En los momentos actuales, que asistimos a la muerte política
de Fidel Castro (anunciada por el líder del mayor partido
de la izquierda latinoamericana, Lula da Silva, en un lapsus creativo)
donde la deteriorada salud física del dictador cubano es
políticamente secundaria (basta escuchar la sarta de sandeces
que habló en su último video salvando a la humanidad,
desde una Cuba literalmente en harapos) se hace necesario un análisis
que profundice en la situación objetiva del sufrido pueblo
de la isla y sus peligrosas perspectivas inmediatas.
Se configuran ahora
dos contextos explosivos en el panorama político cubano:
Por un lado, los deseos imparables de cambios en el seno de la
sociedad cubana, exhausta por 48 años de férrea
dictadura, en momentos que el dictador llega a sus finales de
manera irreversible; y por otro lado, las ansias de continuidad
de un proceso sucesorio, dentro de un grupo de poder que ve en
este panorama la forma de consolidar una futura dictadura militar,
a cualquier precio.
Históricamente
--y en sistemas totalitarios como el socialista cubano la
ambición siempre fue preservar el poder a toda costa y
a todo costo. El ejemplo histórico más acabado lo
tenemos en la China comunista de Mao, en la época que la
decrepitud se apoderó del dictador chino, aspecto que se
reedita peligrosamente ahora en el panorama cubano. ¿Se
repetirá a historia?
Existe en la reciente
Cuba de Raúl y estimulado por su flamante equipo de mando,
un ambiente propicio al pase de cuentas. No se trata
de la conocida vigilancia y represión a la oposición
política disidente dentro de la isla. Se trata de explotar
el sentimiento de trauma que el pueblo cubano acumula con el socialismo
fidelista, desviándolo hacia los problemas prácticos
que agobian la población, iniciando una campaña
hipócrita contra la corrupción (propia del socialismo-carestía)
erigiéndose en jueces de lo secundario, para desviar el
verdadero foco: el fracaso total del sistema implantado en la
isla, padre verdadero de la corrupción reinante.
Una situación
muy similar afrontó la China comunista cuando Mao entró
en decadencia y un grupo de auxiliares inescrupulosos, la famosa
Banda de los Cuatro (que incluyó --como sucede
ahora en Cuba-- a jóvenes ambiciosos y oportunistas) iniciando
la mal llamada revolución cultural (de cultura
no hubo nada) que no fue otra cosa que un ajuste de cuentas dentro
de las filas comunistas, aduciendo como en la Cuba de hoy, el
flagelo de la corrupción.
Se trata de un peligro
real, que el mundo externo no podría evitar y ni siquiera
el decrépito dictador podría frenar por su capacidad
irreversiblemente disminuida en la actualidad, todo lo cual pudiera
provocar un trauma de incalculables consecuencias para el sufrido
pueblo cubano, al final de un largo camino de carestías
y arbitrariedades, sólo por ambición de poder personal.
No se trata de la también
probable guerra civil entre diferentes facciones, ni la tan cacareada
invasión americana, que nunca llega. Es la
manera de esparcir el miedo dentro de la población civil
cubana, con el pretexto adicional de culpar a terceros de responsabilidades
que nadie como Fidel y Raúl tienen, evadiendo sus culpas
y crímenes contra su propio pueblo.
En momentos que una
élite ambiciosa erige una falsa bandera contra la corrupción,
cuando en realidad con sus armas protege sus verdaderas causas
--porque el poder de las armas que Raúl y sus generales
representan es lo que les permite dirigir el país-- lo
que realmente deberían aquellos hombres dignos que están
dentro de las filas del ejército, es colocar en un avión
hacia Corea de Norte a los hermanos Castro, para iniciar la reconciliación
nacional.
El peligro de la estrategia
raulista es grave para la oposición interna, que seguramente
sufrirá las consecuencias de la hipócrita lucha
contra la corrupción. Sólo la solidaridad internacional,
o el posible patriotismo de los cuerpos armados de la isla detendrá
la mano de los generales de Raúl a la muerte de Fidel,
o durante su cercana etapa final de pérdida de conciencia.
Ya son dos ministros
los apartados por razones poco claras, más un grupo de
funcionarios de alto nivel, todos víctimas del plan en
marcha, para el asalto a las riendas del poder político,
legitimado por la convulsión que causaría un ajuste
de cuentas falso, tomando la corrupción como pretexto para
la consolidación de un prestigio artificial
y forzosamente adquirido.
La situación
excede el análisis político tradicional, y tiene
como centro el grado de indefensión que el pueblo cubano
tiene ante la dictadura que lo oprime, poniendo de relieve la
falsedad del argumento tradicional de los hermanos Castro, que
justifican la dictadura que mantienen contra su pueblo, como siendo
derivada del diferendo histórico Cuba-EUA, en momentos
que no es muy clara la posición del gobierno norteamericano
ante las pretensiones raulistas.
Sólo un entendimiento
entre la oposición interna y el exilio, entre la Europa
democrática y Estados Unidos y entre los polos de la izquierda
opositora y la derecha democrática cubana (todo con muy
pocas probabilidades) sería la solución real con
vistas a presionar de conjunto por una salida democrática
para los cubanos, exhaustos por casi medio siglo de totalitarismo.
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