Comenzaron en diciembre. Llegaron quinientos camiones cargados de
milicianos y equipos. Trenes repletos de militares y material bélico.
Helicópteros de reconocimiento. Carros blindados. Unidades
de artillería ligera, equipados de morteros y bazookas. Autobuses
requisados para transportar tropas. Cajas llenas de armas para las
recientemente entrenadas milicias. Ametralladoras VZ y PPCha. Metralletas
checas de nueve milímetros. Rifles M52 con bayonetas caladas.
Fusiles FAL belgas. Tambores de balas, cajas de peines y ropa militar,
equipos médicos y radios para comunicaciones.
El régimen castrista
admite haber movilizado a sesenta mil hombres para la primera
limpia del Escambray, aunque es posible, que la cifra real fuera
aún mayor que la de la versión oficial. La inmensa
operación, que duró desde finales de diciembre de
1960 hasta principios de marzo de 1961, tuvo como propósito
la aniquilación total de una fuerza guerrillera, que con
todas sus unidades combinadas, no llegaban al millar de hombres
mal armados.
Para finales de diciembre,
las unidades castristas estaban en sus posiciones. Todas las carreteras
y caminos al Escambray fueron sellados, para evitar entradas de
suministros o fugas de alzados. Pelotones de milicias fueron estacionados
en fincas privadas, para evitar que los guerrilleros pudieran
obtener comida. Miles de familias fueron desalojadas de sus bohíos,
transportadas en trenes y relocalizadas en otras provincias, -ubicadas
en pueblos cautivos como Sandino- para romper los nexos entre
los insurgentes y el campesinado, que en su casi totalidad, apoyaba
a los insurgentes. La relocalización. que se llevó
a cabo en las dos limpias grandes fue muy parecida a la utilizada
por el Genial español Valeriano Weyler en la lucha contra
los mambises del Siglo XIX.
El Escambray siendo
una zona muy rica, con miles de pequeños agricultores,
contenía un gran número de simpatizantes de los
alzados en la lucha contra el régimen. La técnica
de relocalización fue designada para cortar el cordón
umbilical que amarraba a los alzados con sus simpatizantes. Y
la relocalización fue uno de los capítulos más
crueles en la guerra. Centenares de familias perdían todas
sus pertenencias y eran obligadas a vivir en lugares distantes
bajo condiciones infrahumanas. Muchas de estas familias aún
permanecen cautivas en
Pinar del Río,
dos décadas después de que finalizara esta guerra.
Bohíos y fincas fueron incendiadas por el ejército
y la milicia. En las fincas donde algún miembro de la familia
estaba alzado, la milicia llegó a matar a los caballos
y burros para evitar que los infelices animales fueran utilizados,
para transportar mensajeros o suministros a los alzados. Centenares
de simpatizantes de las guerrillas fueron detenidos en pueblos
y ciudades, interrogados sin cesar, para que delataran los movimientos
de las unidades guerrilleras. En la Jefatura de Operaciones, un
mapa de la zona fue dividido en cuadrantes. A cada cuadrante se
le asignaron cinco batallones para operaciones de peine en la
búsqueda de los alzados. Una vez que un grupo guerrillero
era localizado, la milicia estaba bajo órdenes de establecer
un triple cerco, rodeando al grupo de alzados en tres anillos.
Rodeados de esta manera, los alzados tenían sólo
dos opciones. La primera era romper el cerco por arriba estableciendo
combate y tratando de cruzar los anillos antes de que los cercos
se pudieran cerrar. La segunda opción era romper por abajo
disolviendo la guerrilla, escondiéndose en cuevas o aromales,
esperando pacientemente por varios días, hasta que las
tropas, cansadas de no encontrar a nadie, retiraran el cerco.
En ciertas ocasiones, la milicia llevaba a cabo un cerco proletario
en la cual, centenares de milicianos pegados hombro con hombro,
peinaban un campo lentamente, cubriendo todo pie cuadrado del
terreno donde se movían.
Pese a estar atrapados
en los montes, rodeados por huestes cien veces superiores y mucho
mejor armadas, los guerrilleros no iban a ser presas fáciles.
La mayoría de los alzados eran hombres del campo, duros
guajiros que conocían muy bien los trillos y los senderos.
Muchos de los alzados, eran veteranos guerrilleros de la lucha
contra Batista, o ex-militares del régimen anterior. Mientras
que miles de milicianos eran muchachos de ciudad, recién
entrenados, sin experiencia militar y movilizados a la fuerza,
los guerrilleros eran todos voluntarios, hombres que se habían
alzado sabiendo el riesgo que incurrían. Los guerrilleros
estaban dispuestos a pelear con la furia de animales acorralados.
