La celda está ahí,
siempre húmeda. Puede llover, haber frío o intenso
calor, pero siempre está húmeda. Me imagino que quienes
la diseñan la conciben para que siempre esté así.
No permiten que sea diferente. La tortura tiene que ser perfecta
para un ser humano que la padece. De lo contrario, no sería
un suplicio, y para eso la crean.
Pero la celda sigue
siempre ahí, inconmovible y solitaria. Con su espacio reducido
donde apenas puedes dar cortos pasos. Donde voltearte sin rozar
sus paredes es casi un milagro. Con una cama hecha de cemento
pulido. Nadie puede imaginarse cuán frío es este
material, aunque haya extremo calor. En ella te acuestas, pero
no descansas. Tus huesos no se llevan con la dureza del cemento.
Si es invierno, el frío te obliga a ovillarte para paliarlo
y los dolores en las articulaciones no se hacen esperar. Entonces,
te sientas, encoges las piernas y te recuestas a la pared de fondo.
La humedad te hace sentir mucho más frío del que
ya sientes. Es un frío cortante, que penetra en los tuétanos.
Lo sientes por fuera, pero también por dentro. En el alma.
Así pudieras
estar minutos, horas. Solamente cambias de posición para
evitar más dolores del que sientes. Miras al techo y lo
ves angosto y con gotas de humedad imitando las estalactitas de
una cueva. Porque una celda es precisamente algo así, como
una cueva. Algunas laboriosas arañas caminan por su tela
que confeccionan a diario. Tu diferencia con ellas es que son
libres. Pueden salir cuando quieran, pero deciden acompañarte
en una soledad que no tiene paralelos. Es invierno y las paredes
están extraordinariamente frías. Infinidad de rótulos
por doquier. Nombres, frases, algún que otro mensaje que
nunca llegó a su destino. Lamentos escritos que quedaron
impregnados para siempre como tatuajes rústicos en una
pared mal pintada con cal.
Cuando llega la noche,
la celda es absolutamente oscura. Te traen una bandeja de aluminio
grasienta con algo que llaman comida. Apenas divisas qué
es. No huele bien. El olfato podría ayudarte a tener una
idea de lo que vas a comer --o malcomer-- que es como debiera
decir. Tampoco funciona. Tocas con la yema de los dedos el producto
servido y terminas pensando que es preferible botarlo. No vale
la pena. Pones la bandeja en el suelo y con el pie la sacas por
debajo de la reja. Es una acción que haces de forma automática
casi todos los días. La celda sigue inmutable, silenciosa,
ahora sumida en una oscuridad donde no te ves ni las manos. Es
una sensación de soledad infinita. No te mueves, la quietud
es parte del diario vivir en la celda. Es lo único que
puedes hacer, además de pensar.
La oscuridad continúa.
La noche avanza y pueden ser las diez de la noche. Lo imaginas
porque la guardia de turno trae algo que llaman una colchoneta.
Apenas tiene relleno --y los que tiene-- se acoplaron en forma
de pelotas duras que parecen piedras. La acomodas en el cemento
y, al acostarte, notas que no hay mucha diferencia. Con el cuerpo
tratas de acomodar los pedazos de rellenos duros y sientes algún
alivio. El frío es menos. La soledad continúa, aunque
ciertamente no estás sola. Alguna rata anda dando vueltas
por la celda. Pudo haber salido del hueco que llaman ''polaco''
y es donde debes hacer tus necesidades fisiológicas. A
continuación de la ''cama'' hay una pequeña división
y del otro lado está el ''baño'', compuesto por
ese hueco y dos pedazos de ladrillos para poner los pies y no
embarrarte. Nada más. No hay agua. Ni siquiera alguna tubería
que pudiera tenerla en algún momento. Pero no. Sencillamente,
no hay agua.
También hay
algunas cucarachas dando vueltas en la oscuridad de la celda.
Grillos, chicharras y cuanto insecto haya, aprovechan la penumbra
para salir de sus escondites. Es una invasión no deseada,
pero inevitable. Es parte de la vida nocturna, donde tienes que
decidir si los espantas o si tratas de dormir, aprovechando que
tienes menos frío y que el día entero ha sido bien
difícil. Evitas recordar que hace muy poco una joven reclusa
se suicidó por ahorcamiento una noche lúgubre en
esa misma celda, que sus pies quedaron suspendidos en el aire
como péndulos fríos y sus ojos, abiertos y desorbitados,
nunca más vieron la luz. Piensas, piensas mucho. Sueñas
que algún día saldrás de ese lugar. Y a pesar
del encierro, a pesar del frío y los dolores, eres libre.
Quizás más libre que todos los que vigilan la prisión.
Yla celda continúa
allí, con sus paredes llenas de escritos desesperados y
su humedad que nunca termina. El techo sigue goteando. Quizás
llore por los suicidios y los padecimientos diarios de quienes
han ocupado ese lugar de castigo. Por los lamentos y llantos de
quienes no pudieron soportar. Por las que jamás volvieron
a sus hogares, pero aliviaron sus sufrimientos con el descanso
eterno de la muerte, donde encontraron la libertad que nunca conocieron
en un sistema fatal.
La celda está
en la prisión de Manto Negro, pero también en Kilo
5, en Kilo 8, en el Combinado del Este, en Boniato, en Ariza,
en el Provincial de Holguín o en cualquier prisión
de Cuba. Lo peor de todo es que continúan los encierros
injustos en esas mismas condiciones infrahumanas de siempre. Nunca
han cesado de castigar impunemente, de ultrajar a seres humanos
indefensos. Siempre ha habido una celda para esos propósitos.
Siempre un ensañamiento, una vida apagada más allá
de las torturas o una vida marcada para siempre por el recuerdo
del terror vivido.
Podrán descansar
en paz los que no soportaron. Los que hemos quedado vivos viviremos
para denunciarlo.
Ex prisionera política
cubana. Coordinadora de Asistencia a la Oposición Interna,
Consejo por la Libertad de Cuba.
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