Parece que fue ayer, pero no: hace 40 años que invadimos
a Cuba con el
propósito de liberar a la patria del comunismo. Por tres
días, del 17 al
19 de abril de 1961, estuvimos peleando hasta que se nos acabaron
las balas.
Ya dispersos por la Ciénaga de Zapata, fuimos hecho prisioneros
por las
tropas castristas. Nos llevaron a Girón, donde nos maltrataron,
escupiéndonos,
insultándonos, amenazándonos con el paredón.
El grupo nuestro fue llevado
a una casa donde habían muchos más prisioneros. Tres
de éllos fueron
fusilados después. Uno fue Pérez Cruzata, quien había
estado antes con
Efigenio Amejeiras, Jefe de la Policia del siniestro régimen.
En un cuarto habíamos 30 detenidos, y allí encontré
a un primo mío,
quien estaba herido sin ser atendido. Al día siguiente, creo
que era el 24 de abril,
nos sacaron de la habitación y afuera nos alinearon frente
a una enorme rastra.
Alli estaba el Comandante Osmani Cienfuegos (hermano de Camilo)
dando órdenes.
Un individuo que después supe se llamaba Fernández
Vila, del Instituto Nacional
de la Reforma Agraria (INRA) iba llamando a muchos, incluyendo a
heridos.
En esa lista caímos mi hermano Francisco, mi primo Humerto,
y yo.
Cuando ya habían 110 brigadistas dentro de la rastra,
los que eran
vejados por el Comandante Cienfuegos, Fernández Vila le
advirtió que nos
íbamos a morir asfixiados. Cienfuegos comentó: "No
importa. De todas formas los
vamos a fusilar. Traigan 50 cochinos más". Nuestro
jefe, Ernedio Oliva, también
estaba en la rastra. Cienfuegos le preguntó que qué
tenía que decir, a lo
que Oliva respondió con su nombre, rango, y número
de serie. Esto puso
furioso a Cienfuegos, y ordenó que Oliva saliera del vehículo.
Esto
posiblemente le salvó la vida. Estimo que ya habíamos
161 brigadistas en
esas circunstancias. Más de 40 heridos fueron tirados adentro.
Cerrada la
puerta lateral, la rastra fue puesta en marcha. Tratamos desesperadamente
de volcarla, lanzándonos contra los lados, pero inutilmente.
Las paredes
interiores estaban cubiertas con madera "playwood" y
zinc. Un paracaidista
que sabía karate rompió algunas tablas. Estábamos
muy apiñados, y el aire
comenzaba a faltarnos. Fue horrible. La oscuridad era total. Se
produjo
un caos. Muy difícil de describir aquellas escenas. En
la parte de atrás de
la rastra logramos hacer algunas hendiduras utilizando los metales
de
nuestros cinturones y un pedazo de hierro que apareció
no se cómo.
El infierno de Dante me lució entonces un paseo por el
Prado...
Logramos hacer unos cuatro huequitos de más o menos una
pulgada y media
cada uno, y claro, éramos muchos para todos poder usarlos.
Esas ranuras fueron
hechas como a unos tres pies del piso. En la parte del frente
se produjo
una gran agitación, ya que allí no había
respiración alguna. Algunos de esos
hombres, ya casi desmayados, logramos cargarlos, pasarlos para
atrás y
ponerlos junto a los huecos. Uno de éllos fue Arteaga,
vecino mío en
Cuba, quien prácticamente muerto, pudimos revivirlo. Mi
hermano, el viejo
Guerra y su hijo estaban al lado opuesto. Guerra nos arengó
para que estuviésemos
tranquilos, diciéndonos que nos íbamos a salvar.
Pusimos nuestras camisas
en las paredes para absober la humedad y el frío de la
noche, y pasándolas
por nuestros cuerpos nos ayudaba a mantenernos vivos y alertas,
pues si uno
caía al piso, no se levantaba más.Ya habían
algunos muertos. Y he aquí lo que
más me impresionó en aquel trágico viaje
de ocho horas. Jose Millán saltó
del piso y me dio en la cara sin querer. Me dijo que tenía
esposa e hijas
en Miami. Entonces me confesó que se iba a morir en ese
momento, que tenía a
Jesucristo delante de él, que nosotros seríamos
salvados. A los dos
minutos cayó muerto. A mi lado.
Supimos que la rastra había llegado al Castillo del Príncipe,
en La Habana,
y que después siguió para el Palacio de los Deportes,
donde por primera
vez fue abierta la puerta lateral. Casi no podíamos levantarnos.
Mi hermano y
el viejo Guerra me ayudaron a salir. Cuando miré hacia
atrás, vi a muchos
cuerpos en el suelo. Después supimos que habían
muerto nueve, y otro que
falleció poco después. Entre éllos, un joven
campesino de 20 años que no
era brigadista, y así y todo lo metieron en la rastra.
Fue un espectáculo de
horror. La culpabilidad directa fue de Osmani Cienfuegos. Muchos
militares castristas en el Palacio de los Deportes hicieron gesto
de desaprobación
acerca de aquella masacre e ignominia. Fue un verdadero acto de
cobardía,
del que también fue responsable Fidel Castro por respaldar
a Cienfuegos.
Cuando se escriba completa la historia de Bahía de Cochinos,
se van a
saber muchas cosas más.
El odio y la falta de piedad de los comunistas es extremadamente
sádica, pero después de tantos años y tantas
víctimas desde esa enlutada fecha más el olvido de
los que se decían eran nuestros amigos, también nos
duele a muchos.
Hay que seguir informando para que esta intrerminable tragedia nunca
se olvide.
Rafael M. Estévez
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