La Habana, 1 de Mayo del 2006
En 1958, cuando el
Movimiento 26 de Julio hacía sonar las bombas a diestra
y siniestra en la capital habanera, recogía dinero para
la compra de armas y exponía claramente la estrategia de
lucha urbana contra el dictador Fulgencio Batista: sembrar el
terror en la Isla,
uno de sus miembros más activos, integrante de las células
de Acción y Sabotaje, Ángela González del
Valle y Gutiérrez, alias María Elena, preparaba
al parecer un atentado a Ramón Calviño, uno de los
policías políticos más crueles del batistato.
Atrapada por los esbirros
batistianos, Ángela, alias María Elena, fue torturada
y violada. Tres años después, en 1961, ante el mismo
Calviño, su torturador, Ángela le recuerda sus palabras:
"¿Tú no decías que me ibas a preparar
un atentado? Pues te voy a desbaratar.
Y agrega la mujer, mostrando en sus manos un piyama hecho jirones:
Efectivamente, me desbarataron".
Estaba presente en
el juicio contra Ramón Calviño, integrante de la
brigada de combatientes cubanos que desembarcó en Playa
Girón en 1961 con el propósito de luchar contra
el comunismo.
¿Pudiéramos
pensar hoy, después de casi medio siglo y con una visión
más amplia y profunda de nuestra historia, que Ángela
González era una terrorista? Por supuesto que sí.
Otro hecho, ocurrido
hace dos o tres días, guarda mucha relación con
el que les acabo de contar.
Todo comenzó
cuando un vecino del reparto Alamar donde vivo me llamó
por teléfono, muy alarmado y me hizo escuchar una noticia
de uno de los canales extranjeros que pueden verse en Cuba, sin
cable alguno, por el televisor a comienzos de la primavera.
Lo primero que escuché
fue una voz quebrada de mujer. Explicaba, sin poder controlar
el llanto, que momentos antes había sido golpeada salvajemente
por un grupo de personas a la salida de su propio domicilio, que
en su nerviosismo le dio por gritar "Abajo Fidel" y
que cuando le pegaba un hombre con el puño cerrado en su
vientre, le dijo: "Si vuelves a decir 'Abajo Fidel', te mato".
La mujer que yo escuchaba
a través de mi teléfono, cuando me disponía
a dormir, era Marta Beatriz Roque Cabello, opositora pacífica
del movimiento de derechos humanos, surgido en la Isla hace cerca
de veinte años.
El periodista del canal
televisivo explicó después claramente que Marta
Beatriz había sido víctima ese día de un
acto de repudio organizado y dirigido por el gobierno cubano,
con el fin de evitar que la opositora pacífica saliera
de su casa ese día.
Hay una gran diferencia
entre Marta y esa otra mujer que mencioné al principio
de mi crónica, que hoy goza de una edad avanzada -96 años-
y que no oculta ante la prensa nacional que era una activista
de actos de sabotaje -entiéndase terrorismo- no sólo
en los años cincuenta, sino también durante la dictadura
de Gerardo Machado, en los treinta, siendo ella muy joven.
La tortura infligida
a la opositora Roque Cabello me ha recordado a aquella otra mujer,
también cubana, pero clandestina en sus labores políticas,
muy diferente al trabajo que despliegan los miembros del movimiento
de derechos humanos.
Es bueno saber lo que
el mundo civilizado entiende hoy por tortura.
Se trata, sin duda, de la imposición de un castigo corporal
o psicológico severo y doloroso, como medio de forzar la
confesión de un delito. En la antigüedad fue el modo
de castigar a los enemigos capturados.
Ángela Gutiérrez
del Valle y González fue torturada para que confesara sus
acciones de sabotaje y el supuesto atentado que preparaba contra
un policía político. En eso estamos claros. Pero,
Marta Beatriz Roque Cabello, ¿por qué? ¿Qué
tenía que confesar una
mujer que no es clandestina, que no pone bombas ni piensa hacerle
un atentado a nadie?
Será la historia
quien responda a estas preguntas, o usted mismo, si está
al tanto de los barbarismos que ocurren en este nuevo siglo.
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