Una mujer en el Escambray
Héctor Maseda, Grupo Decoro




La Sierra del Escambray

LA HABANA, junio (www.cubanet.org) - Corría el año 1961. Daysi Ventura Mainegra González había tomado una decisión importante en su vida: apoyar al movimiento insurgente que existía en la cordillera central del país contra el régimen de Fidel Castro. Las arbitrariedades y detenciones masivas que realizaba el gobierno contra los vecinos de la serranía y el pueblo cubano en general eran insoportables y había que ponerles fin o perecer en el empeño.

Daysi Ventura nació en las estribaciones de la Sierra del Escambray el 14 de junio de 1941. Era dueña, junto a su esposo Tomás Florencio Bécquer, de una finca heredada de su familia. La propiedad, llamada "Las Trampas", se extendía sobre unas 50 caballerías (671 hectáreas) de tierras fértiles aunque montañosas. En ellas criaban ganado mayor, cultivaban café, caña y alimentos varios para el autoconsumo familiar. La finca era trabajada por tres hermanos y sus esposas. En épocas de cosecha contrataban a jornaleros para que les ayudaran en la recolección y el secado del café. En el hogar poseían las mínimas comodidades para vivir decorosamente. El núcleo lo conformaban el matrimonio y la pequeña hija.

De pronto, y por obra y gracia de la injusticia humana, las condiciones de vida de esta familia cambiaron totalmente.

"En junio de 1960 -comenta Daysi- llegaron a nuestra casa los comandantes fidelistas Félix Torres y Anastasio Castañeda, acompañados de otros militares. Sin preámbulos nos anunciaron que desde ese momento estaban confiscadas nuestras propiedades porque iban a operar militarmente en las montañas en contra de los grupos de alzados.

"- Ustedes son colaboradores de ellos. Tienen que salir de aquí en breve. Adonde vayan no es nuestro problema.

"Y dejaron a dos militares en la hacienda hasta que llegara el interventor. Antes de marcharse, Torres se volvió a mi esposo y le dijo:


"- Si algo le ocurre a estos dos hombres lo pagarás con tu vida.

"Nosotros no éramos colaboradores de nadie. Sin embargo, entre los años 1957-1958 mi esposo les brindó apoyo y trabajó con los grupos guerrilleros que operaban en esta región, bajo las órdenes de Rolando Cubela y Faure Chaumont, del Directorio Revolucionario 13 de Marzo; al propio Félix Torres, del Partido Socialista Popular, y a Ernesto Che Guevara. Luego de esta visita de Félix Torres y compañía pasaron dos semanas. Unos mensajeros del gobierno me informaron entonces que ya debíamos irnos. No tuve más remedio que recoger algunas ropas envueltas en una sábana. Cargué a mi niña en los brazos y caminando fuimos para Trinidad, a decenas de kilómetros de distancia, atravesando montañas. Por suerte una amiga nos prestó un cuarto para que viviéramos en el pueblo. Mi esposo estaba recogiendo el ganado en las lomas y desconocía lo que ocurría con nosotras".

Estos desalojos forzosos y sin compensación se repetirían con todos los campesinos que vivían en la región. A los pocos días comenzaron a citar a los hombres al pueblo de Trinidad. A unos los conminaron a que abandonaran la provincia inmediatamente. A otros los detuvieron y enjuiciaron, acusados de colaborar con la guerrilla antigubernamental. Muchos decidieron no acudir a la cita y tomaron el camino de las armas. Varias mujeres se incorporaron a la lucha, pero no se integraron a la guerrilla permanentemente, por decisión de los jefes. La vida era difícil y riesgosa. Excepcionalmente hubo mujeres que se integraron a los grupos de combate. Sobre el particular, Daisy refiere:

