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Miami Beach, 1987.
La puerta de la casa
de huéspedes en South Beach estaba cerrada. Golpeamos en
el cristal con los nudillos. Por una ventana en el segundo piso
un hombre se asomó, mirando hacia nuestro grupo, a los
cuatro visitantes.
¿Qué
desean?
-Venimos a ver a La
Niña del Eecambray.
-La Niña, -
nos dijo el hombre, -está muy traumatizada. Ella no acepta
visitas.
Dígale, le respondí,
que Reina Carolina, Polita Grau y su hermano, Ramón, han
venido a visitarla. Estas dos mujeres estuvieron plantadas con
La Niña en Guanajay y en Guanabacoa.
Momentos después
la puerta se abrió. Varios hombres se congregaron en el
pasillo. Tres eran ex-presos políticos.
-Es la última
puerta al final del pasillo en el segundo piso, nos dijo uno,
---pero La Niña es muy renuente a aceptar visitas.
Detrás de la
puerta blanca con el número diecisiete torcido, vive Zoila
Aguila Almeida, La Niña de Placetas, la veterana guerrillera
del Escambray.
Para mí era
un momento emocionante. Desde niño había escuchado
cuentos sobre una joven muchacha de Placetas que fue jefa de un
grupo de alzados en Las Villas, enfrentándose en combate
a las milicias castristas. Siempre la había considerado
una figura legendaria, pero nunca había visto siquiera
una foto de ella. Ahora, por fin, la iba a conocer y la imagen
nebulosa se podría convertir en un ser humano, de carne
y hueso.
En 1960, en los penachos
de la Sierra del Escambray, grupos de insurgentes mal armados
combatían contra el sistema castrista. En esos primeros
meses de rebelión, Zoila Aguila se marchó a la manigua
con su esposo, un electricista de Remedios llamado Manolo Munso
La Guardia. El llevaba una carabina San Cristóbal con seis
peines, y ella, un revólver con unas cuantas balas.
En el Escambray, donde
Zoila ya había combatido una vez antes, contra Batista,
creció día a día la leyenda de la mujer guerrillera.
Mochila al hombro, carabina M1 en mano, La Niña combatió
a la milicia bajo las órdenes de Osvaldo Ramírez,
Tomasito San Gil, y .Julio Emilio Carretero. Durmió en
las laderas de los montes, pasó hambre y sed, y a tiro
limpio rompió los triple cercos de las milicias castristas.
En la manigua parió dos hijas, y ambas murieron en sus
brazos de hambre y sed. Para 1963, Zoila era jefa de una guerrilla
de doce hombres, veterana de centenares de escaramuzas en los
montes villareños. Hay una anécdota que bien describe
la sangre fría de la joven guerrillera. contada por uno
de los sobrevivientes de la gesta heróica. Rodeados en
un triple cerco, los hombres de Carretero se desbandaron, intentando
cruzar las líneas castristas sin ser detectados. Uno a
uno, los aliados fueron cruzando el cerco, reuniéndose
después todos a la orilla de un riachuelo. Carretero contó
cabezas. Faltaban dos. Manolo y Zoila. La preocupación
aumentó cuando se empezaron a escuchar disparos en la distancia.
Carretero, que tenía buen oído para las balas, pudo
discernir, entre los disparos de metralletas y rifles checos,
el martilleo del Garand de Manolo y el M1 de La Niña. Los
alzados comenzaron a correr hacia el sonido de los disparos para
socorrer a la pareja. El M1 enmudeció de súbito.
Solo se escuchaba el cantar del Garand, el chasquido seco del
rifle y el tableteo de las metralletas. Carretero gritó
una maldición, pensando que Zoila había caído
en el combate y solo Manolo quedaba combatiendo. Al atacar a la
milicia en un cruce de fuego y dispersarlos, los alzados quedaron
sorprendidos. Acostado en un matorral, con una herida en el hombro
se encontraba Manolo Munso. A su lado, con un Garand humeante
en las manos, Zoila Aguila se batía sola contra un pelotón
de milicia.
