Tenía la cara de
un niño, pero los ojos estaban hundidos en el rostro, rodeados
de oscuras ojeras. Miraba de un lado al otro constantemente, como
un animal acorralado. Tenía una melena larga que le cubría
el cuello de la camisa de labriego. No tenía más de
diecisiete años.
Estaba armado de un
rifle Garand. Dos cintos cargados de balas cubrían su vientre.
En una cartuchera llevaba un revólver. Amarrado al muslo
izquierdo llevaba un cuchillo largo en una funda de cuero. Sus
pantalones tenían varios huecos y sus botas estaban rajadas,
comidas por la humedad del monte.
Estaba agazapado al
borde del sembradío. Me acerqué lentamente.
-¿Qué
quieres?- le pregunté.
-Algo de comer. Hace
cinco días que no como nada.
-Espérame en
el matorral,- le dije, -yo vengo ahora.
Le llevé una
cazuela con congrí, unas masas de puerco y un trozo de
pan. Le dí un jarrón de agua y un cucharón
grande para comer. Nos sentamos juntos a la sombra de una ceiba
en el borde del sembradío. Empezó a comer rápidamente,
las primeras cucharadas desapareciendo en su boca. Después
hizo una pausa, tomó un largo buche de agua y dejó
que las gotas de humedad le rodaran por la mejilla y el cuello,
salpicándole la camisa.
-Gracias,- me dijo,
-no hay nada peor que la sed y el hambre.
-Come lo que quieras,-
le dije, --que mi hijo te está preparando un paquete de
comida. Tengo unos chorizos y una barra de dulce guayaba que te
puedo dar.
-Yo sabía que
usted me iba a ayudar. Machete me dijo que usted era de los buenos.
-Ah, tú eres
de los hombres de Machete.
-Por los últimos
cinco meses. Antes de eso estuve con Cara Linda, pero a Machete
le hacían falta prácticos de la zona, y Cara Linda
me dió permiso para irme con él.
Siguió comiendo,
más lentamente. Entre mordidas miraba hacia los matorrales
y el sembradío.
-Eres muy joven,- le
dije, -tu padre y tu madre deben estar muy preocupados por ti.
Los ojos dejaron de
moverse. Me miraron.
-Mi madre murió
hace tiempo. A mi padre lo fusilaron hace ocho meses.
-Lo siento. a
-Vivíamos en
una finca cerca de Artemisa, el viejo y yo. Un día cuando
llegué de la escuela, el viejo no estaba. Lo habían
arrestado y se lo llevaron para La Habana. Cuando llegué
a La Cabaña para verlo, ya lo habían fusilado. Nunca
supe ni por qué lo mataron. Ni siquiera me lo dijeron.
Tampoco re dieron el cadáver. Yo no sé ni donde
está enterrado.
-Lo siento,- repetí.
-Cuando regresé
a Artemisa, busqué en la finca un revólver viejo
que teníamos en la finca y salí a buscar a un miliciano.
Encontré a uno cuidando un almacén, con un rifle
al hombro. Me le acerqué sonriendo y hablando y le metí
un tiro en el cuello. Le quité el rifle y me fui para las
lomas.
Pensativo, le pasó
la mano a la culata del Garand.
-Y ahora, ésto
es lo único que tengo,- me dijo.
Por un rato estuvimos
sentados ala sombra de la ceiba, sin conversar. Mi hijo trajo
los chorizos y la barra de dulce guayaba. El alzado puso la comida
en una mochila vieja que llevaba.
-Si hay algo más
que pueda hacer por ti...
-Ya hizo bastante.
Voy a dormir lo que queda del día y por la noche me voy.
Tengo que reunirmecon Machete.
Nos despedimos. Esa
noche, bier tarde, escuché muchos disparos en la distancia.
El combate duró vagos minutos.
Al amanecer, dos camiones
pararon por la finca. Unos quince milicianos, sucios y sudados
venían a tomar agua de mi pozo. Les pregunté qué
había pasado. Uno deellos, un sargento, me indicó
con un gesto de su brazo que mirara hacia la cama de uno de los
camiones.
No tuve que acercarme.
Desde donde yo estaba parado podía ver un par de pies cubiertos
por botas rajadas por la humedad. A su lado, acostado de lado
en la cama de metal, sobresalía la culata de un Garand.
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