Plutarco, en la introducción
a la vida de Alejandro, establece una diferencia entre biografía
y narración de vida. Admite que en sus "Vidas Paralelas"
en lugar de Historias optó por escribir Vidas, pues "no
es en las acciones ilustres que se da a la luz la virtud o el
vicio; un acto pequeño, una palabra, una bagatela, expresan
mejor un carácter que los combates mortales, los enfrentamientos
importantes o el sitio de ciudades".
No es de extrañar
que Serge Raffy se haya inspirado en la máxima del ilustre
clásico, en su recién publicada biografía
de Fidel Castro. "Castro l'infidèle" (Editorial
Fayard, 2003) reconstruye el proceso de cómo se forja
un autócrata.
El autor se adentra
en las facetas primigenias, en los orígenes que determinaron
la infancia del hombre que rige los destinos de Cuba, y en gran
medida, los de América latina desde hace más de
cuatro decenios.
El autor no se apoya
en las grandes gestas de la historiografía oficial, sino
en la intimidad de los hechos, en el contexto que rodea las
pequeñas facetas de una vida que según las circunstancias
y el imaginario de quien las vive, oscilan luego entre miseria
y grandeza.
Comprender la personalidad
transgresora de Fidel Castro, exige remontarse al origen de
su nacimiento. Circunstancias en las que germinará el
resentimiento que le llega de la mano de la humillación
por las heridas que un niño sufre, cuando aún
no alcanza a comprender los determinismos sociales. De allí
se origina el aliciente que lo ha guiado en su propósito
de resarcimiento de su origen bastardo. Desde entonces, toda
su vida se ha orientado hacia una búsqueda sin tregua
de compensación; proceso que propició en él
una verdadera vocación: llegará a ser el escultor
de su propia estatua: y el poder absoluto, la materia sobre
la cual modelará las formas de su obra. Domador de su
propia voluntad, la dirigirá exclusivamente a la realización
de la idea única que lo habitó desde siempre:
su realización personal en el horizonte del poder. La
suerte del mundo lo tiene sin cuidado, los seres humanos son
figurantes, necesarios como público, como carne de cañón,
como palmas para al aplauso. El goce del poder por el poder:
el poder únicamente para él, sin visión
alguna de futuro, ni de la perennidad a través de otro.
Todo comenzó con él y terminará con él:
nadie le sucederá. Ese ha sido su único proyecto.
Un caso único de modalidad de narcisismo.
Los autócratas
siempre han legitimado su acción apoyándose en
un proyecto, bien sea de conquista o de imposición de
un credo. Si vamos a los casos más recientes: sin las
instituciones fundadas por Napoleón, Francia no sería
hoy lo que es, ni tampoco Europa; el proyecto de Hitler era
el de imponer el poderío de la raza aria exterminando
pertenencias étnicas; el de Stalin, forjar un imperio
comunista para vencer el capitalismo; Franco, pese a haberle
fallado en el modelo ideológico que se propuso para perennizarlo,
fue gracias a su iniciativa de organizar su sucesión
que se abrió la vía a la España de hoy;
hasta Bin Laden, con su terrorismo, aboga por imponer un Califato
Universal.
La última
justificación que les queda a los aún admiradores
del caudillo caribeño, como proyecto que justifique la
dictadura cubana, es el manido derecho a la salud y a la educación,
que son logros vigentes en todos los países democráticos,
alcanzados mediante la aplicación de normas administrativas,
sin necesidad de recurrir a gestas heroicas ni a la "justicia
revolucionaria".
Y en cuanto a política
internacional, la suya ha consistido en mantener un estado de
guerra latente, sin que nunca se haya llegado a un desenlace
que merezca el esfuerzo. De Fidel Castro quedará una
manera de imponerse y la tan peculiar de ejercer el poder, pues
si algún proyecto político tuvo, fue rebasado
por su voluntarismo cegador, que vuelve incoherente todo lo
que emprende. En lugar de competencia, lo suyo es el ejercicio
de un poder de seducción inigualable, que ha despertado
la fascinación del mundo.
