Junio 8, 2004
Rafael
Rojas ensayista, historiador, pensador original,
director de la Revista Encuentro se ha convertido en la
voz más escuchada de la intelligentsia cubana en México.
¿Por qué? Son varias las razones. La primera es
el tono respetuoso, aunque firme, de su crítica a la dictadura
de Castro. Mientras el gobierno de La Habana revienta
las presentaciones a las que acude Rojas como sucedió
hace algún tiempo en la Feria de Guadalajara o recurre
al obsceno lenguaje de los insultos (gusano, vendepatria,
anexionista), Rojas se mantiene dentro de los límites
de la cordialidad cívica. No ataca ni denigra a las personas:
sólo rebate sus falacias o sus débiles argumentos.
El segundo elemento
a su favor es una biografía imposible de enlodar con la
acusación falsa o real de batistiano, terrorista o agente
de la CIA. Por el contrario: Rojas nació tras el triunfo
revolucionario en el seno de una familia integrada.
Su padre fue rector de la Universidad de la Habana. Tiene un hermano
que con la bajeza propia del castrismo suelen utilizar en
su contra que es un alto oficial del aparato.
Rojas, en suma, no fue nunca una víctima directa de la
revolución. Indirecta sí, como todos los cubanos,
pero si se hubiera plegado al sistema hubiese escalado rápidamente
hasta la cúpula de la nomenclatura en el terreno cultural.
Es probable, incluso, si Rojas hubiese permanecido en Cuba, que
hoy el capo de la cultura sería él, dado el profundo
desprecio que Castro siente por Abel Prieto, a quien considera
un bitongo y no un guapo, por usar las
categorías acuñadas por el propio Prieto en un libro
escasamente memorable, y dada la desconfianza invencible que le
provoca Lisandro Otero.
Rojas, además,
comparte con muchos intelectuales mexicanos una visión
crítica de la política norteamericana hacia Cuba,
especialmente en el tema del embargo. Ese punto de vista, que
a mí me parece ingenuo probablemente mayoritario
fuera de Estados Unidos, lo blinda contra las acusaciones convencionales
que suelen hacerles a los exiliados cubanos. Es decir, y
sé que simplifico Rojas ataca y desacredita a la
dictadura de Castro desde la izquierda, y eso le gana simpatías
a su posición, aunque simultáneamente le genera
cierta hostilidad en algunas zonas de la emigración cubana.
En todo caso, es esa posición anticastrista lo que facilitó
que la revista Encuentro haya logrado las firmas de decenas de
escritores de izquierda como Saramago para censurar los fusilamientos
y la represión desatada por el gobierno cubano en marzo
de 2003 contra los periodistas y bibliotecarios independientes
o contra los activistas políticos nucleados en torno a
Oswaldo Payá y otros valiosos disidentes.
El ensayo que sigue,
Cultura y poder en Cuba, fue su ponencia al Congreso
de Madrid celebrado en la capital de España a fines de
enero pasado. Recientemente, en su número de junio, la
revista mexicana Nexos lo reprodujo y Radio Martí transmitió
su contenido por onda corta hacia Cuba. La Unión Liberal
Cubana ahora lo incluye en su página web con mucho entusiasmo.
En estas páginas se hacen evidentes todas las virtudes
de Rafa Rojas: la moderación, el juicio incisivo
y la inteligente denuncia del tosco dogmatismo castrista. Es un
pensador serio y sin odio. Esto último lo hace tremendamente
efectivo.
Carlos Alberto Montanter.
