El siguiente texto es
el primer extracto de un artículo que LA NACION publicará
en cuatro entregas, en el cual el escritor peruano hijo de
Mario Vargas Llosa intenta desmitificar la trayectoria de
Ernesto Guevara, el Che (1928-1967), el médico argentino
que se convirtió en un símbolo de la revolución
comunista en Cuba.
El Che Guevara, que
hizo tanto (¿o fue tan poco?) por destruir el capitalismo,
se ha convertido ahora en una marca quintaesencialmente capitalista.
Su imagen adorna jarros de café, encendedores, llaveros,
billeteras, gorras de béisbol, sombreros, pañuelos,
musculosas, bolsos, jeans, té de hierbas y, por supuesto,
las omnipresentes remeras con la foto, tomada por Alberto Korda,
del ídolo socialista con su boina durante los primeros
años de la revolución, cuando el Che apareció
por casualidad dentro del visor del fotógrafo y que aún
es, 38 años después de su muerte, el logo del chic
revolucionario (¿o es capitalista?). Incluso hay un jabón
en polvo cuyo eslogan es: Che lava más blanco.
Los productos Che están
comercializados por grandes corporaciones y por empresas pequeñas,
como la Burlington Coat Factory, que hizo una publicidad de TV
en la que aparece un joven con pantalones de fajina y una remera
del Che, o la Boutique Flamingo, de Union City, Nueva Jersey,
cuyo dueño respondió al enojo de los exiliados cubanos
locales con este devastador argumento: "Vendo cualquier cosa
que la gente quiera comprar."
Los revolucionarios
también se suman a este furor comercial, desde "The
Che Store", que ofrece "todas tus necesidades revolucionarias"
por Internet, hasta el escritor italiano Gianni Minà, quien
vendió a Robert Redford los derechos cinematográficos
del diario del Che sobre su viaje juvenil por Sudamérica
en 1952, a cambio de que se le diera acceso al rodaje del film
"Diarios de motocicleta", para que Minà pudiera
producir su propio documental.
Por no hablar de Alberto
Granado, quien acompañó al Che en su viaje de juventud
y asesora hoy a documentalistas, y que ahora, según El
País, se queja de que el embargo estadounidense a Cuba
le dificulta mucho el cobro de sus regalías.
Para dar aún
más fuerza a la ironía, el edificio donde nació
Guevara, en Rosario, una espléndida construcción
de principios del siglo XX, estuvo hasta hace poco ocupado por
el fondo de jubilaciones privadas AFJP Máxima, un hijo
de la privatización de la seguridad social en la Argentina.
La metamorfosis del
Che Guevara en una marca capitalista no es nueva, pero recientemente
ha experimentado una reactivación? Una reactivación
especialmente notable, ya que aparece años después
del colapso político e ideológico de todo lo que
Guevara representaba.
Esta imprevista reanimación
se debe en gran parte a "Diarios de motocicleta", la
película producida por Robert Redford y dirigida por Walter
Salles (uno de los tres films más importantes rodados o
en proceso de filmación durante los últimos dos
años).
Bellamente filmada
en paisajes que evidentemente han escapado a los efectos corrosivos
de la polución capitalista, la película muestra
al joven en su viaje de autodescubrimiento, mientras su incipiente
conciencia social se enfrenta a la explotación social y
económica, preparando así el terreno para la reinvención
New Wave del hombre al que Sartre una vez llamó el ser
humano más completo de nuestra época.
Pero para ser más
preciso, el actual renacimiento del Che empezó en 1997,
con el trigésimo aniversario de su muerte, cuando cinco
biografías de Guevara llegaron a las librerías y
se descubrieron sus restos mortales cerca de una pista de aterrizaje
del aeropuerto boliviano de Vallegrande, después de que
un general retirado boliviano, con un espectacular sentido de
la oportunidad, revelara el lugar exacto de la sepultura. El aniversario
volvió a concentrar la atención en la famosa foto
de Freddy Alborta, donde el cadáver del Che se ve tendido
sobre una mesa, escorzado y muerto y romántico, con la
apariencia del Cristo en una pintura de Mantegna.
"No sé
por qué"
Es habitual que los
seguidores de un culto no conozcan la historia de la vida real
de su héroe, la verdad histórica. No resulta sorprendente
que los seguidores contemporáneos de Guevara, sus admiradores
poscomunistas, también se engañen a sí mismos
aferrándose a un mito? Excepto los jóvenes argentinos
que han creado una expresión que rima perfectamente en
castellano: "Tengo una remera del Che y no sé por
qué."
