Hace un año denuncié
su caso en un artículo. Hace exactamente un año...
Parece tan poco tiempo, pero no lo es. Al menos para él,
quien cumple detrás de las rejas frías de una tenebrosa
cárcel castrista.
Julio César
Morales González es su nombre. Nunca lo dejaré de
mencionar. Se ha convertido en una prioridad entre mis prioridades.
No me importa que me llamen apasionada. Es posible que lo sea.
Sobre todo cuando se trata de exigir la libertad de alguien que
sufre tanto como Julito, como lo llaman sus familiares y amigos.
Julio César
cumple en este mes de octubre de 2004, once años de encarcelamiento
injusto. Romper un cristal de un cine en su pueblo le costó
una condena de seis años de privación de libertad.
El valor del cristal era de apenas 35 pesos cubanos con 50 centavos.
Parecería una broma esa condena, pero no lo es.
Pero no todo quedó
ahí. Los años de prisión continuaron aumentando.
Fue trasladado a la cárcel de máximo rigor de Kilo-8
en Camagüey, y dos llamados reeducadores lo golpearon de
forma brutal para obligarlo a que gritara consignas a favor del
dictador. Sus gritos no se hicieron esperar, y con todas sus fuerzas
gritó "Abajo Fidel".
Tres años más
de cárcel fue la respuesta, además de la pateadura.
También aumentó la represión. En Kilo-8 lo
esperaba una celda del régimen especial, y en aislamiento
absoluto tuvo que sobrevivir por mucho tiempo. Sin agua, sin ventilación,
sin luz. Con ratas y cucarachas como acompañamiento indeseado.
Con todos los insectos y bichos que pernoctan en un lugar llamado
celda. Y, por supuesto, con golpizas sistemáticas. Quien
conoce esta prisión de máxima seguridad saben que
todo esto es cierto. Los presos la bautizaron con el nombre de
"Se me perdió la llave", y lo primero que pierden
allí, son las esperanzas.
Pero Julito logró
salir vivo físicamente, aunque su mente enfermó.
Ahora padece de serios trastornos nerviosos. Debe recibir tratamiento
psiquiátrico, pero la tortura es la mejor respuesta de
sus carceleros, y de quienes tienen el control de los presos políticos:
la Seguridad del Estado. Los mismos que le han negado por años
el acceso a leer la Biblia. Los mismos que han establecido un
sistema de maltratos, tanto físico, como psicológico
de manera brutal.
En 1997 es nuevamente
condenado a tres años más. Esta vez fue castigado
por escribir consignas contra el tirano Fidel Castro en las paredes
de su celda de castigo. Continuaron las golpizas. Continuó
la represión.
Pero Julio César
aún no termina su calvario. Ya han pasado 10 años
de encierro, y lo trasladan a la prisión Provincial de
Holguín. Lo confinan junto a criminales de altísima
peligrosidad. Los mismos que acosan a los prisioneros políticos.
Lo hostigan, lo asedian. Lo amenazan
La madre de Julito
recibe también una carta amenazadora de parte de presos
comunes. Le dicen que su hijo pagará muy caro. Y que ella
también. El temor la invade. Teme por su hijo que ya ha
pasado tanto. Denuncia todo eso en la Dirección Nacional
de Cárceles y Prisiones, pero la mejor respuesta del régimen,
es siempre el mutismo.
La prisión Provincial
de Holguín está abarrotada de delincuentes comunes.
Hombres que cumplen largos años de condena por asesinato,
por allanamientos de morada con violencia, por robar, por violar
a menores
Julio César Morales ha sido llevado a celdas
donde tiene que convivir obligatoriamente con esos reos comunes.
Los mismos que, por recibir algún tipo de prebenda, son
capaces de todo. Y en diciembre del año 2002, Julio César
fue drogado, y posteriormente violado sexualmente. Tres días
después estaba aún tirado en un camastro de la celda.
Tres días más tarde no había recibido atención
médica. Cuando se lo llevaron al hospital, su salud era
muy delicada.
¿A quién
se responsabiliza de esta violación sexual? A nadie. Nunca
se supo quiénes fueron. Nunca hubo una investigación.
Nunca un seguimiento a las amenazas que le hicieron. Una atrocidad
como ésta queda impune, porque Julio César es un
prisionero político en Cuba, en un país donde estar
preso, es como estar muerto.
La madre de Julito
ha denunciado -una vez más- la situación de su hijo.
Esta vez, con mucho dolor, denunció esta bestialidad cometida
contra él. Responsabilizó a la Seguridad del Estado
de ordenarlo. Pero en un país donde no existen derechos,
no hay mucho que hacer.
Mientras tanto, la
salud de Julito continúa en deterioro. Su cuerpo, desnutrido,
se consume en la prisión. Los medicamentos no se los entregan,
y cuando lo hacen, son cambiados a propósito. Casi muere
de un dolor en el pecho por una pastilla que no le correspondía
tomar. No recibe ayuda para mejorar su salud mental, por lo que
a medida que el tiempo transcurre, empeora.
¿Qué
se puede hacer? Seguir denunciando su situación. Muchos
no escuchan. Otros, quizás, al menos se enteren de que
existe un joven prisionero político que ha sufrido en exceso
la represión y la maldad de un régimen que se ensaña
contra aquellos que se rebelan, contra los que no aceptan ponerse
de rodillas.
Julio César
Morales González mantiene su dignidad y su hombría.
Para denunciar lo que le hicieron, se necesita mucho valor. Su
condición de hombre libre -porque es libre por dentro-
nadie puede arrebatársela.
Aún confío
en aquellos que quieran escuchar. En los que pudieran también
exigir la libertad de este prisionero político que padece
los horrores del encierro en un país donde se violan los
derechos humanos arbitrariamente. En octubre 23 cumple sus 34
años de edad. También en este mismo mes de octubre
cumple once años de prisión.
Solo le pido a Dios
que le de fuerzas para soportar el tormento que vive a diario.
Que le de salud para que salga vivo de ese horror, y que su libertad
llegue pronto para que se pueda curar. Y Dios me escuchará,
estoy segura.
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