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LOS TRES EJES EN LA POLÍTICA DEMOCRÁTICA EN CUBA:
OPOSICIÓN INTERNA-EXILIO; IZQUIERDA-DERECHA; EUROPA-EUA
por Jorge Hernández Fonseca

 

Cuanto más débil se presenta el tambaleante régimen dictatorial cubano, más arrecia su estrategia para aferrarse al poder absoluto que disfruta hace 45 años, estimulando y promoviendo las contradicciones existentes entre sus opositores políticos. Capítulos importantes de estas diferencias lo constituyen: la polémica entre los luchadores dentro de la isla y los exiliados, el diferendo entre EUA y Europa por su influencia en Cuba y la anticipada lucha política entre las tendencias de derecha e izquierda de los distintos grupos opositores.

Es innecesario decir que estas contradicciones benefician al dictador, que por haberse dedicado a la retórica de la difamación, ha perdido ya su capacidad de argumentar. Por ello - y como una contribución en este campo - se estima necesario hacer algunas consideraciones al respecto, con espíritu constructivo más que como un factor adicional de confrontación.

En las condiciones actuales, cuando Europa y EUA luchan sordamente por el control de la transición democrática en Cuba, un grupo de cubanos de dentro y fuera de la isla se empeñan en llevar al ‘ruedo nacional’ la diferencia existente entre los de “fuera” y los de “dentro”, mezclándolo con componentes ideológicos polarizados de la izquierda y la derecha.

La preocupación geopolítica con los intereses norteamericanos y europeos no debe enfocarse - por un lado - partiendo de los remanentes del espíritu antinorteamericano que la dictadura ha tratado de sembrar en nuestras mentes, o de los rencores contra Europa (España) derivados del uso que ha hecho de la debilidad económica por la que atravesamos, pactando con el dictador cubano el aparheit económico que actualmente padecemos. Este enfoque geopolítico debe ser un análisis maduro y objetivo, centrado en las consecuencias desfavorables que para la isla tendría una dependencia exterior que lesione y comprometa su futuro económico, político y comercial, o que tienda a frenar el establecimiento de una Cuba democrática, ya.

Toda esta situación se ha visto potenciada recientemente, cuando un alto funcionario del Departamento de Estado norteamericano exteriorizó el criterio - no se sabe si oficialmente - de que el exilio debería jugar un papel “instrumental” durante el proceso de transición. Casi en paralelo con lo anterior, una funcionaria de la Chancillería española expresaba en Madrid sus opiniones de cómo debería sucederse la transición cubana, pidiendo “cordura” al exilio.

Son las potencias en pugna por la isla, intentando controlar la fuerza cubana existente en el exterior, teniendo como equivocada hipótesis subyacente, que los cubanos del interior serían más fácilmente controlables por su historia de 45 años de sumisión. Irak demuestra lo contrario.

Nada en contra con que altos funcionarios de ambos gobiernos, representando las potencias en lucha por el control de la sucesión cubana, tengan criterios sobre el fin de la dictadura. Eso sin embargo no quiere decir que concordemos con lo expresado por ambos “observadores” (no muy imparciales) del acontecer político nacional y que actuemos con independencia de ambos.

En paralelo con este “ruido” externo al sistema libertario cubano actual, se recrudece la lucha de las posiciones políticas del futuro democrático cubano, materializándose ya - antes de tiempo - un diferendo perjudicial entre la “derecha y la izquierda” existentes hoy dentro de la oposición cubana, que tienden a nuclearse (no del todo) alrededor de las potencias en pugna.

Si sumamos el frente de lucha “dentro-fuera”, con los intereses geopolíticos de las potencias que aspiran a decidir el futuro de Cuba, mezclado con la divergencia de los intereses políticos “derecha izquierda”, tendremos el complejo panorama en el que se mueven los tres ejes principales sobre los que trabajan las líneas políticas opositoras cubanas actuantes hoy día.

El control de las manifestaciones argumentales y efectivas que Europa y EUA decidan ejecutar para garantizar sus objetivos en el futuro de la isla, está totalmente fuera de las posibilidades de la oposición cubana, a no ser el hecho elemental de tratar de evitar dar oxígeno a ese fuego. Armas en esta lucha lo constituyen el embargo, las inversiones europeas en Cuba, la autorización de viajes de norteamericanos a la isla y la normalización de relaciones con Europa.

Sin embargo, el ahondamiento de las diferencias “dentro-fuera” y la temprana y extemporánea lucha política “derecha izquierda” en el panorama político opositor, sí deberíamos minimizarla.