"Mi esposo y yo decidimos no abandonar la zona ni quedarnos con los brazos cruzados. Comenzamos a colaborar con los guerrilleros. Buscamos contactos, y aparecieron. Éramos miles lo que habíamos sido despojados de nuestros bienes por el estado comunista. La respuesta de los lugareños fue masiva, y dio origen, desde un principio, a la insurrección armada. Mi esposo y yo tuvimos de nuevo acceso al Escambray porque el gobierno colocó como interventor de 'Las Trampas' a un pariente nuestro, quien nos dejó laborar en la finca. A mi marido las autoridades le dieron un pase para que cortara madera en la sierra. Transcurrido un tiempo comenzaron a pasar por la propiedad varios grupos de guerrilleros integrados por familiares, vecinos y amigos. Fue así que conocí a Emilio Carretero y tantos otros jefes de la guerrilla. Emilio había sido oficial del ejército de Batista. Buena persona, querido por los campesinos. Noble y disciplinado, muy recto y exigente con sus hombres. Odiado y temido por lo confidentes y personas vinculadas al régimen de Fidel Castro. No fue un asesino despiadado y cruel como lo caracterizó la propaganda gubernamental. Las mujeres les cocinaban, lavaban y zurcían las ropas, les curaban las heridas, llevaban y traían mensajes y medicinas, vestuario y botas nuevas. También los alentaban cuando se sentían deprimidos. Debo añadir que también atendíamos a las tropas del gobierno cuando llegaban a la hacienda. De este modo ganábamos su confianza".

Carretero comenzó a operar desde la finca "Las Trampas" hasta Pueblo Viejo, pasando por el caserío de Mayer.

"A Carretero no le gustaba utilizar las cuevas como refugio. Las consideraba trampas potenciales. Si las tropas enemigas tomaban sus entradas estaban perdidos. Él tenía mucha confianza con mi esposo y le hablaba de estas cosas. Decía que prefería esconderse en zonas bajas y abiertas entre lomas, bien cubiertas de espesura y protegidas por muchos árboles que servían como parapetos naturales. Situaba postas en los alrededores de su campamento y a mayor profundidad las 24 horas del día para evitar ataques sorpresivos. Además, situaba observadores en los cerros más altos para conocer el movimiento de sus oponentes. Operaba de noche. Durante el día hacía planes y la tropa descansaba y permanecía escondida".


Daisy Ventura Mainegra cuenta sus experiencias en la Sierra del Escambray, el auge y organización de la guerrilla, las tácticas de combate y cómo la traición, el cerco enemigo y la muerte de Osvaldo Ramírez, jefe máximo de los insurrectos, marcó el principio del fin de ese movimiento guerrillero en el centro del país.

Osvaldo Ramírez recibió tan elevada responsabilidad en noviembre de 1960. Por esa fecha se tuvo noticias en Cuba de la existencia de grupos antigubernamentales armados en la región. Ramírez fue el primero en asumir el cargo, hecho que marcaría uno de los pasos más importantes en la organización del ejército que se levantaba contra Castro.

"Cada grupo estaba integrado por ocho o diez combatientes dirigidos por un jefe -recuerda Daisy. Estos jefes elegían a un responsable de región, quienes a su vez se sometían a la autoridad de Osvaldo. Esas unidades básicas de combate tenían definidas sus zonas de operaciones. En general realizaban planes operativos sin la cooperación de otros grupos. Sólo cuando era necesario se unían. Este principio era respetado por todos para evitar confusiones y pérdidas de vidas entre sus propios hombres. Además, grupos mayores eran fácilmente detectados y empeoraban las condiciones de supervivencia: alimentación, movimientos de la guerrilla, apoyo de los colaboradores, vestuario, suministro de medicamentos, lugares donde esconderse y pertrechos de guerra".

Daisy habla también de las emboscadas y combates en que participaron aquellos grupos armados. En ocasiones recurre a sus experiencias. En otras, a las referidas por su esposo, Tomás Florencio Bécquer Pedroso.

"En una ocasión Carretero necesitó comprometer en la lucha a Nilo García, interventor de nuestra finca Las Trampas. Emilio (Carretero) le tendió una embocada a Nilo y sus acompañantes: Fito Peláez y mi esposo, quien conocía de la operación, pero se hizo el sorprendido. Carretero le exigió a Nilo que consiguiera comida para los guerrilleros. Nilo accedió, y el grupo se mantuvo en la propiedad durante una semana. De ese modo Nilo se convirtió en colaborador. Meses después la milicia comenzó a operar tendiendo cercos y sorprendió a Nilo con los insurgentes. El propio Peláez lo acusó. Por esa delación, Fito salió absuelto. A Nilo lo condenaron a 30 años de cárcel".

