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"War is an ugly thing, but not the ugliest of things; the
decayed and degraded state of moral and patriotic feeling which
thinks nothing worth a war, is worse. A man who has nothing which
he cares more about than he does about his personal safety is
a miserable creature who has no chance at being free, unless made
and kept so by the exertions of better men than himself."
John Stuart Mill
Uno de los problemas
más palpables que enfrenta el cubano en el ámbito
informativo, es la falta de expertos y profesionales que puedan
dar una idea de la sociedad que actualmente habita el archipiélago.
Conocer la sociedad que se intenta reformar es imperativo y hasta
ahora, nadie se ha ocupado seriamente del asunto. Los mal llamados
cubanólogos, generalmente entrevistados en la televisión
y la radio del exilio, no son otra cosa que individuos, la mayoría
de las veces, magistralmente desinformados. El espectáculo
que dan es tan ridículo, que diera risa si no fuera por
lo delicado del asunto. En Cuba por su parte, van Cardenales y
fariseos (gobierno y disidentes) a la par, todos implorando el
perdón y confiando en la civilidad ciudadana.
Por un lado, tenemos
a estos politólogos expertos en tomaduras de pelo que salieron
de Cuba hace tantos años que casi podríamos considerarles
como "extranjeros". Son gente literalmente culta, medida,
demócrata y políticamente correcta, pero que ignoran
la involución moral que a afectado a nuestra población
durante los últimos 47 años de totalitarismo marxista.
Sin embargo, por mucho que le cuenten los recién llegados,
no vale como el haberla vivido en carne propia y a nivel del pueblo.
Por el otro, están los quedaditos recién llegados,
casi todos altos miembros de la nomenclatura estalinista y que,
por enviciamiento político, creen que el pueblo es una
masa de cobardes lobotomizados que continuará obedeciendo
órdenes, aún después de la muerte de Castro.
Aquellos que hemos
vivido en Cuba durante los primeros 30 años de la revolución,
y en contacto continuo con el pueblo y sus necesidades vitales,
contamos con un antecedente nada despreciable que los anteriores
ni siquiera reconocen: crecimos en la doble moral junto a los
que allá todavía viven y, aunque el sistema económico
en el exilio nos la ha desactivado, somos capaces de comprender
a los que en Cuba se han quedado. Si Iván Karamasov (de
Dostoevsky) hubiera aprendido de las atrocidades sociales cometidas
por el régimen de Castro en todo el mundo, jamás
habría pensado en el ser humano como un animal "artísticamente
cruel". Creo más bien, que hubiese pensado en el sadismo
de los cubanos para catalogar las atrocidades de los turcos en
Bulgaria.
De acuerdo a una fuente de toda mi confianza dentro del MINSAP,
un 11 % de los hombres jóvenes del país son los
responsables de casi un 89 % de los actos violentos reportados
a la policía. "Hombres jóvenes" son aquí,
todos aquellos que tengan entre 15 y 30 años de edad. Según
esta misma fuente, Cuba ha perdido más de 100'000 personas
en homicidios (datos no publicados) en los últimos 47 años.
La causa -me explica este psiquiatra- se debe a que la gente trataba
de sobrevivir a expensas incluso, de hacerle daño al vecino
más cercano. Más de un 80% de los jóvenes
cubanos (incluyendo ambos sexos) han fantaseado alguna vez con
matar a gente que ellos detestan. La lista es encabezada de manera
invariable por Fidel Castro y luego, por aquellos que les han
humillado en público, miembros los del CDR y las brigadas
de respuesta rápida, y al final por sus rivales amorosos.
La trágica experiencia
de Angola es uno de los ejemplos que permiten explicar cómo
la revolución inculcó al pueblo que el genocidio
humano es moralmente más tolerable que un asesinato pasional.
El boxeador Stevenson (héroe deportivo de Castro, pero
impotente en su intimidad después de un errado tratamiento
de hormonas) llegó a poner una bomba debajo del carro del
amante de su esposa sin que el gobierno tomara represalias contra
él. Personas intentando abandonar Cuba en una embarcación
robada fueron fusiladas sin piedad, mientras que los sádicos
de las campañas africanas eran condecorados y elevados
a la categoría de héroes. Recordemos a los 3 negritos
y a los felizmente defenestrados hermanos de la Guardia.