Cultura
y poder en Cuba
Presentación de Rafael Rojas
Hace 45 años triunfó en Cuba una revolución
social que transformó, a la vez, la cultura de la isla
y las relaciones culturales del mundo occidental con esa pequeña
nación latinoamericana. El cambio cultural fue impulsado
por el abandono de los patrones liberales, republicanos y aunque
no democráticos representativos que regían
la vida económica y política de Cuba desde finales
del siglo XIX y la adopción de un sistema socialista, basado
en la propiedad estatal sobre los medios de producción,
el poder de un partido y un líder únicos, la implementación
de una ideología oficial comunista y nacionalista y el
desarrollo de una ciudadanía con amplios derechos sociales
y escasos derechos civiles y políticos. A partir de entonces,
Cuba, un país caribeño que era percibido como una
versión glamorosa de dependencia y subdesarrollo comenzó
a reproducirse simbólicamente como modelo de igualdad y
progreso en Occidente. La intelectualidad cubana jugó un
papel decisivo en esta sustitución cultural de un estereotipo
por otro, que le otorgó un vasto contenido histórico
a sus discursos, al mismo tiempo que restringía la libertad
de sus prácticas.
En la literatura y
las artes, el triunfo revolucionario produjo la espontánea
celebración de la mayoría de los creadores cubanos
de todas las ideologías y generaciones. Entre 1959 y 1961,
sin embargo, aquel consenso comenzó a quebrarse como resultado
de la radicalización comunista y nacionalista de un proyecto
inicialmente democrático y moderado. Una mitad de la gran
intelectualidad republicana (Jorge Mañach, Gastón
Baquero, Lydia Cabrera, Leví Marrero...) emigró
a donde pudo; la otra (Fernando Ortiz, Ramiro Guerra, José
Lezama Lima, Virgilio Piñera...) permaneció en la
isla, pero ya sin el liderazgo cívico o estético
que durante años había ejercido. El poder de la
cultura quedó entonces repartido entre intelectuales y
políticos comunistas como Carlos Rafael Rodríguez,
Edith García Buchaca, Alejo Carpentier, Juan Marinello
o Nicolás Guillén, nuevos líderes culturales
como Haydée Santamaría, Armando Hart, Alfredo Guevara
o Carlos Franqui y una formidable generación de escritores
vanguardistas y cosmopolitas a la que pertenecían Guillermo
Cabrera Infante, Heberto Padilla, Manuel Díaz Martínez,
Pablo Armando Fernández, Antón Arrufat, César
López, Edmundo Desnoes, Lisandro Otero, Ambrosio Fornet
y Roberto Fernández Retamar.
Este poder institucional
y políticamente distribuido de la cultura, que permitió
una década de intensa creatividad y pluralismo en la literatura,
la música, el cine y la plástica cubanas y que se
amparó en la ambigua discrecionalidad de la máxima
fidelista de dentro de la Revolución todo, contra
la Revolución nada, facilitó la emergencia
de instituciones tan renovadoras como el ICAIC o Casa de las Américas
y de publicaciones tan vivas y polémicas como Lunes de
Revolución, El Caimán Barbudo y Pensamiento Crítico.
Aquella efervescencia, que propició la interacción
de diversas corrientes marxistas y nacionalistas y que sintonizó
el campo intelectual revolucionario con la izquierda occidental,
hizo crisis entre 1968 y 1971. La plena alineación doctrinal
e institucional con la Unión Soviética, que se plasmó
en el apoyo a la invasión de Checoslovaquia, la crisis
de la Zafra de los Diez Millones y el ingreso al CAME, tuvo sus
costos en el campo cultural: la persecución de homosexuales,
el exilio de importantes figuras de la primera etapa revolucionaria
como Carlos Franqui y Guillermo Cabrera Infante, el encarcelamiento
y juicio del poeta Heberto Padilla, la retirada del apoyo público
de intelectuales occidentales como Jean Paul Sartre, Octavio Paz
o Mario Vargas Llosa.