La señora Mainegra habla sobre la vida en la guerrilla.

"Los guerrilleros vivían en cuevas y cañadas de monte (paso entre dos alturas montañosas). Tenían postas y operaban de noche. A las fincas de los colaboradores iban cuando recibían el aviso. Hostigaban casi a diario los campamentos de la milicia y el ejército de Castro y luego huían a toda velocidad. En otras oportunidades esperaban que aquellas fuerzas se desplazaran por los terraplenes y les tendían emboscadas. El tiroteo sorpresivo causaba bajas entre las tropas enemigas y las desmoralizaba. Se escogían lugares que les resultaban imposibles de defender. En ocasiones colocaban minas disimuladas en el camino. El efecto de la explosión inicial causaba desconcierto entre las tropas del gobierno. Era difícil sorprender a nuestros grupos porque nunca regresaban por el mismo lugar. Muy pocos combates duraban horas.

"Cuando esto ocurría se sufrían muchas bajas por ambos bandos. Cuando la situación operativa le permitía a uno de nuestros grupos meterse en medio de las fuerzas contrarias, disparaban en ambas direcciones y se escondían de inmediato. Rápidamente se generalizaba el tiroteo. Ese fuego cruzado les provocaba bajas sensibles a las únicas tropas presentes en el lugar: las enemigas. Preparábamos las emboscadas en sitios donde hay cuevas con varias salidas. En una de sus entradas se montaba la trampa mortal. Si la milicia se daba cuenta de la situación y trataba de perseguir a los nuestros dentro de la caverna, se les esperaba fuera de la otra salida previamente minada, cubierta por otros grupos de apoyo y alguna ametralladora calibre 30. Estas eran las únicas acciones que realizábamos de día. Si salían bien provocábamos bajas a los contrarios y obteníamos armas, municiones y comida. De salir mal se creaba la misma situación que debíamos enfrentar al romper un cerco, conocido como anillo de la muerte".

En noviembre de 1961 el movimiento guerrillero alcanzó su mayor intensidad en grupos de combatientes; 250 grupos y 3 mil combatientes. Dominio operativo-táctico del teatro de operaciones y elevada organización miliar. Se habían creado zonas dominadas permanentemente por la insurgencia. Las fuerzas del gobierno no salían de noche ni se aventuraban a moverse por las estribaciones del Escambray, salvo cuando disponían de fuerzas muy superiores a las guerrilleras. Estas opiniones reflejan, de forma resumida, varios criterios de participantes y colaboradores consultados de la insurgencia.

Un acontecimiento provocó un giro de 180 grados en la guerra. Fue cuando las tropas del gobierno sorprendieron a Osvaldo Ramírez en la zona de Umbra, cerca del poblado de Condado a finales de 1961. De esta jornada, Daisy, con tristeza, ofrece detalles.

"A Osvaldo lo delató Filiberto Cabrera, su primer mensajero, capturado por la milicia unos días antes. La Seguridad del Estado lo amenazó con fusilarlo sin juicio salvo que colaborara con ellos en la ubicación de Ramírez. Filiberto aceptó y lo subieron a un helicóptero. El traidor marcó el área donde estaban Osvaldo y su grupo y le dijo a los agentes de la Seguridad que si tendían un cerco en la zona atraparían a Ramírez. De esto tuvimos conocimiento gracias a otro colaborador nuestro que se enteró por la imprudencia de una tercera persona. Alrededor de tres mil efectivos tendieron el cerco. Ramírez tenía sólo 10 hombres con él. Emilio Carretero entre ellos, quien le dijo a Ramírez: 'Vámonos antes de que cierren el cerco'. A lo que el jefe respondió confiado: 'De peores cercos he salido'. Carretero pudo escapar. Apenas logró evadir el anillo mortal, el ejército concluyó el cierre del cerco con tres anillos concéntricos. Las operaciones duraron dos días con sus noches. A Osvaldo lo vieron varios milicianos bajar por una cañada. Había burlado el primer anillo pero no pudo hacerlo con el segundo. Un miliciano disparó varias veces contra el guerrillero. Una bala lo alcanzó en la frente. Murió al instante y lo identificaron porque sabían que le faltaba un dedo en su mano izquierda. Varios agentes de la Seguridad del Estado se lo llevaron en helicóptero. Desconocemos dónde fue enterrado su cadáver".