Si uno crece en un
país en el que los nuevos vecinos son impuestos por el
gobierno en el vecindario, ninguno nos resultará atractivo
y mucho menos simpático. Si uno va a una escuela donde
el maestro es manipulador y autoritario, uno se desarrollará
como un estudiante chulo y oportunista. Y si usted crece y cuenta
con la evidencia de que robar es la única manera de sobrevivir,
usted terminará siendo un ladrón elogiado por su
propia familia. Y si usted rechaza el sometimiento, cada vez le
resultará más difícil y peligroso continuar
en libertad. En fin, si usted llega a darse cuenta de la porquería
en la que vive, cada día estará más decidido
a no producir en beneficio de esa sociedad que le delata. Por
ende, el cubano no ha desarrollado ningún nivel de ética
y su generosidad dista mucho de ser un regalo de moralidad adquirida.
Sobrevivir es más
importante que gozar y el cubano ha devenido un experto en percatarse
que una semana puede pasarse sin disfrutar del sexo, más
no sin un plato de comida. A la misma vez, el autoengaño
(practicado por un temor bien fundado durante más de 4
décadas) es otra de las razones que ha hecho que la moralidad
sea cada día menos atractiva, o haga ocasionalmente más
daño que beneficio. Casi 50 años ha estado Castro
echando a pelear a los cubanos entre sí. ¿Cuántos
hermanos como Caín y Abel conoce usted? Yo conozco miles,
más imagino que los cubanólogos de Radio y TV Martí
no. Y no sólo sé de Caínes y Abeles, sino
de Jacobos y Esaus, de Oedipus y Laius, de Michaeles y Fredos,
de Frasiers y Niles, de Josephs y sus hermanos, de Lears y sus
hermanas, o Hannahs y sus hijas, todos cubanos.
Como si se tratara
de un catálogo humano de odio y drama es posible mirar
hoy al pueblo de Cuba sin temor a equivocarnos. Y no sólo
de odio nacional, sino de odio provincial, de odio municipal,
de odio comunal, de odio vecinal, y hasta de odio familiar. A
qué punto llegó el desdén y la desidia, que
aquellos fantoches que llamaban a Camagüey "república
camagüeyana" fueron los primeros en aceptar dividirla
a cambio de una parcela de poder y muchos de ellos aún
están en el Partido. ¿Y que me dicen de los de Oriente,
o los de la otrora inmensa y hoy menguada provincia de Las Villas?
Lo mismo ocurrió con nuestra familia y con nuestros mejores
amigos. Sin una verdadera posibilidad de considerarlos un tesoro
personal frente a las autoridades del dogma, nos quedamos hasta
sin la dicha de su compañía.
Si sólo una
perrita en Suiza fuese privada de sus cachorros antes del tiempo
que establece la ley helvética, una multa insoportable
para el salario caerá sobre el criador de la maltratada
criatura. Pero cuando cientos de miles de mujeres son privadas
en Cuba de los fetos que portan en sus úteros, y cuando
esto se hace por decreto estatal, en vez de multiplicar en cientos
de miles la indemnización a las víctimas, los observadores
lo consideran un "logro social". Así es que ha
devenido "normal" y ha llegado a ser incluso defendido
el aborto en la Cuba de hoy. Peor, algunos abogan en la actualidad
por la libertad de una macabra doctora que si mal no recuerdo
fue en su día parte de aquella inhumana política.
Se llama Hilda Molina, pero en Argentina alguien la llama ahora
"abuelita" y el exilio se estremece de ternura.
Y es el que el pueblo
de Cuba lleva 47 años siendo maltratado de esa manera y
cuando usted se burla de un pueblo y lo humilla, lo explota, o
lo obliga a vivir en las condiciones más miserables, puede
que haya quién perdone, pero siempre habrá alguno
que no. Sólo la gente que no padece las ofensas termina
por evaporar su compasión, más eso no quiere decir
que logren evaporar el deseo de revancha popular. En el exilio
por el contrario, todos tenemos la fortuna de vivir en una sociedad
que más bien que mal funciona, y en la que nadie quiere
pasarse el derecho ajeno por los forros porque, como en Suiza,
la mayoría del pueblo vive armado y tratar de cambiar las
cosas por capricho social, pudiera llevar al reformista a un feo
atolladero.
Entonces, ¿qué
pasa si de pronto el pueblo de Cuba se ve un día sin Castro?
¿Seguirá la clase de oficiales medios (entre Capitán
y Teniente Coronel), las órdenes de sus odiados Generales?
¿Se sumará el pueblo, de manera puntual a posibles
alzamientos locales en las casernas? Y sí las cosas se
van de las manos, ¿cuántos arsenales hay en Cuba
a la disposición del pueblo? ¿No estaban ahí
listos para garantizar "la guerra de todo el pueblo"?