Consideremos algunas
de las personas que recientemente han esgrimido o invocado la
imagen de Guevara como modelo de justicia y rebelión ante
el abuso de poder. En el Líbano, los manifestantes que
protestaban contra Siria ante la tumba del ex primer ministro
Rafik Hariri enarbolaban la imagen del Che.
Thierry Henry, un jugador
de fútbol francés que juega para Arsenal, en Inglaterra,
se presentó en una fiesta de gala organizada por la FIFA,
la institución mundial del fútbol, con una remera
roja y negra con la imagen del Che.
En una reseña
reciente aparecida en The New York Times, sobre "Land of
the Dead", de George Romero, Manohla Dargis señaló
que "el mayor shock que esto provoca probablemente sea la
transformación de un zombi negro en un justo líder
revolucionario" y agregó: "Supongo que, después
de todo, el Che realmente vive".
Maradona exhibió
el emblemático tatuaje del Che en su brazo derecho durante
un viaje a Venezuela, donde se reunió con Hugo Chávez.
En Stavropol, en el
sur de Rusia, los manifestantes que denunciaban pagos en efectivo
a cambio de concesiones de asistencia social, tomaron la plaza
central enarbolando estandartes del Che.
En San Francisco, City
Lights Books, la legendaria cuna de la literatura beat, ofrece
a sus visitantes una sección dedicada a América
latina en la que la mitad de los estantes están ocupados
por libros del Che.
José Luis Montoya,
un oficial de la policía mexicana que combate el narcotráfico,
usa una muñequera del Che, porque lo hace sentir más
fuerte.
En el campamento de
refugiados de Dheisheh, en Cisjordania, los pósteres del
Che adornan un muro que rinde tributo a la Intifada.
Una revista dominical
dedicada a la vida social en Sydney, Australia, publica la lista
de los tres invitados más deseados para una cena: Alvar
Aalto, Richard Branson y el Che Guevara. Leung Kwok-hung, el rebelde
electo como miembro del Consejo Legislativo de Hong Kong, desafía
a Pekín usando una remera del Che.
En Brasil, Frei Betto,
el asesor del presidente Lula da Silva que está a cargo
del publicitado programa Hambre Cero, dice que "deberíamos
haberle prestado menos atención a Trotsky y mucha más
al Che Guevara".
Y en la ceremonia de
los premios Oscar de este año, Carlos Santana y Antonio
Banderas interpretaron la canción de "Diarios de motocicleta",
y Santana se presentó luciendo la remera del Che y un crucifijo.
Las manifestaciones
del nuevo culto al Che están en todos lados. Una vez más,
el mito provoca el entusiasmo de gente cuyas causas, en su mayoría,
representan exactamente lo opuesto a lo que era Guevara.
Ningún hombre
carece de cualidades que lo redimen. En el caso del Che Guevara,
esas cualidades pueden ayudarnos a medir la magnitud del abismo
que separa la realidad del mito. Su honestidad (más bien,
su honestidad parcial) hizo que dejara testimonio escrito de sus
crueldades, incluyendo cosas verdaderamente feas, pero no las
más feas. Su valor -que Castro describió como "su
manera, en cada momento difícil y peligroso, de hacer las
cosas más difíciles y peligrosas"- significó
que no vivió para hacerse plenamente responsable del infierno
de Cuba.
El mito puede decirnos
tanto sobre una época como la verdad. Y, por eso, gracias
a los testimonios del propio Che acerca de sus ideas y sus acciones,
y gracias también a su prematura desaparición, podemos
saber exactamente cuán engañados están tantos
de nuestros contemporáneos con respecto a tantas cosas.
Es posible que el Che
Guevara haya estado enamorado de su propia muerte, pero mucho
más enamorado estaba de la muerte de los demás.
En abril de 1967 resumió su idea homicida de justicia en
su "Mensaje a la Tricontinental": "El odio como
factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa
más allá de las limitaciones del ser humano y lo
convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina
de matar".
Sus escritos anteriores
también están condimentados con esta violencia retórica
e ideológica. Aunque su ex novia Chichita Ferreira dude
de que la versión original de sus diarios de viaje contengan
la observación "siento que mi nariz se dilata saboreando
el olor acre de la pólvora y la sangre del enemigo",
Guevara compartió con [su compañero en aquella aventura
Alberto] Granado esta exclamación: "¿Revolución
sin disparar ni un tiro? Estás loco".