Después de la muerte de Osvaldo Ramírez la iniciativa pasó a las fuerzas del gobierno, quien llenó el Escambray con decenas de miles de hombres. Su aviación localizaba a los grupos insurgentes y los cercaban con grandes unidades combinadas del ejército, la milicia y la policía. Incorporó a la lucha a sus mejores comandantes. Y comenzó a decaer la guerra. Los grupos quedaron aislados de sus redes de apoyo y cortadas las líneas de suministros. Cesó la ayuda de los movimientos opositores en el interior y el exterior del país. Comenzaba el ocaso de la guerrilla en el Escambray.

Tomás San Gil asumió la jefatura de la guerrilla en la cordillera a finales de 1961, después de la muerte de Osvaldo Ramírez. El nuevo jefe insurrecto comprendió a tiempo que aisladas sus fuerzas de las redes de suministros, semidestruídas las bases operativas permanentes y saturado el lomerío con decenas de miles de efectivos enemigos, debía modificar la táctica de lucha. Después vendrían otra vez la delación y la muerte. Ahora sería la de San Gil.

Una de las medidas prístinas adoptadas por el líder máximo de las fuerzas irregulares fue convocar una reunión con los jefes de regiones y grupos a principios de 1962. Sobre el particular, Daisy Ventura recuerda algunos pasajes de aquella etapa, apoyada por los recuerdos de su esposo y también colaborador de las guerrillas.

"Por esa fecha -refiere Daisy Ventura- San Gil citó a una reunión con todos los jefes. El encuentro se produjo en nuestra finca, ya confiscada por el gobierno. Asistieron alrededor de cien caudillos que representaban a 1,200 combatientes. Yo no estuve en las discusiones, pero fui la anfitriona y atendí las necesidades de los visitantes".

El esposo de Daisy Ventura, Tomás Florencio Becquer precisa algunos punto de interés:

"Yo tampoco estuve presente en los debates, pero los acuerdos básicos me los refirió Emilio Carretero al concluir la jornada: se le dio más valor a la movilidad constante de los grupos para garantizar la sobrevivencia, se extremaron las medidas de vigilancia, se prohibió a los grupos visitarse mutuamente salvo cuando la situación lo exigiera, deberían marcarse áreas seguras para recibir pertrechos de guerra y alimentos por vía aérea, así como el empleo a fondo de los recursos naturales para el enmascaramiento del personal de manera individual, la racionalización del parque de guerra que sólo sería empleado en casos de vida o muerte. También Emilio hizo el comentario de que se esperaban desembarcos armados del exterior para apoyar a nuestras fuerzas, no sólo en el Escambray, sino en diferentes puntos del país.

"Que yo recuerde, aquél fue el último encuentro grande que se llevó a cabo en la serranía. Muchas personas piensan que el Escambray estuvo cercado permanentemente en la segunda mitad de la guerra. Pero jamás el ejército de Castro pudo cercar totalmente la zona, como ocurrió en Pinar del Río, las zonas rurales de La Habana y Matanzas. Aquí, en el Escambray, se requerían muchos cientos de miles de hombres más de los que había. La cordillera es muy grande. Recuerdo que yo burlaba los cercos y la milicia me dejaba continuar mi camino. En mi poder tenía un pase permanente que me autorizaba a cortar y trasladar madera de las montañas a los pueblos vecinos, condición que aproveché para realizar mi trabajo a favor de los guerrilleros".