El crítico Ambrosio
Fornet se refirió alguna vez a un quinquenio gris
en la vida cultural cubana que se habría extendido del
Congreso Nacional de Educación y Cultura en 1971 a la creación
del Ministerio de Cultura en 1976. Desde el punto de vista institucional
la frase es precisa, debido a que enmarca los cinco años
en que la producción artística y literaria de la
isla estuvo más directamente subordinada al aparato político
del Partido Comunista por medio de burócratas con escasa
obra intelectual como Luis Pavón Tamayo, José Llanusa
o Armando Quesada. Pero desde el punto de vista ideológico
y político resulta doblemente eufemística, por
lo de quinquenio y por lo de gris ya que el control policíaco
de la vida intelectual se ha mantenido hasta hoy y la promoción
oficial del canon marxista-leninista de creación se extendió,
por lo menos, hasta 1992, a pesar de que la versión cubana
de dicho canon nunca haya sido tan rígida como la soviética
del realismo socialista.
Es cierto que el surgimiento
del Ministerio de Cultura en 1976, encabezado por Armando Hart,
un político de ascendencia nacionalista revolucionaria,
vino a reforzar un principio de compensación de la autoridad
ideológica en el proceso cultural, que desde los años
60 sostenían instituciones como el ICAIC y Casa de las
Américas y que dio un impulso decisivo a la institucionalización
educativa y política de la sociabilidad literaria y artística.
Pero la fórmula del quinquenio gris se ha convertido
en un oxímoron que le permite a las élites intelectuales
del poder localizar todo el expediente represivo del régimen
en materia de política cultural dentro de aquel lapso de
cinco años, como si después de 1976 no se hubieran
censurado obras de arte, clausurado publicaciones, boicoteado
intentos de sociabilidad independiente o encarcelado a poetas
como María Elena Cruz Varela y Raúl Rivero.
Aunque en los años
70 no toda la literatura y el arte cubanos estuvieron arropados
por la camisa de fuerza de una estética oficial dogmática
pienso en las novelas de José Soler Puig, Miguel
Barnet y Manuel Pereira, en la poesía de Nancy Morejón,
Luis Rogelio Nogueras y Guillermo Rodríguez Rivera, en
la pintura de Pedro Pablo Oliva, Zaida del Río, Roberto
Fabelo y Tomás Sánchez, en la dramaturgia de Vicente
Revuelta y Teatro Estudio y de Sergio Corrieri y el Grupo Escambray,
en la música de Irakere y Los Van Van, en las canciones
de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Amaury Pérez
y Pedro Luis Ferrer o en el cine de Tomás Gutiérrez
Alea y Humberto Solás los primeros indicios de una
ruptura frontal con el patrón ideológico marxista-leninista
no se produjeron hasta mediados de los 80. La frontalidad de dicha
ruptura estuvo relacionada con el agotamiento simbólico
de Cuba dentro del campo socialista: una localización geopolítica
que, infructuosamente, había intentado desplazar, desde
finales de los 60, el rol cubano como alternativa paradigmática
de una izquierda heterodoxa en América Latina. La neovanguardia
cubana de los 80, al sustituir estrategias marxista-leninistas
con estrategias postmodernas de producción
cultural, contribuyó a una relocalización de la
cultura en su entorno cubano, latinoamericano y caribeño.
La poesía, la
plástica, el teatro, la música y la danza fueron,
acaso, las cinco esferas de creación que protagonizaron
la insurgencia estética de los 80. Poetas como Reina María
Rodríguez, Osvaldo Sánchez, Marilyn Bobes y Emilio
García Montiel, pintores como Flavio Garciandía,
Arturo Cuenca, José Bedia y Juan Francisco Elso, dramaturgos
como Roberto Blanco, Flora Lauten y Victor Varela, bailarines
y coreógrafos como Rosario Suárez, Caridad Martínez
y Marianela Boán, trovadores como Carlos Varela, Santiago
Feliú y Frank Delgado reconstruyeron la plataforma estética
e ideológica de la producción cultural y lo hicieron,
al igual que en los 60, propiciando un diálogo entre los
diferentes lenguajes artísticos. Esta permeabilidad estética
le otorgó al movimiento cultural una intensa cohesión
generacional que muy pronto comenzó a reflejarse en discursos
teóricos y, más peligrosamente, en ciertos ejercicios
de política cultural independiente que rebasaron las instituciones
oficiales. En la segunda mitad de los 80, algunos intentos de
autonomía de la sociabilidad intelectual como los proyectos
Castillo de la Fuerza, Arte Calle, Hacer o Paideia y algunos ensayos
de Gerardo Mosquera, Desiderio Navarro, Iván de la Nuez
y Rolando Prats, dan fe de esta creciente politización
de la neovanguardia cultural.