Si se fijan, no he cuestionado sobre la tendencia a la agresividad
social, porque creo que se trata de una ciudadanía cuya
mitad está harta de las denuncias y los abusos que le ha
inflingido la otra mitad y los problemas de Cuba, no son de testosterona
(eso son sólo problemas de algunos cubanos en Suecia),
sino de discriminación, y extrema pobreza.
Yo sé que los
cubanólogos más autorizados sueñan con una
transición a la española, pero el pueblo cubano
no es un pueblo ignorante y por ello, lo doy por descartado. Sé
que los recién llegados sueñan con una sumisión
popular infinita, pero tampoco, porque no creo que al cubano,
llegado el momento, le resulte placentero que se rían en
su cara. El marxismo es un dogma definitivamente agotado en Cuba
y por tanto, descarto al 90% de su mal llamada disidencia. El
país próspero que una vez fue nuestra patria lo
adoptó y quebró, y la ambición de sus líderes
los hizo déspotas totalitarios y asesinos en masa. ¿Va
el pueblo a aceptar que liberales del exilio se pongan en contubernio
con los ex-comunistas reciclados? Mi opinión es que no.
La creencia de que
la democracia es fácilmente entronizable en Cuba es una
utopía repetida hasta la saciedad por ambos tipos de cubanólogos
y "expertos". La triste realidad es que, a pesar de
las "garantías" de que "sólo ellos
saben los métodos que nos puedan conducir a una democracia
sin violencia", la realidad es que no tienen ni p
idea
de lo que están diciendo. Cuba está llena de armas
y el pueblo cubano sabe cómo usarlas. Con el odio que existe
en Cuba y con las armas que de pronto pueden caer en manos de
ese pueblo, no hace falta ni el empujoncito malintencionado de
una cizaña. Estoy seguro que comenzar a matar y empezar
a construir balsas será un ejemplo de sincronización
humana científicamente desconocido.
El pueblo cubano lleva
casi 5 décadas exhibiendo una agresividad selectiva (censurada)
nunca antes vista en nuestra historia republicana. Negarlo, sería
negar que en la Cuba comunista no hayan existido actos de repudio,
encarcelamientos arbitrarios, abuso de poder a todos los niveles,
robos a mano armada por parte de la propia policía, violaciones
repetidas y seducciones miserables a mujeres de opositores políticos,
crimines de guerra fuera de nuestras fronteras, abusos estatales
contra los particulares, asesinatos de toda índole, interrupciones
de embarazo por intereses económicos, y desapariciones
por causas políticas. Los niños de las escuelas
cubanas no necesitan de ningún video-juego agresivo para
violar a sus profesoras, necesitan, como cualquier otro individuo
de aquella población, sólo una dosis más
de frustración.
En un e-mail de intercambio
con el hijo de Huber Matos yo le explicaba que en Cuba es imposible
predecir con certitud nada, pues una encuesta es inviable. En
cambio, si creo posible hacer alguna predicción semi-estadística.
Supongamos que yo quiera predecir el nivel de agresividad del
cubano y que para ello base mi predicción en el grado de
descontento y frustración individual que experimenta su
población actual. Entonces veo que hay un 80% que fantasea
alguna que otra vez con matar a alguien, y un 11% que se ha encargado
de cubrir el 90% de la criminalidad nacional. ¿Qué
queda? Un 9% de gente que yo dividiré entre hombres (3.5%)
y mujeres (5.5%) sin potencial violento, pero la mayoría,
son ya mayores de edad.
Si yo predigo que el
cubano potencialmente agresivo habita en el cuerpo de un 91% de
una población capaz de apretar un gatillo y trato de entrevistarles
tantas veces como guste y de manera aleatoria, lo más seguro
es que me tropiece con un 91% de casos que me den la razón.
Entonces, estamos hablando de un error del 9% en el nivel de credibilidad
para cuando la figura agresivo-paralizante de Castro haya desaparecido.
Si a esto agregamos que yo me crié 31 años en aquella
barbarie, y no que soy un oportunista tratando de convencer a
alguien para que de fondos económicos a mi cruzada política,
entonces no estaré muy lejos de la realidad. La pregunta
adecuada sin embargo no es la que yo he propuesto en el título,
porque no se trata de saber si habrá o no agresividad tras
la muerte de Castro, sino cómo haremos para detenerla.
Carlos Wotzkow
Bienne, Noviembre 10, 2006
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