En el empleo de la
astucia en lugar de la inteligencia, ha radicado la clave de
su éxito: elemento bastante pobre como para asegurarle
la perennidad en la memoria de los siglos. Si hubiese optado
por el teatro, tal vez se hubiese convertido en un verdadero
monstruo sagrado. Desafortunadamente escogió por escenario
el mundo, y a los cubanos, como súbditos de la sed desmedida
de imponer su voluntad. Narrar la historia de una seducción
requiere herramientas históricas que se confunden con
la psicología y la ficción.
Fue hurgando en lo
que suele desechar la historia, que Serge Raffy encontró
hechos claves que ayudan a explicar el fenómeno de una
personalidad orientada hacia un propósito desmedido de
legitimidad, dotándose de una capacidad excepcional para
la creación de imágenes. En ese sentido, debemos
reconocer que Castro inauguró la era del vasallaje de
la política ante la imagen.
Pero su fuerza radica
en su capacidad de perform: él es carnal; nunca llegará
a convertirse en mito. Cuando ya su presencia se haya esfumado,
su imagen será simplemente eso: imagen, fotografías
sin vida, de alguien que alguna vez vivió.
Sueños de
grandeza ¿Qué sueños de grandeza remotos
arrastraba consigo, inscritos en una suerte de memoria anterior,
aquel niño que para alcanzar la certidumbre de sí
mismo necesitó realizarse, no como ser humano, sino como
ser único, excepcional, convirtiendo su ansia de poder
en su sustancia vital?
Todo comenzó
en un ambiente similar al de la célebre novela radiofónica
de Félix B. Caignet, "El Derecho de Nacer".
El nacimiento en un bohío de un niño bastardo,
hijo de una de las criadas, engendrado por el patrón,
no es nada excepcional en América latina; pero el niño
vino predestinado y dotado del poder de doblegar voluntades,
que puso al servicio de vengarse de las élites que lo
excluían. Ángel Castro, español, gallego,
quien según la costumbre, mediante pago reemplazó
a un señorito y así hizo su servicio militar en
la Isla durante la guerra de independencia, regresa a España
llevando a cuestas la derrota del imperio español vencido
por el norteamericano, que ya despuntaba como tal. Luego regresa
a la Isla para hacer fortuna. Su ambición de salir de
la pobreza lo lleva a ejercer toda clase de oficios. Gracias
a un colono canario, Fidel Pino Santos, logra alquilarle parcelas
a la United Fruit. Va adquiriendo tierras hasta llegar a convertirse
en terrateniente y comienzan a llamarlo don Ángel. Se
convierte en un patrón implacable y violento. Su amigo
y cómplice, Fidel Pino Santos, le sugiere que ya es tiempo
de que aprenda a leer y a escribir, y le presenta a la maestra
María Luisa Argota, quien se encarga de la tarea. Como
en las novelas, el analfabeto se casa con la maestra de la escuela
americana a la que asistían los hijos de la alta sociedad
de Banes; la pareja se instala en la propiedad que tiene Ángel
Castro en Birán (No es difícil imaginar de dónde
proviene la obsesión de alfabetizar de Fidel Castro).
Dos hijos nacen de esa unión. Un día llega una
mulata con una hija de la misma edad que su hija Lidia, Lina
Ruz, de 14 años, y la emplea como criada. Al primer embarazo
de Lina, la maestra cierra los ojos. Nace una niña, Ángela,
que es llevada al bohío que ocupa la madre de Lina. Nace
un segundo hijo, Ramón, que también va a acompañar
a su hermana al bohío. El asunto debe permanecer en secreto,
pero María Argota no acepta más la situación:
abandona la casa de Birán perdida en las montañas
y se instala en Santiago de Cuba con sus dos hijos. Lina se
impone como la nueva patrona y da a luz a un tercer hijo, al
que don Ángel da el nombre de su mejor amigo y cómplice:
Fidel. María Argota exige una separación legal.
La posición jurídica de don Ángel es difícil:
adúltero, y además mantiene una familia clandestina.
