Yo me alcé en el
sesenta y uno, ante de la segunda limpia. Pa' ese entonce yo tenía
dieciocho años y vivía en Manicaragua con los viejos
míos. La milicia fue a velme varias veces pa' reclutarme,
pero yo les di de la'o, por que yo no quería eso de comunismo.
Entonce decidí que si iba a tener que fajarme, lo iba a hacer
del la'o que me diera la gana y no obliga'o pol nadie. Pa' alsalme
tenía que tener un hierro polque las guerrillas no querían
a nadie que no estuviera arma'o.
Y me puse con suerte,
compay. Mi tío me consiguió un Springfield viejo
pero en buenas condiciones con ochenta balas. Me dijo que había
sido de un guardia rural retira'o que vivía en Trinidá.
El guardia estaba muy viejo pa' coger la loma, pero cuando tío
le dijo que necesitaba un hierro pa' un alza'o. el guardia sacó
el rifle de un escaparate y se lo dió. Y esa misma semana
arranqué pa' la manigua. Tenía mi rifle bien engrasa'o,
un cuchillo y una mochila vieja. En la mochila llevaba unas cuantas
latas de comida v un trozo de nailon. El nailon era pa'dormil
en el monte. Uno se envolvía en el nailon y con eso se
tapaba de la lluvia y del frío.
La segunda limpia fue
cabrona. Aquello, compay, era una bronca de león a mono
amarra'o. A mí me han dicho que habían más
de cien mil milicianos buscándonos. Yo no sé si
eso es verdá, lo que sí te digo que aunque no tuve
tiempo de contarlos, habían un burujón de miles.
Habían veces que tiraban los peines proletarios y venían
marchando uno al la'o del otro, hombro a hombro, cerrando el cerco.
Una vez rompí un cerco de ésos encarama'o en un
árbol. Estuve enguruña'o en la orqueta de un árbol
sin moverme y me pasaron por abajo como sí ná'.
Y desde allá arriba se veía bien aquel peine. Era
una línea larga, azul y verde olivo. Ellos eran como ochocientos
y nosotros éramos seis.
Los cercos eran tripéles
y ellos venían peinando, mochando con fuego de ametralladoras
y morteros. Y pa' salir de un cerco había dos maneras.
Romper por arriba era salir fajao's a tiro limpio. Romper por
abajo era esconderse y esperar a que no te vieran. Romper por
arriba se hacía de noche. Nunca de día a no sel
que empezaran a tirar el cerco y uno tenía que salir embala'o,
antes de que el nudo se cerrara. Pero romper el cerco de día
era una jodienda. Por la noche nos arrastrábamos de barriga
hasta que estábamos tan celta de la primera línea
que los sentíamos respirar, que los podíamos tocar
con las puntas de los rifles. Entonces disparábamos y cruzábamos
las líneas a to'o galope. Hubo veces que el nudo estaba
tan apreta'o que ellos mismos se entraban a tiros tratando de
agarrarnos.
Romper por abajo era
difcil. Había que tener mucha calma, porque había
cercos que duraban una semana. Y meterse en un aromal o una cueva
por una semana era del carajo. Por el día hacía
un calor que te cocinaba como a un plátano maduro, y por
la noche un frío violento. Y los milicianos pasándome
a dos metros. Yo estuve metí'o doce días en un aromal
y por la noche me arrastraba a un potrero a tomar agua de un charco.
Eso del agua era un
problema bien serio. Yo tenía una cantimplora que le quité
a un miliciano muerto y siempre trataba de tenerla llena. Pero
cuando no había agua había que inventar. Nosotros
usábamos unas cañitas de tallo de la hoja de la
calabaza y de tisibi, que son huecas y largas, y con eso chupábamos
agua de lluvia de las grietas en las piedras. Yo siempre llevaba
varias cañítas en el bolsillo. Y cuando la cosa
estaba dura de verdá', con la lengua chupábamos
la humedá' que había en la parte de abajo de las
ojas de malanga.
La comida a veces era
dificil, y a veces no. Había mucho guajiro que nos ayudaban,
pero cuando los fideli'tas empesaron a sacar familias del Escambray
y mudarlas pa' Pinar del Río, la cosa se puso más
dura. Aún así resolvíamos. Pasábamos
por un platanal y arrancábamos un par de plátanos,
y los metíamos en la mochila, y a los dos días estaban
listos pa' comer, bien maduritos. Y la línea de suministros
a veces nos hacía llegar unas cuantas latas de comida.
Y comíamos jutías y coles, y malangas, y maíz
de los sembradíos. Y mascábamos caña de azúcar.
