CAMINO DE LA CÀRCEL
Por Martha Beatriz Roque


Tomado de Encuentro en la Red

La preparación

Quizás sea porque una intuye las cosas, pero hacía varios días que sabía que la
prisión estaba cerca. Aunque un oficial que estuvo en casa a detener a un visitante
y disidente de la provincia de Villa Clara, con su habitual prepotencia
me lo dijo. Poniéndome la mano encima del hombro, en una postura de frescura
total, Michel —así decía llamarse— anunció: «Tienes los días en la calle contados», e incluso planteó que iba a matarme.
No sería correcto que me refiriera a una sola parte de la historia, porque también una llega a cansarse de tantas humillaciones. Le contesté: «Por favor, quítame la mano de encima, que a mí me tocan los hombres que me gustan».
Y por si hubiera parecido poco, con la mayor sangre fría posible añadí: «En el informe, ponle a tu jefe que me asustaste mucho, que si me pregunta le digo que sí».
Eran días de mucha tensión: en los alrededores de mi casa, habían aparecido anuncios donde se decía que yo arreglaba cualquier tipo de efecto electrodoméstico, las 24 horas del día. Las pancartas estaban hechas en computadora y varios amigos me ayudaron a arrancarlas de los lugares donde estaban puestas.
La provocación no se hizo esperar, un hombre tocó a mi puerta solicitando
una liga de grabadora. Sin abrirlo, le contesté que eso era un error, que yo
no arreglaba nada. Pero el supuesto cliente se enfureció y dio patadas a la puerta hasta cansarse, diciéndome todo tipo de insultos; después cayó en el error de comentar que, con tantas canas en el cabeza, no me daba pena hacer papeles para burlarme de las personas.
¿Qué don particular le permitía a aquel hombre, que no me había visto nunca y que lo estaba separando de mí una puerta cerrada, saber que yo tenía canas?
El sábado, un poco después de la una de la madrugada, a la hora en que
se termina la segunda película por televisión, mis vecinos, que salían de mi
casa, encontraron en la puerta de la suya algo que les llamó la atención. Una muñeca de tela, con el nombre mío puesto delante, la boca cosida por un alfiler y las manos esposadas a la espalda. Una forma «oscura» de predecir el futuro. Pensé: «los muchachos de la Seguridad tienen tiempo para todo».
El día 15 de julio ya era más evidente. Delante de mi propia casa, la persona que en la cuadra tenía la misión «monitorearme», anotaba. Supongo que sería una información sobre la hora en que entraba y salía y la cantidad depersonas.
Ya avanzada la noche tocó a mi puerta «la doctora de la familia»; traía
una excusa tonta, pero un objetivo único: saber si estaba sola; me lo preguntó tres veces. Como estaba tan nerviosa, para mí fue evidente que le dieron la tarea de averiguar. ¡Pobre mujer! Así pagó la posibilidad de viajar fuera del país.
Faltaban diez minutos para las 5 de la mañana cuando golpearon la puerta.
Pregunté por la ventana ¿quién es? Sabiendo perfectamente la respuesta.
Un oficial de la policía política me mostró su carné con tres letras: dse.