En el libro Déjame
que te cuente (2002), una antología de la crítica
de arte de los 80, compilada por Margarita González, Tania
Parson y José Veigas y editada en la Habana por el Consejo
Nacional de las Artes Plásticas, a pesar de la ausencia
de un autor tan emblemático de aquella década como
Iván de la Nuez, se reproducen algunos de los textos que
proponían la transformación del discurso crítico
y teórico en política intelectual independiente.
Uno de esos textos,
La fuerza tiene su castillo, de los artistas y críticos
Alexis Somoza, Félix Suazo y Alejandro Aguilera defendía
claramente la posibilidad de que la distribución del arte
producido en Cuba no sólo corriera a cargo de los aparatos
ideológicos del Estado, sino de las que llamaban, siguiendo
a Juan Acha, fuerzas independientes. Para lograr que
la propuesta no fuera boicoteada por el gobierno, Somoza, Suazo
y Aguilera presentaban el proyecto Castillo de la Fuerza como
un pacto entre las fuerzas independientes y los organismos
oficiales de cultura que monopolizaban la infraestructura de distribución
artística: una asistencia a la distribución
del producto artístico, o sea, la alianza temporal con
las instituciones poseedoras de los medios materiales y de la
tecnología para la distribución de la obra de arte.
En esencia, aquella transacción fue un claro indicio de
que una nueva sociabilidad intelectual intentaba abrirse paso
por debajo de las instituciones estatales. No de otra manera se
explica que importantes intelectuales de los 80, como los poetas
María Elena Cruz Varela, Rolando Prats y Omar Pérez,
muy pronto pasaran a la oposición política organizada.
Al igual que a fines
de los 60, esta insurgencia cultural fue sofocada por el poder
entre 1989 y 1992, justo cuando comenzaba a cuestionarse los límites
estatales de la sociabilidad intelectual y cuando el liderazgo
ideológico del Partido Comunista, concentrado en la persona
de Carlos Aldana, imaginaba algún futuro viable para una
Cuba postsoviética. El cierre, que inicialmente fue instrumentado
como una reacción nacionalista contra el postmodernismo
el cual se identificaba en medios oficiales con otras corrientes
monstruosas como el neoanexionismo o el neoliberalismo propició,
además de la politización opositora de intelectuales
como Raúl Rivero, Manuel Díaz Martínez o
Rafael Alcides, una diáspora de escritores y artistas cubanos
hacia diversos países americanos y europeos la tercera
en importancia después del exilio de los 60 y la emigración
por el puerto de Mariel en 1980 que muy pronto dio muestras
de su irrefrenable creatividad lejos de la isla. Así como
en los 80 la plástica fue el arte más dinámico
del campo cultural, en los 90, la narrativa escrita en la isla
y la diáspora (Jesús Díaz, Antonio Benítez
Rojo, Carlos Victoria, Eliseo Alberto, Zoé Valdés,
Daína Chaviano, Antón Arrufat, Abilio Estévez,
Pedro Juan Gutiérrez, Rolando Sánchez Mejías,
José Manuel Prieto, Leonardo Padura, Ena Lucía Portela
)
alcanzó su mayor esplendor desde los tiempos de Carpentier,
Lezama, Piñera, Cabrera Infante, Sarduy y Arenas. Esta
desterritorialización de la narrativa fue captada por el
acceso al mercado occidental de la cultura cubana, antes aferrada
al Estado socialista como única institución pontificadora
y difusora. En términos estéticos e intelectuales,
dicha mercantilización produjo efectos disparejos sobre
ciertas áreas de importante desarrollo cultural como la
música, el cine y la plástica, pero contribuyó
a homogeneizar discursivamente las creaciones de la isla y la
diáspora, antes demasiado asimétricas e incomunicadas.
