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Sabado, 4 de marzo de 2006
Mis mejores amigos
son homosexuales. Mi hermano y mi hermana lo son.
Sin embargo, no tendría que empezar este artículo
aclarando mi posición sin criticar ciertas posturas frívolas,
no posiciones ideológicas de los homosexuales, que no fuera
considerado en la actualidad políticamente incorrecto.
En las vacaciones del verano 
pasado, me topé con varios muchachos con camisetas que
lucían la famosa imagen del Che, del fotógrafo cubano
Korda, aunque se dice que los derechos de autor los cobra la dictadura
castrista desde hace mucho rato. Me acerqué a los jóvenes
y pude percatarme de que a juzgar por sus conversaciones, por
el modo de moverse, en sus almas
vibraba La Bayamesa, que es una de las tantas formas poéticas
que tenemos los cubanos para describir los amaneramientos femeninos
en los hombres.
Vivo en El Marais,
bohemio barrio parisino en cuyas casas se han instalado una buena
parte de la comunidad homosexual, masculina en su mayoría,
con su éxito de boutiques dedicadas al género. Intelectuales
burgueses, negociantes judíos, libreros y comerciantes
culinarios se asustan ante la invasión de tiendas chinas
al por mayor, de traiteurs
asiáticos y del mundo nocturno homosexual. Amo mi barrio
con su mestizaje y su amalgama de géneros, pero no puedo
pasar por alto que en las vidrieras de ropa para mariposas (otro
apodo poético para las locas) se exhiben con demasiada
frecuencia las camisetas con la imagen del Che. El Che en todos
los colores y a precios exorbitantes.
A principios de año
organicé una exposición de dibujos eróticos
de mi amigo, el pintor cubano Ramón Unzueta, en una de
mis librerías preferidas: Les Mots à la Bouche.
Meses más tarde firmaba ejemplares de mi novela Lobas de
mar traducida al francés en el mismo espacio. Le he tomado
mucho cariño al librero, Walter Alluch. Es un hombre alto,
atento, servicial y siempre que me aconseja un libro da en el
blanco. Fue el caso de La mauvaise vie de Fréderic Mitterrand,
alguien a quien admiro desde que hacía aquellos magníficos
programas de cine en la televisión francesa. La novela
autobiográfica de Fréderic Mitterrand es una joya
literaria y humana, y como me ha entrevistado en varias ocasiones
hemos podido conversar sobre Cuba.
Su punto de vista es muy claro en relación a la dictadura.
Me fascina quedarme arrebujada en un rincón de la librería
o bajar y descubrir las películas y los álbumes
eróticos. Vaya sorpresa que me llevé cuando al puntear
con el dedo los lomos de los DVD encontré una
película porno, filmada en Cuba, y en cuya portada sonreía
un joven cubano, en cuero de la cintura hacia abajo, mostrando
sus partes más íntimas -y ¡qué partes!-
y cubierto el pecho, no podía ser de otra manera, con una
camiseta roja con la figura del guerrillero,
delineado en negro. Me dije: "Ahí está, el
hombre nuevo".
Hoy me he vuelto a
tropezar con una loquita asiática, mano partida a la cintura,
remeneo de caderas y tumbe lánguido de párpados;
desde luego, camiseta chea, que en Cuba quiere decir, ridícula.
No me pude contener. Le pregunté si sabía quién
era el Che. Sonrió
tímidamente, "no me contestó".
Al llegar a casa llamé
a un amigo homosexual. Me comenta que toda esta "euforia
maricona" (palabras suyas, él es cubano) con el Che
se desprende de la película de Walter Salles. En el mes
de mayo de 2004 se acababa de estrenar en el Festival de Cannes
la cinta Diarios de motocicleta, cuyo tema es el viaje y descubrimiento
personal del
continente latinoamericano por dos jóvenes argentinos montados
en una vieja motocicleta, Ernesto Guevara, de 23 años,
estudiante de Medicina, y Alberto Granado, de 29 años,
bioquímico. Mi amigo me explica que un número importante
de homosexuales interpretaron que el Che era loca -no de carroza,
de motocicleta- porque lo interpretaba Gael García Bernal,
quien al mismo tiempo estrenaba personaje de loca en la película
de Pedro Almodóvar La mala educación.