La confrontación “dentro-fuera” - en Cuba - carece de una base histórica. Nuestras guerras de independencia estuvieron libres de este corrosivo sentimiento. Martí, Maceo y Gómez, entre otros patriotas destacados, prepararon en el exilio la guerra necesaria. La lucha contra Machado provocó exilios forzados de personalidades - incluso mandadas a asesinar en el exterior por el dictador - que al fin de la dictadura fueron mártires de la causa, o no tuvieron limitaciones políticas en el panorama nacional. La lucha contra la dictadura de Batista por su parte se incubó en el exterior, desde donde llegaron a Cuba - en sucesivas expediciones marítimas y aéreas - luchadores por la implantación de una democracia, hoy traicionada.

Los méritos que acumulan los luchadores internos actualmente, sometidos muchos de ellos a crueles confinamientos en las cárceles de la dictadura, fueron previamente experimentados por una pléyade de luchadores exiliados - muchos de ellos involuntariamente - que no merecen ser descalificados por el simple hecho de tener que vivir, obligadamente en tierra ajena.

Vivir en Cuba actualmente no es - intrínsicamente - un mérito que pueda llevar a nadie a establecer una ventaja política cualitativa, a no ser un simpatizante enfermizo de la dictadura cubana. Vivir fuera del país tampoco constituye por si mismo un mérito fuera de la historia personal de cada cual. En ambos casos hay un gran universo, básicamente similar.

Se hacen conjeturas y propuestas meritorias sobre el mecanismo que finalmente destruirá la dictadura cubana, y de su “day after”. Se hacen planes opositores que profundizan la conciencia del pueblo cubano oprimido por años de desidia y miedo, marcando un camino hacia la libertad. Todos los esfuerzos tienen el mérito de formar parte del camino libertario. Sin embargo, la cruda realidad es que todavía no sabemos los nombres de los cubanos que iluminarán el futuro democrático de la isla, entregando su cuota de sacrificio y valentía en la verdadera hora cero.

Aquel militar cubano - o grupo de militares - callados, incógnitos, recogidos en su ostracismo producto de sus convicciones libertarias, que dará el grito final de libertad arrastrando consigo a toda la pléyade de fuerzas cubanas que darán fin al régimen de oprobio, nadie sabe quienes son, cuales serán sus nombres y que influencia decisiva tendrán en el futuro de la patria.

Los intentos de los “de fuera” por opacar nombres destacados “de dentro”, son respondidos desde dentro con similares muestras de inmadurez, colocando por escrito la necesidad del ostracismo del exilio en el momento decisivo. Nadie sabe como será ese momento y nadie podrá evitar que todos los cubanos seamos nuevamente iguales, resultando innecesario abundar sobre un derecho que tienen los exiliados desde que nacieron, como es innecesario que alguien dentro de la isla espere a recibir la bendición, o incluso órdenes desde el exterior.

El control de la transición, si bien es pretendido desde las dos potencias hegemónicas actuantes - ambas con mayores posibilidades económicas y militares que los cubanos - no es posible de ser prevista en toda su magnitud e impacto, por eso estimamos pueril continuar con la letanía innecesaria, gastando esfuerzos precisos en descalificarnos unos a otros.

La lucha contra las tendencias de izquierda y derecha serían más fácil de administrar antes del futuro democrático por venir, si los extremos de ambas alas estuvieran exentos - en el caso de la izquierda - de los remanentes de la influencia de la dictadura actual - la conocida posición “fidelismo sin Fidel” - y en su extremo derecho, de su pretendido plan de anexión. Sin embargo, con todas estas fuerzas hay que contar también para continuar la lucha. Todos somos cubanos.

Nadie es dueño de la verdad y lo único que no debemos es descalificarnos por pensar con cabeza propia, aunque tengamos un sentimiento menos compartido políticamente que otros coterráneos, compañeros de luchas, que tienen su derecho a opinar como bien entiendan.

Basta de argumentos para descalificarnos, los “de dentro” o los “de fuera”, los de “izquierda” o de “derecha”. Lo que necesitamos son argumentos para darles a los hombres y mujeres que aguardan por nuestros razonamientos en el anonimato - dentro de las filas aparentemente monolíticas de la dictadura - para colocarlos a nuestro lado, escribiendo juntos el capítulo final que todos anhelamos. Sólo entonces estaremos en condiciones de enfrentar el reto de las potencias interesadas en la isla, sin el peligro de ir al debate con criterios divididos.