cristo, y en particular
en el relato de los discípulos de Emaús, hay una
frase que siempre me ha impresionado mucho. Y es cuando Cristo,
presente en aquel misterioso compañero de camino, explica
las escrituras a los dos discípulos que salieron huyendo
de Jerusalén entristecidos, defraudados por la muerte de
Jesús, y les dice como resumen de la palabra de Dios: "el
Mesías tenía que padecer para entrar a la gloria".
Y esto es como un principio de la vida. Hay personas que tienen
que entregar su vida para que otros tengan vida.
Y, para
mí, estos hombres, estos amigos míos, estos antiguos
feligreses, lo que han hecho es eso. Han arriesgado su tranquilidad
y la de sus familias, han comprometido su libertad, yo diría
que aun sus vidas, para defender un ideal de justicia, de libertad,
de paz, de reconciliación. Porque son hombres pacíficos,
que jamás utilizaron las armas, que jamás se lanzaron
por el camino de la violencia. En este sentido, yo creo que son
un ejemplo de la obligación que tenemos todos, jóvenes
y adultos, de defender nuestros derechos y el derecho de los demás.
Cuando la Patria peligra
A continuación
ofrecemos una transcripción de la carta dirigida a Fidel
Castro por el sacerdote católico José Conrado Rodríguez
en reciente homilía pronunciada en la iglesia del Rosario,
en Palma Soriano, Cuba.
por JOSÉ CONRADO
RODRÍGUEZ
Señor Fidel
Castro Ruz, Presidente de la República de Cuba.
Estimado señor
presidente:
Una profunda preocupación
por la situación por la que atraviesa nuestro pueblo me
mueve a escribirle para que usted ponga atención a mis
razones, y le de adecuada respuesta.
Aunque mucha gente
sencilla lo disculpa a usted diciendo que no conoce la verdad
de lo que esta pasando, yo no comparto esa opinión. ¿
Que es lo que usted no conoce de la desgraciada situación
en que viven los casi 11 millones de cubanos que están
en la isla ¿ No pretendo, pues, hacerle descubrir lo que
ya usted conoce, sino tratar de que vea desde nuevas perspectivas
las mismas realidades.
El bloque socialista
Por más de 30
años nuestro país suscribió un tipo de política
cuya piedra angular era la violencia. Se justificaba esta política
con la presencia a sólo 90 millas de un poderoso y tenaz
enemigo, los Estados Unidos de Norteamérica. La forma de
hacer frente a este poderoso enemigo fue ponernos bajo la égida
de la potencia que por años se le enfrentó, la Unión
Soviética, pasando a formar parte
de países que
configuraban el bloque socialista lidereados por aquella superpotencia.
Mientras la Unión
Soviética ayudaba masiva y sostenidamente nuestra economía
y apoyaba decisivamente nuestra carrera de armamentos, Cuba fue
cayendo en un estado de violencia interna y de profunda represión.
Fuera de nuestro país nos vimos envueltos en una serie
de enfrentamientos globales que nos colocaban en el vórtice
de la violencia planetaria. A través de la guerra y la
propaganda nos volvimos maestros y protagonistas del enfrentamiento
en diversas partes del mundo, pero esa política quedó
sin vigencia, sin eficacia, con la desaparición de la Unión
Soviética y el bloque socialista. Por bastante tiempo aquélla
pareció una política eficaz, pero en realidad resultó
ser una política equivocada.
El utilizar dentro
y fuera de nuestro país el odio, la división y la
violencia, la sospecha y la enemistad, han sido la causa principal
de nuestras pasadas y presentes desgracias.
Ahora es cuando lo
vemos más claro. La hipertrofia del estado cada vez más
poderoso dejo a nuestro pueblo en la indefensión y el silencio.
La ausencia e inexistencia de espacios de libertad para que surgieran
críticas sanas y criterios alternativos nos hizo rodar
por la riesgosa cuesta del volitismo político y la intolerancia
social. Sus frutos fueron la hipocresía y el disimulo,
la insinceridad y la mentira, y un estado general de amedrentamiento
que afectaba a todos en la isla.
Ese tipo de política
dió al traste con nuestra economía, perdimos el
sentido de lo que valen las cosas y lo que es peor, las personas.