El registro
La orden de registro estaba a nombre del capitán Manuel Pérez, que resultó ser, entre todos, el único profesional. Además avalaba el nombre de tres oficiales, pero llegó un momento en que dentro de mi pequeño apartamento había ocho de ellos.
El colmo del ridículo fue el uso de una cámara de vídeo para filmar el
refrigerador por dentro. Todo parece indicar que sus «informantes» infiltrados en la disidencia los desinformaron diciéndoles que encontrarían algo así como «el arca de Noé».
Las vecinas que se presentaron para ser «testigos» del registro por el cdr
(Comité de Defensa de la Revolución) fueron Elsa, una enfermera retirada y Nidia, médica veterinaria. A pesar de la vinculación de ellas con la medicina, se deshumanizaron completamente, pues en un momento en que me sentí mal, tuve que chequearme la presión arterial yo misma. Ni siquiera hicieron el intento por brindarse para hacerlo. Como si yo fuera un ser apestado.
Anécdotas de las más de cinco horas que estuvieron en mi casa, hay
muchas, pero quiero sólo referirme a éstas:
Un oficial, de los tres que estaban en la lista, tomó uno de los documentos
que habíamos redactado, lo comenzó a leer en silencio, pero haciendo
comentarios sobre el mismo. En un momento infeliz me preguntó: ¿es ésta la basura que ustedes escriben? Ni corta ni perezosa aproveché para decirle:
«Cuando tú seas instructor me podrás interrogar, ahora sólo eres tripulante de un patrullero y no tienes esas posibilidades».
Todo lo que incautaban lo contaban, incluyendo los lápices y libros. Uno
de ellos estaba sentado en el piso, con una caja de bolígrafos y anotando en un papel.
El otro tomó en sus manos una revista Encuentro y le dijo: libro Encuentro; yo lo rectifiqué y le dije: «eso no es un libro, sino una revista». Él me replicó diciendo: «yo soy el que escribo y pongo lo que quiero». Mi respuesta no se hizo esperar: «Yo soy la que firmo y no lo voy a hacer si dice libro».
Eran entradas las once de la mañana, al parecer ya la prensa internacional
acreditada en Cuba tenía la noticia de que habían detenido a mis otros tres hermanos de causa. Todos estaban muy apurados por terminar, pero aún el acta de ocupación estaba a medias.
Entró en la casa, uno de esos oficiales «pepillo» e insolente se recostó en mi escaparate de espaldas, con el pie derecho puesto sobre él, y me dijo: «¿por qué no llamas a uno de esos contrarrevolucionarios amigos tuyos para que se queden aquí en la casa terminando el registro?». Sin hacer el menor caso a su pregunta le contesté: «quita el pie sucio de mi escaparate, que es una de las pocas propiedades particulares que me dejan tener».
A partir de ese momento el capitán Manuel Pérez prohibió que entrara alguien más a la casa.
Pero sufrí también otra humillación, la mujer que trajeron para que me
acompañara dentro de mi cuarto mientras me cambiaba de ropa para irme, me obligó a desvestirme y asearme delante de ella; son cosas muy íntimas, difíciles de hacer en presencia de otra persona, lo que resultó para mí degradante.
Ya en la sede de la policía política, la antigua Villa Maristas, mientras me
recogían las pertenencias personales, pasaron por detrás de mí las señoras que participaron en el registro. La veterinaria iba diciendo: «¡Qué va, a mí no me cogen más para esto!»
.
La celda
Un médico joven, pero muy militar, me tomó la presión. Al parecer la tenía
alta. Me dijo que necesitaba un meprobamato. Yo me negué. Entonces trajeron todos los documentos que faltaban por relacionar y comenzaron a hacerlo delante de mí en una pequeña oficina con un aire acondicionado muy fuerte.
Al terminar me llevaron a la carpeta donde entregué el reloj, el anillo, las
llaves de la casa y el monedero. Tendrían que pasar casi tres años para que los volviera a ver.
Inmediatamente se hizo cargo de mí una mulata de pelo largo —con un
marcado acento oriental— que me llevó a retratar, tomar las huellas dactilares y a desnudarme para hacer posteriormente cuclillas. ¡Todo un rito!
Terminado esto, poner las manos detrás, siempre allí dentro tuve que
caminar así, y fuimos por un largo pasillo oscuro, que tenía al final una cámara de televisión enfocándonos. Dijo un número y se abrió la reja que nos dejaría pasar por una angosta escalera donde apenas veía los escalones. Llegamos a otra reja, nuevamente el número. Me ordenó ponerme de frente a una pared y agachar la cabeza, mientras ella conversaba con otro oficial.
Seguimos a través de un pasillo y después otro a la izquierda y de nuevo
otra escalera, ésta muy iluminada. Cada vez que cambiábamos el rumbo, o sea doblábamos o subíamos debía pegarme a la pared sin mirar a ningún lugar.
Finalmente llegamos a la entrada principal de las celdas de las mujeres, aquí la primera reja abría a la voz del número 13, dicha por un intercomunicador que hay en cada puerta. Después pasamos a un pequeño hall entre dos rejas, que cuando se abrió me permitió ver una puerta con el número 73, esa sería mi casa por espacio de 4 meses.
Pero, ¡cuál fue mi sorpresa al encontrarme adentro tres mujeres semidesnudas!
Una señora de unos 60 años gorda tirada en una esquina del piso,
quien después resultó ser la dominicana Pipa, una joven trigueña de unos 25 años, la balsera Ideana y una mujer con cara de haber sufrido mucho y como de unos 32 años, la cubanoamericana Ileana.
De todo este proceso ése fue mi momento más difícil. Reaccioné inmediatamente cuando un oficial abría la pequeña ventana de la celda, de unos 15 centímetros por ambos lados, para entregarme el uniforme y un pequeño cartoncito con el número 237 053, a partir de ese momento debía responder a este número, ya no me llamaría más por mi nombre.
No tuve que preguntar, Pipa me dijo: «Aquí hace mucho calor y no dejan
tener nada aquí dentro, ni ajustadores siquiera, sólo los bloomers y el uniforme, pero como es de esa mezclilla tan caliente, nos quedamos así.
Efectivamente, aquella celda de unos 3,5x4 metros, con tres literas adentro no tenía ni siquiera una ventana, me acababa de percatar que estaba en una tapiada.
En lo alto, casi llegando al techo, había una especie de ranuras pero, por fuera, tenían como un bota aguas, que no permitía entrar ni la luz del sol.
En el baño había un tanque con agua. Las detenidas, que era el nombre
que nos daban, me informaron que a veces pasaban 3 o 4 días sin entrar el agua, por lo que había que ahorrarla. Y para beber, entregaban un pomo de aproximadamente un litro a la hora del almuerzo y otro a la comida. En la pared, donde estaba la puerta, había 4 bombillos de luz fría de 1 metro de largo cada uno y tenían detrás un papel plateado para resaltarla más. No se apagaban las 24 horas del día.
No tuvo que pasar mucho tiempo para que entrara en el nudismo. Resulta
exagerado, pero si en el medio de las 3 literas se tiraba un huevo, se podía freír.
Antes de que transcurrieran 2 horas, mis nuevas compañeras en la vida me contaron sus historias, yo permanecí con Pipa hasta que me trasladaron para el Manto Negro (Prisión de mujeres de Occidente).