En otros momentos los
jóvenes bohemios parecían incapaces de distinguir
entre la frivolidad de la muerte como espectáculo y la
tragedia de las víctimas de una revolución. En una
carta a su madre, de 1954, escrita en Guatemala, donde fue testigo
del derrocamiento del gobierno revolucionario de Jacobo Arbenz,
escribió: "Aquí estuvo muy divertido con tiros,
bombardeos, discursos y otros matices que cortaron la monotonía
en que vivía".
La disposición
anímica de Guevara cuando viajó con Fidel Castro
desde México hacia Cuba a bordo del Granma queda plasmada
en una carta a su esposa escrita en 1957 y publicada en el libro
Ernesto: Una memoria del Che Guevara en Sierra Maestra: "Estoy
en la manigua cubana, vivo y sediento de sangre".
Esa mentalidad había
sido reforzada por su convicción de que Arbenz había
perdido por no haber ejecutado a sus potenciales enemigos. En
una carta dirigida a su ex novia Tita Infante había observado:
"Si se hubieran producido esos fusilamientos, el gobierno
hubiera conservado la posibilidad de devolver los golpes".
No sorprende que durante
la lucha armada contra Batista, y luego de la entrada a La Habana,
Guevara matara o supervisara la ejecución, con juicio sumario,
de decenas de enemigos del pueblo comprobados, sospechosos y de
todos aquellos que se encontraban en el lugar equivocado en el
momento equivocado.
En enero de 1957, como
lo indica su diario de Sierra Maestra, Guevara mató a Eutimio
Guerra porque sospechaba que estaba pasando información:
"Acabé con el problema dándole un tiro con
una pistola del calibre 32 en la sien derecha? Sus pertenencias
pasaron a mi poder". Más tarde mató a Aristidio,
un campesino que expresó el deseo de abandonar la causa
cuando los rebeldes siguieron avanzando. Aunque se preguntó
si esta víctima "era de verdad suficientemente culpable
como para merecer la muerte", no tuvo reparos para ordenar
la muerte de Echavarría, hermano de uno de sus camaradas,
a causa de crímenes no especificados: "Tenía
que pagar el precio". En otros momentos simuló ejecuciones
sin llevarlas a cabo, como método de tortura psicológica.
"Ante la duda,
mátalo"
Luis Guardia y Pedro
Corzo, dos investigadores de Florida que trabajan en un documental
sobre Guevara, han conseguido el testimonio de Jaime Costa Vázquez,
un ex comandante del ejército revolucionario conocido como
"El Catalán", que sostiene que muchas de las
ejecuciones atribuidas a Ramiro Valdés, quien más
tarde se convertiría en ministro del Interior de Cuba,
fueron responsabilidad directa de Guevara, porque Valdés
estaba bajo sus órdenes en las montañas. "Ante
la duda, mátalo" eran las instrucciones del Che.
Según Costa,
en vísperas de la victoria, el Che ordenó la ejecución
de dos decenas de personas en Santa Clara, en el centro de Cuba,
adonde había llegado su columna como parte del ataque final
sobre la isla. Algunos fueron fusilados en un hotel, tal como
ha escrito Marcelo Fernández Sayas, otro ex revolucionario
que se hizo periodista, y quien agregó que entre los ejecutados
había campesinos que se habían unido al ejército
sólo para escapar al desempleo.
Pero "la fría
máquina de matar" no manifestó todo el alcance
de su rigor hasta que, inmediatamente después de la caída
del régimen de Batista, Castro lo puso a cargo de la cárcel
de La Cabaña. Era una fortaleza de piedra usada para defender
a La Habana de los piratas ingleses en el siglo XVIII; más
tarde se convirtió en una barraca militar. De una manera
que recuerda de forma escalofriante a Lavrenti Beria, Guevara
fue responsable, durante la primera mitad de 1959, de uno de los
períodos más oscuros de la revolución.
José Vilasuso,
abogado y profesor de la Universidad Interamericana de Bayamón,
en Puerto Rico, quien perteneció al cuerpo que estaba a
cargo de los procesos judiciales sumarios en La Cabaña,
me contó: "El Che dirigió la Comisión
Depuradora. El proceso se regía por la ley de la sierra:
tribunal militar de hecho y no jurídico, y el Che nos recomendaba
actuar con convicción. Es decir, con la convicción
de que todos eran asesinos y de que la forma revolucionaria de
proceder era ser implacables. Miguel Duque Estrada era mi jefe
inmediato. Mi función era legalizar profesionalmente la
causa y pasarla al ministerio fiscal, sin juicio propio alguno.
