KILO 5, MAYOR RIGOR
Por: Iliana Curra

Kilo 5 es una cárcel de máximo rigor para mujeres en Cuba ubicada en la carretera que conduce a Nuevitas en la provincia de Camagüey. Es una cárcel pequeña, pero muy cerrada. Allí fui a parar después de un largo recorrido en cordillera, como castigo por haberme portado mal con el régimen que quería que fuera como el "Che".

El sistema carcelario es de galeras cerradas. Otras prisiones abren sus puertas para salir a un pasillo, al menos, hasta la hora de dormir. En Camagüey se le conoce como Granja 5, pues en sus comienzos se trataba de algo parecido a una granja donde encarcelaban igual.

Me recibieron en la oficina del Oficial de Guardia ya casi en la madrugada. Fue un día entero de viaje desde La Habana, pasando por varias prisiones para dejar a hombres que, al parecer, también se habían portado mal. Mi expediente de CR (contrarrevolucionaria) era mi mejor identidad en un sistema que todo lo controla. Las expresiones de preocupación de quienes me recibieron, decía lo mucho que deseaban que llegara a esa prisión. En esos momentos era la única prisionera política en el lugar.

Al otro día por la mañana me condujeron a la oficina de la jefa del penal, una oficial con grados de Mayor que aparentaba casi unos 60 años de edad. Al entrar, me encontré a la Mayor sentaba detrás de su buró y a ambos lados, varias oficiales con grados de tenientes y capitán. Era el equipo compuesto por la jefa de Orden Interior, jefa de Reeducación, la Reeducadora del Destacamento, la jefa del DTI (Departamento Técnico de Investigaciones) y alguna que otra que no recuerdo. Me pararon delante de ellas, como si fuera un juicio, y la primera pregunta provino de la Mayor: "¿Por qué estás presa?" La pregunta me pareció tan absurda como inquisitiva, y sin pensarlo dos veces le respondí: "Usted tiene mi expediente ahí", le dije señalándole a sus manos". "Estoy presa por estar en contra de la revolución. Es decir, por estar en contra de todas ustedes". Ya estaba casi agresiva y en guardia cuando me di cuenta que sus rostros endurecidos empezaron a suavizarse. "Tranquila, tranquila"."Ya no estás en La Habana. Aquí las cosas son diferentes".

Y las cosas fueron diferentes. Comencé a convivir en galeras con reclusas comunes de alta peligrosidad. La convivencia con estas presas puede catalogarse como un castigo adicional al que ya existe, pues ir a la cárcel por haberte expresado es algo tan monstruoso como el propio sistema que te encarcela. Generalmente las comunes son personas en extremo conflictivas que viven una vida totalmente descarriada, especialmente en el caso de aquellas que van a la cárcel por robo, allanamiento de viviendas, prostitución, y otros tantos delitos que existen en la sociedad cubana. El ambiente de guapería presidiaria se respira en cualquier galera, cualquier pasillo, cualquier lugar de la prisión.

Hay casos de mujeres que han asesinado a sus propios hijos, otras que los torturaban, otras que los abandonaban, casos de drogadicción, muchos casos de mujeres víctimas de violencia doméstica que terminaban asesinando al marido. En fin, una cárcel es como un coctel de decadencias espirituales y morales. Un lugar donde entras y nunca estás segura si vas a salir. Es quizás, la puerta más allá del infierno, si mentalmente no te preparas para sobrevivirla.

Kilo 5 no está exenta de esta tragedia humana viviente. Todas, absolutamente todas las prisiones, son iguales o parecidas. Como si cada una fuera una llamarada de las calderas del Diablo.

Siempre me viene a la mente las situaciones que había que enfrentar a diario, aunque existían días lentos y tediosos. Pero los momentos violentos aumentaban el nivel de la adrenalina. Un día cualquiera nos dirigíamos al área del comedor, y aunque casi nunca probaba el salcocho que nos daban, salía para estirar las piernas. Hubo un encontronazo entre los dos destacamentos que no estaba previsto, pues siempre evitaban que se encontraran para que, precisamente, no hubiera problemas.

Una pareja de homosexuales fue lo que provocó un incidente desagradable al extremo. Una de ellas iba alineada en su fila para bajar a almorzar, y la otra fila subía del área de comida. No sé cómo, pero de pronto se formó tal algarabía, que lo único que pude hacer fue poner mis manos para evitar que alguien me cayera encima. La muchacha daba marcha atrás gritando aterrorizada. Su pareja, frente a ella, aparentemente le estaba dando bofetadas. Cuando me aparté pude ver algo que no pude imaginar. No eran bofetadas, estaba siendo acuchillada por la otra que, entre los dedos de su mano llevaba una hoja de afeitar partida en dos para que no se notara.

La sangre caía en el suelo y los gritos de terror ya no solo eran de la víctima, eran de otras que cayeron en pánico al ver lo que estaba sucediendo. Me parecía estar viendo una película de terror, pero era lo más cierto que había vivido en mi vida. La intervención de las guardias no se hizo esperar y la víctima fue llevada a la enfermería, mientras que su agresora fue esposada y conducida a una celda de castigo. Cuando todo se normalizó continuamos hacia el comedor donde, si me hubieran servido faisán de la India, no hubiera podido probarlo siquiera.

La gran mayoría de las riñas eran por problemas de homosexualismo. Celos, exigencias y depravaciones, son los ingredientes diarios de una vida completamente perversa y falta de escrúpulos. Si alguien me puede decir que convivir a diario con este tipo de situación no es un castigo, que venga el propio Dios y lo diga.

Tampoco olvidaría jamás una riña entre dos reclusas, esta vez por diferencias personales. Ambas eran homosexuales activas. Una de ellas salió de la galera para hacer filas y dirigirse al comedor para desayunar el mejunje con hierbas extrañas que nos daban y una ínfima porción de pan. En vez de ponerse en la fila se dirigió a la galera de la otra reclusa, sacando una vasija con orine y se la lanzó entre las rejas. La peste, los gritos y el desorden del momento no creo que nadie pudiera olvidarlo. Cosas así eran recurrentes en ese bajo mundo llamado cárcel, donde la convivencia obligada era parte de la acentuación del castigo. Nada más malo para alguien que por sus ideas de libertad cumplía una arbitraria e injusta condena.

Pero no es lo peor. Lo peor es que, todavía, continúa sucediendo.