Su nombre era Ramón Galindo, pero le decían La Pelúa
por apariencia desgarbada. Todos los alzados vestíamos con
ropa ripiada por el monte, oliamos a yerba y sudor agrio, teníamos
melenas sombreros empercudidos por la tierra de los potreros.
Pero La Pelúa
era algo excepcional. Su pelo estaba siempre engrifado. Su camisa,
carente de botones, siempre estaba abierta. D botas de cuero rajado
estaban amarradas con trozitos de cordel. Si pantalones tenían
parches improvisados. Su mochila estaba deshile chada. La Pe/úa
era el guerrillero más ripiado de toda la provincia de
Las Villas.
Pero era un muchacho
bragado. Cuando estaba con la guerrilla d Blanco Hernández
se batió como un perro jíbaro. A la guerrilla 1
cayó atrás un batallón especial de combate
dirigido por Gustavo Castellón, al que le decían
El Caballo de Mayaguara. Era una fiera, i mejor de todos los oficiales
de linea que tenía Fidel. El Caballo estuvo tratando de
cercar a la guerrilla de Blanco Hernández por un semana,
hasta que por fin los acorraló. Se formó una balacera
violenta, y la guerrilla se disolvió, tratando de cruzar
el cerco. La Pelú cruzó el triple anillo de tropas
que los rodeaban y ya tenía camp libre para escapar, cuando
vió a un alzado al que llamaban El Hué vilo caer
herido dentro del cerco. La Pelúa dió media vuelta
y regreso, al combate. Blanco Hernández había muerto,
pero La Pelúa recogió a El Huevito y lo ayudó
a escapar.
El Huevito tenía
un balazo en la nalga, y apenas podía correr, pera La Pelúa
le batió la retirada, batiéndose él sólo
contra los cazadores de las tropas especiales. Después
La Pelúa cargó con El Huevito tres días por
el monte, perseguido por un enjambre de soldados, hasta que dieron
con nosotros, con nuestra guerrilla en el borde del circuito su
y el Escambray.
Cuando nos topamos
con ellos, La Pelúa, emocionado, agotado, se sentó
en una piedra a llorar, contento de haber podido salvar al amigo.
La herida no era seria, pero sí incómoda, y había
botado mucha sangre. La limpiamos y los llevamos a nuestro campamento.
Esa tarde el Congo
Pacheco comenzó a afilar una navaja para picar la herida
y sacar la bala. El Huevito se asustó cuando vió
la navaja.
-Eso no,- dijo el herido,
-si me pasas la navaja te prometo que voy a desertar.
El Congo se rió
y guardó la navaja. La herida se curó, y El Huevito
se quedó con el plomo enterrado en la nalga.
Un día cuando
fuimos a recoger provisiones a un lugar que se llamaba El Tenedor,
La Pelúa conoció a la hija de uno de nuestros hombres
en la línea de suministros, una guajirita muy linda que
se llamaba María Rosa. Aquello fue amor a primera vista.
Regresamos al campamento y La Pelúa sólo hablaba
de María Rosa. Y dió la casualidad que ella también
estaba interesada en La Pelúa, ya que cada vez que uno
de nuestros hombres visitaba la finca, María Rosa preguntaba
por Ramón Galindo.
Todos en la guerrilla
sabíamos de las ilusiones románticas de La Pelúa.
Todos relajeábamos al muchacho de Cumanayagua, y él,
con su buen humor, también se reía. Todos sabíamos
que siempre habría un voluntario para ir a recoger provisiones
a El Tenedor.
Juan Felipe Castro,
conocido por Sancti Spíritus era por aquel entonces el
jefe de nuestra guerrilla. Un día nos reunió para
informarnos que había una misión que cumplir.
-Varios hombres van
a ir conmigo,- dijo el jefe, -que tengo gestiones que hacer y
contactos con los cuales reunirme.
-¿Vamos por
casualidad a ir por El Tenedor?- pregunté yo, sonriendo
con malicia.
-Sí. Es la primera
parada.
La Pelúa se
pasó el resto de la tarde preparándose para el viaje.
Zurció los huecos de los pantalones. Se peinó la
bola de pelo. Obtuvo prestados cordones nuevos para las botas.
Se afeitó con esmero. Al anochecer estaba listo para marchar.
Ahora era el mejor vestido de la tropa. Parecía un cadete.
Sancti Spíritus
reunió a los hombres y escogió a varios para la
jornada. La Pelúa no era uno de los seleccionados.
-Soy voluntario, capitán,-
dijo La Pelúa, -no quiero quedarme en el campamento.
El capitán de
nuestra guerrilla, conteniendo la sonrisa, inspeccionó
al pulcro guerrillero.
-Sí, puedes
ir. Ponte en la punta de la patrulla.
Aquella noche caminamos
por aquellas lomas más rapido que nunca. La Pelúa,
en la punta de la tropa, estaba marcando el paso a todo galope.
Nosotros, choteándolo, inferimos un par de veces que debíamos
parar a descansar, hacer la marcha en dos noches, pero La Pelúa
protestó.
-Miren,- nos dijo La
Pelúa, -cuando lleguemos a El Tenedor, no me digan La Pelúa.
Yo soy Ramón Galindo. Quiero que me llamen por mi nombre.
Al otro día
vino el ansiado encuentro. Cuando nos encontramos con Maria Rosa
y su familia, La Pelúa, haciéndose el hombre interesante,
estaba escondido en unos matorrales cercanos. Maria Rosa intercambio
saludos con la tropa, buscó la cara conocida, y no la vió.
-¿Y La Pelúa
no vino?- preguntó la muchacha.
Ante nuestras carcajadas,
Ramón Galindo salió del matorral, tratando de lucir
lo más formal posible.
La Pelúa y Maria
Rosa se hicieron novios. Se vieron varias veces, pero el romance
no duró mucho.
Una tarde la guerrilla
fue cercada en un cañaveral. La milicia le prendió
candela por las cuatro puntas al campo de caña. Nosotros
salimos por donde soplaba el viento, cubiertos por el humo. Es
un truco guerrillero. Caminamos un tramo protegidos por el humo,
alejándonos del campo ardiendo.
Pero el viento era
rastrero. Hubo un cambio de viento y nos quedamos al descubierto
en un campo recién arado. No había cobertura. La
Pelúa brincó una cerca y se atrincheró en
una piña de ratón, cubriéndose como podía.
Algunos logramos escapar bajo una lluvia de plomo. Al final sólo
quedaba uno de nosotros en el campo arado, herido grave. La Pelúa
brincó la cerca de nuevo y corrió por el campo arado,
disparando su rifle contra la milicia que se acercaba. Cargó
al herido y comenzó a correr hacia nosotros. Una bala lo
derribó, pero Ramón se volvió a parar y cargó
nuevamente al herido. Caminando dando tumbos, volvió a
caer, pero se paró por segunda vez. Estaba tratando de
recoger al herido cuando una ráfaga los alcanzó
a ambos. La Pelúa fue derribado por tercera vez y su sangre
mojó la tierra recién arada.
Aquella fue una noche
triste. Maria Rosa perdió a un novio, pero Cuba perdió
a un muchacho desgarbado que fue uno de los alzados más
puros y valientes del Escambray.
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