Se fusilaba de lunes a viernes. Las ejecuciones se llevaban a
cabo de madrugada, poco después de que la sentencia fuera
dictada y confirmada en forma automática por el cuerpo
de apelación. La noche más siniestra que recuerdo
se ejecutaron siete hombres".
Sin excepciones
Javier Arzuaga, el
capellán vasco que daba consuelo a los sentenciados a muerte
y que presenció docenas de ejecuciones, habló conmigo
desde su hogar en Puerto Rico. Ex sacerdote católico, ahora
de 75 años, recordó que en la cárcel de La
Cabaña "había 800 hombres hacinados en un espacio
pensado para no más de 300: militares batistianos o miembros
de algunos de los cuerpos de la policía, periodistas, empresarios
o comerciantes".
"El juez no tenía
por qué ser hombre de leyes; sí, en cambio, pertenecer
al ejército rebelde, al igual que los compañeros
que ocupaban con él la mesa del tribunal. Casi todas las
vistas de apelación estuvieron presididas por el Che Guevara.
No recuerdo ningún caso cuya sentencia fuera revocada en
esas vistas. Todos los días yo visitaba la «galera
de la muerte», donde permanecían los prisioneros
desde que eran sentenciados a muerte. Corrió la voz de
que yo hipnotizaba a los condenados antes de salir para el paredón
y que por eso se daban tan fáciles las cosas, sin escenas
desagradables, y el Che Guevara ordenó que nadie fuera
conducido al paredón sin que yo estuviera presente. Asistí
a 55 fusilamientos hasta el mes de mayo, cuando me fui. Eso no
quiere decir que no se siguiera fusilando. Herman Marks era un
americano, se decía que era prófugo de la Justicia.
Lo llamábamos «el carnicero» porque gozaba
gritando «pelotón, atención, preparen, apunten,
fuego».
"Conversé
varias veces con el Che para interceder por determinadas personas.
Recuerdo bien el caso de Ariel Lima, que era menor de edad, pero
fue inflexible. Lo mismo puedo decir de Fidel Castro, a quien
acudí también en dos ocasiones. Yo estaba muy traumatizado
y a fines de mayo me sentía tan mal que me ordenaron abandonar
la parroquia de Casa Blanca, dentro de cuyos límites se
encontraba La Cabaña y donde yo había celebrado
misa en los últimos tres años. Me fui a México
para un tratamiento. Cuando nos despedimos, el Che Guevara me
dijo: «Hemos fracasado los dos. Cuando nos quitemos las
caretas, seremos enemigos frente a frente»."
¿Cuántas
personas fueron asesinadas en La Cabaña? Pedro Corzo calcula
que alrededor de 200 personas, cifra similar a la que da Armando
Lago, un profesor de economía retirado que compiló
una lista de 179 nombres como parte de un estudio de ocho años
de duración sobre las ejecuciones en Cuba. Vilasuso me
dijo que fueron ejecutadas 400 personas entre enero y fines de
junio de 1959 (momento en el que el Che dejó de estar a
cargo de La Cabaña). Los cables secretos enviados por la
embajada estadounidense en La Habana al Departamento de Estado
en Washington hablaban de "más de 500".
Según Jorge
Castañeda, uno de los biógrafos de Guevara, un vasco
católico simpatizante de la revolución, el fallecido
padre Iñaki de Aspiazu, habló de 700 víctimas.
Félix Rodríguez, un agente de la CIA que fue miembro
del equipo que estuvo a cargo de la búsqueda y persecución
de Guevara en Bolivia, me dijo que, tras la captura, interrogó
a Guevara acerca de las "más o menos 2000 ejecuciones"
de las que había sido responsable durante su vida. "Dijo
que eran todos agentes de la CIA y no cuestionó la cifra",
recuerda Rodríguez.
El número más
alto posiblemente incluye las ejecuciones que se llevaron a cabo
durante los meses posteriores al momento en el que el Che dejó
de estar a cargo de la prisión. Y eso nos lleva de vuelta
a Carlos Santana y su muy chic remera del Che. En una carta publicada
en El Nuevo Herald el 31 de marzo de este año, el gran
músico de jazz Paquito D´ Rivera criticó a
Santana por su atuendo en la entrega de los Oscar, y añadió:
"Uno de esos cubanos fue mi primo Bebo, preso allí
por ser cristiano. El escuchaba desde su celda los fusilamientos
de muchos que morían gritando «¡Viva Cristo
Rey!»"
El Che, un megalómano
con ansias de poder
Obsesionado por los
controles, tuvo un rol clave para transformar a Cuba en un bastión
del totalitarismo
El deseo de poder del
Che tenía otras maneras de expresarse aparte del asesinato.
