| La
libertad de expresión, si quiere ser verdadera, tiene que desplegarse sobre
todos y no ser prerrogativa ni dádiva de nadie. Tal es el caso. No se trata
de defender las ideas del Diario de la Marina; se trata de defender el derecho
del Diario de la Marina a expresar sus ideas. Y el derecho de miles de cubanos
a leer lo que consideren digno de ser leído. Por esa plena libertad de
expresión y de opción se luchó tenazmente en Cuba. Y se dijo
que si se comenzaba por perseguir a un periódico por mantener una idea,
se terminaría persiguiendo todas las ideas. Y se dijo que se anhelaba un
régimen donde tuvieran cabida el periódico Hoy, de los comunistas,
y el Diario de la Marina, de matiz conservador. A pesar de ello, el Diario de
la Marina ha desaparecido como expresión de un pensamiento. Y el periódico
Hoy queda más libre y más firme que nunca. Evidentemente
el régimen ha perdido su voluntad de equilibrio. Para
los que anhelamos que cristalice en Cuba, de una vez por todas, la libertad de
expresión. Para los que estamos convencidos de que en esta patria nuestra
la unión y la tolerancia son esenciales para llevar adelante los más
limpios y fecundos ideales, la desaparición ideológica de otro periódico
tiene una triste y sombría resonancia. Porque, preséntesele como
se le presente, el silenciamiento de un órgano de expresión pública,
o su incondicional abanderamiento en la línea del gobierno, no implica
otra cosa que el sojuzgamiento de una tenaz postura crítica. Allí
estaba la voz y allí estaba el argumento. Y como no se quiere, o no se
puede, discutir el argumento, se hizo imprescindible ahogar la voz. Viejo es el
método, bien conocido son sus resultados. He
aquí que va llegando a Cuba la hora de la unanimidad: la sólida
e impenetrable unanimidad totalitaria. La misma consigna será repetida
por todos los órganos publicitarios. No habrá voces discrepantes,
ni posibilidad de crítica, ni refutaciones públicas. El control
de todos los medios de expresión facilitará la labor persuasiva:
el miedo se encargará del resto. Y, bajo la vociferante propaganda, quedará
el silencio. El silencio de los que no pueden hablar. El silencio cómplice
de los que, pudiendo, no se atrevieron a hablar. Pero,
se vocifera siempre, la patria está en peligro. Pues si lo está,
vamos a defenderla haciéndola inatacable en la teoría y en la práctica.
Vamos a esgrimir las armas, pero también los derechos. Vamos a comenzar
por demostrarle al mundo que aquí hay un pueblo libre, libre de verdad,
donde pueden convivir todas las ideas y todas las posturas. ¿O es que para
defender la justicia de nuestra causa hay que hacer causa común con la
injusticia de los métodos totalitarios? ¿No sería mucho más
hermoso y más digno ofrecer a toda la América el ejemplo de un pueblo
que se apresta a defender su libertad sin menoscabar la libertad de nadie, sin
ofrecer ni la sombra de un pretexto a los que aducen que aquí estamos cayendo
en un gobierno de fuerza? Lamentablemente,
tal no parece ser el camino escogido. Frente a la sana multiplicidad de opiniones
se prefiere la fórmula de un solo guía y una sola consigna, y una
total obediencia. Así se llega a la unanimidad totalitaria. Y entonces
ni los que han callado hallarán cobijo en su silencio. Porque la unanimidad
totalitaria es peor que la censura. La censura nos obliga a callar nuestra verdad;
la unanimidad nos fuerza a repetir la mentira de otros. Así se nos disuelve
la personalidad en un coro colectivo y monótono. Y
nada hay peor que eso para quienes no tienen vocación de obedientes rebaños. |