En marzo de 1964, después
de casi cuatro años alzados en el Escambray, Lar Niña
y Manolo fueron capturados, traicionados por Alberto Delgado,
El Hombre de Maisinicu, un oficial de Seguridad del Estado que
tendió una trampa a las guerrillas de Emilio Carretero.
Delgado murió ahorcado de una guásima, pero antes
de caer traicionó a más de treinta guerrilleros
y a numerosos colaboradores, incluyendo miembros de su propia
familia.
En Villa Marista, las
oficinas de Seguridad del Estado, Zoila y Manolo fueron separados.
Por un tiempo se podían hablar a gritos de celda a celda,
pero después a Manolo lo cambiaron de celda, para que ni
a gritos lanzados por pasillos se pudieran consolar. A La Niña
la encerraron en el Príncipe Negro, un cuarto tapiado subterráneo,
donde sólo las ratas la acompañaban.
Después vino
el juicio. La Niña y dieciocho alzados recibieron condenas
de treinta años de encarcelamiento. Doce guerrilleros fueron
fusilados. Manolo Munso La Guardia murió en los fosos de
la prisión de la Cabaña, el anochecer del 22 de
junio de 1964. mientras cantaba, junto a sus hermanos de lucha,
el Himno Nacional de Cuba.
La Niña fue
llevada al presidio político de las mujeres. En Guanabacoa,
Guanajay, y la hipócritamente llamada Finca Nuevo Amanecer,
Zoila continuó la lucha aún tras las rejas. Presa
plantada, se negó a doblegarse. Guardias armados con tubos
de manguera la golpearon. Fue tapiada en cuartos oscuros, sin
luz y comida. Quemó colchones y fue enviada a celdas de
castigo.
Rompieron su mente,
pero no su espíritu. La locura se apoderó de Zoila,
pero ella aún demente, se negó a rehabilitarse.
Era mucho el sufrimiento. Dos hijas muertas. Manolo fusilado.
Carretero enterrado junto a Manolo en una fosa común. Meses
en celdas de castigo. Torturas. Golpizas. Hambre. La volvieron
loca pero no lograron doblegarla.
En la cárcel
de mujeres, sentada en su camastro, se pasaba horas envuelta en
trapos, vestida como una leprosa, sin hablar. Cuando se le permitía
salir al patio, se encaramaba en las matas, donde se pasaba largo
rato, la vista perdida en un horizonte lejano.
Después de cumplir
más de la mitad de su condena, llegó a Miami, una
de las últimas presas en salir de Cuba.
Tocamos suavemente
con los nudillos en la puerta blanca. La sentimos moviéndose
en el cuarto, pero no respondió. Tocamos por segunda vez.
La puerta se abrió
lentamente, solo una rendija. Media cara se asomó al pasillo.
Pelo azabache, cutis liso, sin arrugas. Voz de timbre claro.
La visita duró
veinte minutos. La Niña no nos permitió entrar al
cuarto, ni abrió la puerta completamente. Conversó
un poco con Pola y Reina Carolina, las amigas del presidio, ignorándonos
a Ramón Grau y a mí. Polita le llevaba unos regalos,
una botella de perfume y unos abrigos, pero la guerrillera no
los aceptó.
-Les habló mucho
nos dijo el dueño de la casa de huéspedes, -Ella
vive encerrada en el cuarto. Sale una vez al día v se sienta
un par de horas en el portal, pero habla poco, y rara vez acepta
visitas. ¿De qué vive?-- le pregunté.
-De la ayuda social,
y costó trabajo obtenerla. La Niña se negaba a ir
a las oficinas del gobierno. Tuvimos que traer a un médico
al edificio para que la entrevistara en el pasillo y le diera
la certificación médica. Es un caso incurable.
No nos aceptó
los regalos.
No----dijo el hombre,
---ella se ofende si alguien le ofrece ayuda. Nosotros hacemos
lo que podemos por ella, pero es difícil ayudarla.
Esa noche me costó
trabajo dormir. La imagen de aquel rostro tras la puerta blanca
quedó grabada en mi memoria. En sus ojos oscuros me he
asomado al dolor infinito de mi pueblo.
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