El primero de enero
de 1961, comenzaron las operaciones de la limpia. Hubo combates
en Arroyo Malo, Jorobada, Cuatro ametrallado en la carretera de
Manicaragua y el día 12 hubo en San Ambrosio, uno de los
grupos guerrilleros bajo el mando de Osvaldo Ramírez tendió
una emboscada. Una patrulla de dieciocho milicianos, sedientos
tras una larga marcha, cayeron en la trampa Atrapados en un cruce
de fuego, diecisiete milicianos murieron en unos segundos. Sólo
un rezagado logró salvar la vida, huyendo antes de ser
ametrallado. Los hombres de Ramírez recogieron diecisiete
rifles checos M52 y se perdieron en la maleza, huyendo del cerco
inevitable que vendría. Al día siguiente, otro grupo
guerrillero atacó una cooperativa, matando a dos milicianos
y capturando media docena de armas. El día 11 de enero,
un camión del ejército, fue ametrallado en la carretera
de Manicaragua y el día 12 hubieron combates en Guaracabuya
y el Central Santa Isabel.
El día 17, en
el Cerco del 38, próximo a Sancti Spíritus, un grupo
de alzados fue rodeado por un contingente de milicias. Un guerrillero,
el Negro Calderón, fue derribado por el plomo castrista.
Otro alzado, Enrique Hidalgo, recibió veintiuna heridas
en su cuerpo, la mayoría causadas por fragmentos de una
granada. Un tercer guerrillero, Martín Castillo, cayó
herido con la columna vertebral cercenada de un balazo. Sin poder
moverse, Castillo. le pidió a Hidalgo que le dejara un
par de granadas. Hidalgo, herido y sangrando, se alejó
arrastrando los dos rifles. Castillo, recostado al hoyo de una
mata de guano, le quitó las agujas a ambas granadas, apretando
las espoletas en sus manos. Cuando la patrulla de milicias se
acercó a él, Castillo gritó que se rendía,
pero que no podía moverse por estar herido grave. Dos docenas
de milicianos se acercaron al herido. Castillo soltó las
granadas. La doble explosión destrozó al guerrillero,
pero dieciseis milicianos cayeron muertos por la bola de metralla.
Tres días después, Hidalgo, casi muerto, fue encontrado
por otros alzados. Su cuerpo estaba cubierto por gusanos y sus
heridas infectadas. Milagrosamente, Hidalgo sobrevivió
y continuó combatiendo por casi dos años, hasta
que murió en combate a finales de 1962, en La Botella.
En ese mismo mes de enero, una de las unidades de conbate de Osvaldo
Ramírez le dio muerte a Conrado Benítez, un maestro
rural que había servido de práctico y de informante
de las milicias. Benítez, un convencido comunista, fue
convertido por la propaganda del régimen, en el mártir
más popular de las filas castristas. El régimen
intentó hacer parecer a Benítez como una víctima
inocente de las bandas guerrilleras. Las brigadas de adoctrinamiento
marxista de alfabetización recibieron en nombre de Brigadas
Conrado Benítez, y el maestro delator, fue alabado como
un santo mártir de la revolución castrista.
En una comparecencia
pública, Fidel Castro ofreció amnistía a
Osvaldo Ramírez, diciendo demagógicamente: «Queremos
convencerlos de que están equivocados, Y si Osvaldo Ramírez
depone las armas, le garantizaremos su vida.» Desde la Sierra
den Escambray, la respuesta fue típica del héroe
guerrillero: «Si Castro desea hablar, que deponga las armas
y suba al Escambray. Nosotros le garantizaremos su vida.»
Respondió Osvaldo Ramírez, en una entrevista clandestina.
Mientras nos alzados peleaban desesperadamente, entre la dirigencia
existía fricción. Evelio Duque había tenido
problemas con Augusto, su contacto en La Habana. Augusto, dándose
cuenta de que Osvaldo Ramírez era el líder guerrillero
más dinámico de los alzados, le quitó el
mando a Duque y envió un mensaje clandestino a Ramírez,
ofreciéndole la jefatura total del Escambray. Augusto también
envió cartas a los 7 jefes de columnas, pidiéndoles
que se integraran bajo el mando único de Osvaldo. Por el
momento, sin embargo, nos jefes guerrilleros estaban más
preocupados por romper cercos y sobrevivir a las lluvias de metralla,
que estructurarse bajo una nueva jefatura.