Tomás San Gil apenas sobrevivió unos meses al frente de los insurrectos. Daisy recuerda:

"San Gil era más hábil para evadir los cercos. Jamás cayó en uno, a pesar de no tener la formación y experiencia militar de Osvaldo Ramírez. Poseía un sexto sentido que le permitía saber cuándo los efectivos del régimen iban a tender un cerco, y los burlaba. Se escondía bajo tierra y se cubría con maleza hasta que los soldados pasaran por su lado. A veces esto ocurría a centímetros de donde se encontraba. Tenía una sangre fría excepcional. Luego se retiraba. Los hombres de su grupo lo seguían ciegamente, porque confiaban en su buena estrella".

Por su parte, Tomás Florencio precisa:

"El gobierno estaba desesperado por apresarlo. Utilizaba el apoyo de los helicópteros para ubicarlo y atraparlo. Pero San Gil era como un guineo jíbaro moviéndose por el monte. A San Gil lo delató uno de sus colaboradores. La Seguridad del Estado lo capturó en la hacienda 'Las Trampas'. Debió amenazarlo de muerte para que éste accediera a entregar al líder insurgente. Su nombre: Jorge Revuelta.

"El ejército y la milicia le tendieron a San Gil una trampa en el caserío de Meyer. Los uniformados tenían conocimiento que en esos días pasaría por el lugar. La tropa enemiga estaba parapetada en los alrededores de un potrero. A San Gil y diez hombres los observaron avanzar por la cuesta de una loma en dirección a la tropa gubernamental. Comenzó el tiroteo que apenas duró media hora. No hubo sobrevivientes en el grupo. El jefe guerrillero se defendió como un león. No tengo noticias sobre el sitio en que fueron enterrados los cuerpos, aunque fueron trasladados en un helicóptero de la fuera aérea. Este combate ocurrió a mediados de junio de 1962, si mal no recuerdo".

Después de la muerte de Tomás San Gil asumiría la jefatura máxima de las fuerzas insurgentes Emilio Carretero.


Emilio Carretero asumiría la jefatura de las fuerzas insurgentes a la muerte de Tomás San Gil, como se ha señalado, en 1962. Su mandato duraría unos meses. El macizo montañoso central ya no constituía un escenario de lucha adecuada para los guerrilleros. La correlación de fuerzas era sumamente adversa para ellos, al punto que la región se transformó en una enorme trampa.

"Carretero comprendió -señala Florencio Becquer- que la situación militar había empeorado para los grupos irregulares a partir de agosto de 1962. Esta opinión no la compartían otros jefes de grupos y regiones, cuyo optimismo se negaba a reconocer esa realidad. Carretero estaba obligado a buscar un camino que le permitiera salvar, si no a toda, al menos a una parte de la tropa. Evacuarlos de la cordillera y posteriormente sacarlos del país por vías clandestinas, pero seguras, era uno de sus objetivos. El otro sería mantener el foco de la lucha armada. Definido lo que se iba a hacer, ahora restaba lo más importante: cómo lograrlo".

Fue en estas condiciones que Emilio Carretero conoció personalmente a Alberto Delgado.

"Este hombre, Alberto Delgado - refiere Mayra- trabajaba como colaborador de la guerrilla, y era conocido en la zona que va desde Trinidad hasta Topes de Collantes. Delgado, como se supo posteriormente, era un agente de la policía política del gobierno infiltrado en las filas de los combatientes anticastristas. Se convirtió en la punta de lanza de un meticuloso plan organizado por la inteligencia para atrapar vivos a los jefes y miembros de la guerrilla. Además, se pudo conocer que ese cuerpo especializado poseía la información de que muchos combatientes habían abandonado el país por varios puntos geográficos con éxito. Esta última realidad fortalecía la operación de engaño, hacía más creíble la posibilidad de que en el Escambray también se pudiera sacar a los combatientes que allí operaban. La G-2 aprovechó el aislamiento en que se encontraban los grupos de combate para hacerles su jugada.