El azar concurrente
lezamiano resulta delicioso. Con lo que odiaba el argentino a
los homosexuales, con lo que los persiguió en Cuba, y ahora
resulta que ha pasado de ser el héroe de mayo del 68 a
mártir del Orgullo Gay. Curioso. El personaje más
homofóbico que ha parido la Historia de las revoluciones
es adorado por ese público de consumidores de fanatismos
de izquierdas. Lamentable.
Voy a poner un ejemplo
publicado en el diario El Nuevo Herald digital el 28 de diciembre
de 1997: Cómo asesinaba el Che. Su autor es Pierre San
Martin:
"Eran los últimos
días del año 1959; en aquella celda oscura y fría
16 presos dormían en el suelo y los otros 16 restantes
estábamos parados para que ellos pudieran acostarse, pero
nadie pensaba en esto, nuestro único pensamiento era que
estábamos vivos y eso era lo
importante; vivíamos hora a hora, minuto a minuto, segundo
a segundo sin saber que depararía el siguiente.
Fue como una hora antes
del cambio de turno cuando el crujiente sonido de la puerta de
hierro se abrió, al mismo tiempo que lanzaban a una persona
más al ya aglomerado calabozo. De momento, con la oscuridad,
no pudimos percatarnos que apenas era un muchachito de 12 ó
14 años a lo sumo, nuestro nuevo compañero de encierro.
"¿Y tú
que hiciste?, preguntamos casi al unísono".
Con la cara ensangrentada
y amoratada nos miró fijamente, respondiendo: "Por
defender a mi padre para que no lo mataran, no pude evitarlo,
lo asesinaron los muy hijos de perra."
Todos nos miramos como
tal vez buscando la respuesta de consuelo para el muchacho, pero
no la teníamos. Eran demasiados nuestros propios problemas.
Habían pasado dos o tres días en que no se fusilaba
y cada día teníamos más esperanzas en que
todo aquello acabara.
Los fusilamientos son
inmisericordes, te quitan la vida cuando más necesitas
de ella para ti y para los tuyos, sin contar con tus protestas
o anhelos de vida.
Nuestra alegría
no duró mucho más cuando la puerta se abrió.
Llamaron a 10, entre ellos al muchacho que había llegado
último; nos habíamos equivocado, pues a los que
llamaban nunca más los volvíamos a ver.
¿Cómo
era posible quitarle la vida a un niño de esta forma; sería
que estábamos equivocados y nos iban a soltar? Cerca del
paredón donde se fusilaba, con las manos en la cintura,
caminaba de un lado al otro el abominable Che Guevara.
Dio la orden de traer
al muchacho primero y lo mandó a arrodillarse delante del
paredón. Todos gritamos que no hiciera ese crimen, y nos
ofrecimos en su lugar.
El muchacho desobedeció
la orden, con una valentía sin nombre le respondió
al infame personaje: "Si me has de matar, tendrás
que hacerlo como se mata a los hombres, de pie, y no como a los
cobardes, de rodillas".
Caminando por detrás
del muchacho, le respondió el Che: "Veo que vos sos
un pibe valiente"...
Desenfundando su pistola
le dio un tiro en la nuca que casi le cercenó el cuello.
Todos gritamos: asesinos,
cobardes, miserables y tantas otras cosas más.
Se volteó hacia
las ventanas de donde salían los gritos y vació
el peine de la pistola. No sé cuántos mató
o hirió. De esta horrible pesadilla, de la cual nunca logramos
despertar, pudimos darnos cuenta después, en la clínica
del estudiante del hospital Calixto García,
adonde nos habían llevado heridos. Por cuánto tiempo,
no lo sabríamos, pero una cosa sí estaba clara:
nuestra única baraja era la de escapar, única esperanza
de superviviencia".
Cito en toda su integridad
el testimonio con la esperanza de que la comunidad homosexual,
con quien me identifico y de quien soy solidaria, entienda que
llevar la imagen del Che como moda, constituye un insulto para
muchas de sus víctimas, entre las que se encontraron grandes
escritores homosexuales cubanos: Virgilio Piñeira y Reinaldo
Arenas. Sin contar los niños que han crecido traumatizados
con el famoso lema como tarea vital: "Seremos como el Che".
O sea guerrilleros y terroristas.
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