Santa Clara, Las Villas, noviembre de 1963.
Eramos diecisiete en
la celda. Nueve eran alzados que habían sido capturados
el mes anterior. Nano Pérez y ocho de sus hombres. Todos
eran guajiros, hombres de manos callosas y cuerpos pellejudos.
Algunos eran hombres maduros y otros, muchachos jovencitos con
barbas raídas.
Ramón Marín
Espinoza abrió la boca y apuntó con un dedo grueso
hacia un empaste.
«Mira esto,»
me dijo, «un empaste nuevo. Cuando me cogieron en el cerco
tenía una infección y me hicieron un empaste nuevo.
Eso es una pérdida de tiempo y dinero. Me arreglaron para
matarme.»
«¿Te van
a fusilar?»
«Sin duda, compay.
Me dejaron ver a mi madre y eso me puso contento. Pero me van
a fusilar.»
Los carceleros trajeron
la comida. Ocho platos de sopa de fideos. Nueve platos de arroz
y picadillo con yuca. Los alzados recibieron los platos de picadillo.
Nadie dijo nada. Todos sabíamos lo que aquello significaba.
La Ultima Cena.
Después de comer
vino la espera. Había poca conversación. El sol
se perdió en la línea del horizonte y vino la noche.
Entonces vino el escuadrón de fusilamiento, con sus M52
checos. El hombre a cargo del pelotón era un oficial de
milicia de apellido Fardales.
Empezaron a llamar
nombres. Uno a uno iban saliendo. Dos milicianos le amarraban
las manos a las espaldas a los alzados. Sacando y amarrando. Sacaron
a ocho y el único guerrillero que quedaba en la celda era
Ramón Marín Espinoza.
El guajiro se paró
frente a las rejas, mirando hacia los hombres armados, hacia los
amigos amarrados. Su voz explotó como una granada, cortando
la monotonía del proceso.
«¿Y a
mí qué? No se olviden de mí.»
«No te preocupes,
que a tí también te toca.»
«Sí coño,
abran aquí, que yo también voy. No se olviden de
mí.»
El guajiro recogió
en sus manos gruesas una javita que contenía una frazada.
Con un gesto brusco le tiró la frazada a uno de los ocho
quedábamos en la celda.
«Aquí tienen» dijo, «donde yo voy a ir,
eso no me hace falta.»
Y salió de la
celda. Le amarraron las manos. Los nueve hombres estaban parados
en fila. Uno era un muchacho muy joven, tendría dieciocho
o diecinueve años. Un miliciano lo hostigó.
«,Te vas a rajar?»
le dijo el miliciano al muchacho.
Hubo unos segundos
de silencio. El muchacho miró tranquilamente al miliciano.
«Los cristales
se rajan,» respondió, «los hombres mueren de
pie.»
Eso fue todo. Todos
se fueron y nos quedamos ocho hombres en la celda. Me senté
en la cama y cerré los ojos. Aunque el paredón estaba
muy lejos para oir los disparos, apreté los ojos y traté
de olvidarme del eco de las explosiones silentes que retumbaban
dentro de mi cabeza.
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