"Alberto Delgado le propone a Carretero la posibilidad de sacarlo de allí en unión de algunos de sus hombres con destino a los Estados Unidos. Emilio aceptó la sugerencia en principio, pero receloso como era, le exige más información. Alberto se recrea en algunos detalles, por ejemplo, que la salida se realizaría en un barco norteamericano que los esperaría a unas millas de las costas. Para llegar al barco se desplazarían en un bote que Delgado buscaría. La salida sería por la costa sur de la provincia y contaba con la aprobación de las organizaciones opositoras urbanas radicadas en Cuba y en el exilio. Yo no sé si Cheíto León estuvo presente en estas conversaciones, pero cuando Emilio le contó el plan, León dudó de su realización y le dijo a Carretero que él no confiaba en Alberto Delgado, quien tenía fama de trabajar para la Seguridad del Estado. Cuando Emilio le contó a mi esposo, éste le dijo: ten cuidado con Delgado, te va a embarcar".

Florencio explica:

"Carretero no confió en Delgado, pero asumió los riesgos personalmente. Sería él quien primero probaría la efectividad de la operación. Si era una trampa se convertiría en la primera víctima. No tenía otra opción. Y en consecuencia concibió un plan secreto con León para que éste confirmara si el llegaba o no a su destino. El plan consistía en una contraseña que sólo ambos conocían y que debería llegar transcurridos ocho días después de su partida. Si esta señal no llegaba a Cheíto, ya no habría dudas: Alberto Delgado era un agente de la inteligencia cubana".

Daysi interrumpe bruscamente el relato de su marido y concluye:

"La G-2 se empleó a fondo en este plan. No escatimó recursos técnicos ni humanos para lograrlo. Sabían que de triunfar su operación otros jefes y sus grupos seguirían confiados el camino de Carretero. Cumplida la primera etapa, cuyos detalles desconozco, es decir, la supuesta exfiltración de Carretero, Cheíto León nunca recibió la contraseña acordada. Pasaban los días, y nada. No dudó más y ordenó la captura de Alberto Delgado, quien había ocasionado la muerte, la captura y el fusilamiento de varios hermanos de lucha. Tuvo que enfrentar un juicio en campaña y fue ajusticiado. El resto es historia conocida. Emilio y sus hombres fueron apresados, incomunicados, juzgados y condenados a fusilamiento".

Asumido el mando de la guerrilla en el Escambray por Cheíto León, el nuevo jefe se reunió con los hombres que mantenían el grito de rebeldía. Según testimonios de algunos familiares de los insurrectos, León expresó: "Caballeros, no podemos esperar ayuda de ninguna parte ni salir jamás de las lomas. Yo no abandono el Escambray. Esto aquí es a morirse".

Después de la captura y fusilamiento de Emilio Carretero y asumir el mando central Cheíto León, Daisy Mainegra y Florencio Bécquer se trasladaron al llano. Ella se convertiría nuevamente en testigo excepcional de algunos sucesos derivados de la lucha fratricida vigente en el país desde entonces. En esta ocasión serían las ejecuciones masivas a los insurgentes capturados en el Escambray.

"León moriría en combate - recuerda Daisy- junto a varios de sus colaboradores a los pocos meses de asumir la jefatura general. Cumplió su palabra de no abandonar vivo la cordillera si no lograba la victoria. Su muerte se produjo cuando intentaba romper los cercos tendidos por tropas combinadas del ejército y la milicia gubernamentales. Mi esposo y yo habíamos decidido, meses antes, mudarnos para el pueblo de Condado, municipio de Sancti Spíritus".

Este traslado era necesario. El círculo de sospechosos por colaborar con los combatientes antigubernamentales se cerraba por momentos. Desde su nueva ubicación los cónyuges podrían continuar la ayuda a los rebeldes sin levantar muchas sospechas. Florencio estaba autorizado por el gobierno para cortar y trasladar madera, faena que exigía su presencia en el monte durante tres o cuatro días. Esta situación le permitía disimular sus labores ocultas. Por su parte, la señora Mainegra tuvo la nada envidiable oportunidad de conocer qué ocurría con los guerrilleros después que caían en manos del enemigo.

