Escribir un testimonio historico desde una experiencia tan
personal e intensamente vivida es como tratar de salirse de
uno mismo. Y desde la memoria posible, que se esconde, se resiste
y nos traiciona, intentar exponer "periodisticamente"
una realidad que pueda ser entendida por quienes no han vivido
lo que contamos. Para mi ha sido como un parto necesario, un
mandato ineludible para dejar constancia de algo que aunque
he debido vivir no me pertenece. Esto pude hacer, apenas...
Roberto Jiménez
Me detuvieron la noche del 31 de octubre de 1961, en la ciudad
de La Habana. Fui conducido a la sede de la Seguridad del Estado,
que entonces estaba situada en la Quinta Avenida y la calle
14, en el reparto Miramar. Allí me mantuvieron dos días,
totalmente incomunicado del exterior. Durante esa corta estancia
fui sometido a interrogatorios ligeros sobre generalidades y
datos burocráticos, fotos, etc. Estos interrogatorios
fueron realizados en locales donde la temperatura se mantenía
extremadamente baja, contrastando con el intenso calor reinante
en la galerita donde me mantenían junto a otros prisioneros
que no conocía. Ya ellos me habían advertido sobre
"el cuarto frio" en que habitualmente interrogaban,
sólo que a mí me tenían reservado otro
método de "procesamiento"
Dos noches después, ya de madrugada, fui despertado y
conducido a un pequeño patio interior del edificio, iluminado
con luces amarillas. Este patiecito daba a un pasillo para carros,
cerrado por una alta reja. Se encontraba en él un grupo
de militares con metralletas y un auto de los usados por el G-2,
Seguridad del Estado, sin identificación, simplemente un
carro civil como otro cualquiera
. Se me despojó del
cinturón y los cordones de los zapatos, se me vendaron
los ojos y se me introdujo en el suelo del auto, que por mi estatura
de seis pies debió ser el que está delante del asiento
posterior. Con tres o cuatro pares de botas sobre mi cuerpo y
el cañón de un arma apretado en mi cabeza, con fuertes
advertencias de no hablar, el vehículo estuvo desplazándose
durante un largo tiempo, haciendo numerosos y rápidos giros
a izquierda y derecha, frenando y acelerando aparatosamente, como
para hacerme imposible cualquier orientación sobre la ruta
seguida.
Llegamos a un sitio que, por el silencio reinante, asumí
que estaba alejado de la ciudad. Me gritaban amenazadoras "advertencias"
sobre que había llegado al lugar donde se hablaba todo
lo que se sabía, empujándome con las armas mientras
sentía que andaba sobre un sendero de lajas y, después
de subir algunos escalones, sentí que abrían una
puerta y que entrábamos. Acto seguido me condujeron-empujaron
por un recorrido en el cual debía unas veces bajar la cabeza,
otras doblar a la izquierda, a la derecha, subir o bajar escalones.
No faltaban las amenazas y las burlas. Este recorrido se repetiría
durante mi estancia en aquel lugar cada vez que me sacaran del
cuarto en que me encontrara, por cualquier razón, siempre
con una capucha que me impedía totalmente la visión.
Fui introducido a un cuarto, que , al quitarme la venda, pude
verlo vacío, sin ventanas e iluminado con luz amarilla,
que tenía las paredes llenas de manchas rojas, como de
sangre, y una bandera del "26 de Julio" pintada rústicamente
en el rincón que quedaba al otro extremo de la habitación,
frente a la puerta. Se me dejó totalmente desnudo y se
me aclaró que estaba en un lugar desconocido para todos
afuera y que me podrían ejecutar allí si era necesario
sin que nadie lo supiera nunca. Se me obligó a permanecer
de pie frente al rincón de la bandera, a lo cual no obedecí
de primer momento, lo que me trajo problemas con el posta que
me obsevaba desde la puerta.. La puerta -como todas las de los
otros cuartos en que estuve confinado durante las semanas que
permanecí en aquel lugar- tenía una combinación
de doble cerrojo que permitía accionarla desde afuera como
si se abriera y cerrara, ruidosamente, lo cual repetían
con frecuencia, a la vez que gritaban a través de una ventanilla
en la propia puerta, que abrían y cerraban desde afuera,
también haciendo un gran ruido. No tardé en saber
que todo eso tenía como objetivo mantener al prisionero
en constante tensión y sin dormir. Porque estaba prohibido
dormir.
