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María Victoria
García Suárez. 30 años de edad. Madre sobreviviente
que pierde a su hijo en el Remolcador 13 de Marzo.
Les confieso que aunque vivamos juntos, me resulta muy embarazoso
conversar con mi hija sobre este asunto. Y no es porque se niegue
a hablar, sino que ambos experimentamos sensaciones de dolor compartido
que impiden una adecuada fluidéz en la charla.
Ella describe con mucha exactitud los momentos trágicos
vividos y logra involucrarme como un protagonista más del
suceso. Al final terminamos desgastados.
Desde el fatídico día hasta hoy, van dos veces que
la entrevisto. Y siempre repite lo mismo, como para no dejar lugar
a dudas sobre la veracidad de lo expuesto. Ahora añade
mayor riqueza a sus argumentos.
Malli, como suele llamársele en la casa, no conoce el odio
ni la violencia. Su niñez transcurre dentro de una atmósfera
de amor y comprensión. Precisamente por la falta de ingredientes
de crudeza en ella, se multiplica el impacto de esta amarga experiencia
y le abre un enorme surco de dolor en su corazón.
Este conmovedor relato lo obtuve una tarde en una de las dos habitaciones
de mi casa. Estaban presentes también, mi hijo Jorge Félix
e Iván el sobrino.
"Con los matules
al hombro cogimos la guagua. Mi grupo lo componen: Juan Mario
mi hijo, Ernesto mi esposo, Joel mi hermano, Eddy y Estrella mis
tíos, Eliecer y Omar mis primos, María Miralis y
Xicdy esposa e hija de Omar. Además, Armando Morales Piloto
amigo de Eddy, Julia Caridad y su hijo Angel René, y Yaltamira
con José Carlos; se agregó Espiga. Dentro de la
guagua ya venían Lázaro Borges (Felo) chofer y primo
de mi papá, su esposa Lisset y la hija Giselle, y Guillermo
el tío. Arrancamos sin saber a donde.
Diez o quince minutos después, paramos. Pensé en
la policía y corrí la cortina de la ventanilla a
un lado para ver. Estábamos en la rotonda de Cojimar recogiendo
otro grupo. Eran bastante. Luego de saludarnos, continuamos.
Dejé abierta la cortina para curiosear. Ibamos por todo
Via Blanca rumbo a la Habana hasta el Paso Superior. Al llegar
al semáforo de Vía Blanca y Fábrica, en vez
de doblar a la derecha para el puerto, continuamos recto y más
adelante entramos en la Benéfica.
En el parqueo se apagó el motor; como esperando por alquien
que no estaba pero me doy cuenta que hacíamos tiempo. Felo
tenía puesto Radio Reloj por el altavoz.
No demoramos tanto, partimos enseguida. Dos policías nos
saludaron a la salida. Bordeamos a patrullas hasta frente a la
fábrica de cementos. Allí, doblamos a la izquierda
en el Anillo y pronto llegamos al punto. El muelle queda un poco
más allá de la planta de Tallapiedra, en la acera
de enfrente.
Desperté al niño; estaba dormidito y nos bajamos.
Alguno dejó olvidada una mochila en el piso. La recogí
y entregué después. Felo mete la guagua en la rampa,
la cierra y deja puestas las llaves en el chucho.
Entramos en el remolcador, uno tras otro y sin hacer bulla. Un
hombre nos guía diciendo: Sujétense bien. Cuidado
no resbalen. Aléjense del motor. Por la derecha; por la
izquierda. Péguense a las paredes del casco.
El niño a mi lado no hallaba respuestas a sus inquietudes.
Quedamos en ir a un Campismo y la realidad ante sus ojitos es
otra. Por eso no se cansa de preguntar: "Mamá, a donde
vamos?
Y yo le repito: a pasear... a pasear, entonces me empina la mirada
de lado y hace shis, shis, como si friera huevos. No está
conforme, refunfuña y repite: contrá... oyemé...
Subí a la cubierta bajo protesta de mi esposo cuando me
lo pidieron.Abajo, él trató de sujetarme, pero le
dije: sígueme y no lo hizo. Conmigo habían otras
madres con sus hijos, éramos pocos allí.
Me acomodo por la parte de popa debajo del toldo que sirve de
techo y nos sujetamos del palo que tiene la campanita arriba.
El niño lo meto dentro de un corralito en la misma base
del palo. Navegamos un rato y es cuando el niño me pregunta,
mirando hacia atrás: Mamá, que es esa luz? Entonces
yo miro y compruebo que otro barco nos sigue. Si mi hijo, es otro
barco, le dije sin quitar mi vista de esa dirección.
El niño continúa insistiendo. Sacude sus manitas
y los ojitos parecen desorbitárseles: Mamá, mamá,
se acerca...!
Alguien desde alante avisa que somos perseguidos, y siento que
vamos más deprisa pero los de atrás se nos adelantan.
Comienzan a tirar chorros de agua y nos empujan duro por el costado.
Trato de cubrir con mi cuerpo el del niño. Escucho los
gritos de una mujer aterrorizada: Mi hijo..., mi hijo...!