"Al antiguo cuartel militar de Condado eran conducidos bajo fuerte custodia muchos de los insurgentes apresados que habían sido interrogados, sometidos a juicios sumarísimos y condenados a la pena capital. Los prisioneros procedían de distintos lugares de la zona. Sabían que su llegada a la unidad militar era la última parada de un viaje sin retorno. Algunos se despedían por anticipado de sus familiares sin explicar los motivos de la despedida. No hacía falta.

"De madrugada -apunta Daisy- los sacaban del cuartel amarrados como si fuesen animales de labranza: atados unos a otros con las manos a la espalda para que no intentaran escapar, lo que reflejaba el miedo de los guardias a aquellos hombres, derrotados, pero no sometidos. Los montaban en un vehículo cerrado, acompañados por igual número de militares armados. El viaje concluía en el cementerio del pueblo, distante dos kilómetros. Los paraban frente a un farallón de piedras que se encontraba en la parte trasera del camposanto. En ese sitio los esperaba otro grupo de militares: los miembros del pelotón que los pasaría por las armas, el oficial al mando y otros jefes que asistían a la 'ceremonia'. Yo no podía ver los fusilamientos desde mi casa, pero sí sabía del momento en que caían abatidos los combatientes por la descarga cerrada de los fusiles. Segundos después escuchaba los tiros de gracia que el jefe del pelotón disparaba en la cabeza de los fusilados. Luego los enterraban en fosas comunes, previamente abiertas. A los familiares las autoridades no les decían dónde reposaban los cuerpos de sus seres queridos. En este lugar le aplicaron la pena capital a más de 200 rebeldes anticastristas. A lo largo de esos meses apenas podía dormir. Quería verlo todo. No olvidar nada para contarle a todos en qué consistían las prácticas inhumanas del régimen contra miles de cubanos que no aceptaban su autoridad impuesta a la fuerza. Recuerdo una noche en que sacaron a dos combatientes. Los guardias los empujaban para que se movieran más rápido. A uno de ellos yo lo conocía. Era de mi pueblo, de apellido Peña. La escena ocurrió a principios de febrero de 1962. No llegaban a los 35 años. Se los llevaron. Yo me puse muy triste. Al rato escuché las descargas y después dos detonaciones aisladas. Estas imágenes inolvidables se repetían madrugada tras madrugada. Desde finales de 1961 hasta abril de 1962. Una mañana el hedor a carne descompuesta inundaba el caserío. Muchos residentes nos quejábamos. Decenas de auras tiñosas revoloteaban en círculos sobre las áreas del cementerio donde el gobierno fusilaba a los combatientes. El origen del mal olor era que uno de los cadáveres había quedado con los pies desenterrados".

Muchos vecinos tenían que pasar por el "área de los sacrificios", como se le denominó a aquel tramo de paredón donde fueron fusilados tantos compatriotas.

"Era impresionante -concluye Florencio-, usted pasaba por aquel lugar y veía los orificios provocados por los disparos. Observaba sin mucho esfuerzo las manchas de sangre y hasta los cabellos de las víctimas incrustados en las piedras de la muralla. Los lugareños sabían que aquellas huellas dejadas para la historia pertenecían a padres, hermanos, amigos y vecinos".

Para Florencio Becquer y Daisy Mairena nada bueno les reservaba el inmediato destino. A los sufrimientos ya experimentados le seguirían otros que pondrían a prueba la voluntad del matrimonio: los interrogatorios y la prisión de él. Los registros y la limitación de libertad de ella y la deportación para ambos en uno de los pueblos cautivos creados por el régimen para concentrar allí a los campesinos del Escambray.

El gobierno cubano comenzó las detenciones masivas de posibles desafectos a su gobierno en las provincias centrales en octubre de 1963, operación que se extendió hasta el 4 de marzo de 1964. En estos operativos de los agentes represivos quedaba involucrado cualquier sospechoso de colaborar con los insurgentes, existieran o no pruebas contra ellos. A Florencio lo detuvieron el 15 de octubre de ese año en el pueblo de Güinía de Miranda, municipio de Fomento. A los pocos días lo llevaron para la comunidad de Pitajones y más tarde fue trasladado a las naves de fibrocemento convertidas en cárceles en el poblado de Condado, donde radicaba el estado mayor de las fuerzas gubernamentales.