Corre el riesgo de perder gran parte de su patrimonio. Simula
la ruina y le traspasa legalmente sus bienes a su amigo Fidel
Pino Santos. Oficialmente arruinado es jurídicamente
intocable. Pero la situación de los hijos ilegítimos
sigue en suspenso. Lina, para sacarlos del ambiente hostil que
los rodea, y para hacerlos olvidar como prueba de delito --pues
la esposa legítima exige la mitad de las tierras-- decide
enviar a sus hijos a casa de un amigo en Santiago. El pequeño
Fidel apenas tiene 4 años. Luis Hipólito Alcides
Hibbert, cónsul de Haití, suerte de negrero proveedor
de mano de obra haitiana para los hacendados de la región,
y su esposa, Emerciana Feliú, toman los niños
a su cargo. Fidel Pino Santos, por agradecimiento, porque don
Ángel financió su campaña electoral para
diputado, remunera a Luis Hipólito por el cuidado de
los niños. El pequeño vive entonces la experiencia
de la humillación en el colegio La Salle, donde está
interno, y tiene que soportar el mote de "judío"
por no estar bautizado.
En aquel medio de
niños burgueses, su bastardía y el analfabetismo
de su madre constituyen una lastra. Cuando cumple 8 años,
Fidel Pino Santos convence a un sacerdote que le debe favores
para que bautice al niño. Los tutores haitianos son los
padrinos. En el acta de bautismo el chico aparece bajo el nombre
de Fidel Hipólito, hijo de Lina Ruz: el nombre de Ángel
Castro no aparece mencionado, pero no importa, lo que cuenta
es poder volver al internado y seguir estudiando. No será
sino hasta 1940 que Ángel Castro y Lina Ruz podrán
regularizar su unión. Fidel Ruz ya podrá llamarse
Fidel Castro. Ángel Castro lo reconoce como hijo suyo
el 11 de diciembre de 1943 y "se le puso por nombre Fidel
Alejandro", reza el documento. Que no quepa la menor duda
que a los 17 años, el adolescente, apasionado de lectura,
sabía perfectamente quién era Alejandro Magno,
y que la decisión de descartar el Hipólito del
padrino haitiano y tomar el del guerrero macedonio, fue suya.
Ahora ya puede acceder a Belén, el prestigioso colegio
jesuita de La Habana, en donde comienza la irresistible ascensión
del joven rural, quien ya revela sus ansias desmedidas de éxito.
Allí coincide con un conocido de Banes, el joven Rafael
Díaz-Balart, de quien se hace amigo y con cuya hermana
se casa, llegando así a formar parte de la familia. Rafael
Díaz-Balart es aliado político de Batista y tras
el golpe de Estado, llega a formar parte de su gobierno.
De Banes son los
personajes que van a decidir la historia de Cuba en la segunda
mitad del siglo XX. De Banes es oriundo Fulgencio Batista, que
como Ángel Castro, de familia muy pobre, le debe todo
a la United Fruit. De Banes también son los Díaz-Balart,
familia a la cual accede por alianza Fidel Castro, tras el matrimonio
con Mirta Díaz-Balart, hermana de Rafael. Y hoy, desde
el Senado de Estados Unidos, un Díaz-Balart es uno de
los opositores más sistemáticos de Fidel Castro.
Las modalidades de
la irrupción del joven Fidel Castro en el panorama político
de la Isla, eran las que reinaban en la época: violencia,
y gangsterismo político. Un hecho excepcional que determinará
el futuro político de Fidel Castro, según Serge
Raffy, es el encuentro con Fabio Grobart.
Según el biógrafo,
la colaboración de Fidel Castro con el horizonte soviético
dataría de esa época. Corre el año 1948.
Fabio Grobart, judío polaco, cuyo nombre verdadero es
Abraham Semjovitch, como jefe de la "red del Caribe"
suplente del Komintern, ha recibido la orden de Moscú
para reclutar "hombres nuestros", agitadores antiimperialistas,
cuya particularidad es que no militen en los partidos comunistas;
antes por el contrario, deben aparecer como visceralmente anticomunistas.
El KGB precisa de hombres de acción y no de militantes.
Fidel Castro corresponde
al perfil requerido: "de reputación 'gangsteril',
sus métodos brutales, su activismo impetuoso, su aventurerismo",
hacen de él el candidato perfecto. El encuentro se da
por intermedio de Flavio Bravo al regreso de Fidel Castro de
Bogotá, a donde había ido para participar en un
encuentro latinoamericano de estudiantes auspiciado por Perón.
