El Serrucho estaba localizado cerca de Tamarindo, en la provincia
de Camagüey. Era un lugar difícil de encontrar, lejos
de las carreteras bien transitadas. En los tiempos de Batista había
sido una casa de curar tabaco. Después vino la Revolución,
y la finca fue intervenida.
Camiones y jeeps cargados
de tropas vestidas de verde olivo llegaron al Serrucho. Las edificaciones
comenzaron. Se fabricaron oficinas, se pintaron las paredes de
verde claro. Frente al patio de cemento, donde habían varios
lavaderos, se construyeron una docena de celdas.
El Serrucho no era
imponente pero tenia mayimbes importantes. En el cuartel estaban
las oficinas del Comandante Víctor Drake, uno de los oficiales
principales involucrados en la cacería de alzados. En el
mismo edificio estaban las oficinas de Seguridad del Estado, Sección
Bandas, del Ministerio del Interior, dirigidas por el primer teniente
Rubén Montero y el teniente Arturo Hernández.
Montero y Hernández
eran una pareja inseparable. Montero era delgado, de pelo oscuro
y nariz afilada. Hernández era corpulento, más de
seis pies de estatura, y doscientas libras en un cuerpo adornado
de ropa bien planchada y un inmenso sombrero.
Ambos hombres trabajaban
bien juntos. En los interrogatorios a los alzados, a los familiares,
o a los colaboradores, ambos sabían calibrar bien las debilidades
humanas. Sabían cuando amenazar y cuando ser amistosos.
Montero se jactaba de sus habilidades persuasivas y Hernández
juraba que no había preso que él no pudiera intimidar
El 22 de julio de 1963,
en la Sabana de Imías, Sierra de Cubitas, doscientos cazadores
del LCB, dirigidos por el teniente Pedro Nodal Loyola, se unieron
a un pelotón de policías para atacar a un grupo
de alzados acampados en un molino abandonado. El combate fue corto
y violento. Seis guerrilleros se batieron contra huestes cuarenta
veces superiores. Roberto Rodríguez, el jefe de la guerrilla,
fue derribado por el plomo del FAL belga de Nodal Loyola. El guerrillero
muerto era una figura grotesca. Tenía puesto su sombrero
tejano, pero su mandíbula había desaparecido, arrancada
de cuajo por un proyectil.
El cerco se cerró
sobre el molino. Un policía fue herido de un balazo en
la cabeza. Tres soldados del LCB fueron cortados por la metralla
de las armas guerrilleras. Tres guerrilleros rompieron el nudo.
Otro alzado fue muerto y uno capturado.
Lo llevaron al Serrucho
para ser interrogado. Lo encerraron en una celda que miraba hacia
el patio de cemento. Montero y Hernández se prepararon
para el interrogatorio. En la oficina verde clara, donde hacía
calor de día y frío de noche, ambos hombres ojearon
el archivo del reo recién capturado.
Jorge Labrada Martínez.
Veinte y dos años de edad. Conocido por Taguari. Sus dos
hermanos, Humberto y Rafael, también son alzados. Los tres
han estado activos en la región norte de Las Villas y Camagüey
por muchos meses.
Montero fue a visitar
a Taguari en su celda. El preso estaba vestido sólo con
calzoncillos mugrientos. En la mano izquierda tenía una
cicatriz larga, herida vieja de cuchillo o navaja. El pelo oscuro
del pecho estaba mojado por el sudor, pegado al cuerpo. Sus cabellos
estaban sucios y despeinados. Sus ojos eran oscuros, de mirada
intensa, ojos más viejos que el resto del cuerpo. Tenía
un olor agrio, a yerba y sudor rancio.
Montero empezó
suave. Le ofreció comida, refrescos y cigarrillos a Taguari.
Después vino el monólogo. Ya Montero se lo sabía
de memoria, repitiendo las frases con las inflexiones bien practicadas
de un actor.
--Tú eres joven.-
decía Montero, -Ya la guerra se te acabó. Te apresamos.
Pero puedes rehacer tu vida. Nos puedes ayudar. La Revolución
es benévola. Si nos ayudas, en vez de fusilarte, irás
a la cárcel. Con buen comportamiento estarás en
la calle en cinco o seis años, antes de cumplir los treinta...
Montero continuó
hablando, vendiendo la idea. Los ojos oscuros del alzado estaban
clavados sobre el teniente. Montero se calló de súbito,
esperando una reacción.
-Mire, teniente,- dijo
Taguari, -a mí me puede fusilar cuando le de la gana. Yo
no ayudo a comunistas.