Si bien la selectiva
inserción de la literatura cubana en el mercado editorial
español ha provocado cierta reconstrucción de estereotipos
insulares, en los que Cuba reaparece como fantasía erótica
y política de la imaginación occidental, no todo
el saldo de la mercantilización está signado por
el exotismo, la codicia, la frivolidad o el paternalismo. Importantes
grupos editoriales como Planeta, Alfaguara y Mondadori han rescatado,
en los últimos diez años, lo mejor, lo regular y
lo peor de la producción literaria contemporánea
de la isla y la diáspora. Sin embargo, en términos
políticos, un catálogo cubano como el de la editorial
Tusquets, que reúne a clásicos republicanos como
Lino Novás Calvo y Carlos Montenegro, autores emblemáticos
del exilio como Severo Sarduy y Reinaldo Arenas, escritores residentes
en la isla o en la diáspora como Leonardo Padura, Abilio
Estévez, Mayra Montero o Arturo Arango y libros tan bien
ubicados en la biblioteca de la oposición cubana como Persona
non grata de Jorge Edwards, El furor y el delirio de Jorge Masetti
y Cómo llegó la noche de Huber Matos, es una buena
muestra de la capacidad del mercado editorial para burlar los
controles de un estado totalitario y ofrecer al público
hispanoamericano un fragmento plural de la república cubana
de las letras.
Junto con el acceso
al mercado, que otorga funciones gerenciales a la nueva burocracia
cultural, el otro elemento característico de los 90 fue
la apertura del canon nacional de la cultura cubana, propiciada,
primero, por aquel desplazamiento ideológico del marxismo-leninismo
al nacionalismo revolucionario que impulsó el movimiento
de los 80, y luego admitida por la reforma constitucional de 1992.
La política cultural, encabezada por el novelista Abel
Prieto, se abocó a la recuperación de clásicos
de la República, como Jorge Mañach, Gastón
Baquero, Lydia Cabrera, Lino Novás Calvo, Enrique Labrador
Ruiz, Carlos Montenegro y Eugenio Florit, antes rechazados como
intelectuales burgueses del antiguo régimen,
a la flexibilización del control político sobre
la creación, como se plasma en películas como Fresa
y Chocolate y Guantanamera, y a los primeros intentos de difusión,
dentro de la isla, de la inmensa producción cultural de
la diáspora. A fines de la década, esta apertura
del canon, esta flexibilización política y este
acceso al mercado se reflejaron en una de las zonas más
vivas de la cultura cubana contemporánea, el ensayo, un
género donde tensamente se han reencontrado intelectuales
de varias generaciones y diversas latitudes como Fina García
Marruz, Cintio Vitier, Ambrosio Fornet, Enrique Saínz,
Jorge Luis Arcos, Arturo Arango, Rafael Hernández, Margarita
Mateo, Antonio José Ponte, Victor Fowler, Rufo Caballero,
Jesús Jambrina, Iván de la Nuez, Emilio Ichikawa,
Madeline Cámara, Pedro Marqués de Armas, Ernesto
Hernández Busto o Duanel Díaz, y que ha conformado
el nuevo corpus crítico de valiosas publicaciones de la
isla y la diáspora como Azoteas, La Gaceta de Cuba, Temas,
Unión y Encuentro de la cultura cubana.
A partir del 2000,
la vulgarización del discurso político del gobierno
cubano ha provocado una profunda disociación entre la cultura
y el poder, entre el arte y la ideología. Mientras los
primeros el arte y la cultura se adentran en una práctica
sofisticada y autónoma de representación y crítica
de la realidad cubana, los segundos el poder y la ideología
se aferran desesperadamente a la defensa y promoción, en
la isla y en el mundo, de un símbolo cada día más
debilitado e inverosímil.
