La felicidad de Fidel Castro
Por: Beatriz M. Murguía
Articulo publicado en La Crónica de Hoy .


Castro está feliz, eso dice, y no es para menos. Desde que se anunció su mal, seguramente irreversible, ha recibido más simpatías que cualquier otro gobernante, democrático o no, del que tengamos memoria; hasta Rodríguez Zapatero, que asegura no creer en las dictaduras, ni buenas ni malas, le deseó que se restableciera pronto..., sin comentarios. Fidel Castro tiene razones para sentirse feliz, según su particular punto de vista, porque no hay quien recuerde a un dictador de cuarenta y siete años de delirio recibiendo tantos plácet y halagos, saludos por una pronta recuperación y epítetos desaforados que la Historia desmentirá.
Sus apologistas han descrito, en estos días, una Cuba de casi cincuenta años que sólo existe en la imaginación de quienes se resisten a reconocer su equivocación de tantos años, porque, como acostumbra a decir Fernando Savater, el problema no está en errar, sino en la voluntad de persistir en el error.
La imagen de Fidel Castro, un anciano de barba rala y gris, recostado en la cama y debilitado por la enfermedad, pero aferrado con gesto de esperanza a la mano del, en comparación, joven Hugo Chávez, a quien parece hacerle entrega del testigo de la “Revolución”, es de las que harán Historia y formarán parte del larguísimo y triste recuento latinoamericano en materia de caudillos e iluminados; describe, con una sola imagen, el aliento que inspiró a autores como Augusto Roa Bastos, Miguel Ángel Asturias o, por mucho que a él le pese ahora, el propio Gabriel García Márquez.
Desde que Castro anunció su próxima muerte ha habido de todo en materia de lisonjas y agasajos, pero lo que más azoro causa son las cartas y/o menciones de agradecimiento de algunos conocidos personajes porque en su momento les prestó ayuda médica para sí o familiares muy allegados, más aún cuando exageran esa manifestación de agradecimiento hasta terminar cantándole las loas por su aportación determinante a la Historia del continente. Al fin y al cabo, agradecerle al amo (Fidel Castro) lo que hacen otros (médicos cubanos) en favor de uno mismo cuando éstos no tienen opción para elegir dónde o cómo vivir es, cuando menos, apología de la esclavitud.
Con Castro no hay excusas: quienes le apoyan hoy, después de casi medio siglo de gobierno y el testimonio público de miles de exiliados y otros perseguidos, saben bien lo que hacen; no pueden alegar el consabido pretexto de “no sabíamos”, “no conocíamos”...
Castro está feliz porque, al igual que hizo Francisco Franco o hará Augusto Pinochet, y esta misma semana hizo Alfredo Stroessner, él también morirá en la cama sin haber rendido cuentas a sus víctimas. Me acuerdo de Reinaldo Arenas, de Cabrera Infante, del proceso infame a Heberto Padilla o de Huber Matos, que penó veinte años de cárcel así sin más, y de tantos otros nombres, conocidos o no, pero cuyas vidas no volverán. Cito a Raúl Rivero, otro exiliado más, también ex preso político, en un artículo muy reciente recordando otros nombres, otras vidas, como Gastón Baquero, Jesús Díaz o Antonio Benítez Rojo, que murieron sin ejercer el derecho a vivir libremente en el país que les vio nacer. Y tantos otros...
Es cosa segura que la Historia no absolverá a Fidel Castro, no puede hacerlo después de una dictadura de medio siglo y de tanta ignominia en nombre de nada al final, pero está feliz porque cree haberle ganado la carrera al tiempo: al fin y al cabo, mira al este o al sur y ve que para una gran parte de América Latina tampoco han cambiado tanto las cosas en todo este tiempo. Cuenta también, para la satisfacción que siente ahora en su muerte, con la crítica únicamente a media voz de la socialdemocracia europea, que condena en informes públicos la violación sistemática y consistente de los derechos humanos más fundamentales en la isla, pero le perdona en corto y le desea incluso que se cure. Es un tirano que va a morir plácidamente, rodeado de adeptos y aduladores, que tendrá funeral de Estado y recibirá más de las tres coronas de flores que, según se dice, recibió en días pasados Stroessner. Por eso está feliz.