La contradicción existente entre su pasión por viajar
-una manera de protestar contra las restricciones oprimentes del
Estado- y su impulso por convertirse él mismo en un Estado
opresor resulta patética.
Cuando escribió
sobre Pedro de Valdivia, conquistador de Chile, Guevara reflexionaba:
"El pertenecía a esa clase singular de hombres que
la especie produce rara vez, en quienes el ansia de poder ilimitado
es tan extremo que para conseguirlo cualquier sufrimiento parece
natural". Podría haberse descripto a sí mismo
con esos términos.
En su vida adulta,
su megalomanía se manifestó a través del
impulso predatorio de apoderarse de la vida y la propiedad de
otros, aboliendo así su libre albedrío. En 1958,
después de tomar la ciudad de Sancti Spiritus, Guevara
intentó, sin éxito, imponer una suerte de sharia,
regulando así las relaciones entre hombres y mujeres, el
consumo de alcohol y las apuestas informales? un puritanismo que
no caracterizaba exactamente a su propio estilo de vida.
También ordenó
a sus hombres que robaran bancos, decisión que justificó
en una carta dirigida a Enrique Oltuski, uno de sus subordinados,
en noviembre de ese año: "Las masas oprimidas aceptan
robar los bancos porque no tienen ni una moneda". Esta idea
de revolución como una licencia para redistribuir la propiedad
tal como a él le parecería adecuado llevó
al marxista puritano a apoderarse de la mansión de un emigrante
después del triunfo de la revolución.
El impulso de despojar
a otros de sus propiedades y a reclamar la propiedad del territorio
ajeno fue un elemento central en la cruda política de poder
de Guevara. En sus memorias, el líder egipcio Gamal Abdel
Nasser registra que Guevara le preguntó cuántas
personas habían abandonado su país a causa de las
reformas. Cuando Nasser le respondió que no se había
ido nadie, el Che replicó, furioso, que la manera de medir
la profundidad de un cambio es por medio del número de
personas "que sienten que no hay lugar para ellos en la nueva
sociedad". Este instinto predatorio alcanzó su punto
más alto en 1965, cuando empezó a hablar, como si
fuera Dios, del "Hombre Nuevo" que él y su revolución
crearían.
La obsesión
del Che por el control colectivista lo llevaría a colaborar
en la formación del aparato de seguridad que se puso en
marcha para sojuzgar a seis millones y medio de cubanos. A principios
de 1959, se llevó a cabo una serie de reuniones secretas
en Tarará, cerca de La Habana, en la mansión a la
que el Che se había retirado temporalmente para recuperarse
de una enfermedad. Allí fue donde los dirigentes máximos,
incluyendo a Castro, diseñaron el Estado policial cubano.
Ramiro Valdés,
subordinado del Che durante la guerra de guerrilla, fue puesto
a cargo del G-2, un cuerpo organizado según el modelo de
la Cheka. Angel Ciutah, un veterano de la Guerra Civil española
enviado a los soviets que había estado muy próximo
a Ramón Mercader, el asesino de Trotsky, y que más
tarde cultivó la amistad del Che, desempeñó
un papel clave en la organización del sistema, junto con
Luis Alberto Lavandeira, quien había desempeñado
el cargo de supervisor en La Cabaña. El propio Guevara
se hizo cargo del G-6, el cuerpo encargado de adoctrinar ideológicamente
a las fuerzas armadas.
La oportunidad perfecta
La invasión
de Bahía Cochinos, respaldada por Estados Unidos en abril
de 1961, se convirtió en la ocasión perfecta para
consolidar el nuevo Estado policial, con el arresto de decenas
de miles de cubanos y una nueva serie de ejecuciones. Tal como
Guevara le dijo al embajador soviético Sergei Kudrivtsev,
los contrarrevolucionarios jamás volverían "a
alzar la cabeza". "Contrarrevolucionario" es el
término que se aplicaba a cualquiera que se apartara del
dogma. El sinónimo comunista de "hereje".
Los campos de concentración
eran una de las formas que el poder dogmático empleaba
para eliminar el disenso. La historia atribuye al general español
Valeriano Weyler, capitán general de Cuba a fines del siglo
XIX, haber empleado por primera vez el término "concentración"
para describir la política de cercar las masas de potenciales
opositores con alambres de púas y empalizadas. Qué
adecuado resulta que los revolucionarios cubanos retomaran esa
tradición autóctona más de medio siglo más
tarde.