Este desencuentro simbólico
entre la creación y el régimen ha provocado una
fractura de la política cultural de la isla en dos versiones
claramente delineadas: una más o menos aperturista, encabezada
por intelectuales funcionarios nacidos alrededor de 1950, y otra
resistente al cambio, promovida por funcionarios a secas, sin
una obra intelectual considerable y nacidos alrededor de 1960,
a quienes el aparato ideológico del Partido Comunista ha
encomendado la protección y supervivencia del mito revolucionario.
En los próximos años las relaciones entre la cultura
y el poder, en Cuba, se debatirán en un forcejeo entre
ambas tendencias, que desgastará aún más
los resortes simbólicos del régimen e incrementará
la capacidad representativa de la producción artística
y literaria.
La naturaleza crítica
de la cultura cubana contemporánea, producida en la isla,
es innegable. Ahí están para demostrarlo las novelas
de Jorge Ángel Pérez y Pedro de Jesús, los
cuentos de Ángel Santiesteban y Francis Sánchez,
las películas de Juan Carlos Tabío, Orlando Rojas
y Fernando Pérez, la dramaturgia de Atilio Caballero y
la música de William Vivanco, los ensayos de Victor Fowler,
Roberto Zurbano y Duanel Díaz Infante, los cuadros de Armando
Mariño y Pedro Álvarez, las piezas de Aimée
García, las instalaciones de Glenda León o las intervenciones
del Grupo Enema, los poemas de Javier Marimón, Gerardo
Fernández Fe y Pablo de Cuba Soria.
Las motivaciones estéticas
de esta cultura ya no responden, en su producción, circulación
o consumo, a las insistentes demandas de legitimación de
un poder poco persuasivo, demasiado inmerso en su precaria subsistencia
y claramente dispuesto a sostener su escaso crédito internacional
a costa del cierre del espacio público interno. De ahí
que esas demandas de legitimación, cada día más
frenéticas y compulsivas, sólo puedan ser asumidas
por aquellos aparatos ideológicos del Estado (televisión,
prensa, editoriales políticas, mesas redondas, tribunas
abiertas, marchas del pueblo combatiente
) ocupados por actores
ciegamente leales o acríticamente subordinados. Es cierto
que en situaciones límites, como la de la primavera del
2003, el poder logra implicar a personalidades oficiales de la
cultura en fuertes manifestaciones de apoyo a la represión
y el inmovilismo. Sin embargo, habría que admitir que cada
día son más los escritores, músicos y artistas
cubanos que se mantienen al margen de esas manipulaciones y que
se concentran en la producción de una crítica intelectual,
a veces demasiado indirecta o alegórica.
El repliegue mayoritario
del campo intelectual hacia un territorio propiamente artístico
y letrado, que se resiste al intervencionismo público de
los pequeños círculos oficialistas y opositores,
debe ser analizado con serenidad y sutileza. Una revista como
Azoteas, editada por Antón Arrufat y Reina María
Rodríguez, donde se publican ensayos literarios de la mayor
sofisticación y se rescatan clásicos de la literatura
cubana, hispanoamericana y universal, se inscribe plenamente en
la gran tradición de la ciudad letrada. Este cultivo de
la alta literatura bajo un régimen totalitario, como el
cubano, y en una coyuntura sumamente represiva, como la que se
abre con la represión de la primavera de 2003, tiene el
doble significado de una conquista y una concesión: la
conquista de la torre de marfil, del espacio autónomo
de las bellas letras, y la concesión del silencio
público sobre los grandes problemas políticos del
país, o sea, la despolitización del discurso poético
y crítico. Pero la neutralidad deliberada es, en este y
otros casos de relativa sociabilidad intelectual dentro de la
isla, un elemento de negociación de la autonomía,
ya que respetando un pacto con el poder, los editores de Azoteas
sustraen su pedazo del campo intelectual del aparato de legitimación
del régimen y acumulan una mayor capacidad alegórica
u oblicua de producción de mensajes políticos.
