"Habíamos
obtenido una gran victoria sobre los 'bandidos del Escambray'. La
banda de Agapito, dispersa por la emboscada que le tendimos cerca
de Bocambuilan, fue aniquilada sin resistencia. Yo mismo le di muerte
a Agapito Capote junto a una ceiba. Le disparé casi a boca
de jarro con el M1. Recuerdo sus ojos fieros llenos de odio. Miraba
como si quisiera arrebatarme la vida con la mera fuerza de la mirada.
Los prisioneros fueron fusilados en el lugar.
"Festejábamos
la victoria. Ibamos en el jeep tres oficiales del Ejército
y un miliciano. Compramos ron en una tienda al borde del camino,
varias botellas de un alcohol bravo que pronto nos puso alegres.
Comenzamos a disparar a todo lo que pudiera servirnos de blanco
en la carretera. El teniente Sosa alardeaba de su puntería
con la 45, un arma difícil que el hombre manejaba a la
perfección. Arboles, animales, señalizaciones de
tránsito, postes, eran objeto de nuestra competencia de
tiro al blanco.
"Cada vez estábamos
más achispados. El chofer del jeep, un miliciano habanero,
trató de detener la cada vez más atrevida competencia,
pero el teniente Sosa y yo impusimos nuestra autoridad, y el hombre
prefirió hacer silencio y atender a la conducción
del vehículo.
"Los guajiros
corrían a ocultarse al paso del jeep. La carretera de Trinidad
era poco transitada a esa hora de la mañana, algún
que otro bohío la bordeaba de vez en cuando. El teniente
Sosa y el capitán Bermúdez propusieron jugar a la
ruleta rusa. Ya íbamos por la segunda ronda cuando, próximos
a un caserío, les vimos avanzar por el borde de la carretera.
Eran dos muchachos, dos guajiritos. Más de cerca vimos
que se trataba de un niño pequeño y una niña
de unos 8 a 10 años. Llevaban una lata colgada por un alambre
a un palo que ambos sujetaban por los extremos. Era una forma
común de cargar el agua en el campo.
"El teniente Sosa
apuntó a la lata, y apostó cinco pesos a que hacía
blanco con el jeep en movimiento. Disparó y falló.
Los niños quedaron paralizados un instante por el estruendo
del disparo. La niña miró hacia el jeep que se aproximaba
a toda velocidad. Aún sostenían la lata, pude ver
su cara de asombro cuando el arma, esta vez en manos del capitán,
hizo fuego. La vi saltar en el aire alcanzada por el terrible
impacto de la 45.
"El jeep no se
detuvo. Vimos una mancha tendida en el suelo, el chispazo de flores
rojas de un vestido, unos pies descalzos, la silueta del niño
recortarse en el horizonte, y un grito que se perdió en
el aire matutino.
"No paramos hasta
la ciudad. Nadie decía nada. La pistola seguía en
la mano de Bermúdez. Recuerdo el rostro pálido del
miliciano y el silencio. Entramos al puesto de mando del Ejército.
Como oficial de mayor graduación, reporté el incidente
como un ataque de los bandidos. Habíamos acudido al escuchar
los disparos y salido en persecución infructuosa de los
atacantes, en vano. Conocedores del terreno, los bandidos habían
logrado ocultarse.
"Una fuerza bajo
el mando del teniente Sosa salió a inspeccionar el lugar
sin obtener mayores resultados. Todo parecía salir bien,
pero pronto la versión del niño alarmó a
la población, y un grupo de airados vecinos se acercó
al puesto, exigiendo explicaciones. Logramos acallar las sospechas
por unas horas, pero el niño era un testigo peligroso,
y ordenamos detenerlo para que sirviera de testigo de la nueva
fechoría de las bandas.
"A la tarde miles
de trinitarios rodearon el puesto exigiendo aclaración
de los hechos y justicia. Les largué un discurso sobre
la probidad revolucionaria y las calumnias de los enemigos de
la Revolución, pero según pasaban las horas se complicaba
más la situación. Pedimos refuerzos, y una compañía
de soldados vino a custodiar el puesto.
"El velorio de
la niña fue un acontecimiento memorable. La ciudad estuvo
al borde de la rebelión, hubo que efectuar algunas detenciones,
reforzar las guardias, concentrar varias unidades en el centro
y dispersar a los grupos que exigían se investigara el
caso".
El hombre hizo silencio.
Aguardé unos minutos. "¿Y nunca se supo la
verdad?", le pregunté.
"Sí, mucha
gente sospechó, y algunos dieron crédito al testimonio
del niño, pero todo quedó ahí. Eran tiempos
difíciles, yo fui trasladado primero a la Cabaña,
en La Habana, y al poco tiempo a Camagüey, a las UMAP".
"Entonces, ¿los
asesinos quedaron impunes?"
"Tú eres
el primero en conocer la verdad".
Hizo silencio de nuevo,
encendió el mocho de tabaco, y con un gesto dio por terminada
la historia. Ya no hablaría más por hoy.
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