A la muerte le decían La Pelona, y La Pelona estuvo al acecho
de El Galleguito Vázquez por mucho tiempo sin lograr empatarse
con él.
Varias veces La Pelona
estuvo bien cerca de Manolito Vázquez. Una vez fue atrapado
en un cañaveral en un cerco proletario donde las balas
eran disparadas a quemaropa. Manolín Rodríguez cayó
muerto, el cuerpo cosido por una ráfaga, pero El Galleguito
disparando su M 1 abrió una brecha y escapó a La
Pelona corriendo por una zanja.
En otra ocasión,
rodeado, se deslizó de nalgas por el fango suave de una
ladera de cañada, hasta caer en un río crecido.
Con las balas picando a su lado y sólo la cabeza de pelo
claro con ojos verdes asomando sobre el agua, se le escapó
de nuevo a los cazadores del LCB.
El Galleguito se alzó
contra Fidel a los 20 años de edad en 1961. Ya era un veterano
guerrillero. Había sido cabo del Ejército Rebelde
en la lucha contra Batista. En su segunda vuelta se unió
a otro ex soldado rebelde, Carlos González Garnica, fomentando
juntos el primer núcleo de alzados contra el régimen
castrista en los llanos del circuito sur de Las Villas, moviéndose
activamente en las zonas de Cienfuegos, Roda y Cartagena, hasta
el límite de Las Villas con Matanzas.
Después de la
muerte de González Garnica, El Galleguito fue ascendido
a capitán, jefe de guerrilla. Participó en numerosas
emboscadas y se hizo legendario entre los grupos de alzados por
sus numerosas burlas a La Pelona, por sus escapes audaces a situaciones
que parecían imposibles de sobrevivir.
En San Juan de Los
Yeras, su guerrilla fue diezmada en los primeros días de
enero de 1963. Atrapado en un cruce de fuego en un campo arado,
se batió con su carabina cubriéndole la retirada
a sus hombres. Una bala de grueso calibre le abrió un zurro
inmenso en el brazo derecho. Disparando a la zurda, rompió
el cerco, arrastrándose bajo una lluvia de plomo. Solo,
con el brazo destrozado, se arrastró por el monte. Tres
días después del combate la guerrilla de Tartabull
lo encontró en un matorral. La herida estaba cubierta de
gusanos, la carne podrida alrededor de un hueso blanco que se
veía claramente en la grieta ripiada por el plomo.
A El Galleguito lo
llevaron a Santa Clara, vestido con una capa de agua que le cubría
su mugriento uniforme. Eduardo Hurtado lo escondió por
varios días, hasta que Enrique Ruano lo transportó
a una clínica clandestina, donde médicos villareños
operaron su ancha herida, salvándole el brazo.
Por varias semanas
El Galleguito estuvo en Santa Clara, cambiando de escondites,
esperando recuperarse de su herida para regresar al combate. Un
día se aparecieron unos hombres que venían a llevarlo
a otro escondite. Después de desarmarlo, los hombres arrestaron
al herido, notificándole que ellos eran agentes de Seguridad
del Estado.
El Galleguito sonrió
amargamente y miró hacia la pistola que le acababan de
quitar.
«¡Qué
lástima!» dijo El Galleguito.
Lo llevaron a la cárcel
de Seguridad del Estado en Santa Clara. Y empezaron los interrogatorios.
«¿Usted
ahorcó a alguien?»
«Sí, como
no,» respondió El Galleguito, «cuando yo estaba
en el Ejército Rebelde ustedes me enseñaron que
a los chivatos hay que guindarlos. Yo ahorqué chivatos,
nunca a inocentes.»
Manolito Vázquez
se mantuvo intransigente. Se negó a delatar colaboradores,
a testificar en contra de otros alzados. Le pidieron pena de muerte
por fusilamiento y aún así, casi se burla de La
Pelona de nuevo. Había un fiscal que le debía la
vida a El Galleguito y hubo intentos de conmutarle la sentencia
de muerte en cambio por una larga condena carcelaria. Pero Seguridad
del Estado intervino pidiendo la pena máxima para el joven
jefe guerrillero.
La Pelona, que nunca
pudo atrapar al capitán Manolo Vázquez en cercos
y en emboscadas, por fín logró atrapar al guerrillero.
El Galleguito murió fusilado ante un paredón ensangrentado
en Las Villas, el verano de 1963.
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