Montero se encogió
de hombros y salió de la celda. La reacción era
de esperar. Todos empezaban así, pero en unos días
cambiaban de opinión.
El segundo y tercer
día se repitió el monólogo. Ambas veces el
preso repitió la misma negativa. Montero trajo a una mujer
y a un niño al Serrucho. Los paró frente al preso.
-Ella es viuda, y él
es huerfano,- dijo el teniente, -y por culpa de ustedes. Su marido
era un miliciano que murió en un peine. A lo mejor fuiste
tú mismo el que lo mató.
Montero esperó
una reacción. Había tenido éxito muchas veces
antes. Alzados duros se habían ablandado al ver viudas
de luto y muchachitos llorando. Taguari los miró serenamente.
Detrás de los ojos oscuros, el alzado pensó en las
viudas de los alzados muertos y fusilados.
-Eso no funciona conmigo,
Montero.- dijo Taguari, -Llévatela pal carajo. Si me escapo
de aquí voy a seguir rompiendo milicianos y haciendo viudas
y huérfanos.
«Este es duro,» pensó Montero. «Ahora
le toca a Arturo. Si por las buenas no funciona, pues entonces,
por las malas.»
Arturo Hernández
visitó la celda. Trató de intimidar a Taguari, pero
el muchacho no se dejó amenazar. La mano inmensa de Hernández
cruzó el rostro del alzado, con una bofetada. Taguari recibió
el golpe, y rebotando de la pared pateó al oficial, el
pie descalzo clavándose en la barriga de Hernández.
Aullando de dolor y rabia, Hernández llamó a los
guardias. A Taguari lo golpearon y patearon, dejándolo
tirado en el piso frío de la celda.
Hernández se
obsecionó con Taguari. Había que quebrar su espíritu,
doblegarlo. Taguari era algo personal para Hernández, no
un simple preso que debía ser interrogado. Las golpizas
continuaron. Los labios amoratados del alzado sólo se abrían
para escupir una maldición, para repetir que a él
había que fusilarlo.
Un día lo sacaron de la celda. Lo metieron dentro de uno
de los lavaderos. Una tapa de metal cubrió la boca del
lavadero. Una mano abrió la pila, y el agua comenzó
a llenar la caja de concreto. El agua le cubrió las piernas,
la barriga, el pecho. El agua continuó subiendo de nivel.
Entró por la boca y los huecos de la nariz. Su cuerpo se
convulsionó como una marioneta. Su cabeza golpeaba contra
la tapa del lavadero.
Lo sacaron inconsciente.
Parecía muerto. Arturo Hernández ordenó que
le bombearan el estómago.
¡Que no se muera,
coño!- decía Hernández, -A ése lo
quiero vivo. Ese cabrón es asunto mío.
Taguari vomitó
agua. Los párpados se abrieron. Los ojos se abrieron, mirando
hacia Hernández y sus hombres.
-¡Maricones!-
dijo Taguari vomitando buches de agua.
-¡Comunistas
de mierda!- Varias veces lo metieron en el lavadero. Y vomitando
agua repetía sus maldiciones.
Después de un
par de semanas se lo llevaron del Serrucho para la Finca Casablanca,
otro centro de detención, más grande y propicio
para interrogatorios. Media docena de golpizas más le propinaron.
Montero le hablaba suave, tratando de convencerlo de que ya era
hora de rendirse, de evitar más torturas. Hernández
lo apaleaba. Pero Taguari no se doblegaba.
La situación
se convirtió en una guerra de voluntades. Cada uno estaba
obstinado en vencer. Hernández quería causar el
dolor insoportable que doblegara físicamente al preso.
Montero quería que el hombre se rindiera mentalmente ante
una realidad inexorable. Taguari estaba obstinado en no ceder
ante sus raptores, en ser destrozado pero no derrotado.
Después de un
mes se dieron cuenta que los esfuerzos eran inútiles. Montero
visitó a Taguari para informarle que seria fusilado al
día siguiente si no aceptaba la última oferta.
-Mire, teniente,- dijo
Taguari, -si ustedes son tan machos, vamos al patio. Deme una
pistola y yo me bato a tiros con ustedes, uno por uno, hasta que
alguien me mate. Lo único que yo quiero es llevarme unos
cuantos hijos de putas comunistas más antes de que me llegue
mi hora.
Montero no respondió.
Al otro día, al anochecer, Jorge Labrada Martínez
se encaró a un pelotón de fusilamiento. Taguari
se paró frente a los rifles serenamente, sus ojos intensos
brillando, hasta que las lenguas de fuego los apagaron.
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