El día 28 de
enero, aniversario den natalicio de nuestro Apóstol, José
Martí, tres columnas guerrilleras se unieron para atacar
en campamento de milicias de El Joyero. Después de un mes
de intensos combates, las tres columnas juntas, apenas contaban
con un centenar de hombres. En acción ofensiva, las guerrillas
atacaron la Comandancia de las milicias. Sorprendidos por un intenso
volumen de fuego, los milicianos se retiraron con treinta y dos
bajas. Los alzados tomaron el cuartel y lo incendiaron, capturando
en la acción, una docena de armas largas, cinco milicianos
y provisiones.
Sin embargo, la victoria
fue costosa, Ismael Heredia, en Látigo Negro, jefe de la
Columna Cuatro, fue muerto en la refriega. Zacarías López
y Edgar Cajitas fueron heridos en el combate.
Víctor Chiche
Gámez, hasta el momento, segundo jefe de la Columna Cuatro,
asumió el mando de la guerrilla después de la muerte
de Heredia. Gámez dejó en libertad a los cinco milicianos
capturados, ya que las guerrillas, siempre en constante movimiento,
carecían de facilidades para retener prisioneros de guerra.
Combate tras combate, cerco tras cerco, las guerrillas comenzaron
a ser diezmadas. A principios de febrero, 8 milicianos fueron
muertos en un arroyo, por la explosión de una granada.
Continuaron los combates en Matas de Café, Pico Tuerto
y otros parajes den Escambray.
Evelio Duque y tres
de sus hombres se pasaron semanas viviendo en una cueva, hasta
que lograron abandonar clandestinamente al Escambray y obtuvieron
asilo politico en la embajada de México en La Habana. Joaquín
Membibre, Diosdado Mesa, Vicente Méndez y Edel Montiel,
cruzaron la sierra rompiendo cercos, combatiendo hasta llegar
a las cercanías de Santa Clara, donde contactos clandestinos,
nos ayudaron a salir del país en barco. Montiel y Méndez,
se encontraban heridos.
Días después
del combate en El Joyero, la guerrilla de Chiche Gámez
llegó a San Blas, donde buscaron comida y descanso.
Chiche Gámez,
uno de nos pocos jefes guerrilleros en sobrevivir la guerra den
Escambray, nos ha relatado no siguiente: «Llegamos a la
finca de un hombre que le apodaban El Gallego y en hombre nos
recibió amistosamente, diciéndonos que era amito
de Nando Lima, un jefe de guerrillas muy valiente que operaba
en esa zona. Le pedimos comida y regresó al poco rato con
su padre y sus dos hijos chiquitos. Los cuatro lucían nerviosos.
Sospechábamos que el hombre había traído
a los muchachitos para que a él no le hiciéramos
daño. Traían masas de carne de puerco fritas y plátanos
sancochados. Las manos les temblaban. Le preguntamos si había
mucha milicia en la zona, y en Gallego respondió que sí,
que había mucha tropa por los alrededores. A cada uno de
los muchachos, les puse un billete de veinte pesos en la camisa
y dejé que nos cuatro se fueran. Aunque teníamos
hambre, decidimos llevarnos la comida, en caso de que en Gallego
nos hubiera delatado. Si nos iban a tirar un cerco, yo quería
salir de San Blas antes de que nos cerraran en anillo.
»Mi táctica
con nos cercos, era de romper por arriba y moverme rápido.
Tan pronto empezaban a poner tropas en posición yo empezaba
a moverme. No me gustó nunca esperar a que me rodearan.
»Cuando salimos
de la finca, nos estaban esperando. Tenían ametralladoras
VZ y rifles Garands y FALs belgas. Tratamos de romper el cerco
de frente y no pudimos. Estuvimos tres horas moviéndonos
dentro den anillo, intercambiando tiros, buscando un hueco por
donde salir. A Faustino Peña, uno de los nuestros, le dieron
cinco balazos. Murió a las pocas horas en en Hospital de
Topes de Conlantes. A Lupe Tardío, una bala le entró
por debajo del esternón, le viajó de lado por en
cuerpo y se quedó al ras de la piel en la columna vertebral.
»Aquellos hermanos
Tardío eran hombres durísimos. Eran seis, y cinco
murieron en la lucha contra Fidel. El sexto, Genaro, cumplió
presidio politico. Aquella bala que le entró a Lupe en
el cerco de San Blas hubiera matado a cualquiera, pero Lupe siguió
peleando. - Chiche,- me dijo -sácame la bala con el cuchillo.-
Pero yo no me atreví. Pensé que Lupe iba a morir
pronto, pero no, a él no lo mataron hasta varios meses
después, en un combate en El Dátil.
