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A SANGRE FRÌA
Por José Miguel Torres Calero
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Tomado de Encuentro en
la Red.
El sábado 3 de septiembre de 1966, fue asesinado con crueldad
enfermiza y
alevosía, Julio Tang Texier, de 29 años vecino del
barrio obrero de Luyanó en
la ciudad de La Habana. De origen humilde y talabartero de profesión,
poseía
un voluminoso historial revolucionario. Había militado en
el Movimiento 26
de Julio bajo las órdenes de Bernardo Corrales que, posteriormente,
fue fusilado
en La Cabaña por el Gobierno de Castro. En el Ejército
Rebelde Julio
alcanzó el grado de teniente pero, convencido de que la revolución
por la
que había luchado tomaba un rumbo totalitario-comunista,
se unió de nuevo
al capitán Corrales y a un grupo de ex compañeros
descontentos, que fundaron
el Movimiento Demócrata Martiano. El Chino Tang, como se
le conocía,
era un mestizo de chino y mulata, de eterna sonrisa, sencillo y
amable. Militante
de la Juventud Obrera Católica (joc), se desempeñaba
como activista
dentro de la prisión.
El aciago día, el bloque estaba trabajando contiguo a un
caserío llamado
Moscú por la cantidad de soldados que vivían en él,
cerca de Nueva Gerona, y
frente a una obra en construcción con trabajadores civiles.
Alrededor de las doce del día, el militar jefe del bloque,
conocido como
La Pinta, amonestó al recluso Rufino Valdés Montano,
porque llevaba
mucho rato amolando la guataca. De regreso a la línea de
trabajo, le dijo a
Julio que tirara la guataca con más fuerza. El personal estaba
trabajando
parejo y el Chino continuó tirando el instrumento al mismo
ritmo. La Pinta
se puso histérico y comenzó a gritar: «¡Tira
la guataca con más fuerza!, ¡tira
la guataca con más fuerza!», mientras el Chino, con
paciencia oriental hacía
caso omiso de sus palabras. Entonces La Pinta le pidió el
azadón y lo conminó
a arrancar la hierba con las manos. Tang lo miró con firmeza
y le contestó
que no lo haría. Inmediatamente, el cabo Licho Arcia Rojas,
que ya se
encontraba en la escena, la emprendió a bayonetazos (de Sprinfield)
contra
el indefenso preso, que a duras penas los esquivaba con ambos brazos.
En
ese momento intervino el jefe del bloque y lo golpeó con
el azadón en la
región sacrolumbar; el Chino cayó al suelo y el cabo
Arcia se apresuró en
ponerle la rodilla en la espalda y una llave de estrangulación
en el cuello,
acto seguido le clavó la bayoneta en el muslo, haciendo girar
repetidamente
la hoja, cuando la extrajo, Julio emitió un gemido y salió
por la herida un
chorro de sangre.
El bloque completo esgrimió sus guatacas y avanzó
hacia donde se encontraba
tendido Tang. Simultáneamente el cordón comenzó
a disparar sus
armas por sobre nuestras cabezas; junto a los disparos de los rifles
se oían las
ráfagas de tres ametralladoras calibre 50 de trípode.
Sin pensarlo dos veces
cargamos al Chino y lo colocamos en la cama de un camión
militar. Cuando
depositamos el cuerpo, la sangre brotó de nuevo con fuerza.
Llegó muerto al dispensario del reclusorio que quedaba a
unos tres kilómetros
de distancia.
Lo mataron delante de mí... y no pude hacer nada.
Pendiente de un hilo
Durante la etapa del trabajo forzado, nuestras vidas siempre estuvieron
pendientes
de un hilo, dado el poco respeto que se tenía por la vida
humana. El 9 de diciembre
de 1966 se produjo un tiroteo de enormes proporciones en el que
mataron a
Eddy Álvarez Molina y Danny Crespo, hiriendo también
de bala
a René González Guerra.
Estábamos regando abono en la finca El Abra, cerca de Nueva
Gerona. La
primera pareja que llenó el jolongo, tomó un surco
que estaba bastante cerca
del cordón y uno de los custodios le disparó. Ahí
mismo empezó un fuego
cruzado, que atrapó al propio sargento y a los cabos del
bloque que empezaron
a gritar tratando de detener aquel tiroteo. Los cabos estaban aterrorizados,
pero entre los presos se produjo una reacción sorpresiva
e inconcebible
para personas ajenas a la dinámica humana que se vivía
en los bloques de trabajo
forzado: los presos no nos tiramos al suelo; los tiros cruzando
y los presos
de pie. Los cabos nos gritaban desde el suelo diciendo que estábamos
locos y
hubo respuestas muy originales, en especial un grito muy claro de
José Candelario
que recuerdo perfectamente: «No nos tiramos al suelo porque
nos roncan
los cojones y hay que matarnos parados».
La balacera se mantuvo bien cerrada sus tres o cuatro minutos. Al
terminar
los disparos, los presos empezaron a coger palos, piedras, lo que
hubiera,
y los cabos se dividieron tratando por una parte de controlar a
los guardias
del cordón y por otra a nosotros, hasta que vimos a los heridos
desangrándose
y la cordura se impuso.
Inmediatamente, Alberto Walsh, Lionel Rodríguez y José
Candelario
hablaron con el jefe del bloque y le dijeron muy enérgicamente,
pero controlando
el tono y el sentido de las palabras, que los compañeros
heridos no se
podían quedar allí y que nosotros íbamos a
sacarlos de todas maneras. Los
cabos respondieron que no había camiones disponibles y nuestra
respuesta
fue que los íbamos a cargar y salir a la carretera para detener
algún vehículo,
que le garantizábamos que nadie se iba a fugar, y que si
no nos creían, ya
podían empezar a disparar porque íbamos a cruzar el
cordón. Así lo hicimos y
logramos finalmente detener un camión y colocar los heridos
en el mismo;
por supuesto, nadie se fugó.
Minutos más tarde, llegaron alrededor de cien guardias y
varios oficiales
armados para combatir, incluyendo dos tanquetas.
En el camino hacia el presidio murió Eddy y el 25 de diciembre
falleció
Danny.
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