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Yo sé que
lo que voy a tratar de decir puede parecer ficción a los
lectores honestos no informados o desinformados.
Los presos políticos cubanos, víctimas del régimen
totalitario que impera en Cuba, estamos lamentablemente acostumbrados
a no tener mucha audiencia ni lectores cuando hablamos de lo que
padecimos o seguimos padeciendo. Pero no nos cansaremos NUNCA
de decir nuestra verdad.
Esto es historia, nos duela a quienes nos duele, le pese a quienes
les pese. Se trata de una innegable realidad que gravita sobre
todos los cubanos y sobre todos los seres humanos de buena voluntad.
Los hechos:
El plan de trabajo forzado impuesto a los presos políticos
del Reclusorio Nacional de Isla de Pinos que no habían
aceptado el llamado "Plan de Rehabilitación",
se desarrolló en los últimos años de ese
penal (1964-1967 ) Puede afirmarse que el cierre del mismo se
debió precisamente a la situación de creciente violencia
creada por la implantación del propio plan y la generalizada
y firme resistencia de los prisioneros al mismo, situación
que gradualmente se había ido conociendo en el exterior
y que se estaba escapando al control del régimen. Además,
el principal objetivo del trabajo forzado, que era obligar a los
presos a pasar al "Plan de Rehabilitación", fracasó
por completo, ya que durante ese período disminuyó
dramáticamente el número de los que dieron ese paso.
Oficialmente nombrado con el eufemismo de "Plan Especial
Camilo Cienfuegos", aquella medida del gobierno castrista
fue una genuina expresión del esquema totalitario de coacción
y control que se imponía a toda la población de
Cuba. En el caso del Presidio Político de Isla de Pinos,
su implantación y mantenimiento durante años conformaron
una etapa de represión máxima, durante la cual se
sometió a los reclusos a un régimen de violencia
extrema, masiva y sistemática, en que los golpes, los castigos
personales y colectivos, las heridas, las mutilaciones, los desquiciamientos
mentales y las muertes se convirtieron en rutina diaria; todo
esto en medio de interminables jornadas de agotadores trabajos,
en las peores condiciones de equipamiento y alimentación.
Se impuso a la población penal una dinámica de tensión
abrumadora que regía toda su vida cotidiana, dislocando
el sistema de actividades que habían desarrollado los presos
por su propia iniciativa para su superación espiritual,
cultural y política. Sin embargo, esas actividades formativas
pudieron recrearse en medio de aquel infierno, lo que contribuyó
grandemente a mantener la integridad moral y el espíritu
de resistencia.
Antecedente:
Pudiéramos decir que todo comenzó cuando un día,
a fines de 1963, sin previo aviso ni explicación, varios
grupos de prisioneros -campesinos en su mayor parte sobrevivientes
de los primeros años de las guerrillas del Escambray y
sus colaboradores- fueron sacados de las circulares para ser trasladados
con destino desconocido. Por un tiempo no se tuvo noticias de
la suerte corrida por ellos. Poco a poco se fueron recibiendo
informaciones fragmentadas por los diversos canales, a veces inauditos,
con los que suelen contar los prisioneros. Así supimos
que los habían llevado a campamentos fuertemente custodiados
en la propia Isla de Pinos, para que trabajaran en el campo. Esto
sería conocido por todo el presidio como "El Plan
Morejón", por el nombre del entonces jefe de la guarnición
del penal, que estuvo al frente de aquel plan piloto de lo que
ya estaban preparando para el penal completo. Las informaciones
fueron haciéndose más completas hasta que, pasados
ocho meses, los presos del "Plan Morejón" fueron
traídos de regreso a las circulares.
En aquel experimento, inicialmente, la represión no fue
intensa y se les proporcionó a los reclusos una serie de
condiciones más favorables que las existentes en el penal,
tratándose de manipular, además, su condición
de campesinos, acostumbrados a rendir al máximo en las
labores agrícolas, para obtener de ellos cierto grado de
cooperación. Pero ellos respondieron rechazando las relativas
"mejoras" que, según entendieron, viniendo de
carceleros hasta entonces siempre hostiles, sólo podían
estar encubriendo la intención de sobornarlos y distanciarlos
de sus compañeros que habían quedado en las circulares.
Tampoco aceptaron trabajar voluntariamente, y fue preciso que
la guarnición se quitara la careta y los hiciera trabajar
a la fuerza.
Cuando se extendió por el penal la noticia de todo lo sucedido
y se supo que existían planes de implantar a toda la población
penal un régimen de trabajo forzado, se manifestó
un rechazo generalizado a esa intención del gobierno comunista,
debatiéndose diversas posiciones, más y menos radicales,
en cuanto a la forma de actuar cuando llegara el momento. Considérese
que en toda la historia anterior de la República nunca
los presos políticos habían sido obligados a trabajar
para los respectivos gobiernos a los que se habían opuesto
y no existía la disposición de hacerlo para el comunismo,
aunque se sabía, por innumerables experiencias, que la
falta total de consideraciones humanas del régimen aseguraba
una represión sin límites.