»Nos dividimos
en grupos y nos separamos. Lupe estaba conmigo, pero muy débil.
Subimos a un paredón de piedras, con las balas picándonos
al lado. Lupe se cansaba y me dijo que no podía seguir.
Nos acostamos a descansar. Yo tenía calambres en las piernas._
de tanto correr y una herida en un pie. Mi arma era un fusil automático
Browning, pesado, pero muy bueno. Disparé unas ráfagas
y nos ripostaron con fuego de morteros. Por suerte, los artilleros
no tenían experiencia y los proyectiles volaban sobre nosotros,
explotando a nuestras espaldas.
»Moviéndonos
nuevamente, nos escondimos en una cueva. La milicia se nos acercó
tanto que podíamos escucharlos conversando. Otro tiroteo
cercano, los atrajo y nos dejaron solos.
»Esa noche nos
reagrupamos. Eramos unos cincuenta hombres, atrapados dentro del
cerco. Al otro día cruzamos el cerco. Los milicianos estaban
a diez o quince metros de distancia, uno del otro. Estaban usando
helicópteros para patrullar la zona. Cada vez que el helicóptero
pasaba por sobre la línea de milicia; todos ellos miraban
hacia el cielo, observando el aparato. De dos en dos, nosotros
aprovechábamos el momento, para atravesar las líneas.
Todos cruzamos sin problemas, pero los dos últimos hombres,
tuvieron que esperar dos horas a que el helicóptero pasara
de nuevo.»
Roto el cerco de San
Blas, los guerrilleros, incluyendo a Chiche Gamez, decidieron
cruzar las líneas de milicias, en el área de Topes
de Collantes, para moverse a una zona donde no hubiera saturación
de tropas.
Y continúa Gamez
su relato: «Llegamos a Collantes a eso de las dos de la
mañana. Nos empezamos a arrastrar de barriga, hacia las
líneas de la milicia. Eramos unos ochenta hombres. Se decidió
que yo sería el primero en cruzar la línea, y que
Ismael Rojas sería el último. Había niebla
y nos arrastramos sin hablar. Cruzamos una cerca de alambre. En
la avanzada, éramos tres hombres. Del otro lado de la cerca
había un terraplén donde un miliciano dormitaba,
recostado a un árbol. Uno de nuestros hombres. se puso
en posición cercana al miliciano, listo para matarlo si
despertaba. Yo puse mi fusil ametralladora Browning en el terraplén,
apuntando hacia Collantes, donde estaba la milicia. Si venía
un ataque, sería de allí.
»Los nuestros
empezaron a cruzar. Los primeros dieciseis hombres pasaron sin
problemas. Entonces, a uno se le enredó la mochila en el
alambre. El sonido despertó al miliciano, y lo matamos
de un disparo. La cosa se puso dura. Desde nos encontrábamos,
vimos luces de jeeps y camiones, que salían de Topes de
Collantes. Yo empecé a disparar ráfagas cortas con
la Browning, mientras el resto de la tropa cruzaba el terraplén
a todo galope. Cuando vi venir a Ismael Rojas, yo sabía
que él era el último en la línea. Ambos nos
adentramos en la maleza.
»Habíamos
cometido un error. Los prácticos de nuestra tropa estaban
todos en la punta. Cuando Ismael y yo cubrimos la retirada, nos
encontramos en la retaguardia, sin práctico que conociera
el terreno. Nos acercamos a un bohío, pero había
un pelotón de milicia esperando. Intercambiamos disparos
y nos retiramos.
»Ese día
tuvimos una docena de encuentros. Por cada uno de nosotros, había
cien de ellos. Cada vez que perdíamos un grupo, tropezábamos
con otro. A cada momento se nos acercaban más. Una vez
me quedé esperándolos. Venían corriendo,
confiados de su superioridad numérica. Les vacié
un peine de la Browning, y los paré en seco.
»Cuando se me
acabó el parque de la Browning cogí una Thompson,
con unos cuantos peines. Nuestro grupo grande se dividió
en varios grupitos, y tratamos de cruzar los cercos por diferentes
lugares. En una de esas vueltas, nos topamos de cerca a un grupo
de milicianos. No nos podían ver, pero nos sentían.
Nos gritaron. Yo sabía que el Batallón 121 de Regla
era una de las unidades que nos perseguía, así que
grité: ¡Somos del 21, del Batallón 121! Nos
pidieron que nos acercáramos y comenzamos a caminar hacia
ellos. Eramos cinco hombres. Cuando estábamos bien cerca,
en un ángulo en que no nos podían ver, nos lanzamos
a correr por una cañada hacia abajo, perdiéndolos.