Al principio, la revolución
movilizó voluntarios para construir escuelas y trabajar
en puertos, plantaciones y fábricas; exquisitas oportunidades
para fotos del Che estibador, el Che recolector de caña,
el Che obrero textil. Pero no transcurrió mucho tiempo
para que el trabajo voluntario se hiciera un poco menos voluntario:
el primer campo de trabajos forzosos, Guanahacabibes, se estableció
en el oeste de Cuba a fines de 1960. Así es como el Che
explicó la función que cumplía este método
de reclusión: "A Guanahacabibes se manda a la gente
que no debe ir a la cárcel, la gente que ha cometido faltas
a la moral revolucionaria de mayor o menor grado... Es trabajo
duro, no trabajo bestial".
Este campo fue el precursor
del posterior confinamiento sistemático, que empezó
en 1965 en la provincia de Camagüey, de disidentes, homosexuales,
católicos, testigos de Jehová, sacerdotes afro-cubanos
y otra escoria semejante, bajo el estandarte de las Unidades Militares
de Ayuda a la Producción. Apiñados en ómnibus
y camiones, los "ineptos" eran transportados a punta
de pistola a los campos de concentración organizados según
el modelo de Guanahacabibes. Algunos nunca regresarían,
otros serían violados, golpeados o mutilados; y casi todos
quedarían traumatizados de por vida, tal como lo reveló
al mundo un par de décadas atrás el desgarrador
documental de Néstor Almendros, Improper Conduct.
Así, la revista
Time tal vez no dio del todo en el blanco en agosto de 1960, al
describir la división del trabajo de la revolución
en una nota de tapa que asignaba al Che Guevara la función
de "cerebro" y a Fidel Castro el "corazón"
y a Raúl Castro el "puño". Pero esa interpretación
reflejaba el rol crucial desempeñado por Guevara en la
transformación de Cuba en un bastión del totalitarismo.
El Che era un candidato
improbable a la pureza ideológica, dado su espíritu
bohemio, pero durante los años de entrenamiento en México
y el siguiente período de lucha armada en Cuba emergió
como el ideólogo comunista infatuado con la Unión
Soviética, para gran incomodidad de Castro y de otros que
eran esencialmente oportunistas dispuestos a usar los medios que
fueran necesarios para llegar al poder. Cuando los revolucionarios
en ciernes fueron arrestados en México en 1956, Guevara
fue el único que admitió que era comunista y que
estaba estudiando ruso. Durante la lucha armada en Cuba, forjó
una fuerte alianza con el Partido Socialista Popular (el partido
comunista de la isla) y con Carlos Rafael Rodríguez, un
elemento clave de la conversión al comunismo del régimen
de Castro. Esta tendencia al fanatismo convirtió al Che
en un eje vital de la "sovietización" de esa
revolución que tantas veces se había jactado de
su carácter independiente.
Al borde de la guerra
Muy pronto después
de que los barbudos llegaron al poder, Guevara tomó parte
de las negociaciones con Anastas Mikoyan, el viceprimer ministro
soviético que visitó Cuba. Se le confió la
misión de promover las negociaciones cubano-soviéticas
durante una visita a Moscú a fines de 1960. Su segundo
viaje a Rusia, en agosto de 1962, fue aún más significativo,
porque selló el pacto que convertiría a Cuba en
una cabeza de playa nuclear soviética. Se reunió
con Khrushchev en Yalta para ultimar detalles de una operación
que ya se había iniciado y que involucraba la instalación
de cuarenta y dos misiles soviéticos, la mitad de los cuales
estaban equipados con cabezas nucleares, así como lanzamisiles
y 42 mil soldados. Tras presionar a sus aliados soviéticos
con el riesgo de que los Estados Unidos se enteraran de lo que
estaba ocurriendo, Guevara consiguió que le garantizaran
la intervención de la marina soviética? En otras
palabras, que Moscú estaba dispuesto a ir a la guerra.
Según la biografía
de Guevara escrita por Philippe Gavi, el revolucionario había
alardeado de que "por defender sus principios, este país
está dispuesto a arriesgarlo todo en una guerra atómica
inimaginablemente destructiva".
Inmediatamente después
de que terminó la crisis misilística cubana -cuando
Khrushchev renegó de la promesa hecha en Yalta y negoció
un acuerdo con Estados Unidos a espaldas de Castro, que incluía
el retiro de los misiles estadounidenses de Turquía-, Guevara
le dijo a un diario comunista británico: "Si los misiles
hubieran permanecido en Cuba, los hubiéramos usado, dirigiéndolos
hacia el corazón mismo de los Estados Unidos, incluyendo
Nueva York, para defendernos de la agresión". Y un
par de años más tarde, en las Naciones Unidas, fue
fiel a sus principios: "Como marxistas, hemos mantenido que
la coexistencia pacífica entre naciones no incluye la coexistencia
entre explotadores y explotados".
