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La sociedad cubana lleva hace mucho tiempo mostrando signos inequívocos
de agotamiento. Tras casi cincuenta años de imposiciones,
de gobierno autoritario, de negación de la diversidad,
de la disidencia, del contraste de criterios u opiniones, de diálogo
entre los distintos sectores sociales y de inmovilismo, Cuba es
hoy una sociedad agotada, sumisa, temerosa y empobrecida. Y también
una sociedad violenta, donde la violencia ha sustituido a la paz.
Porque no puede haber paz donde existe discriminación y
el ejercicio de los derechos universales de los hombres y mujeres
que componen la sociedad son castigados, perseguidos, hostigados.
La paz es sinónimo de democracia, de tolerancia, de diálogo,
porque la paz no puede imponerse a golpe de bayoneta o amenazas,
no es paz la cultura del silenciado o del obligado a callar.
Con la desaparición
de escena del único y máximo mandatario desde hace
casi cincuenta años, para Cuba se abren nuevas expectativas
y esperanzas. La herencia que recibe Raúl Castro no es
fácil. Hereda un país arruinado económica
y moralmente, que clama urgentes cambios. Pero sólo hay
un camino posible para lograr que Cuba remonte de su ruina y transforme
la cultura de la violencia y la intolerancia en otra donde impere
la paz y el respeto profundo a la diversidad y a los derechos
humanos, y es el del diálogo con los sectores sociales
hasta ahora considerados enemigos por ser objetores o disidentes.
Paz, desarrollo y democracia están profundamente ligados
porque donde no hay democracia y se impone el dominio de un solo
hombre o una sola idea aparece el inmovilismo, el rencor, la animadversión
o la indiferencia. No es posible levantar un país y convertirlo
en un país próspero y desarrollado con tales mimbres.
Pero tampoco es posible levantar un país que necesita mirar
hacia el futuro removiendo odios y rencores.
Una sociedad próspera
y dinámica exige la participación de todos sus ciudadanos
y el que dicha participación esté asegurada desde
las estructuras de poder, siendo la legislación igual para
todos la garantía de su universalización y de su
justicia.
Una sociedad no democrática
y regida por la persecución y el encarcelamiento del disidente
es una sociedad abocada a su propia ruina. Hoy, las calles de
La Habana son una metáfora del grado de deterioro al que
un país autoritario y dictatorial puede llegar. Odio, desconfianza,
rencor, disimulo o indiferencia son las características
que terminan por imponerse en una población obligada a
ser sumisa y obediente para sobrevivir y huir de la persecución
y la intolerancia. Una sociedad, en definitiva, regida por la
violencia.
Pero la renuncia generalizada
a la violencia exige el compromiso de toda la sociedad. Cuba debe
pasar de la cultura de la intolerancia y el absolutismo que la
ha venido caracterizando a una cultura de paz y diálogo,
de reconocimiento de la diversidad y del respeto profundo a todo
ser humano, sea cual sea su opinión, su credo, su aspiración.
Raúl Castro tiene en sus manos la posibilidad de construir
una nueva Cuba. Pero para ello es urgente movilizar a toda la
sociedad garantizando el respeto profundo a los derechos humanos,
parando las detenciones arbitrarias, excarcelando a los cientos
de presos de conciencia, legalizando a las asociaciones de la
sociedad civil alternativa, a los partidos políticos, a
los sindicatos. Y, en un futuro inmediato poner su cargo a disposición
de los ciudadanos cubanos, únicos legitimizados para refrendar
un poder que no le pertenece por herencia. Porque el poder sólo
pertenece a todos y cada uno de los ciudadanos y ciudadanas nacidas
en el mismo suelo y bajo el mismo cielo. En un mundo libre y democrático
el gobernante es un representante, no el dueño del poder.
¿Será
Raúl Castro capaz de todo ello? La Comunidad Internacional
mira expectante a los próximos cambios que se avecinan.
Pero Raúl Castro mientras parece tender una mano al diálogo
y la distensión, sigue encarcelando y condenando. Malos
mimbres para una transición en paz.
El cambio exige la
participación y la cooperación de todos y cada uno
de los cubanos, sin exclusiones. Para cambiar, Cuba necesita a
toda Cuba.
El pueblo cubano, en
su más amplia extensión, debe iniciar el camino
de la paz, la tolerancia, la convivencia. La renuncia generalizada
a la violencia exige el compromiso y la cooperación de
toda la sociedad. Tanto de los que han sido víctimas como
verdugos. No son temas de gobierno sino de Estado. Aunque en Cuba,
en los cincuenta últimos años ambos conceptos hayan
sido confundidos en un solo bloque monolítico. Es un tema
de Estado porque, bajo tal, la convivencia de todos los hombres
y las mujeres ha de ser y estar garantizada. El Estado de Derecho
implica la protección de todos, no sólo de los mandatarios
o sus seguidores. Y exige leyes universales e iguales para todos.
Sin discriminaciones políticas, ideológicas, culturales
o raciales.
En 1989 un sistema
caía porque pretendió anteponer la igualdad a la
libertad y se olvidó de ésta última. Porque
en el camino, unos cuantos tenían derechos mientras otros
por pretender su ejercicio eran encarcelados o masacrados. Sin
embargo, un sistema basado sólo en la libertad, olvidando
la justicia social, la igualdad o la solidaridad correría
la misma suerte. Igualdad, tolerancia, convivencia, solidaridad,
derechos humanos, libertad, paz, justicia, diálogo, son
distintas caras de un mismo cubo.
Las fuerzas armadas
deben ser garantía de estabilidad democrática y
protección de la ciudadanía. De toda la ciudadanía.
Sólo así será posible consolidar el nuevo
marco de democracia al que los cubanos aspiran y por el que la
Nación Cubana debe transitar. Raúl Castro, como
jefe supremo de las Fuerzas Armadas y como presidente actual de
la República, tiene en sus manos la posibilidad de favorecer
los cambios que Cuba ansía y urgentemente necesita. La
excarcelación de los cientos de presos de conciencia y
la legalización de todas las formas de expresión
y asociación de la sociedad civil serían la primera
demostración de una voluntad de normalización y
búsqueda de la paz.
Son muchas las heridas
a restañar que estos largos años de intolerancia
y absolutismo han producido. Pero sólo hay un camino capaz
de evitar aún mayor sufrimiento a la Nación cubana
y es el de la deposición de las armas y el camino a la
transición. El derecho a la paz, a vivir en paz, implica
que la razón de la fuerza sea sustituida por la fuerza
de la razón. La reconstrucción de la sociedad cubana
exige mirar hacia el futuro.
Cuba reclama una transformación
profunda desde la opresión y el confinamiento a la apertura
y la generosidad, desde el odio y la intolerancia a la convivencia
pacífica, a la construcción de la democracia, al
reconocimiento de iguales derechos universales para todos y todas
los ciudadanos. La paz no es una abstracción, posee un
profundo contenido cultural, político, social. Pero exige
asumir la sabiduría de que sólo a través
de la paz y el diálogo será posible reiniciar un
nuevo camino y reconstruir social, económica y políticamente
el país. Debe producirse el advenimiento del compartir,
esto es "partir con" que exige la participación
de todos, la conjunción de todos. Sin exclusiones porque
el diseño de la nueva Cuba próspera, democrática
y pacífica debe ser cosa de todos los cubanos, sin excepciones
y sin injerencias externas, porque sólo los cubanos han
de ser dueños de su propio destino.
Luz Modroño,
GIRSCC
Diciembre, 2006
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