Alberto O'Farrill y Alvarez,
abogado y notario, era el poseedor del último mayorazgo que
ostentó su padre como descendiente del Rey de Irlanda. Con
la fortuna familiar en ruinas tras la guerra, se dio a la tarea
de trabajar y encausar en estudios a sus cinco hermanos. O 'Farrill
y su cuñado Miguel Angel de la Campa, diplomático
de carrera, establecieron su propio bufete. Eventualmente, trabajaron
juntos en la Liga de las Naciones y juntos firmaron el Tratado de
Paz de la Primera Guerra Mundial. Y toda la familia regresó
a Cuba para el nacimiento de la prisión primogénita,
Albertina.
Además de una
esmerada educación recibida en Cuba y en los Estados Unidos,
Albertina creció en un ambiente de refinamiento y cultura,
colmada de todos los beneficios que disfrutaría una señorita
de la alta sociedad. Nadie hubiera sospechado en aquel entonces
que sus viajes y sus relaciones a niveles monárquicos y
diplomáticos servirían un día para salvarles
las vidas a ricos y pobres y a miles de niños cubanos,
desatando con esto la ira de Fidel Castro.
Cuando Fidel Castro
toma el poder, Albertina era la Secretaria particular del entonces
Ministro de Defensa, su tío y padrino Miguel Angel de la
Campa. Había trabajado con él en el Ministerio de
Estado y viajado a importantes eventos oficiales en otros países,
incluyendo México, donde vivió cuatro años
y ayudó activamente a los franceses libres durante la Segunda
Guerra Mundial.
A su regreso a Cuba,
contrae matrimonio con el joven médico Rafael Montoro y
continúa una intensa vida colmada de actividades sociales
y obras benéficas, pero su trayectoria anterior y carácter
inquieto la mantienen al tanto de la política y los pasos
de Fidel Castro. Un ex presidente colombiano y contactos diplomáticos
en Washington le cuentan detalles de varios hechos de sangre relacionados
con Fidel Castro, el "Bogotazo", el asesinato del líder
estudiantil Manolo Castro, el asalto al Cuartel Moncada y otros.
En sus frecuentes visitas a la capital de los Estados Unidos,
se reúne con grupos de cubanos y americanos, alertando
sobre el peligro que Fidel Castro representaría, tanto
para Cuba como los Estados Unidos.
Los rosarios colgados
del cuello de los barbudos de la Sierra no la engañarían.
No obstante, mientras se producía el éxodo masivo
de cubanos, Albertina decido permanecer en Cuba con su madre y
sus tres hijos, conciente de que los cubanos necesitarían
de ella y de sus contactos. Las amistades enraizadas a lo largo
de su vida, en Cuba y en el exterior, servirían ahora para
salvar vidas y le rendirían buenos frutos.
Los excesos cometidos
por los barbudos y los líderes de aquella revolución
"más verde que las palmas" teñían
con sangre las cárceles, las calles y los campos, pero
Albertina resistía junto a su madre y sus tres hijos sin
abandonar Cuba. Su esposo permanecía como embajador de
Cuba en Holanda, pero la separación termina por destruir
el matrimonio. Asesorada por amigos y sacerdotes, pero desgarrado
su corazón, accede Albertina a poner a sus hijos a salvo
enviándolos a vivir con su padre y su nueva esposa Katherine
Caragol, mujer muy distinguida y de extraordinarias calidades
humanas, quien se convirtió en comprensiva madre para los
tres.
Mientras tanto, Albertina
protegía a los hijos de otras madres, y amigos diplomáticos
comenzaban a cuidar de ella, cada vez más involucrada en
la contrarrevolución. Desde el primero de enero de 1959
empezó a asilar adultos y a exiliar niños clandestinamente
con la operación iniciada por Pancho Finlay y su esposa,
Betha de la Portilla, y que luego, bajo el nombre de "Pedro
Pan", continuarían en forma más estructurada
Polita y Mongo Grau.