Guevara se distanció
de la Unión Soviética en los últimos años
de su vida. Lo hizo por razones erróneas, acusando a Moscú
de ser demasiado blanda ideológica y diplomáticamente,
por hacer demasiadas concesiones. En octubre de 1964, un memorando
escrito por Oleg Daroussenkov, un funcionario soviético
cercano al Che, cita estas palabras de Guevara: "Pedimos
armas a los checos; nos rechazaron. Después se las pedimos
a los chinos; dijeron que sí pocos días después,
y ni siquiera nos cobraron, diciendo que no se le venden armas
a un amigo". En realidad, Guevara estaba resentido por el
hecho de que Moscú les pedía a los otros miembros
del bloque comunista, incluyendo Cuba, algo a cambio de la colosal
ayuda y el respaldo político que les prestaba.
Su ataque final contra
Moscú se produjo en Argel, en febrero de 1965, en una conferencia
internacional, donde acusó a los soviéticos de haber
adoptado la "ley del valor", es decir, el capitalismo.
Su ruptura con los soviéticos, en suma, no fue un grito
de libertad. Fue un aullido al estilo de Enver Hoxha exigiendo
la subordinación total de la realidad a una ciega ortodoxia
ideológica.
EL CHE, ANTÍTESIS
BRUTAL DE ALBERDI
El gran revolucionario
tuvo una posibilidad de poner en práctica su visión
económica -su idea de justicia social- como director del
Banco Nacional de Cuba y del Departamento de Industria del Instituto
Nacional de Reforma Agraria a fines de 1959, y desde principios
de 1961, como ministro de Industria. El período en el que
Guevara estuvo a cargo de casi toda la economía cubana
fue testigo del colapso casi total de la producción azucarera,
el fracaso de la industrialización y la introducción
del racionamiento en el que había sido uno de los cuatro
países latinoamericanos más exitosos en el terreno
económico desde antes de la dictadura de Batista.
Su período al
frente del Banco Nacional, durante el que imprimió billetes
firmados "Che", ha sido resumido así por su segundo,
Ernesto Betancourt: "Encontré en el Che una ignorancia
absoluta de los principios más elementales de la economía".
La capacidad de percepción de Guevara con respecto a la
economía mundial fue célebremente expresada en 1961,
durante una conferencia hemisférica en Uruguay, donde predijo
un crecimiento del 10% en Cuba "sin ningún temor",
y para 1980, un ingreso per cápita mayor que el de "Estados
Unidos hoy". De hecho, para 1997, el trigésimo aniversario
de su muerte, los cubanos vivían con una dieta de dos kilos
de arroz y medio kilo de porotos por mes, 120 gramos de carne
dos veces al año, 120 gramos de pasta de soja por semana
y cuatro huevos por mes.
La reforma agraria
les quitó la tierra a los ricos, pero se la dio a los burócratas,
no a los campesinos. (El decreto fue redactado en la casa del
Che.) En nombre de la diversificación, el área cultivada
se redujo, y la mano de obra fue derivada a otras actividades.
El resultado fue que entre 1961 y 1963, la cosecha se redujo a
la mitad, apenas 3,8 millones de toneladas métricas. ¿Este
sacrificio fue justificado por el progreso de la industrialización
en Cuba? Desafortunadamente, Cuba no disponía de materias
primas para la industria pesada y, como consecuencia de la redistribución
revolucionaria, no tenía una moneda sólida para
comprarlas? y tampoco tenía siquiera productos básicos.
Para 1961, Guevara
tenía que dar incómodas explicaciones a los funcionarios
del gobierno: "Nuestros camaradas técnicos de las
empresas han fabricado una pasta dentífrica? que es tan
buena como la anterior, limpia lo mismo, aunque al cabo de un
tiempo se convierte en piedra".
Para 1963, se abandonaron
todas las esperanzas de industrializar Cuba, y la revolución
aceptó su rol de abastecedor colonial de azúcar
del bloque soviético a cambio de petróleo para cubrir
sus necesidades y revender a otros países. Durante las
tres décadas siguientes, Cuba sobreviviría gracias
a un subsidio soviético que oscilaba entre unos 65.000
y 100.000 millones de dólares.