Cuando matábamos un ternero no podíamos cocinar
con candela, porque los milicianos podían ver el humo desde
la distancia. Los palos de guava blanca no botaban humo, pero
a beces eran difíciles de conseguir. Entonces, lo que hacíamos
era cortar trozos de carne y ponerlos arriba de una cama de piedras.
Mojábamos la carne bien con naranja agria y jugo de limón,
y lo tapábamos con hojas de yagrumas. El sol cocinaba la
carne to'o el día, y así teníamos carne,
pero había que comérsela rápido, porque en
un par de días se ponía mala. Allá arriba
siempre había hambre, pero el alza'o se acostumbra a vivir
con el hambre.
La vida de alza'o era
dura, bien dura, compay. Dormíamos en cañadas, en
cuevas, en aromales. Nos pasábamos el día escondidos
y nos movíamos de noche. Y nos movíamos rápido.
Aunque parezca imposible, había noches que nos movíamos
cuarenta o cincuenta kilómetros por monte grueso.
La primera vez que
tiré una caminata de esas se me engarrotaron to's los músculos
de las piernas. Pensé que me iba a morir, compay. Cuando
se acabó la marcha me metí en un matorral y dormí
once horas, y cuando me desperté, todavía me dolían
to'os los músculos, to'o el cuerpo. Pero uno se acostumbra.
Lo que más trabajo
me costó acostumbrarme fue a estar sucio. Allá arriba
no hay jabón ni ná' por el estilo. El cuerpo se
bañaba cuando se cruzaba un río o cuando llovía.
Teníamos olor a campo, un olor que era como el palmiche,
que no se iba ni a jodías. Era sudor podrio, cuero moja'o,
mugre, grasa de rifles, pólvora, ropa ripiá', yerba
húmeda y mierda de potrero. Y como olíamos a monte,
ni los perros nos olían.
Lo peor de to' eran
las heridas. Allá arriba no habían médicos,
ni medicinas, ni ná'. Yo he visto curar heridas con crenolina
de caballos, con alco'l, con yerbas y tabaco. He visto cerrar
la grieta de una herida pasándole la punta de un machete
caliente. No hay ná'que huela peor que la carne de un guajiro
echa chicharrón.
A los tres meses de estar alza'o, cambié el rifle del guardia
por un rifle checo M52, que también le decían R2.
Fue en una finca cerca de Pico Tuerto. Matamos a tres milicianos
en una emboscada cuando se acercaron a un pozo a tomar agua. El
M52 tiene la bayoneta calada y el peine carga diez balas. Es un
rifle un poco pesa'o. pero es buen arma.
Ese problema de las
armas era algo bien serio. Los fdeli'tas estaban bien armaos y
tenían millones de balas. En mi guerrilla éramos
doce y teníamos lo que podíamos conseguir. Había
una ametralladora Thompson, tres M52 checos, un Springfield, un
Garand, una carabina San Cristóbal dominicana y un par
de escopetas de cacería. Había tres hombres que
no tenían armas largas, na' más que pistolas y cuchillos.
Y de las balas ni decir. Yo nunca tuve más de diez peines
para el M52, y había quien entró en combate con
ocho o diez balas en su rifle. Así no se podía hacer
mucho.
Pero nos fajamos duro.
Quemamos camiones y edificios, y rompimos cercos y tiroteamos
cuarteles y les costó trabajo jodernos. Cada vez que la
milicia paraba a un guajiro le abrían la camisa pa' ver
si tenía marcas de mochila en los hombros. Nosotros vivíamos
con las mochilas colgando y eso dejaban unas marcas que duraban
meses en la piel.
En el sesenta y tres,
cuando ya llevaba dos años alza'o, me hirieron rompiendo
un cerco.
La herida, un balazo de metralleta en el muslo, se infestó,
y casi me quedo sin pierna. Me escondieron en una finca cerca
de Báez, y de allí me llevaron en un camión
de viandas a otra finca cerca de la playa de Varadero. Un médico
me atendió clandestino hasta que me curé, lo cual
tomó casi cuatro meses. Me quede un poco cojo y me di cuenta
que para mí, con la pierna así, no había
regreso a la loma. Entonces me puse a buscar la menera de irme
pa' los Estados Unidos, y me tomó cuatro semanas hacer
los arreglos, pero salió bien. Un pescador me sacó
a mí y a cuatro alzaos más en un camaronero. En
cuatro días llegamos a Miami. Yo fui uno de los que tuvo
suerte, compay, salí cojo pero vivo. Hubieron muchos que
cumplieron un seremil de años en el presidio. Hubieron
muchos otros que dejaron sus huesos allá arriba, y ahora
están enterraos en fosas comunes, tos juntos. Nos jodieron,
compay. Pero mal armaos, sucios y sin comida, dimos linga dura.
Sí, compay, bien dura fue nuestra linga.
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