Fue un día cualquiera
en la Villa de los Maristas, antigua escuela religiosa que los castristas
tenían como sede de su cuartel general de la Seguridad del
Estado en La Habana. Fui sacada de mi celda tapiada que olía
constantemente a picadillo de soya, el mismo que nos servían
a diario con un color verdoso que revolvía el estómago
a cualquiera. La celda se encontraba justamente encima de lo que
podía ser la cocina del lugar. Por eso el olor constante
a salcocho y un calor insoportable.
Una vez más
franqueaba los lúgubres pasillos camino al interrogatorio
donde me llevaban con las manos detrás y la cabeza mirando
hacia abajo. Un calor insoportable en pleno verano me hacía
sudar como una cortadora de caña en pleno surco. Ir al
interrogatorio se convertía -a veces- en lo mejor que pudiera
pasarme, ya que al entrar al frío intenso del pequeño
cuartico, me aliviaba inmensamente.
El guardia que me custodiaba
entraba al pasillo de los cuartos de interrogatorio y cumplía
un ritual que ya me sabía de memoria. Abría una
puerta hacia fuera, tocaba la otra puerta, y al recibir la orden
de entrar, abría la otra puerta hacia adentro. Se ponía
tieso y casi a gritos decía: "Permiso teniente para
entregar la detenida". El teniente se sentía importante
y la detenida no lo quedaba más remedio que entrar y sentarse
en una silla atornillada al suelo. Creo que está demás
explicar por qué estaba atornillada.
El primer teniente
empezó a hablar sobre algo que ni recuerdo, cuando de pronto
se abrió una puerta a sus espaldas. Se puso de pie a la
velocidad de un misil y su cuerpo se estiró tanto que parecía
partirse en dos. Su mano derecha se dobló como un resorte
y realizó un saludo de corte militar tan tempestuoso que
casi me asusto. Me mira azorado y me grita: "póngase
de pie". Yo, impávida y serena, le pregunto con la
cabeza, y me grita nuevamente: "párese y salude".
Me sentí molesta en ese momento. Me encontraba muy cómoda
sentada para tener que pararme y le dije: "no tengo por qué
pararme. No soy militar". Un hombre de alta estatura entraba
por la puerta en cuestión. Por el color de su uniforme
verde olivo me di cuenta que se trataba de un oficial de rango
mayor. También el susto del primer teniente lo revelaba
totalmente. Se trataba del Teniente Coronel Basilio Olivera Chile.
"Quédese
sentada, no se preocupe. Quédese sentada", me dijo
el Coronel con una sonrisa sarcástica y divertida a la
vez. Parecía un emperador romano al entrar al circo para
echar su víctima a los leones. El teniente se relajó
luego del permiso de su jefe, pero me miraba como queriéndome
matar. Yo no había cumplido su orden, ni tenía intenciones
de cumplirla. Y sobre matarme, tampoco me importaba.
El hombre vestía
con traje verde olivo oscuro y sus dos grandes estrellas en el
cuello de la camisa del uniforme descubrían su grado militar.
Tenía una barriga prominente y su cara colorada, a pesar
de ser trigueño de piel, revelaba lo bien comido que estaba,
sobre todo si lo comparaba conmigo, que parecía salida
de una película rusa en los campos de exterminio masivo.
El coronel Chile, como
le llamaban, intentaba hacerse el gracioso. A su subalterno le
daba tanta risa todo lo que decía que empecé a molestarme
seriamente. Luego comprendí que no podía dejar arrastrarme
por mi temperamento. Era preciso igualar su cinismo para poder
defenderme de su monserga barata.
Empezó por decirme
que la pureza no existía y otras tantas simplezas, hasta
que dijo: "Aquí no hay nada puro en la vida. La única
pura que hay eres tú. Como dice un poema de Nicolás
Guillén: "lo único puro que hay en la vida
es la pura mierda". Le hubiera saltado al cuello aunque luego
me fusilaran, pero no lo hice. Preferí buscarle un punto
débil para contra-atacarlo. Entablamos una discusión
con el tono más irónico que recuerde en mi vida.
Me dijo que por allí había estado el "Lezca",
refiriéndose a Jorge Lezcano, quien en ese momento era
el secretario general del Partido Comunista en La Habana. Al "Lezca"
yo le había envíado unas cuantas proclamas que decían
"Abajo Fidel", y, aparentemente no le gustaron.