Parece como si un chorro de esos le arranca el niño de
entre los brazos.
Estábamos ahí mismitico donde atraca el Galeón.
La gente en el Malecón lo vieron todo. No podía
mirar bien de frente, porque las luces que alumbran encandila
la vista.
Apuntan los chorros sobre mí y casi quedo desnuda. Parecían
hincados de clavos sobre las espaldas y los muslos; pero el niño
aunque estaba empapadito, no fué castigado. Me viraba de
un lado para otro y le servía de escudo. Pobrecito!, apretado
contra mi pecho me decía bajito: Ay mamita, que es ésto...
Dios mío sálvanos...! Yo le daba aliento diciéndole
que no tuviera miedo; que resistiera un poquito... que lo malo
pasaba pronto. Pero seguían y seguían los chorros
y los golpes.
Los que estaban cerca de mi huyeron de los ataques, algunos fueron
lanzados brutalmente contra los hierros y maderas. Quedé
sola con mi hijo aguantada del palo; temía moverme y ser
lanzada también. No tuve más remedio que esperar
que se cansaran o nos mataran.
Yo estaba de espaldas a la popa, y el niño me advierte:
Cuidado mamá, viene pa'arriba de nosotros! trato de portegerme
apretándome contra el niño y el palo. Aquello parecía
un tiburón que venía a tragarnos. Llegó arriba
de nosotros hasta que se monta encima y parte el barco por atrás.
poco faltó para que me exprimiera contra el palo. El niño
grita temblando y lloroso: Nos rendimos, nos rendimos...
Otro hombre llama: Jabao.. Jabao, déjanos ya... mira que
hay mujeres y niños...
Y el asesino respondió burlón: Eso no era lo que
ustedes querían? Ahí tienen, ahora arréglenselas
como puedan o muéranse!
Nuestro barco se hundía y yo desesperada no hallaba que
hacer. Cogí al niño y lo cargué. Pobrecito,
rezaba, estaba como espantado. Se comía las uñitas
y presentía lo malo.
El agua comenzó a subir, mejor dicho, nosotros a bajar.
Le dije al niño: Papi, sal del corralito y encarámate
sobre mí. Ahora abraza tus piernecitas por mi cintura y
sujétate de mi cuello con tus bracitos... apriétame
fuerte y no me sueltes... coge aire bastante y cierra tu boquita.
Todo se lo fuí diciendo en la medida que la situación
se iba agravando, y él obedece.
-Si mamá, fueron sus últimas palabras con una vocecita
que casi no se oía. Poco a poco fuímos bajando hasta
que el mar nos traga completos. No sé cuando bajé
ni como subí. No se si morí o volví a vivir.
Parece que moví rápido las piernas y salimos a flote
por dos veces. El niño seguía abrazado como dormido.
Entonces lo llamo: Joanmi, Joanmi, pero no me respondía.
Había perdido todas sus fuerzas por el agua tragada, estaba
como desmadejadito.
Me mantengo a flote moviendo rápido las piernas. Miro alrededor
y me aguanto de un bulto flotante; parecía una balsa, pero
era Rosa ya muerta. Recuerdo sus gritos de locura durante los
ataques. Sigo aguantada de ella y pido auxilio; temía demorarme
y que el niño se muriera. Otras personas a las que nada
más se le veían las cabecitas, también gritaban.
Y aquellos barcos que nos hundieron, daban vueltas formando un
remolino; no podía mantenerme así por mucho tiempo.
Entonces descubro una caja flotando con un grupo de personas encaramadas.
Trato de alcanzarla con el niño a cuestas y empujando a
Rosa. Me acerco a la distancia del brazo. Algunos me tienden los
suyos para acortar el tramo; pero al soltarme de rosa para agarrarme
de la gente, lo hago con tanta fuerza y desesperoque todos me
vinieron encima. Entre éstos y los de atrás que
me agarraban las piernas para salvarse también, se desprende
el niño y se me vá. Grité desesperada: Cójanme
al niño, auxilio se me ahoga!, pero nada, todo fué
inútil. Se perdió ante mis ojos, y lo más
triste, no tenía fuerzas para nadar solito, había
tragado mucha agua.
Junto a otros, permanecí sujeta al borde de la caja. Los
remolcadores retrocedían cuando alguno trataba de darle
alcance buscando socorro. Por fin unas lanchas de Guardafronteras
tiraron salvavidas amarrados a sogas.
Nota del autor:
De las personas que componen inicialmente el grupo de María
Victoria sólo se salvan: Dos primos, Armando Morales Piloto
y ella. El resto desaparece.
El gobierno cubano no hizo gestión alguna a favor de rescatar
la embarcación hundida; tampoco entregó a sus familiares
los cadáveres de las víctimas. Ni tuvo coraje político
en abrir un proceso judicial para condenar a los culpables.
A ocho años de esta masacre, los autores de este crimen,
todavía pululan indemnes por las calles de Cuba.
tomado de sitio Memorial
Cubano
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