| Que
la situación se ha tornado propicia para el mantenimiento de la dictadura
en Cuba, pocos lo dudan. Que las circunstancias sean adecuadas para Raúl
y sus generales en sus afanes sucesorios (con vistas a amasar fortunas tranquilamente
en un nuevo sistema de capitalismo de estado) --medio chino medio criollo-- salta
casi a la vista. Que el panorama internacional sirva a las pretensiones hegemónicas
de la familia Castro en Cuba, nadie lo puede negar. Y que ahora Raúl pretenda
dar un poco de pan al pueblo de Cuba --nunca libertad-- lo doy por descontado.
En momentos que las Damas de
Blanco se quejan por el abandono internacional ante su justa causa, a pesar de
haber sido galardonadas con el Premio Sajarov. Cuando la Unión Europea
se presta a levantar las sanciones impuestas a la dictadura cubana por una represión
que lejos de cesar se ha incrementado. Difícil es de ver desembarcar en
la Habana a la Canciller mexicana con un mensaje de paz y amor a la dictadura
que los desprecia. Complicado es digerir el criterio oficial colombiano mediante
el cual nuestro verdugo se evalúa positivamente como jugando un papel
positivo en su conflicto interno. Desagradable es leer que el Chile democrático
acaba de aprobar un Acuerdo de Libre Comercio con Cuba, o ver a la Santa Sede
emitiendo señales inequívocas de cercanía a la dictadura
que la critica, así como ver reelegirse al equipo gobernante español
que ha apoyado al dictador económica y políticamente, para no pronosticar
el triunfo de un gobernante pro Castro en las elecciones de Estados Unidos. Y
así por delante. Sin
embargo, el hecho que constatemos esas tristes realidades (graves para el futuro
de la Nación democrática) no significa que los opositores cubanos
debamos iniciar un proceso para desvirtuar la naturaleza del régimen que
ha oprimido a Cuba el último medio siglo. Digo desvirtuar, porque la esencia
del marxismo que los anima (a pesar de su fracaso) es el oportunismo, ampliamente
expuesto en sus postulados teóricos, a los que no han renunciado.
Surgen declaraciones bien intencionadas
que tienden la mano al opresor. Se escriben artículos de fondo con muchas
razones esgrimidas para justificar el acercamiento. Se organizan reuniones llenas
de cantos de sirena que nos llaman a la cordura. Pero,
¿donde está
el gesto que nos indica la voluntad de cambios políticos de la dictadura?
¿Cual es el indicador de que el acercamiento --razonable si hay reciprocidad--
es correcto, y hay un dictador receptivo? Las
dudas lógicas surgen de un hecho incontestable: la dictadura lleva ahora
la mejor parte. Ganó inicialmente la guerra contra la juventud democrática
cubana a inicios de los sesenta y gana ahora la paz de un país traumatizado
y entristecido, cuya juventud prefiere los ecos del escape balsero a la lucha,
y una sociedad envejecida que aprendió con el hambre a obedecer.
¿Cómo es que pretendemos
imponerle condiciones de negociación a una dictadura marxista que está
convencida de su éxito, y más convencida aún de nuestro fracaso?
Hurgemos en la esencia de sus razonamientos, escritos de manera elocuente y profusa
en la ideología marxista: La supuesta tolerancia del enemigo ahora,
después de vencido, es debilidad. ¿Será que tienen
razón? y a pesar de que pensemos honestamente en negociar, ¿no será
debilidad real? Las
circunstancias políticas cubanas tienen un símil en la situación
política colombiana, sólo que de signo contrario. En Colombia las
fuerzas comunistas (FARC y ELN) están virtualmente derrotadas y por eso
insisten en negociar, llegando incluso, después de la muerte de dos de
sus más altos comandantes, a expresar que eso no es escollo para
la negociación. ¿Dónde está la dignidad de esta
banda de secuestradores y narcotraficantes que nadie quiere? ¿Es ese el
espejo de negociaciones de los cubanos demócratas con una dictadura que
no se ha movido un milímetro de su posición de opresión,
ordeno y mando, a pesar de su fracaso económico? Personalmente
sería partidario de negociar con el régimen si hubiera una señal
clara, y/o una convocatoria que reconozca al menos que seremos escuchados como
oposición. Lo que no podemos los demócratas cubanos-- (otros
podrán hacerlo sin lógicamente decirse patriotas o demócratas,
quizá llamándose intelectuales sensibles, o algo por el estilo)
es aceptar ir a un callejón sin salida, en el cual legitimaríamos
a una dictadura que carece de voluntad política. Insisto
en el carácter marxista de la dictadura. No estamos ante un dictador como
Pinochet, que prometió irse si perdía el plebiscito, y se fue, a
costa del posterior encarcelamiento y escarnio por todo lo alto, lo que constituye
una lección más de lo que nunca debe hacer una dictadura.
Personalmente firmaría
todas las proclamas apaciguadoras. Rubricaría todos los perdones y aceptaría
condiciones en cualquier campo, siempre que existan razonables probabilidades
de resolver el trauma cubano. Pero, ¿de quienes parten las propuestas de
negociar? ¿De los perdedores (nosotros), o de los victoriosos (la dictadura)?
La oposición política no tiene evidentemente condiciones de negociar
nada, incluso porque no ha habido receptividad ninguna en ese campo, donde la
dictadura (marxista) se considera plenamente victoriosa. El
drama cubano ya dura medio siglo y muchos carecen de la capacidad de comprender
el momento de negociar. No es perdiendo en la lucha que se debe ceder (si existen
condiciones para vencer en el futuro) incluso hasta porque el contrario que gana,
arrebata sin que necesite que cedamos. Por eso, no ha llegado el momento de pisotear
lo poco que tenemos, dignidad. No
es un patrioterismo barato lo que impulsa estos razonamientos. No es el camino
épico del sacrificio inútil lo que trato de mostrar. Es la simple
rendición por cansancio que tanto duele al corazón de la patria
cubana, justo cuando es evidente la equivocación del camino que la dictadura
tomó con todo un pueblo cautivo, oprimido, hambriento y extenuado. Hay
que resistir. Es
difícil escribir mostrando un camino para el cual no hay futuro a la vista,
ni razonamientos que demuestren lo inmediato de una victoria a corto plazo. Sin
embargo, para ser perdonados por los verdugos que nos desprecian, siempre habrá
tiempo. No es el momento de empeñar el honor. Hacerlo sería enarbolar
Bandera Blanca ante la opresión, la desidia y el desprecio.
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