Yo era montero de una finca de día y guerrillero de noche.
Mi zona de operaciones era cerca de Cienfuegos. Trabajé en
la línea-de suministros, pero lo que más hice fue
quemar sembradíos. Tanta candela prendí en esa zona,
que me decían Pepe Candela.
Hay muchas maneras
de quemar un cañaveral. En el Central Constancia usamos
fósforo vivo. El fósforo vivo es un liquido que
viene en pomitos sellados. Cuando el pomo se rompe y el liquido
hace contacto con el aire, entonces comienza a arder. Es una química
muy buena, pero rara vez la usábamos, ya que era difícil
de conseguir.
Mi método favorito
era utilizando un saco viejo de yute. Primero humedeces el saco
con gasolina o algo que arda bien. Enciendes el saco y lo dejas
quemar un poco. Después lo apagas. El saco después
lo tiras en el medio de un campo de caña. Aunque esté
apagado, después de un rato, cuando el sol se pone fuerte,
comienza a arder de nuevo. Y no había fallo. Yo tiraba
cinco o seis sacos de esos en un campo de caña al amanecer,
y para el mediodía aquel campo ardía que daba gusto.
Y yo, de inocente, trabajando en la finca. Hubo fuegos que yo
mismo prendí que después ayudé a apagar.
Cuando un fuego comenzaba
a arder, la milicia comenzaba a chapear un trillo, para evitar
que el fuego se esparciera. Por eso a mi me gustaba quemar por
varios lugares, para que aún si cambiaba el viento la caña
ardiera bien.
Un método cruel
pero muy práctico era utilizando animales. Le amarrábamos
una tira de tela mojada en gasolina a la cola de un gato y le
prendíamos candela. El animal aquel, con el fuego en la
cola, corría por dentro del campo de caña a toda
velocidad, un kilómetro en un minuto, y por donde corría
dejaba tallos ardiendo. En el sur de Las Villas en aquellos tiempos
habían muchos gatos sin colas.
Otro método
era con un pedazo de vela. La vela se colocaba dentro de una lata
hueca para que el viento no la apagara, y se colocaba arriba de
una pila de hojas secas. Cuando las hojas empezaban a arder, el
fuego se esparcía.
Yo conocía a
un conductor de trenes que tiraba pedazos de estopa mojadas en
grasa en el horno del tren cuando pasaba por el cañaveral.
Los trozos de estopa ardiendo eran lanzados al aire por la chimenea
del tren. A los pocos minutos ya había siete o ocho fuegos
en el sembradío. Aquel conductor de trenes pegó
más candela que una guerrilla con un lanza llamas.
También le prendí
candela a unos cuantos camiones. A uno le dejé un letrero
que decía: Regalo de Pepe Candela. Y la milicia del batey
se movilizó para buscar a Pepe Candela, el cual ellos pensaban,
era un alzado. Cuando pasaron por la finca donde yo trabajaba,
me fuí con ellos, de voluntario para buscar a Pepe Candela.
Y estuve dos días persiguiendo mi propia sombra por un
seremil de sembradíos y guardarrayas.
Pero nunca apresaron
a Pepe Candela.
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