En aquel primer cuarto habrían de comenzar mis interrogatorios
momentos después. Después fui conducido a otra habitación.
Dentro de cada habitación en que estuve siempre había
encendida una bombilla de intensa luz amarillenta, nunca había
ventanas (o estaban totalmente tapiadas ) ni se escuchaban sonidos
del exterior de la edificación en que me encontraba prisionero,
sólo los gritos de los carceleros y el abre y cierra de
las puertas y sus escotillas, así como los sonidos del
pasillo en que se podía escuchar, por ejemplo, como algún
otro prisionero era obligado a correr o saltar como castigo. Nunca
olvidaré cuando escuché el recibimiento de alguien
que, por las ofensas que le gritaban, pertenecía a la Seguridad
del Estado,y quien devolvía los insultos repitiendo que
ellos, los carceleros, eran quienes habían traicionado
los principios de la revolución.
Con el paso de los días fui identificando en mi mente aquel
lugar como una residencia de alguien adinerado a la que se le
habían hecho modificaciones y que tal vez habían
conectado con otras viviendas vecinas. Los que allí estuvimos
después nos referíamos al sitio como "Las cabañitas",
o "Las casitas".
Siempre se me ordenó, en todas las habitaciones, que debía
permanecer todo el tiempo de pie frente a la pared que estaba
frente a la puerta.
A pesar de permanecer desnudos , el calor y el sudor eran una
constante. Ni pensar en poder bañarnos. El mal olor en
todo mi cuerpo llegó a hacérseme sumamente molesto
y se hicieron escamas en mi cuero cabelludo. El dolor y/o el entumecimiento
en mis piernas y pies, que llegaron a inflamarse enormemente agrietándoseme
la piel, se hicieron insoportables. En algunas ocasiones me senté
en el suelo, por no poder más o por necesaria rebeldía,
lo que provocó la entrada del centinela del pasillo --a
veces con "refuerzos", que incluían a perros
pastores alemanes gruñendo y ladrando fieramente bien cerca
de mi piel, sujetos por cortas correas--, luego de reiteradas
órdenes gritadas desde la ventanilla de la puerta, para
cargarme y ponerme de pie a la fuerza. Alguna de estas veces llegaba
uno de los interrogadores para asumir el papel de "bueno"
y permitirme un pequeño descanso, rápidamente interrumpido
para reiniciar los interrogatorios
En cuanto a las comidas, no tan malas generalmente, a veces me
parecía que una me la traían a muy poco tiempo de
la anterior y en otras ocasiones la espera se hacía larguísima.
Me convencí de que era otra forma, bien calculada, de contribuir
aún más a que perdiera por completo la noción
del tiempo.
Recuerdo que, también varias veces, sin indicio previo,
se apagaba la luz y la oscuridad era absoluta y desconcertante,
mateniéndose por lapsos indefinidos. Tanto la súbita
llegada del "apagón" como el suspenso del período
de oscuridad y el regreso brusco y abrumador de la luz, causaban
un efecto de desorientación inevitable. También
contribuían a ello los constantes interrogatorios, la falta
de sueño, las interminables horas de pie, la lucha por
no perder la lucidez mental --que por momentos era abrumada por
el pesado embotamiento-- y hasta por las discusiones eventuales
con los interrogadores y centinelas, que terminaban por agotar
aún más mis reservas físicas y mentales,
por lo que al cabo de un tiempo hacía lo posible por no
dejarme arrastrar a ellas.
El agua para tomar había que pedirla siempre varias veces
al carcelero de la puerta, que invariablemente respondía
que debía consultar primero con los interrogadores. Eso
para relacionarlo con el curso de los interrogatorios en cada
momento. Para usar el pequeño servicio sanitario, sin puerta,
que estaba dentro del cuarto, la misma cosa. Nada estaba fuera
del plan general. Llegué a pensar que, además, esas
respuestas eran otros tantos intentos de provocar reacciones movidas
por la desesperación que aceleraran el desgaste general
de la personalidad y precipitaran la personal desmoralización.
