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Resulta curioso que, después de la costumbre interiorizada
en la mente de cada cubano de relacionar la salud del dictador
Fidel Castro con las cualidades inherentes a un ser sobrenatural,
la versión oficial ofrecida por las autoridades del régimen
lo presenten ante la opinión pública con un cuadro
clínico extremadamente grave, como constituye un sangramiento
intestinal sostenido, aunque omiten dar el diagnóstico
de la enfermedad y solo se refieren a síntomas.
La noticia sobre la supuesta intervención quirúrgica
aguda a la que fue sometido el Máximo Líder y el
inesperado traspaso de poder a su hermano Raúl; provisionalmente
al frente del partido comunista, de las fuerzas armadas y del
gobierno, motiva diversas opiniones y vaticinios, tanto a nivel
nacional como internacional.
Entre las tantas posibilidades, cabe suponer que el Sr. Castro
a estas horas ya murió o está en estado crítico
irrecuperable, si se toma encuenta que jamás cedería
el poder concientemente, como lo ha demostrado durante estos 47
años de autoridad absoluta.
Es poco probable que la élite de las altas esferas del
gobierno se invente una historia macabra relacionada con toda
esta tragedia para garantizar una temprana sucesión
del poder, pues desde hace tiempo los cubanos asocian cualquier
posibilidad de cambios del sistema político con la desaparición
física del Sr. Fidel Castro.
Precisamente las ansias y la imperiosa necesidad de una transición
democrática exacerban el miedo que los dirigentes castristas
le tienen a la población cubana, por tanto, aunque se conoce
y la experiencia demuestra que ellos son especialistas en fabricar
mentiras, la falta de liderazgo de los sustitutos dinásticos,
así como la ilegitimidad del régimen pone en duda
que se esté en presencia de un ensayo donde posteriormente
reaparecerá el Gran Timonel.
Lo cierto es que un hecho de tanta trascendencia en la historia
de la revolución como la ausencia provisional
del Padre de la Nación, quien dirige y planifica desde
hace más de cuatro décadas la vida política,
económica y social de los cubanos, increíblemente
hasta ahora no ha merecido la intervención pública
de alguna de las principales figuras de la tiranía, incluido
su legítimo heredero.
Muchas son las incongruencias que acompañan a la situación
de salud del Sr. Castro, entre ellas, con sus ochenta años
y aquejado de una patología que implica serios riesgos
de muerte para cualquier persona pretender presentarlo preocupado
por la continuidad de su obra y disponiendo a su voluntad de los
destinos del país; caso insólito al compararlo con
otros ancianitos en esas condiciones de gravedad.
Tampoco se explica que, si como tratamiento la cirugía
intestinal es un procedimiento bastante agresivo en todos los
pacientes que se aplica, máxime si se opera de urgencia,
un día después circule un mensaje asegurando que
el Comandante Invencible está estable de su salud y que
se siente satisfactoriamente.
Las buenas noticias acerca de la evolución post-quirúrgica
ofrecidas por personeros de poca monta del régimen no justifican
que el tema de la salud del Sr. Castro constituya por mandato
oficial un secreto de estado, o que hayan suspendido las fiestas
populares en la Ciudad de la Habana y, menos aún, la movilización
de las tropas de la reserva militar y el estado de alarma combativa
de las fuerzas armadas y del ministerio del interior, que tiene
lugar a nivel de todo el territorio nacional.
Hasta ahora los medios de comunicación nacionales e internacionales
reflejan la dicotomía entre los festejos de la comunidad
de exiliados de Miami y la aparente tranquilidad con que se ha
tomado el acontecimiento de la cesión del poder en la Isla.
Sin embargo, es fácil comprender que detrás de la
disimulada calma la inmensa mayoría de los cubanos albergan
la esperanza de que el Sr. Fidel Castro ya no esté en el
reino de este mundo y de que por fin la sociedad cubana comience
el tránsito hacia la LIBERTAD.
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