Escurridizo y con el temor
de ser atacado en cualquier momento. Así es Frank.
Fue en sus días de esplendor juvenil un carcelero obediente
hasta la ferocidad. Ahora, algunas décadas después,
es asiduo visitante de una iglesia evangélica, donde entre
salmos y alabanzas -como en el estribillo de una canción
de salsa- "le pide al Señor que lo cuide".
Con el mismo fervor con que hoy predica la Verdad de Cristo, años
atrás castigaba sin misericordia a los reclusos de la cárcel
en que oficiaba como uno de los más acalorados guardianes
del orden interior.Eran aquellos años anteriores a las esposas
y la tonfa -el temible bastón plástico-. A los reos
se les golpeaba con cabillas o con las finas cadenas con las que
serían amarrados.Por espeluznante parece increíble,
pero este hombre cuenta todo eso con gran naturalidad.
La del actor y a la vez espectador que lo ha visto todo. Hay en
las cárceles cubanas un pequeño local a la entrada
de los penales al que jocosamente llaman chocolongo. Allí
ubican al recluso horas antes de entrar definitivamente a su celda
y por haber sido construido justo en la entrada, es visto por todos
los que pasan.
Es la oportunidad que muchos aprovechan para ensañarse verbalmente
con el recién llegado. En el mejor de los casos, algunos
le hacen preguntas sobre "cómo está la cosa allá
afuera".También cuenta Frank que hay momentos de gran
tensión en los cuales se conceden horas libres para el "tranqueo"
o la paliza permitida.
A los demasiado rebeldes o muy problemáticos, o sencillamente
los que se atreven a protestar por algo, les esperan a una hora
y en un lugar fijo para el castigo de rigor, y casi siempre terminan
en celdas apretadas, de dos por dos metros, donde sólo puede
verse el sol -abren la rejilla- una vez por semana.
Si en aquellos tiempos Frank se jactaba de la barbarie de la cual
era activo protagonista, hoy eleva cada día sus plegarias
a Dios. Sabe que anda mucha gente por ahí suelta, apaleada
en su momento, que podría reconocerlo. "Son días
para meterse en la casa y no salir", dice, y es para creerle
a pie juntillas.
Está viejo y gastado por los años. El reuma le ata
un pie y la rodilla izquierda. El tiempo le roe las entrañas.
Siente que la vida pasa ahora más lentamente, como un tren
antiguo, de vapor. Él se queda tenso y se acuesta mirando
el techo de su cuartico, como esperando lo peor. Aún así,
busca la paz interior y piensa que hablando con Dios puede sacarse
del cuerpo los demonios que un día llevó dentro.
Fue testigo presencial de un traslado masivo de reclusos hacia la
cárcel de máxima seguridad de Kilo 8, en Camagüey,
considerada de "régimen especial" por la oficialidad
y de "se me perdió la llave" por la mayoría
El que allí entraba no salía, o por lo menos, no salía
ileso. Lo hacía después de años de palizas,
escarmientos y todas las brutalidades que han sido continuamente
negadas por el gobierno.Cuando llegaban allí los reos, los
formaban frente a una escuadra uniformada, los desvestían,
los enviaban a ducharse y mojados y perdidas sus mínimas
pertenencias para siempre, los obligaban a pasar por un estrecho
pasillo donde eran salvajemente golpeados.
Sólo tenían visitas una vez al año, les entregaban
la correspondencia dos veces al año y no tenían derecho
al pabellón conyugal.Ahora que han salido a la luz las fotos
de abusos a prisioneros iraquíes, publicadas a toda página
en varias ediciones del periódico Granma y reiteradas una
y otra vez por la televisión cubana en sus espacios estelares,
para Frank resulta un alivio poder desprenderse de lo que lleva
oculto y en silencio durante tanto tiempo.
"Tal vez alguien me ataque por ahí, quizás otros
ni me recuerden", repite con evidente resignación. Y
aunque se sienta sucio por la culpa, piensa que Dios lo va a redimir
del temor a sus enemigos.
Tomado de Encuentro
en la Red.
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