La misma intención debían tener los frecuentes insultos
y las burlas relacionadas con mi desnudez que distintas voces
emitían a través de la escotilla de la puerta, siempre
acompañados por el ruido de los portazos.
Podría añadir también que cuando, largo
tiempo después del comienzo de aquella pesadilla, se me
empezaron a permitir momentos de descanso, sentía que unas
veces era despertado casi de inmediato, mientras otras me dejaban
dormir -la "cama", una tabla sobre cortas patas--por
un mayor período. Siempre tenía la duda de si sólo
se trataba de una falsa impresión, debido a mi deplorable
estado físico de cansancio extremo, o se trataba de otra
forma de hacerme perder la noción del tiempo y desestabilizarme.
Los interrogatorios no tenían una lógica predecible
y su duración e intensidad cambiaban constantemente. Con
frecuencia a un interrogador, ya evidentemente cansado, lo sustituía
otro que llegaba fresco, perfumado y con el uniforme recién
planchado. Lo de nunca acabar
Cuando no me interrogaban en mi cuarto-celda me llevaban, por
ejemplo, a una especie de terraza cerrada que tenía un
mostrador como de bar casero. Después del consiguiente
recorrido encapuchado, bajando la cabeza, doblando a la izquierda,
a la derecha, subiendo y bajando escalones entre gritos y empujones,
me quitaban la capucha. En ese lugar se podía apreciar
un desorden total con objetos amontonados por todas partes, como
de una casa abandonada precipitadamente, o un lugar que apenas
se estaba acondicionando para tales menesteres. En aquel "bar"
me sentaban a una mesa de cristal, desnudo como estaba, con mal
olor y agotado, frente a un oficial pulcramente vestido y perfumado.
Recuerdo entre los interrogadores que me "procesaron"
sólo algunos nombres: Capitán Alfonso, Carlos Mauris
(quien se había infiltrado en nuestra organización),
Teniente Brugueras.
Según supimos, quien estuvo a cargo, allí presente,
del procesamiento de nuestro movimiento ( MRP ) en aquellos momentos
fue Isidoro Malmierca, por entonces uno de los principales al
mando de la Seguridad del Estado y después por años
Ministro de Relaciones Exteriores del régimen, ya fallecido.
Cuando me sacaron a "fusilar", siempre desnudo y encapuchado,
sí tuve la certeza de que era de noche por el silencio
característico, el olor, la humedad de la hierba y la sensación
en la piel. Sólo faltaron los disparos.
En los últimos días de mi estancia en Las Cabañitas
me reunieron con algunos compañeros del Movimiento Revolucionario
del Pueblo ( MRP ), que también formaron parte de las dos
causas que la Seguridad formó con los integrantes de la
redada en que me detuvieron (causas 27 y 31 de 1962, en el Tribunal
Revolucionario #1 de La Habana). Ellos eran Reynol González,
Fernando de Rojas y Raúl Fernández. Otros que recuerdo
estuvieron en Las Cabañitas por aquella redada son Héctor
René López, Francisco Hasegawa, Juan Manuel Izquierdo,
Ruperto González, José Antonio Martínez,
Bernardo Iglesias
Fueron muchos más los que pasaron por aquella pesadilla
durante años, cientos o miles. Tal vez nunca se sepa con
exactitud.
Al ser conducido de regreso a "Quinta y Catorce", sede
oficial de la Seguridad del Estado, pude saber la fecha. Había
estado 17 días
"desaparecido" en "Las cabañitas".
Todavía pasarían más días antes de
que mi familia y compañeros supieran de mí.
Debo aclarar que fui de los que menos tiempo tuvo que sufrir
la incalificable experiencia de ese lugar. En mi caso, por haber
sido detenido casi al final de una redada cuyos objetivos políticos
estaban a punto de consumarse, según la dirección
de la Seguridad.
Son innumerables las mujeres y los hombres que debieron padecerlo
por larguísimos lapsos.
Roberto Jiménez ( Causa 31 de 1962, Tribunal # 1, La Cabaña
)
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