El desprecio por la vida humana es resultado de la violencia y
la represión. Nos acostumbramos a no ganar el pan con el
sudor de nuestra frente y a vivir con la mayor dependencia respecto
de la ayuda que nos daban los demás. Hemos vivido en la
mentira, engañando y engañándonos. Hemos
hecho el mal y ese mal se ha volcado contra nosotros, sobre nosotros.
Todos somos responsables,
pero nadie lo es en mayor proporción que usted. He oído
decir muchas veces que aún los más cercanos a usted
le tienen miedo. He oído decir que incluso sus propios
hijos han sido rechazados por usted cuando han intentado decirle
estas verdades.
Yo sé que los
obispos católicos de Cuba, al menos han tratado de razonar
con usted sobre estas cuestiones sin ser escuchados. No quiero
ni puedo, en conciencia, permanecer por mas tiempo en silencio
y por ello le hablo, porque pienso que todavía se podría
rectificar el rumbo, como usted tantas veces proclama ser sus
deseos, a la patria.
En estos momentos,
si usted quisiera, podría existir la oportunidad de lograr
un arreglo pacifico y negociado en el seno de nuestro país
a través de un diálogo nacional que tenga en cuenta
las distintas tendencias dentro del Partido Comunista, los grupos
disidentes dentro de la isla, e incluidos también los cubanos
de la diáspora.. Podríamos dar paso a una consulta
popular, libre y democrática, que en un clima de respeto
y tolerancia permitiera oír la voz de todo nuestro pueblo.
Si usted encabezara ese proceso, respetando plenamente la pureza
del juego democrático, evitaría el baño de
sangre que las actuales circunstancioas auguran y presagian, y
desgraciadamente harán inevitable.
Aquellos compatriotas
nuestros que todavía lo siguen a usted no se negarán
a participar y preservar ese proceso si usted es quien lo apoya.
Estoy seguro de que
todos los gobiernos del mundo, incluso sus actuales adversarios,
más aún estoy seguro de que todos los hombres de
buena voluntad, dentro y fuera de Cuba, apoyarán ese paso.
Me temo, sin embargo, que si usted no toma una decisión
rápida y en ese sentido, quedará usted en la memoria
de nuestro pueblo, aún de los que por tantos años
han sido sus seguidores, como el más funesto gobernante
de la historia de Cuba.
Pueblo bondadoso
Por otra parte, el
pueblo de Cuba es bondadoso y sabe ser generoso, y sabrá
reconocer y agradecerle que usted lo haya librado de los horrores
de la guerra civil o de la prolongación innecesaria del
actual desesperado estado de la nación, olvidando quizás
todos los agravios anteriores.
Hace mucho tiempo otro
sacerdote cubano, el padre Félix Varela, escribió
estas sabias y valientes palabras que ahora hago plenamente mías:
Cuando la patria peligra y la indolencia insensible de algunos
y la execrable perfidia de otros hace que el pueblo duerma y vaya
aproximándose a pasos gigantezcos a un precipicio ¿
es imprudente levantar la voz y advertir el peligro ¿ Esa
es la prudencia de los débiles, mi corazón la desconoce.
Pidiéndole al
Señor por usted y encomendándole a la Virgen de
la Caridad del Cobre, le ruego a usted que acepte las humildes
sugerencias de un pobre sacerdote que comparte con su pueblo sus
actuales angustias y sus futuras esperanzas.
Servidor de Cristo
y de Cuba.
José Conrado
Rodríguez, presbítero de Palma Soriano
|
José
Conrado: La libertad desde el púlpito
|
|
"Tengo fe
en que la larga noche de la Patria terminará en un
amanecer de libertad, justicia y paz, y que ya desde ahora,
el espíritu evangélico del perdón y
la reconciliación hará posible el mañana
que hoy nos parece lejano y difícil" (Carta
de despedida de Palma Soriano, octubre de 1996).
"
a lo largo y ancho de la Isla, se ha estado
juzgando a pacíficos defensores de los derechos humanos
(
) No podemos permanecer indiferentes ante esta nueva
'pasión del Señor' (
) Cada cual que
ocupe su puesto, al pie de la cruz, acompañando a
Cristo, ayudándolo a cargar la cruz, o en el bando
de los vociferantes y acusadores, siempre dispuestos a emplear
sus violentas espadas. No hay opción. No nos han
dejado opción. O con Cristo o contra él"
(Homilía Quinto Domingo de Cuaresma, marzo de 2003).
|
Tomado del sitio
Web Encuentro en la Red.
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