Al mismo tiempo se realizaba la Novena Conferencia Panamericana
de Cancilleres que debía inaugurarse el 9 de abril, de
no haberlo impedido el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán,
líder del Partido Liberal, provocando la revuelta y el
incendio de Bogotá. Sin embargo, existen testimonios
que afirman que cuando Fidel Castro viajó a Bogotá,
en compañía de Rafael del Pino Siero (ex miembro
del ejército norteamericano, muy cercano a Castro, con
quien rompió en México en vísperas del
desembarco del Granma. Detenido en 1959, condenado a 30 años
de cárcel, al cabo de 17 apareció ahorcado en
su celda), iba con una misión de la CIA para la que colaboraban
ambos. La misión asignada era la infiltración
de los movimientos estudiantiles latinoamericanos. Tal vez,
el que fuera colaborador de la CIA lo dotaba ante Grobart de
una cualidad mayor. Esa condición de "agente doble"
era para el joven Castro terreno conocido. No nos referimos
a la práctica de la denegación, traición
o virajes, propios del juego político, sino a una verdadera
estructura psicológica derivada de los avatares del origen
de su biografía: la propensión a ser simultáneamente
dos personas; a jugar en dos campos al mismo tiempo. Opuestos
a la idea del personaje íntegro e impetuoso que representa,
ciertos hechos nos hacen entrever su personalidad doble. El
doble le fue dado como un sustrato de identidad desde su nacimiento:
doble hogar, doble nombre, doble identidad, doble pertenencia
familiar.
Esa estructura de
lo doble aparece en todas las acciones que él emprende,
ocasionando crisis, pues es una conducta que aplica el "doble
bind", que como se sabe, es el origen de muchas perturbaciones
psíquicas. La inclinación a crear situaciones
dobles es una constante en él. Su capacidad de infidelidad
en las relaciones políticas, el hecho de que desde 1959
el gobierno real lo detentó primero un gobierno secreto,
y luego en el aparato de gobierno tienen preeminencia absoluta
los servicios de inteligencia y de control policial. También
fue bajo el signo del doble que organizaba los grupos revolucionarios
que debían provocar el estallido de la revolución
en América Latina. De hecho, el castrismo pone término
al tradicional militante bolchevique, íntegro, austero,
discreto, consciente de su heroicidad anónima. El castrismo
dio cabida a un combatiente mitad agente secreto, mitad cowboy
--doble agente-- de heroicidad escandalosa.
En cuanto a la cooperación
que practica con los gobiernos, en particular los latinoamericanos,
la modalidad es la captación de agentes dentro de aparatos
e instituciones del Estado, y a su vez, infiltración
de agentes cubanos bajo fachada de médicos, técnicos
deportivos...; y cuando la relación se vuelve complicidad,
integrará directamente agentes del aparato de seguridad
cubanos al aparato del Estado receptor, como sucedió
en Chile y sucede hoy en Venezuela. Su capacidad de cambiar
de registro, la maleabilidad de su personalidad, impide que
ningún tipo de negociación concluya con él
en algo tangible, pues nunca se estará tratando con el
verdadero, sino con el otro. Y él mismo no se sentirá
concernido, pues siempre será el otro quien actúe,
de allí que la trasgresión sea el ambiente que
mejor le acomode. La ley será siempre la de su voluntad.
Cierre de un período
Resulta imposible
bosquejar lo íntegro de una obra de tanta sutileza y
detalles, pero conviene señalar, entre otras cualidades,
el significado que tiene dar a conocer una versión despojada
del aura mítica que siempre ha rodeado a la figura del
caudillo caribeño dentro del panorama político
francés. No fue sino hasta abril, cuando el personal
de seguridad de la embajada cubana, dirigido por el propio embajador,
arremetió con barras de hierro contra la pequeña
manifestación organizada por Reporteros Sin Fronteras
para protestar contra la ola represiva que se abatió
contra periodistas independientes y disidentes, que la opinión
pública francesa comenzó a abrir los ojos ante
la anomalía que representa hoy el régimen de la
Isla.
Si en Francia actuaban
así, ¿cómo será entonces en Cuba?,
comenzaron a preguntarse en Francia.
Castro l'infidèle
cierra un período. Es el divorcio consumado de las elites
políticas francesas --de izquierda y de derecha-- con
el mito castrista. El idilio de más de cuarenta años
de los franceses con el castrismo: uno de los más persistentes
del panorama europeo.
