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SALUD PUBLICA
Heptagonía
Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) - Siete días atada al martirio. Una semana prolija en desquiciamientos y otras manías que el caos exhibe como cuchillos de plata. Allí la esperanza es un cadáver decapitado. El sosiego una mirada mortecina y la piedad, un fantasma que se va de ronda.

En el lugar la mentira se esparce con soltura, vuela junto a los vapores albañales que reparte el baño quebradizo y letal. El inodoro es un resumen de soberbias. De su hondura la peste muerde y las ratas también. Un trozo de roca es la clausura necesaria. Es un ritual en las noches para que el hedor no insista en raptar los sueños y los roedores no puedan salir a hacer de las suyas.

Cuatro horas repartidas en dos días, bastaron para añadirle a mi memoria nuevas instantáneas del sainete y la tragedia. Todo dispuesto para mostrar los desdoblamientos, el realismo en sus versiones más sorprendentes.

Unas quince mujeres en el escenario. Quince camas despintadas en el set al lado de unas mesitas con serias secuelas de vandalismo.

Todas las damas ensimismadas en sus problemas, en sus incertidumbres y en su próximo rol, que puede ser la muerte. Una instancia real dentro de las fronteras de la sala Yarini, un edificio lleno de pobrezas y fatalidades, enclavado en los interiores del Hospital Calixto García.

Es en La Habana donde se desenvuelven estos capítulos para reír y llorar. Reír impulsado por una extraña fuerza que generan algunas calamidades que de tan insólitas extraen de los pulmones las no pocas veces inoportunas carcajadas, y llorar cuando el sufrimiento se torna denso como el Atlántico.

Ya apenas tengo ímpetus para descorrer las cortinas de una sonrisa. Las angustias son cerrojos que impiden la libertad de las alegrías.

No es que la tristeza sea una deidad monoteísta, basta saber que ser disidente en Cuba es como caminar sobre un desfiladero tallado en los resquicios de un abismo.

Lo visto bajo este monumento al relajo y la indolencia refleja que salud pública en la isla es una trompetilla al buen empeño, un viaje en primera clase a la hecatombe.

En conclusión, en estas atmósferas del desatino y la inhumanidad, se padece la enfermedad que atacó sin previo aviso y del asalto inmisericorde del abandono.

Nadie me hizo la historia. Los hechos los palpé con estas manos que ahora intentan reproducir una parte de eso que todavía llaman hospitales. Puedo alegar, con propiedad, que el churre pasó de la eventualidad a lo perpetuo. En las sábanas está representado con bombos y platillos. Ni hablar de las paredes y el piso. En ambas instancias es rey absoluto.

Si llueve, el agua cuenta con pase abierto. Las ventanas son nombres mal correspondidos. Si persisten en llamarlas como tales me atrevo a proclamarle cosmonauta ante los pilotos de N.A.S.A., sin ningún recato.

Mi familiar, que gracias a Dios, no terminó en la morgue, tuvo que esperar tres días por un análisis de sangre. Ayunos en balde, fatigas. Una anciana convertida en un cero a la izquierda. Simplemente, casi no hay especialistas para efectuar estos tipos de exámenes. Esa fue la disculpa, lanzada al ruedo como un alud de insensatez.

La limitada existencia de jeringuillas, los robos de las pertenencias, la recurrente aparición de gérmenes patógenos en las salas, la mala elaboración de los alimentos, son elementos para pensar, sobradamente, que la asistencia médica en Cuba es gratuita y que la muerte es otro regalo envuelto en papel de celofán.

Fueron siete días agónicos. Una semana aprendiendo a morir.

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