Los márgenes
de la crítica en la cultura cubana se amplían o
se estrechan por medio de un misterioso mecanismo de regulación
tácita, muchas veces asociado a demandas coyunturales de
la política gubernamental y casi siempre aplicado de manera
casuística a las diversas esferas de la cultura. Entre
todas las artes cubanas, las que gozan de una mayor libertad son
las de menor capacidad de una producción semántica
perdurable, como la música, la danza y el teatro. El cine,
por ser un espectáculo menos efímero y a la vez
masivo, posee límites más angostos de crítica
que los del teatro, pero mayores posibilidades de crítica
literal que la propia literatura. Sin embargo, en esta última,
a pesar de esos controles sutiles, casi intangibles, la producción
cubana contemporánea se atreve a avanzar hasta el borde
de lo tolerado, hasta la formulación misma de la interdicción
y el silencio como problemas.
En este sentido, llama
la atención el hecho de que dos de los grandes temas de
la nueva poesía cubana sean, precisamente, la voz y la
libertad. En Distintos modos de cavar un túnel (2002) se
leen estos versos de Juan Carlos Flores: que te vuelvas
afásico, me dicen, que te vuelvas afásico, en países
como este lo mejor que uno hace es alquilar un quitamanchas portátil.
O estos otros: la cigarra canta y cantar es el único
sentido de su canto
yo, no soy una cigarra. Ni siquiera
tengo voz. Otro poeta, Pablo de Cuba Soria, nacido en 1980,
termina su cuaderno De Zaratustra y otros equívocos (2003)
con este poema, titulado Donde dijeron libertad.
Donde dijeron libertad
hubo una puerta,
extraña sierpe
en el marco del espejo,
coherencia del hombre
que se niega a sí mismo
una y otra vez
hasta que llega el sustituto
a imagen y semejanza
toda palabra es un
puente
voluta fugada de los dioses
donde hubo una puerta
los hombres callaron
nada pudieron decir
nada he podido
luego del límite
sólo el lenguaje
la brevedad y la noche
Los límites
de esta crítica están, por demás, claramente
trazados en el orden semántico de la ideología cubana:
el sistema político, el liderazgo único de Fidel
Castro y el Partido Comunista, en dos palabras, el centro del
poder. Pero el hecho de que la interdicción oficial esté
ubicada en el centro simbólico y no en la periferia institucional
del régimen ofrece algunos márgenes de impugnación
política a la cultura cubana. Cada vez es más frecuente
un tipo de crítica a ciertos atributos de ese poder, como
el dogmatismo, la burocracia, la corrupción o la inequidad,
que se ampara en una o dos frases de adhesión al sistema,
de lealtad a Fidel Castro o, simplemente, de reconocimiento del
legado social de la Revolución.
Esta cultura, precisamente
por producirse dentro de los límites de una transacción
moral entre la libertad y el miedo, se cuida racionalmente de
marcar una distancia retórica y narrativa frente a los
discursos más legitimantes del poder. En los últimos
años esa distancia se ha vuelto cada vez más insalvable,
cada vez menos recuperable, debido a que la cultura comienza a
desarrollarse de manera autorreferencial, es decir, con arreglo
a un trasfondo simbólico y conceptual propio, que se expresa
en narrativas resistentes a los usos y costumbres del Estado.
De manera que la paradoja de la cultura y el poder, en la Cuba
contemporánea, podría resumirse así: mientras
el poder se vuelve más represivo e ideologizado, la cultura
se vuelve más autónoma y crítica. La relación
entre ambos es, pues, una no relación, un desencuentro
que acelera la decadencia política del régimen y
el desarrollo de una producción cultural democrática.