Pese a las crisis
surgidas a lo largo de más de cuatro decenios, entre
las cuales el Caso Padilla significó la primera gran
decepción, la fidelidad al mito persistía, salvo
contadas excepciones. Muchos soportaban infracciones flagrantes
a principios inviolables en Europa, so pretexto de que el régimen
cubano le había otorgado la "dignidad" a su
pueblo: de ello se infería que el resto de los pueblos
de América Latina vivían en estado de indignidad.
Siempre alerta a
los cambios y a las especificidades locales, el gobierno de
La Habana le otorgó un mínimo espacio al espíritu
crítico de sus incondicionales franceses a condición
de que lo expresaran a sotto voce, en la intimidad de la embajada.
Ello tenía la ventaja de afianzar más la complicidad:
el criticado consolaba al mismo tiempo al crítico por
lo irrealizable de la revolución ideal. Así se
mantenía una situación de afecto-dependencia.
Uno que otro se ha
atrevido a emitir, públicamente, alguna crítica
de orden económico; pero las mismas que se admiten en
la propia isla. A lo que no se arriesgaban era a tocar el ámbito
de los derechos humanos. Ese rubro quedaba cubierto con las
campañas contra las dictaduras de Chile, Argentina, Uruguay,
Guatemala... Jamás nadie cuestionó el intervencionismo
militar cubano, ni los métodos empleados por la policía,
ni las parodias de juicio. Y a los aquí militantes contra
la pena de muerte, no les molestaba que en Cuba se aplicara
como método de gobierno. En cuanto a los balseros, no
había de qué ofuscarse, ¿acaso no los había
también que huían de Haití, Santo Domingo
y Puerto Rico? Tampoco son islas muy felices que se diga. Todos
los argumentos son válidos para justificar lo injustificable:
hasta llegar a pretender que todas las islas del Caribe se valen
o son intercambiables. De Cuba y de su historia se ignora hasta
lo más elemental: la versión oficial será
acatada como dogma absoluto. Cualquier texto que pretendiera
dar una imagen más acorde con el contexto real del régimen
cubano, se enfrentaba a los guardianes del mito, que detentaban
el monopolio del tema en las gacetas más prestigiosas
y leídas del país. Castro l'infidèle marca
un antes y un después. Ya nadie puede escudarse en la
ignorancia o pretender ingenuamente, todavía hoy, que
"la isla de nuestros sueños de juventud se volvió
la isla de las pesadillas", como si esas pesadillas fuesen
recientes.
Pero sería
injusto adjudicar sólo a los franceses el monopolio de
la ceguera en cuanto a Cuba. América Latina no se queda
atrás en la materia y ello reviste una gravedad mayor,
pues son víctimas de la criminalización de los
derechos humanos, y valoran negativa o positivamente los crímenes,
según la simpatía o antipatía que se le
profese a quienes los ordenan, como lo demostró Rigoberta
Menchú al acudir a La Habana para expresar su solidaridad
al dictador cubano. Cuesta admitir la indiferencia de una persona
tan profundamente identificada con la cuestión étnica,
ante los fusilamientos de tres jóvenes negros por el
simple hecho de haber intentado huir de la Isla.
Cuesta aún
más admitirlo de quien se ha ganado ante la opinión
pública internacional el título de paladín
de los derechos humanos. Es la misma persona que ha hecho llorar
a millones de personas con el testimonio de la muerte de sus
padres y hermano a manos de los militares guatemaltecos. Creo
necesario acotar, sin buscarles circunstancias atenuantes a
esos crímenes, que fueron cometidos en Guatemala en un
contexto de guerra revolucionaria, lo que no es el caso de los
jóvenes fusilados en Cuba, pese a lo que afirme Fidel
Castro.
Solidarizarse con
un gobierno criminal, le quita toda legitimidad a su acción.
En el mismo caso se sitúa el otro Premio Nobel de la
Paz, Adolfo Pérez Esquivel; como también el sector
de las Madres de la Plaza de Mayo, cuya presidenta Hebe Bonafini,
es ya un esperpento lastimoso.
Es de desear que
la repercusión de Castro l'infidèle se haga sentir
en América Latina, donde todavía Francia goza
de una influencia innegable, y cesen de continuar midiendo los
derechos humanos con el doble rasero de los crímenes
buenos y los crímenes malos. Que por fin se comprenda
que Castro el infiel es el hombre que se interpuso en el camino,
cuando Cuba andaba en la búsqueda de un cauce