La política penitenciaria del régimen totalitario
que oprime a Cuba, especialmente en cuanto al presidio político,
se ha caracterizado, desde sus inicios, por una violencia represiva
sin escrúpulos. El ensañamiento y el espíritu
de venganza han sobrepasado todos los parámetros de la vileza.
Si esto ha sido una constante para los presos políticos,
nuestras hermanas, encarceladas por sus ideas y actos por la libertad
y dignidad humana y nacional, hubieron de sufrir, con mayor rigor
la vesania de los abyectos carceleros de la tiranía.
En esta sección
que hoy inicia nuestro boletín pretendemos asomarnos a
los horrores del presidio político de mujeres, para hacer
justicia histórica a esa pléyade de heroínas,
con tanta frecuencia desconocidas, y denunciar las violaciones
de sus derechos humanos.
Damos inicio a nuestro
proyecto tomando uno de tantos ejemplos ilustrativos de esta gran
tragedia que fue el presidio político cubano de mujeres,
por lo peculiar de su história.
María Amalia
Fernández del Cueto fue detenida en 1961 en avanzado estado
de gestación. Sometida por más de cuatro meses al
agresivo rigor del Departamento de la Seguridad del Estado (G-2),
fue condenada a cuarenta años de prisión. Se la
ubicó en la cárcel de mujeres de Guanajay, donde
dio a luz a una niña.
En 1962, se produjo
una fuga en dicha prisión. El régimen, furioso,
como represalia envió a sesenta y seis de las reclusas
castigada para la cárcel de Baracoa, en el extremo oriental
de la isla. María Amalia fue de las seleccionadas, y tuvo
que viajar con su pequeña hija de meses. Las presas políticas
fueron trasladadas primero en camiones "rastras" y después
en avión bajo fuertes medidas de seguridad con la represión
acostumbrada. En la cárcel de Baracoa fueron recibidas
bajo las amenazas del maltrato, los insultos y la agresividad
usual. Puestas en condiciones muy precarias de higiene y habitación,
prácticamentes incomunicadas y alejadas al máximo
de sus familiares, las presas políticas castigadas en la
prisión de Baracoa fueron sometidas a un riguroso y abusivo
régimen penitenciario. Carentes de los más elementales
recursos de vida, sometidas a un programa de maltratos físicos,
con una alimetación de hambre y con una muy insuficiente
asistencia médica, las presas políticas tuvieron
que mantener un permanente enfrentamiento con la guarnición
del penal. Los "toques de latas" y las "batidas
de rejas" -algunas de las "armas" disponibles por
los presos para la protesta- tenían que realizarse frecuentemente
para reclamar los más elementales derechos. Muchas de las
veces la respuesta de la dirección fuemás golpizas
y castigos. Bajo tales circunstancias Amalia tuvo que desprenderse
de su hija y entregarla a su hermana y a su suegra, porque en
dicha situación era imposible que la criatura viviera.
Para estas sesenta
y seis mujeres el castigo en la carcel de Baracoa se extendió
por un año. Al regreso, brutalmente aglomeradas en "carros-jaulas",
a la prisión de Guanajay, se encontraron con que su pabellón
en ésta había sido convertido en celdas tapiadas.
Tuvieron que pasar seis meses más allí, dende se
les manipulaba hasta el agua.
El recibimiento en
la prisión fue con un despliegue inmenso de fuerzas militares
con arma larga y bayoneta calada. Sacadas a empujones de las "jaulas",
tuvieron que enfrentarse con una violenta y frenética andanada
de insultos por parte de toda la guarnición, que además
les propinaba golpes a diestra y siniestra por cualquier motivo.
A Gloria Rudín le propinaron una terrible golpiza, y a
Reina Peñate, que fue a auxiliarla de la turba de milicianos
y carceleras que la golpeaba, recibió tantos golpes que
fue arrastrada sin sentido por los guardias al pabellón.
Cuando volvió en sí, no podía recordar cómo
había llegado hasta allí.
Otro de los procedimientos
para perturbar psíquicamente a las presas era el uso de
altoparlantes dirigidos hacia las galeras, que repetían
continuamente todo el adoctrinamiento político del sistema.
Las presas estaban obligadas a escuchar los discursos de los dirigentes
del régimen.
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