Una objeción
recurrente a esta tesis es que dicha disociación entre
cultura y poder resulta funcional para el segundo, ya que al eludir
toda confrontación, la primera se vuelve pasiva y cómplice.
Si bien es evidente que los políticos oficiales de la cultura
cubana, en nombre de las viejas reglas del arte decimonónico,
han descubierto las ventajas de promover un modelo de intelectual
aséptico, no comprometido y alejado de los
asuntos públicos, lo cierto es que el desencuentro entre
ambas entidades resta densidad simbólica al discurso legitimante
y, a la vez, agrega valor estético y filosófico
a la creación cultural.
Es cierto que una producción
cultural, como la cubana, en condiciones de despolitización
semántica o de acomodo a los límites discursivos
que marca la interdicción del poder, es incapaz de impulsar
una sociabilidad independiente y antiautoritaria como la que se
vivió en los años 60 y 80. Pero esta disociación,
que genera el deslinde entre el campo intelectual y los aparatos
ideológicos de Estado, entre la comunidad artística
y literaria y la red institucional de propaganda y adoctrinamiento,
es, en todo caso, preferible a la instrumentación política
de la cultura que se experimentó en el momento soviético
de los 70 o en el momento nacionalista de los 90.
La politización
de la cultura cubana, en las décadas del 60 y el 80, fue
obra de la irrupción en el espacio público de nuevos
discursos y prácticas del campo intelectual que postulaban
una identificación crítica con el proyecto revolucionario.
En los años 70 y 90 fue el poder quien tomó la iniciativa,
afianzando un estricto código de lealtad al régimen
dentro de la comunidad artística y literaria. Ya a mediados
de esta nueva década, la del 2000, el circuito de la adhesión
acrítica al sistema, enfrascado en otro oxímoron,
el de la batalla de ideas, se traza fuera del campo
intelectual, mientras que la instrumentación política
de la cultura no va más allá de cierto exhibicionismo
de apertura, de cierta gestualidad demostrativa, dirigida, sobre
todo, a la comunidad internacional, y que insiste en afirmar un
clima contradictorio de permisividad y pluralismo, de cohesión
y neutralidad.
Este nuevo pacto entre
cultura y poder, en Cuba, tiene, como decíamos, la desventaja
de promover estrategias despolitizadas de producción cultural,
pero, entre otras ventajas, tiene la de incorporar al discurso
del poder, aunque sea de un modo mimético o propagandístico,
valores de cualquier cultura democrática como la libertad
de expresión y asociación, el rechazo a la censura
y la dilatación plural del espacio público.
Para la diáspora
cubana, que es uno de los destinatarios de la nueva política
cultural de la isla, es indispensable comprender esta disociación
entre cultura y poder en Cuba. Un mejor entendimiento de las relaciones
y los pactos entre el campo intelectual y el régimen político
de la isla no sólo contribuiría a superar en el
exilio ciertos estereotipos que representan a la cultura cubana
actual como una subjetividad enferma, moralmente corrupta e ideológicamente
inerte, sino a valorar, sin purismos éticos o políticos,
su capacidad de agencia y su lógica de negociación.
Desde esa mejor comprensión
pueden articularse políticas intelectuales autónomas
que ayuden a establecer sociabilidades remotas, vínculos
electivos, entre la isla y la diáspora, que atraviesen
las fronteras imaginarias de la nación y el exilio y que
funden una nueva comunidad cultural sobre bases de tolerancia,
reconciliación y libertad. La reintegración del
campo intelectual cubano, que acompañará el cambio
de régimen y la transición a la democracia, ya comenzó.
La diáspora debe intervenir en ese proceso de reconstrucción
cultural con humildad, sensatez y prudencia, pero sin renunciar
a su autonomía, a su identidad, a su tradición de
memoria y pluralismo, ni a su legado de crítica y destierro.
Publicado en el sito
web de la Uniòn Liberal Cubana.
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