Tras haber fracasado
como héroe de la justicia social, ¿Guevara se merece
un lugar en los libros de historia como genio de la guerra de
guerrillas? Su mayor logro militar en la lucha contra Batista
-la captura de la ciudad de Santa Clara después de haber
emboscado un tren cargado de refuerzos- ha sido seriamente cuestionado.
Numerosos testimonios indican que el comandante del tren se rindió
de antemano, tal vez después de aceptar un soborno.
Inmediatamente después
del triunfo de la revolución, Guevara organizó ejércitos
guerrilleros en Nicaragua, la República Dominicana, Panamá
y Haití, todos los cuales fueron aplastados. En 1964, envió
a la muerte al revolucionario argentino Jorge Ricardo Masetti,
convenciéndolo de que debía lanzar un ataque contra
su país natal desde Bolivia, justo en el momento en que
se había restaurado en la Argentina la democracia representativa.
Particularmente
desastrosa fue la expedición al Congo en 1965. Guevara
apoyó a dos rebeldes -Pierre Mulele en el Oeste y Laurent
Kabila en el Este- en su lucha contra el perverso gobierno congoleño,
apoyado por Estados Unidos, así como por mercenarios sudafricanos
y exiliados cubanos. Guevara pasó la mayor parte de 1965
ayudando a los rebeldes en el Este, antes de abandonar el país
ignominiosamente. Luego, muy pronto, Mobutu llegó al poder
e instaló una tiranía que duró décadas.
Desastre en Bolivia
En Bolivia,
el Che fue derrotado nuevamente, y por última vez. Interpretó
erróneamente la situación local. La reforma agraria
se había realizado años atrás, el gobierno
había respetado a muchas de las instituciones de las comunidades
campesinas, y el ejército, a pesar de su nacionalismo,
mantenía
proximidad con los Estados Unidos. "Las masas campesinas
no nos ayudan nada", fue la melancólica conclusión
que Guevara consignó en su diario de Bolivia. Peor aún,
Mario Monje, el líder comunista local, que no tenía
estómago para la guerra de guerrillas después de
haber sido humillado en las elecciones, condujo a Guevara a un
lugar vulnerable en el sudeste del país. Las circunstancias
de la captura del Che en el barranco Yuro fueron, como casi toda
la expedición a Bolivia, cosas de amateur.
Guevara era sin duda
audaz y valeroso, y rápido para organizar la vida sobre
una base militar en los territorios bajo su control, pero no era
el general Giap. Su libro "Guerra de guerrillas" enseña
que las fuerzas populares pueden derrotar a cualquier ejército,
que no es necesario esperar las condiciones adecuadas porque un
foco insurreccional (o un pequeño grupo de revolucionarios)
pueden crear esas condiciones, y que la lucha debe desarrollarse
primordialmente en zonas rurales. Sin embargo, el ejército
de Batista no era un ejército, sino una corrupta banda
de matones sin motivación y con poca organización,
y los focos guerrilleros, con la excepción de Nicaragua,
terminaron con los foquistas reducidos a cenizas.
En las últimas
décadas del siglo XIX, la Argentina tenía el segundo
índice de crecimiento del mundo. En la década de
1890, el ingreso real de sus trabajadores era mayor que el de
los trabajadores suizos, alemanes y franceses. En 1928, el país
ocupaba el lugar número doce en el mundo por su PBI per
cápita. Ese logro, que las generaciones siguientes arruinarían,
se debía en gran medida a Juan Bautista Alberdi. Al igual
que Guevara, a Alberdi le gustaba viajar: recorrió a pie
las pampas y los desiertos del Norte a los 14 años, hasta
llegar a Buenos Aires. Al igual que Guevara, Alberdi se opuso
a un tirano, Juan Manuel de Rosas.
Al igual que Guevara,
Alberdi tuvo la oportunidad de ejercer influencia sobre un líder
revolucionario en el poder? Justo José de Urquiza, que
derrocó a Rosas en 1852. Y, al igual que Guevara, Alberdi
representó al nuevo gobierno viajando por el mundo, y murió
en el extranjero. Pero a diferencia del antiguo y nuevo mimado
de la izquierda, Alberdi jamás mató una mosca. Su
libro "Bases y puntos de partida para la organización
de la República Argentina" fue el cimiento de la Constitución
de 1853, que limitó el gobierno, abrió el comercio,
estimuló la inmigración y garantizó el derecho
de propiedad, inaugurando así un período de 70 años
de asombrosa prosperidad. No se entrometió en los asuntos
de otras naciones, oponiéndose a la guerra contra Paraguay.
Su imagen no adorna el abdomen de Mike Tyson.
Por Alvaro Vargas Llosa
Para LA NACION
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