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Caracas, 21 de mayo de 2006
Excelentísimo señor Embajador:
Debería usted
bien conocer que es de ética elemental el que un embajador
no se inmiscuya en los asuntos internos del país que le
acoge como huésped.
Sus insolentes declaraciones
sobre los médicos venezolanos, me obligan moralmente a
enmendarle.
El "sistema de
valores" que usted nos endilga, según el cual 'nuestra
intención al estudiar Medicina es obtener un título
y una acción en una clínica privada', además
de insultar nuestra dignidad, con aviesa intención nos
expone al desprecio público y nos desacredita
ante nuestros enfermos; después de todo, somos sus médicos
y con sus miserias todo cuanto poseen.
Usted emplea el procaz
lenguaje del Presidente de acá, para dividirnos en 'oligarcas'
y 'proletarios', epítetos éstos dichos para agraviarnos
y que nunca antes nadie utilizó.
Siendo antitípico
hablar en primera persona, debo expresarle que, como muchos de
mis colegas y aunque a usted le duela, recibí, EN LIBERTAD,
una excelente formación moral, ética y académica
que coloca al paciente como principio y fin del acto médico,
paradigma que he tratado de inculcar a mis numerosos alumnos.
Yo, como tantos, por
cerca de 40 años y por un magro sueldo, he trabajado con
tesón la mitad del tiempo en un hospital público,
a costo subsidiado con nuestro ejercicio privado. Este último
lo hemos ejercido como profesión liberal en clínicas
privadas, EN LIBERTAD,
con honestidad, mística y orgullo.
Pero además
debe usted saber que en lo personal he visitado Cuba en tres ocasiones.
No lo hice por curiosidad o turismo, y le confieso que no conozco
Varadero.
He sido y he continuado
siendo un invitado de sus médicos, y respecto a ellos,
nunca hice uso de cuanto vi u oí en su país. Su
irritante intromisión me indica que es tiempo de hacerlo.
En mayo de 1993, cuando
su gobierno al fin dio a conocer al mundo la epidemia que, a pesar
de sus adversas consecuencias, había mantenido en secreto
desde 1991 y amenazaba con dejar en la umbra visual a más
de 40 mil sufrientes, formé parte de una misión
humanitaria que visitó la isla. En compañía
de colegas cubanos y de diversas
procedencias, examiné personas afectadas, ayudé
a definir el paciente-tipo y a esclarecer las causas de lo que
se dio en llamar Neuropatía óptica Cubana, y que
en resumen -a despecho de que se haya invocado un factor multifactorial-
fue trasfondo de miseria y hambre.
En cinco ocasiones
me reuní con su Comandante para discutir estrategias diagnósticas
de la epidemia, hoy por cierto trocada en endemia.
En una de estas reuniones,
y aunque parezca una pretensión el decirlo, una de mis
colegas cubanas dijo públicamente que la neuro-oftalmología
cubana se dividía en dos períodos, antes y después
de las visitas docentes del doctor Muci.
A pedido de su Señor, hice mi último viaje a Cuba.
Les comuniqué todo cuanto sabía; guiados de mi mano
aprendieron nuevas técnicas, mis diapositivas fueron copiadas,
y mis charlas video, grabadas.
No pedí nada
a cambio. Mucho me fue ofrecido, pero el olvido es traicionero.
Una simple esquela de agradecimiento me fue regateada.
Regresé con
la satisfacción del deber cumplido y un rictus de dolor
al recordar la mirada famélica de mis colegas, trasunto
de hambre de LIBERTAD, hambre biológica, pero también
hambre intelectual al carecer de los instrumentos básicos
para adquirir conocimientos: libros y revistas científicas.
Mientras tanto, Cuba
exportaba su revolución con los dineros de un pueblo miserable.
Pude apreciar allí
dos clases de médicos. Unos, 'los olvidados' --a lo peor,
distanciados del partido comunista--, que ocupan los escaños
más bajos de la pirámide médica sin
esperanzas de ascender. Ésos no asistieron a mis charlas.
En mi universidad asisten a mis cursos, en LIBERTAD y por libre
albedrío, quienes así lo deseen, sean médicos,
estudiantes y aún miembros de otras profesiones.
La otra clase, que
llamaré 'la nomenclatura' --los ubicados en el vértice--,
tenían acceso a la escasa tecnología y eran celosos
guardianes de los libros, depositarios del poder que da el conocimiento.
Ésos, privilegiados
del sistema, tienen acceso a los banquetes, y viajan al exterior
con dólares olvidando a aquellos pobres colegas que se
quedaron en casa.
La sociedad cubana
es una sociedad triste donde se habla calladito para no ser escuchados
por el Estado policial, donde se asciende siendo fiel y denunciando;
en fin, trepando por sobre las cabezas de otros. La medicina de
avanzada que ostentan, está apoyada en una ingeniosa propaganda,
pero en realidad es una triste farfolla.
Los delineamientos de su 'mar de felicidad' han encontrado eco
en un gobierno antinacionalista, formado por una chusma precaria
de talentos.
Por ello, con la creatividad
castrada y a un coste de 1,3 millones de dólares diarios,
prefieren buscar 'asesorías' y enviar enfermos a la isla.
Su nulidad y estulticia les impide tomar medidas de contingencia
para ayudar a tanto necesitado que clama en nuestros
hospitales por la resolución de sus problemas.
Como usted declara,
traer '1.500 profesionales' de sus fábricas de médicos,
es otro inaudito ejemplo de traición a la Patria, de desnudez
neuronal, un intolerable insulto, una incomprensible medida si
se toma en cuenta, por una parte, el desempleo local y, por la
otra, el que apenas son necesarios menos de 59 médicos
para llenar las medicaturas vacantes para las que, estoy seguro,
hay voluntarios.
Las erradas políticas de salud no son culpa de los médicos.
Son exclusiva competencia del Estado venezolano.
Hago mío el
eco lastimero de mis pacientes y reclamo para ellos el dinero
que injustamente se le regala a ustedes. Esos pobres seres han
visto empeorar sus dolencias a lo largo de cuarenta años
de apatía, pero,a no dudar, ahora se encuentran peor desde
que 'el proceso' trata de rasarnos con ustedes, por lo bajo.
Hay en la isla de Cuba
demasiados aspectos que mueven a vergüenza y dolor, demasiados
como para que usted cínicamente nos censure.Se puede engañar
a alguien una vez, pero no a todos todo el tiempo.
Dr. Rafael Muci-Mendoza
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