Inocencio Rojas, el hermano de Ismael, iba al lado mío.
Yo llevaba la Thompson y Rojas una carabina M l. Al llegar al
fondo de la cañada, nos topamos con una patrulla de milicianos
armados de PPChas, una ametralladora con tambores cilíndricos,
que cargaban setenta y dos balas. Nos dieron el alto, y Rojas
trató de sacar su pistola del cinto. Una ráfaga
lo destrozó. Cogió dieciseis o diecisiete plomos
en el pecho. Yo me tiré al suelo, vaciando el peine de
la Thompson sobre ellos. Siriaco Rubaldino, El Guineo y otro al
que le decíamos El Mejicano, llegaron tirando plomo. La
milicia se retiró y nosotros también. Seguimos por
la manigua pero la cosa estaba mala. En la distancia se oían
disparos de otros grupos, tratando de romper los cercos. Las únicas
balas que me quedaban se las saqué al peine de la pistola
y se la puse al peine de la Thompson. Me quedaba medio peine de
balas. A Siriaco le quedaban 10 balas en el M3 y al Guineo unas
cuantas balas en la pistola. El Mejicano ya no tenía nada.
»Al otro día
tratamos de romper el cerco, y nos tirotearon. Ripostamos con
un par de disparos, pero con las pocas balas que teníamos,
sólo podíamos huir. Perseguidos, nos metimos en
un potrero. Cuando no pudieron localizamos, le prendieron candela
por las cuatro puntas. Salimos corriendo bajo una lluvia de balas.
Después de perder al grupo que nos seguía, tuvimos
un encuentro con otra patrulla. A mí, se me acabaron las
balas, y a Siriaco, sólo le quedaban tres. Eso era todo.
Cuatro atados y tres balas.
»Encontramos
un hueco en la tierra y nos metimos parados, apretados hombro
a hombro. La milicia peinó el área y nos pasaron
a unos metros solamente. Después regresaron. Por segunda
vez no nos vieron. Entonces, en el tercer peine, nos localizaron.
Diez o doce rifles nos apuntaban. Siriaco, con tres balas en el
M3 me preguntó: - Chiche, ¿qué hago?- Y yo
le respondí: -Ya no hay nada que hacer
»Cuando nos llevaron
a Topes de Collantes, donde habían muchos alzados prisioneros,
escuché voces que gritaban desde una ventana: -¡Allí
traen a Chiche Gámez!- Y por sobre todas las voces, escuché
la voz de Nando Lima que me gritaba: -¡Chiche Gámez,
los hombres mueren sólo una vez!
»Aquellas palabras
de Nando me dieron fuerza, me hicieron sentirme listo para afrontar
lo que me esperaba.»
En Topes de Collantes,
los oficiales de Seguridad del Estado torturaban a los guerrilleros
física y mentalmente. Algunos presos fueron fusilados con
salvas, una tortura cruel, que destrozaba los nervios de hombres
que llevaban meses bajo condiciones de máxima tensión.
Otros presos eran interrogados desnudos, mientras que a otros,
se les negaba alimentos, hasta que firmaran confesiones. Las peores
de estas torturas eran La Represa y La Jicotea. Los guerrilleros,
maniatados, eran lanzados a una represa de donde eran sacados
del agua prácticamente ahogados. La Jicotea consistía
en encerrar a un preso en un barril o lavadero, hasta que casi
ahogado, era interrogado. Algunos infelices se ahogaron en estos
crueles interrogatorios.
Para mediados de marzo,
el ejército castrista comenzó a retirar a los miles
de milicianos destacados en el Escambray. La Primera Limpia había
terminado. Las unidades guerrilleras habían sido aparentemente
destrozadas. Ismael Heredia había muerto en combate. Duque,
Membibre, Méndez, Mesa y Montiel, habían logrado
escapar al exilio. Carlos Duque, Zacarías López,
Guillermo Pérez Calzada, Nando Lima, Ismael Rojas y Chiche
Gámez, habían sido apresados. En las montañas
de Las Villas, sólo quedaban algunos grupos dispersos.
Después de la
Primera Limpia, los grupos aislados que quedaban, apenas ascendían
a unos doscientos hombres en su totalidad. Pero esos grupitos
aislados tenían dos factores a su favor.
El primer factor, era
la experiencia. Los que habían sobrevivido a la limpia,
eran ahora veteranos muy duros, guerrilleros muy jíbaros,
curtidos en el combate y dispuestos a la guerra.
El segundo factor era
un líder guerrillero que había sobrevivido milagrosamente
a once cercos de la limpia: el legendario Osvaldo Ramírez.
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