Le decían El Loco.
El apodo le vino por su audacia, por su sangre fría, por
la manera temeraria de actuar ante el enemigo. Manolo López
López era de Chambas, en el norte de Camagüey. Fue encarcelado
cuando era aún menor de edad, acusado de participar en actividades
guerrilleras contra el régimen castrista. Lo enviaron a Torrens,
una cárcel para menores en La Habana, para cumplir sentencia
y recibir adoctrinamiento político.
Pero El Loco nunca
cumplió la condena. Con una navaja se abrió una
herida en el estómago, al lado del ombligo. Lo llevaron
a un hospital, donde le cosieron la herida. Y antes de regresar
a Torrens, El Loco amarró una tira de sábanas y
se lanzó por una ventana, perdiéndose en la oscuridad
de la noche.
Casi desnudo, herido,
y sin recursos, Manolito López se las arregló para
regresar a Camagüey, donde se alzó de nuevo. Cumplió
los 18 años en la manigua. Aprendió sus tácticas
guerrilleras de Rolando Martín Amodia y Arnoldo Martínez
Andrade, dos ex oficiales del Ejército Rebelde que fueron
los pioneros de los alzamientos contra el castrismo en Camagüey.
El Loco participó en muchas acciones, incluyendo el asalto
a las Minas de Perea, la toma de los poblados de Río y
Centeno, y numerosas emboscadas en los llanos de la Provincia.
Para febrero de 1962, a pesar de su juventud, era comandante guerrillero,
jefe de los alzados en Camagüey.
En los próximos
seis meses, Manolito El Loco se convirtió en uno de los
jefes guerrilleros más audaces de toda Cuba. Los propios
castristas publicaron relatos que demuestran la audacia de Manolito.
En Boquerón, la milicia tendió una emboscada a los
alzados. 'En el primer combate murió un guerrillero, Justo
López Fuentes. Al poco rato, cuando la milicia peinaba
el terreno en búsqueda de la guerrilla, se escucharon dos
disparos. Dos milicianos se desplomaron. Cuando las tropas castristas
llegaron al farallón desde donde los alzados habían
disparado, no encontraron guerrilleros, pero sí encontraron
colgado de un árbol un pequeño letrero que decía.
«Por cada patriota
muerto, la vida de dos milicianos.
»(firmado) Manolito
López
»Comandante en
Jefe Frente Norte de Camagüey,»
A Manolito El Loco
lo buscaron con ganas. Y él, con su locura y su audacia,
continuó rompiendo cercos. Mucho triple cerco se cerró
sobre campo vacío mientras El Loco y sus hombres cruzaban
sembradíos y potreros, evadiendo a los cazadores de las
tropas especiales castristas.
Con temeridad, los
hombres de El Loco López llevaron a cabo constantes contra-ataques,
a pesar de ser continuamente perseguidos y acosados por el ejército
castrista. El 29 de junio de 1962, con la milicia pisándole
los talones, Manolito y sus hombres detuvieron a un ómnibus
en El Chorro. Después de matar a dos milicianos que viajaban
en el vehículo, El Loco le prendió candela al autobús.
El 10 de agosto lo
cercaron en Los Barriles. En el primer combate, Manolito López
fue herido. Una bala le produjo una herida en el cuello y otra
le traspasó una mano. Los cazadores tiraron un triple anillo.
Por una semana, centenares de soldados rastrearon las piedras
y los farallones, pero no encontraron el rastro de los once guerrilleros
escondidos.
Oscar Figueredo, uno
de los jefes de las tropas especiales se adentró en Un
pedregal. Allí estaba El Loco. Recostado a unas piedras,
el joven jefe guerrillero apuntó serenamente con su carabina
M 1. Apretó el gatillo cuatro veces. Tres plomos dieron
en el blanco. Una bala se incrustó en la barriga de Figueredo.
Dos plomos más, uno sobre cada tetilla, destrozaron el
pecho del oficial castrista. Oscar Figueredo murió instantáneamente.
El nudo de tropas comenzó
a estrangular al grupo de alzados. Floro Camacho, el lugarteniente
de Manolito, lo ayudó a tratar de escapar. El Loco estaba
débil. Con hojas de savia se había tapado la herida
en el cuello, y la herida de la mano estaba infestada. El Loco
sabía que su hora había llegado. Con aplomo, el
jefe guerrillero de 19 años de edad le cedió el
mando de la guerrilla a Floro Camacho, parapetándose después
en unas piedras, para cubrirle la retirada a sus hombres.
Atrajo fuego enemigo sobre sí para salvar a sus hombres.
Desde las piedras, disparó con su carabina M I y su pistola
calibre .45, para confundir, para que los castristas pensaran
que había más de un alzado atrincherado, peleando.
Lo rodearon. Le dispararon en cruce de fuego y las balas partieron
gajos, reventaron piedras.
Desde el pedregal, El Loco gritó que se rendía,
que se le habían acabado las balas. Varios cazadores de
las tropas especiales se pararon para ir a capturarlo, pero fueron
dispersados por una lluvia de balas. Era un truco. El Loco no
iba a rendirse.
La balacera continuó.
Desde su escondite, entre piedras comidas por las balas, Manolito
El Loco lanzó granadas hacia el nudo de hombres uniformados
que cada momento se acercaban más. Mientras el joven alzado
se desangraba en el pedregal, Floro Camacho y los otros alzados
cruzaban el anillo de tropas que se extendía por varios
kilómetros.
Dos cazadores lograron
acercarse al guerrillero. Dos ametralladoras vaciaron sus peines
sobre las espaldas del muchacho de Chambas. El Loco se retorció
entre las piedras y quedó inmóvil.
El comandante Manolito
López López había muerto.
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