Se trató de prever en lo posible las circunstancias en
las que habría que resistir para determinar las tácticas
y estrategias más adecuadas y viables, pero esto se hacía
difícil por la diversidad de criterios y la poca información
disponible. Los hechos irían configurando la magnitud del
reto.
El comienzo:
En junio de 1964 da inicio el plan de trabajo forzado para todo
el penal. De los cambios de impresiones y debates entre los presos
de todas las circulares se había ido perfilando una estrategia
general que pudiera ser seguida por todos y que con el paso del
tiempo y los acontecimientos se fue perfeccionando. Surgió
el concepto de: "resistencia pacífica", que se
definió de manera que pusiera fuera de toda duda el carácter
obligatorio del trabajo. Por primera vez en nuestra historia se
planteaba y ponía en práctica tal concepto de lucha
que, inspirado en los conocidos antecedentes de Mahatma Ghandi
y Martin Luther King, era producto de un serio análisis
de la realidad, tanto la impuesta por el régimen totalitario
y sus claros objetivos de doblegar a toda costa el espíritu
de lucha del presidio político, como la que se creó
en el presidio por las diferentes posiciones asumidas por los
prisioneros, que iban desde las más radicales y prácticamente
suicidas, hasta las más moderadas.
Debe tenerse en cuenta que por entonces los presos estaban solos
frente a toda la fuerza del Estado marxista, que ya había
implantado un régimen de terror en Cuba, eliminando a sangre
y fuego a casi toda la oposición y que actuaba con absoluta
impunidad ante un mundo que, sólo con contadas excepciones,
se mantenía indiferente ante los acontecimientos que tenían
lugar en nuestra patria. Ante este cuadro complejo y difícil,
los presos políticos cubanos de Isla de Pinos redefinieron
y llevaron a cabo con responsabilidad, e ineludible sentido de
realidad, la estrategia de una resistencia pacífica.
Desde el comienzo y durante toda esta etapa trágica del
presidio político cubano, se destacó la intervención
del Bloque de Organizaciones Revolucionarias ( B.O.R.), creado
al efecto, que agrupaba a las principales organizaciones creadas
en la clandestinidad para combatir al régimen desde posiciones
nacidas en la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista,
pero nacionalistas y democráticas. El B.O.R., cuyos militantes
constituían una parte mayoritaria y disciplinada de la
población penal desempeñó un papel protagónico
en el análisis y las definiciones que resultaron en la
estrategia adoptada y también en la coordinación
con los miembros no organizados y de otras tendencias políticas
del presidio para la puesta en práctica y el mantenimiento
de la misma.
Los primeros grupos de presos sacados a trabajar, estaban en el
Edificio 6. Se resistieron, primero, a salir del mismo, haciendo
necesario que los militares entraran a obligarlos, y desde ese
momento cada paso y cada movimiento en el trabajo tuvo que ser
forzado por la represión. Era sólo el principio,
todavía se estaba experimentando de ambas partes.
Entre la población penal aún coexistían distintos
criterios y aquellos primeros actos de violencia de la guarnición
hicieron que un grupo de reclusos se negase a trabajar, estando
dispuestos a enfrentar cualquier consecuencia. Estos presos fueron
conducidos al pabellón de celdas de castigo, separado de
las circulares y edificios donde se hacinaba a los prisioneros,
que presenciaron, gritando violentamente desde las ventanas enrejadas,
como los conducían a golpes y bayonetazos hacia aquella
edificación y, después, cuando uno y otro día
los sacaban para tratar de hacerlos realizar aunque sólo
fueran pequeñas labores, como arrancar hierbas de los alrededores
con las manos, pero ante sus reiteradas y firmes negativas, volvían
a llover los golpes y bayonetazos, en medio de los gritos de protesta
de los presos desde todas las ventanas del penal.
El objetivo de hacer trabajar ante todo el presidio a aquellos
pocos hombres, fracasó rotundamente; sólo lograron
que se enardecieran más los ánimos y se fortaleciera
la decisión mayoritaria de resistir. Debemos mencionar
en este momento el nombre de Alfredo Izaguirre Rivas -joven director
de periódico nacional, cuya pena de muerte había
sido conmutada momentos antes de ser ejecutado-, que jamás
hizo un solo movimiento para obedecer aquellas órdenes
de trabajar bajo los golpes a que fue sometido durante las interminables
sesiones de castigo, y que mantuvo esa actitud, junto al también
periodista Emilio A. Rivero, durante todo el tiempo que duró
el plan de trabajos forzados de Isla de Pinos, por lo que permanecieron
confinados en los pabellones de castigo hasta el final, junto
a otros reclusos allí encerrados. Estos últimos
eran presos que, también desde el inicio o en diferentes
momentos a lo largo de la época del trabajo forzado, fueron
adoptando la misma actitud de absoluta negativa al trabajo, siendo
objeto de salvajes golpizas para terminar también aislados
en las celdas de castigo.