Hasta caer presa en
1965, con los embajadores de Suiza, Bélgica, Brasil y Holanda,
el encargado de negocios de España, que entonces no tenía
embajador, y otros del mundo occidental, pudo interceder y salvar
las vidas de muchos condenados a morir por fusilamiento. Por medio
del embajador de México logró que a los hermanos
Grau Sierra les fuera conmutada la pena de muerte por una sentencia
de 30 años. El agradecimiento del pueblo de Cuba a estos
amigos tendrá reconocimiento en su día y no ahora,
porque desde la cárcel Albertina continuaba pidiendo asilo
para los más comprometidos, y esquiva darnos más
detalles para no comprometer a quienes tanto la ayudaron.
Un antiguo pretendiente,
José Enrique "Cucú" Bringuier, entonces
recién salido de la cárcel, visita a Albertina para
llevarle recados de su primo preso, el valiente abogado y diplomático
Andrés Vargas Gómez, nieto del prócer Generalísimo
Máximo Gómez, así como varias peticiones
de ayuda de algunos presos para salir del país. Albertina
lleva a Bringuier a varias embajadas y a la Nunciatura Papal,
más que todo para que él pueda detallarles a los
presos los esfuerzos realizados. Ahí reverdece aquel primer
amor de adolescentes y contraen matrimonio.
-En 1964 comienzan
a caer los nuestros. Agarran a José Luis Pelleyá,
a Alberto Belt, a Polita Grau y a Margocita Calvo. Mis amigos
me aconsejaban asilarme pero traté de seguir siendo útil
en la calle. Trataba de mantener frescos los contactos que había
establecido durante tantos años, ya que cuando un embajador
se retiraba se llevaba a su país con él. Uno de
ellos me brindó asilo sin yo quererlo siquiera, pero el
27 de abril de 1965 caigo presa y me celebran juicio dos años
más tarde, ¡algo inaudito! Como yo no confieso nada,
no acepto los delitos que me quieren imputar y no pueden probarme
nada, me condenan "por convicción", que era un
crimen peor que un atentado contra la vida misma de Fidel Castro
Me tuvieron seis
meses en Seguridad del Estado y año y medio en la cárcel
de Guanajay. El mes y medio que estuve incomunicada en Seguridad
fue algo espantoso; sin saber cuándo era de día
y cuándo era de noche; me decían que mi madre estaba
presa y que mi esposo había sido fusilado, que iban a atentar
contra mis hijos en Miami. Cuando me sacaban de allí para
interrogatorio parecía una loca, llevaba semanas sin bañarme,
sin peinarme, con los pelos parados, llena de morados en todo
el cuerpo porque no eliminaba. Me llevaban al piso de los hombres
donde todos los inodoros estaban tupidos para que yo orinara cuando
no tenía deseos y viceversa, y a veces orinaba pero no
podía dar de cuerpo. Contraje hepatitis y uno de los guardias
me decía: "Usted se va a podrir, usted se está
muriendo". El único que me ayudó era un médico
de Seguridad del Estado, el Dr. Márquez. Pero jamás
lograron que yo hablara, nunca delaté a nadie.
Mucho afectó
a Albertina el confinamiento a que estuvo sometida durante dos
años. Este aislamiento y la falta de higiene, atención
médica y alimentación, dejarían una huella
indeleble en su salud. Durante su encarcelamiento comió
harina con gusanos y gorgojos, y padeció glaucoma, hipertensión,
envenenamiento de la sangre y un coma hepático, entre otras
enfermedades. La autobiografía que recoge en detalles su
extraordinaria trayectoria, "De embajadora a presa política",
es un documentado testimonio.
-Mis carceleros sentían
un odio visceral contra lo que ellos llamaban "mi clase",
pero poco a poco fueron dándose cuenta de que habían
sido engañados. Tras 12 años de conducta intachable
en la cárcel y dos más en arresto domiciliario,
sin ceder a presiones ni delatar a nadie, aprendieron a respetarme.
Y cuando salí, yo, que antes hablaba hasta por los codos
y metía un mitin relámpago en cualquier esquina,
ya fuese en Lisboa, Washington o dondequiera por defender mi causa,
había aprendido a ver, oír y callar, a no compartir
la causa de Cuba con los que no la amaban, no la entendían
o no la querían entender.
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