Le envié saludos
a "Lezca" y le dije al Coronel que le preguntara si
quería más proclamas. Me respondía siempre
con el mismo sarcasmo. Nos dijimos hasta botija verde, pero con
la sonrisa a flor de labios. Parecíamos actores de una
parodia absurda. Me confesó ser un psiquiatra y que había
estudiado mi carácter y demás. Me dijo que mi inteligencia
estaba por encima de la media, cosa que me dio risa de veras y
le dije que estaba feliz de saber que era un genio. Me respondió
sin ironías que no era un genio, pero sí estaba
por encima de la media.
Trataba de elevar mi
ego al máximo, pero luego continuó con su sarcasmo
característico, y la guerra de palabras siguió.
Me ofendía para intentar sacarme de paso. Yo lo sabía
y no quería darme por vencida. Sus ofensas íban
envueltas en una aparente finura, con doble sentido incluído.
Yo también hacía lo mismo. Le dije que su revolución
era un total fracaso y él me dijo que tenían el
poder, y luego cerrando el puño artísticamente repitió:
"el poder del pueblo". Le respondí que ese pueblo
estaba dentro de ese puño sometido por la fuerza represiva
y no le gustó mucho, pero se rió diciéndome
algo. Yo trataba de no molestarme abiertamente.
Buscaba algo que me
permitiera ganarle la contienda sarcástica. Le había
dicho que se veía bien alimentado, mientras el pueblo se
moría de hambre. Se rió alto y se tocó el
vientre abultado como diciendo: "yo sí como bien gústele
a quien le guste". Le respondí que era evidente, pues
para eso era un alto oficial, al igual que la clake dirigente.
Eso no le gustó. Me dijo que esa palabra era muy fea y
vulgar y entonces le dije que cada cual recibía la palabra
merecida. La bronca continuó y yo quería decir lo
último para cerrar con broche de oro. Pero, el Coronel
era astuto y su capacidad como psiquiatra la estaba utilizando
contra mí.
Lo seguí observando.
Algo me decía que encontraría como sacarlo de paso.
No sabía cómo, pero lo haría. El coronel
continuaba con su burla estúpida. Era una pelea de león
a mono, y el mono amarrado, como dicen en Cuba.
Lo miré detenidamente,
pero tan detenidamente que me percaté de algo que ni él
mismo sospechaba le estaba sucediendo. El prepotente oficial,
jefe de instructores de Villa Marista, tenía nada más
y nada menos que la portañuela del pantalón abierta.
El zíper, aparentemente, no lo subió al ir al baño
antes del cuestionario zumbón que me estaba dedicando.
Lo dejé coger
fuerza con su burlita tonta para que se sintiera superior. En
mi mente buscaba cómo decírselo de una forma simple,
pero a la vez hacerlo sentir mal. El Coronel ya se creía
un gladiador vencedor en las arenas de Roma cuando le dije: "Por
cierto, Coronel, cuando pueda súbase la portañuela
que la tiene abierta y no me interesa ver nada". Su cara
se puso tan roja, que tenía matices color púrpura.
Creí que le daría un infarto, y es que, indudablemente,
había sentido vergüenza. No esperó jamás
que yo le dijera eso.
No sabía cómo
explicar aquella situación tan embarazosa y me decía:
"No creas que fue a ex profeso. Yo no me di cuenta".
Titubeaba nerviosamente y yo le dije sonriendo: "No se preocupe.
Yo sé que es usted incapaz de algo tan bajo, es que parece
que se le olvidó, ¿verdad?" Mi burla casi lo
sacó de paso. Abrió la puerta por donde había
entrado y seguía diciendo: "Por favor, no vayas a
pensar..." "En fin, fue sin darme cuenta
".
Se despidió más rápido que como entró
y desapareció para nunca más verlo en un cuarto
de interrogatorio. Al pasar el tiempo me sacaron a tomar sol y
lo encontré en el área, pero no era el mismo sarcástico
que había conocido.
Al teniente instructor
se le había congelado su risa, se había puesto muy
serio. Su cara era ese mismo poema de Guillén que había
mencionado el Coronel. Había apretado un botón que
había debajo de su escritorio para avisarle al guardia
que viniera a recogerme. En unos segundos estaba yo saliendo por
la puerta del cuarto de interrogatorio con una sonrisa más
sarcástica que la de Monalisa. El circo había terminado
y el emperador había salido corriendo del lugar titubeando
y subiéndose el zíper de su portañuela. Todo
un verdadero poema de la pureza.
|