Pabellones de Castigo:
Los pabellones de castigo de Isla de Pinos, aún antes del
plan de trabajos forzados, ya eran conocidos entre los reclusos
por la brutalidad conque se trataba a los que tenían la
desdicha de ser enviados a ellos, pero a partir del "Plan
Camilo"el despiadado trato se llevó hasta límites
increíbles. En los pabellones de castigo murieron varios
reclusos. Recordamos entre ellos a Francisco Novales, "Paco
Pico", al que una bala disparada por el cabo Arcia Rojas
le atravesó el corazón. Cuatro meses antes este
mismo guardia había asesinado en pleno campo a Julio Tang.
También en el pabellón fue dejado morir Roberto
López Chávez en medio de una huelga de hambre.
A veces el castigo era más sofisticado, como cuando encerraban
quince reclusos en una celda de tres metros por dos y no podían
tirarse en el suelo a dormir porque no cabían acostados
todos a la vez y tenían que turnarse para dormir; mientras
un grupo dormía el otro se mantenía de pié,
así noche tras noche, semana tras semana. Situaciones similares
se presentaron en otras cárceles como la de Morón,
Boniato, etc. Pero el récord de esto lo tienen las "gavetas";
estas celdas, aunque variaban en sus dimensiones, mantenían
un patrón típico como instrumentos de tortura. Las
situadas en la granja Tres Macíos cerca de Bayamo, medían
cuarenta y cinco centímetros de ancho por ciento ochenta
de largo por ciento sesenta de altura, y ahí obligaban
a entrar hasta tres presos. No voy a entrar en detalles, vean
el dibujo y dejo lo demás a la imaginación del lector.
El trabajo:
La misma intensidad de represión se aplicó a los
bloques de trabajo que se constituyeron en todo el penal, en el
que se hacinaban seis mil reclusos. Cada bloque agrupaba hasta
doscientos hombres, divididos en cuatro o cinco brigadas, cada
una comandada por un "cabo" armado de pistola soviética,
bayoneta de Springfield o machete español de la marca "Gallito"
o "Carpintero", y por supuesto de toda la impunidad
de un régimen totalitario que nunca tuvo que rendir cuentas
al mundo.
Salíamos a trabajar antes de que despuntara el alba, a
veces después de la incursión violenta de los guardias
en las circulares y edificios para "apurarnos", apenas
terminando de consumir un poco de agua con azúcar caliente
y un minúsculo pedazo de pan. En una de esas incursiones
murió bayoneteado el primer mártir del trabajo forzado:
Ernesto Díaz Madruga, en agosto de 1964. A manos de Porfirio
García, el Jefe de Orden Interior.
Los reclusos eran conducidos al sitio de trabajo en camiones llenos
hasta el tope, que en varias ocasiones se volcaron con el consiguiente
saldo de víctimas, en esas circunstancias murió
Jerónimo Sandía. Durante el recorrido eran escoltados
por otro camión ocupado por los guardias que los custodiaban.
Esos militares, armados con fusiles y una o dos ametralladoras
calibre cincuenta, apoyadas en tierra, se convertían en
el "cordón" que rodeaba a los presos una vez
que llegaban al lugar de trabajo. Este cordón nunca no
tuvo reparos para disparar a matar cada vez que los presos protestaron
indignados por los abusos de que eran objeto.
Una vez en el lugar de trabajo ya fueran las canteras o los campos,
se distribuían las brigadas, siempre dentro del perímetro
controlado por el cordón, y empezaba la pesadilla. Esta
situación se extendió por varios años en
que la violencia dominaba todo. Se podría hablar también
de las requisas, los castigos en "La Mojonera", que
era el lugar donde iban a parar las aguas de albañal de
la localidad; el capítulo de un libro que ni Dante fue
capaz de imaginar. Pudiéramos seguir relatando muchas otras
barbaridades que podrían parecer exageradas a quienes no
han tenido que vivirlas y pálidas a quienes las sufrimos
en carne propia. Podríamos hablar de todos los que murieron
en el presidio o después, por las lesiones sufridas, de
los mutilados, de los que enloquecieron, o de los que jamás
podrán recuperarse de todo aquello. Pero hasta aquí
es suficiente para una mirada.
Todos los militares que participaron en la aplicación del
plan de trabajo forzado de Isla de Pinos, fueron ascendidos y
como era de esperar un buen número de ellos terminaron
como delincuentes comunes por delitos que cometieron posteriormente;
esto no es de extrañar, pues el que es capaz de cometer
las atrocidades que se cometieron en Isla de Pinos, es capaz de
cualquier cosa.
Quienes hayan tenido la oportunidad de escuchar el audio de las
comunicaciones de los pilotos castristas con su base mientras
masacraban a las avionetas de Hermanos al Rescate habrán
oído las voces de los esbirros que nosotros escuchamos
tantas veces en la Seguridad del Estado, en Isla de Pinos y en
otras prisiones. Son las mismas voces que hoy siguen escuchando
en Cuba los presos políticos.
¡Los esbirros son siempre los mismos!
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