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A los treinta años de su muerte hay cierta curiosa urgencia
por saber quién fue realmente el Che Gevara, qué
ideas se alojaban bajo su emblemática boina, o cómo
era su peculiarísima visión del mundo. De ahí
el aluvión de artículos que inunda la prensa y la
media docena de biografías oportunamente puestas a la venta
en todas las librerías del planeta. Es algo así
como la exhumación del cadáver para practicar la
autopsia
definitiva. ``Chemanía'', le ha llamado a este fenómeno
un periodista cubano.
¿Contribuye
esta Chemanía a la mayor gloria del médico/guerrillero
cubano-argentino? No lo creo. Al Che le iba mejor en los carteles
que en los papeles que van apareciendo. Por un paradójico
mecanismo de iconofagia, probablemente sin pretenderlo, el Che
se apropió de la más reconocible imaginería
cristiana y la puso al servicio de su cruzada revolucionaria.
Ese es el secreto de la famosa foto de Korda, en la que aparece
un Che vivo y conspirando, con aquella mirada desafiante de Cristo
colérico después de arrojar a los mercaderes del
templo, a la que luego se suma, su imagen final, ya muerto, con
el torso desnudo, flaco, acostado en una mesa, con una expresión
extrañamente plácida, como si acabaran de bajarlo
de la cruz para descansar eternamente a la diestra de dios Lenin.
Por eso los
humilde campesinos bolivianos de la remota zona en la que lo ajusticiaron
se apresuraron a rezarle y a ponerle flores a la fotografía.
Ninguno lo ayudó en la aventura guerrillera, ninguno se
le sumó, cien lo delataron, nadie entendía aquella
rarísima jerigonza marxista-leninista, pero cuando una
y otra vez aparecieron las imágenes en la prensa, funcionaron
los viejos mecanismos reflejo de la idolatría. Dios te
salve, Che Guevara.
A los pocos meses de su muerte comenzaron a ponerle velas y a
pedirle que le aliviara el dolor de vientre a la abuela postrada
en una cama. Y para mayor inri, hasta desapareció el cadáver.
El juicio histórico ha sido equivocadamente generoso con
Guevara. La `Chemanía' ignora la crueldad, el dogmatismo,
los fracasos del guerrillero. Con la prosa el asunto se ve desde
otra perspectiva. El periodista Jon Lee Anderson, por ejemplo,
acaba de publicar un magnífico tomazo de ochocientas páginas
--Che: a revolutionary life-- absolutamente objetivo, en el que
los abrumadores datos que revela y los testimonios que aporta,
incluidos los de los familiares y amigos del Che, inevitablemente
conducen a formular en cualquier lector imparcial una opinión
muy negativa del aventurero argentino. ¿Cómo era
la personalidad del Che? Fue, en esencia, una persona inteligente
y amante de la lectura, a caballo entre el intelectual y el hombre
de acción, pero --al mismo tiempo-- inflexible, rígida,
petulante, dogmática, incapaz de admitir puntos de vista
diferentes, siempre dispuesta a despreciar al adversario.
De origen familiar absolutamente burgués, sin embargo le
regocijaba escandalizar a su entorno social. Por su estudiado
desaliño --se cambiaba de camisa una vez a la semana--,
de joven mereció el calificativo de ``El Cerdo''. Odiaba
tanto los convencionalismos, las jerarquías, la estratificación
y las normas habituales de comportamiento que, sin advertirlo,
acabó odiando los fundamentos mismos de la sociedad de
su tiempo y se propuso participar activamente en su demolición.
¿Por qué era tan injusto y pernicioso el mundo en
el que le había tocado vivir?
¿Por qué había tantos pobres y desheredados
de la fortuna? La respuesta la encontró el Che Guevara
en el catecismo de los revolucionarios latinoamericanos de su
tiempo: la culpa la tenían los norteamericanos, el odiado
imperialismo, y sus lacayos y aliados de la burguesía local.
Y, naturalmente, cuando tales creencias encajaron en su peculiar
sicología, se mezclaron con algunos simplistas papeles
extraídos de la vulgata marxista, y fueron rematados con
la certeza de que el planeta se movía hacia un radiante
destino comunista, la consecuencia resultó inevitable:
el Che devino un convencido estalinista de los pies a la cabeza.
Tanto, que en algunas de sus cartas íntimas no vacila en
firmar ``Stalin II''.
Es cierto que a mediados de los 60, tras sus incursiones guerrilleras
en Africa, el Che terminó por chocar públicamente
con la Unión Soviética, pero --como se desprende
del libro-- ese encontronazo fue por las malas razones, no por
las buenas. Lo que el Che censuraba de Moscú no era la
falta de libertad, ni los gulags, ni la minuciosa irracionalidad
económica del sistema comunista, sino la falta de apoyo
decidido a los movimientos revolucionarios armados. El Che jamás
dijo o escribió una palabra de condena al totalitarismo,
y mucho menos cuestionó las supuestas bondades del marxismo.
Sus conflictos con la URSS --o los que tuvo con Castro-- siempre
fueron de orden estratégico, nunca éticos, político-doctrinales.
Era, y fue hasta su muerte, más estalinista que el propio
Stalin. La observación es importante, porque la percepción
general de la figura del Che ha sido mucho más benévola
que la que, en verdad, merecía.
¿Por qué ese juicio extremadamente generoso? También
por las malas razones. Porque fue un hombre valiente dispuesto
a morir en defensa de sus creencias, algo que --por ejemplo--
también podía decirse de Hitler o de Mussolini.
O porque fue un hombre honrado que no aceptó privilegios
y siempre estuvo dispuesto al sacrificio, pero esa coherencia,
que siempre es apreciable, sólo puede juzgarse en relación
con los objetivos que se obtienen y con los medios que se utilizan.
La reciente guerra civil en lo que fuera Yugoslavia está
llena de ejemplos de abnegados patriotas serbios que lo sacrificaron
todo, incluida la vida, con el objeto de aniquilar con la mayor
saña posible a sus enemigos bosnios. El ``caso'' del Che
debe servir, precisamente, para aprender la más importante
lección moral que jamás deben olvidar los adultos:
los juicios éticos sobre la actuación de las figuras
públicas nunca deben formularse sobre las intenciones que
abrigaron, sino sobre los medios empleados y sobre los fines obtenidos.
Lograr un mundo más justo --como el que presumiblemente
quería el Che-- podía ser una aspiración
legítima, pero si fundamentó su esfuerzo en el error
intelectual --el marxismo--, si recurrió a la violencia
y al crimen para conseguirlo, y si en el camino contribuyó
al establecimiento de una atroz y empobrecedora dictadura, ninguna
persona honesta puede exonerarlo de sus gravísimas responsabilidades.
No fue, simplemente, un profeta fracasado. Fue un hombre profundamente
equivocado que hizo muchísimo daño por defender
sus ideas atrabiliarias. Eso lo prueba este libro fríamente
demoledor.
© Firmas Press
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