"En este sitio -señala Florencio- había más de tres mil detenidos. A mí se me acusaba de ayudar a los insurgentes en el trasiego de armas y municiones. También de ser testigo o participar de los fusilamientos que decían los oficiales realizaron nuestros grupos. La policía política me amenazó. Primero con el paredón. Después con que iría a una penitenciaría por 30 años. Fui sometido a interrogatorios diarios y prolongados. La intención era comprobar mis vínculos con la guerrilla. Un preso, quizás confidente de los militares, me recomendaba que lo confesara todo, pues la Seguridad del Estado conocía al detalle mi historia en las lomas por las declaraciones de otros comprometidos. No seguí su consejo".

Por su parte, Daisy apunta:

"A mi esposo lo capturaron en el trabajo. Yo sufrí prisión domiciliaria por varios meses. Durante ese tiempo los agentes represivos realizaron tres registros. Yo no podía trabajar en ningún sitio. Incluso pedí permiso a los guardias para visitar a mi esposo y me lo negaron".

Al concluir las investigaciones preliminares comenzaría para Florencio un peregrinaje por varias granjas-reclusorios, desconociendo cuánto duraría su arresto. Existían pruebas de su colaboración con el movimiento armado, pero la policía política esperaba obtener de otros detenidos testimonios que lo inculparan con mayor severidad.

"A los 45 días de estar en aquel sitio decidieron enviarme para la granja de Paso Real de San Diego, provincia de Pinar del Río. Pasados unos meses me trasladaron a otra cárcel en la misma región, nombrada Sandino No.3. En estos campamentos-prisiones había más de cinco mil prisioneros políticos. La mayoría éramos de Las Villas y 300 provenían de Matanzas. Trabajábamos doce horas diarias en labores agrícolas o de la construcción. La alimentación era pésima. La atención médica nula y no teníamos medicamentos. Los castigos y golpizas eran frecuentes. Casi al año de estar allí comenzamos a disfrutar de las visitas familiares. Algunos prisioneros tenían derecho a un pase cada 30 días, privilegio que se perdía ante cualquier acto considerado por las autoridades como una indisciplina. Donde yo me encontraba prisionero se albergaban alrededor de dos mil personas. En 1965, no recuerdo el mes, se produjo la evasión exitosa de un preso. Pertenecía a los grupos de Matanzas. El hecho ocurrió durante un día de visita. Se cambió de ropas y se fugó cuando concluyó el encuentro familiar. Que yo sepa nunca pudieron recapturarlo. Meses después pasé a otra granja en Corralillo (Villaclara), y al cabo de un año me liberaron. Las pruebas que buscó la Seguridad del Estado para complicarme nunca llegaron a conseguirlas. Eso fue en septiembre de 1966".

Luego vendrían las visitas periódicas de los uniformados. Las amenazas, citaciones, controles y, por último, el destierro hacia los pueblos cautivos.

"A nosotros -refiere Florencio- nos trasladaron para el pueblo Ramón López Peña, en la provincia más occidental de Cuba. La mudada fue terrible. Pasamos hambre y frío. El tren en que viajamos era una especie de jaula móvil custodiada por militares armados hasta los dientes. Yo no quiero acordarme del día en que llegué con mi hija a ese lugar. Sólo existían los edificios. Sin calles ni aceras. Separados de los pueblos más próximos por decenas de kilómetros. No había escuelas, postas médicas, áreas verdes. Un terraplén de entrada-salida al pueblo. Aquello era peor que las grandes estepas rusas".

Florencio y Daisy aún viven allí -y han transcurrido 27 años- en calidad de rehenes políticos. Actualmente él es miembro de la organización opositora "Ex Presos Cautivos". Ambos militan en la no autorizada "Confederación de Trabajadores Democráticos de Cuba".

Concluyo mi trabajo periodístico. Al salir del apartamento, muy humilde, Daisy me tomó de la mano, y me dijo:

"No se olvide de decirle al mundo que nosotros, los colaboradores del movimiento guerrillero anticastrista en el Escambray, fuimos derrotados momentáneamente, pero jamás dominados por ellos".