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LA HABANA,
Cuba - Octubre (www.cubanet.org) - Siete días atada al
martirio. Una semana prolija en desquiciamientos y otras manías
que el caos exhibe como cuchillos de plata. Allí la esperanza
es un cadáver decapitado. El sosiego una mirada mortecina
y la piedad, un fantasma que se va de ronda.
En el lugar la mentira
se esparce con soltura, vuela junto a los vapores albañales
que reparte el baño quebradizo y letal. El inodoro es un
resumen de soberbias. De su hondura la peste muerde y las ratas
también. Un trozo de roca es la clausura necesaria. Es
un ritual en las noches para que el hedor no insista en raptar
los sueños y los roedores no puedan salir a hacer de las
suyas.
Cuatro horas repartidas
en dos días, bastaron para añadirle a mi memoria
nuevas instantáneas del sainete y la tragedia. Todo dispuesto
para mostrar los desdoblamientos, el realismo en sus versiones
más sorprendentes.
Unas quince mujeres
en el escenario. Quince camas despintadas en el set al lado de
unas mesitas con serias secuelas de vandalismo.
Todas las damas ensimismadas
en sus problemas, en sus incertidumbres y en su próximo
rol, que puede ser la muerte. Una instancia real dentro de las
fronteras de la sala Yarini, un edificio lleno de pobrezas y fatalidades,
enclavado en los interiores del Hospital Calixto García.
Es en La Habana donde
se desenvuelven estos capítulos para reír y llorar.
Reír impulsado por una extraña fuerza que generan
algunas calamidades que de tan insólitas extraen de los
pulmones las no pocas veces inoportunas carcajadas, y llorar cuando
el sufrimiento se torna denso como el Atlántico.
Ya apenas tengo ímpetus
para descorrer las cortinas de una sonrisa. Las angustias son
cerrojos que impiden la libertad de las alegrías.
No es que la tristeza
sea una deidad monoteísta, basta saber que ser disidente
en Cuba es como caminar sobre un desfiladero tallado en los resquicios
de un abismo.
Lo visto bajo este
monumento al relajo y la indolencia refleja que salud pública
en la isla es una trompetilla al buen empeño, un viaje
en primera clase a la hecatombe.
En conclusión,
en estas atmósferas del desatino y la inhumanidad, se padece
la enfermedad que atacó sin previo aviso y del asalto inmisericorde
del abandono.
Nadie me hizo la historia.
Los hechos los palpé con estas manos que ahora intentan
reproducir una parte de eso que todavía llaman hospitales.
Puedo alegar, con propiedad, que el churre pasó de la eventualidad
a lo perpetuo. En las sábanas está representado
con bombos y platillos. Ni hablar de las paredes y el piso. En
ambas instancias es rey absoluto.
Si llueve, el agua
cuenta con pase abierto. Las ventanas son nombres mal correspondidos.
Si persisten en llamarlas como tales me atrevo a proclamarle cosmonauta
ante los pilotos de N.A.S.A., sin ningún recato.
Mi familiar, que gracias
a Dios, no terminó en la morgue, tuvo que esperar tres
días por un análisis de sangre. Ayunos en balde,
fatigas. Una anciana convertida en un cero a la izquierda. Simplemente,
casi no hay especialistas para efectuar estos tipos de exámenes.
Esa fue la disculpa, lanzada al ruedo como un alud de insensatez.
La limitada existencia
de jeringuillas, los robos de las pertenencias, la recurrente
aparición de gérmenes patógenos en las salas,
la mala elaboración de los alimentos, son elementos para
pensar, sobradamente, que la asistencia médica en Cuba
es gratuita y que la muerte es otro regalo envuelto en papel de
celofán.
Fueron siete días
agónicos. Una semana aprendiendo a morir.
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