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La Habana, 5 de diciembre de 2005
Servir al Comandante,
más que oficio, es profesión de fe. Se gana tanto
como sirviendo al Diablo, y se pierde en proporción adecuada.
Son muchos los hombres que le han servido con lealtad. Entre ellos
están los que lo han hecho embriagados de patriotismo,
con la esperanza y el corazón puestos en la idea y no en
el hombre. Estos se extinguieron hace mucho tiempo.
Quedan los que consagran
su servicio al hombre, éstos son los hombres del Comandante.
Son personas con hábito castrense y castrista.
Preparados para la bala, pero también para el insulto y
el escarnio público. Algunos han llegado a ser abofeteados.
La norma es que los caídos en desgracia se humillen. Pero
los hay que rompen diques. Como el otrora poderoso empresario
de construcciones civiles que retó al Comandante a liarse
a puñetazos y acabó ocupándose de la basura
en un
oscuro municipio habanero.
Entre los castristas
hubo y hay gente digna. Uno de ellos fue el ex canciller Robaina.
¡Quien lo diría! Robaina, bautizado por su pueblo
de bromistas como "pulovito" o como "Salsero Mayor",
por insistir en ser quien era y por ende, vestirse y pensar como
le dictaba su
cabecita, fue digno en su caída. Hoy, trabaja envuelto
en la atmósfera fluvial del contaminado río Almendares.
Se ocupa de problemas resueltos y asuntos sin importancia. Comparte
estas responsabilidades con otro ex ministro en desgracia.
Otro de los hombres
del Comandante en desgracia es el célebre José Luis
Padrón. Este fue uno de los golden boys del antiguo Ministerio
del Interior. Compartió castings con Antonio de La Guardia,
el condotiero chileno Carlos Alfonso ("Guatón",
Max Marambio) y toda aquella ilustre banda de forajidos. Luego
de ser humillado, perdió además a su hija adolescente
en un oscuro incidente vinculado a su defenestración.
Dicen los que le conocen
que permanece fiel a su Comandante. Sin comentarios.
Todo parece indicar
que servir a Fidel Castro es un asunto muy escabroso. Como apuntamos
al principio, equivale a servir al Diablo. Al final se pasa la
cuenta y el saldo suele ser desfavorable para los servidores.
¿Qué
me dicen de José Abrantes? El pobre tipo murió en
una mazmorra idéntica a las que usaba contra los enemigos
del poder que ostentaba. Sufrió el trato profesional que
contribuyó a perfeccionar. Fue defendido por el mismo Comité
Cubano Pro Derechos Humanos que combatió en sus días
triunfales de ministro castrista. Dio a sus semejantes un ejemplo
fáctico de cómo funciona la Ley de Karma. Murió
abandonado, traicionado y solo.
Otro ejemplo clásico
es el del Comandante de la Revolución Ramiro Valdés.
No perdió la vida y conserva los oropeles oficiales. Sólo
perdió la confianza de sus antiguos subordinados del Ministerio
del Interior. También la autoestima. No pudo o no quiso
interceder por sus hombres cuando éstos cayeron en desgracia
en 1989. Hoy es un
cadáver político entorchado en quien nadie cree
y de quien nadie espera algo.
Ni tan siquiera la
familia escapa a este fatum. El otrora súper ministro Marcos
Portal fue chivo expiatorio en la última crisis energética.
Luego de "resuelta" la crisis, la electricidad ha quedado
en veremos. Seguimos a oscuras, las tarifas se incrementan y Doña
Yadira no da la luz.
Siempre existen las
excepciones que confirman la regla. Una muy significativa es el
general de cuerpo Abelardo Colomé Ibarra -Furry para los
suyos. En 1989 -según fuentes muy confiables- rehusó
presidir el Tribunal que juzgaría a su colega de armas
Arnaldo Ochoa.
Alegó que el general Ochoa salvó su vida en una
de las empresas internacionalistas en que participaron juntos
siendo jóvenes. A pesar de este gesto, sin duda alguna
valiente e hidalgo, conservó su lugar en la corte. No conozco
hasta el presente otro caso con estas
características. Mis respetos, general.
La otra cara de la
moneda, la tenemos en el también general Ulises Rosales
del Toro. Este pobre hombre puso su fidelidad al Comandante por
encima del agradecimiento al camarada que también salvó
su vida. En su momento presidió el tribunal que segó
la vida de Ochoa, La Guardia y los otros infortunados.
Recientemente fue humillado
e insultado en público por el Comandante. Debe asumir,
entre otras cosas, el desastre azucarero. Luego regresará
al regazo protector del número 2. Mejor hubiera sido no
salir nunca de allí, ¿verdad, Ulises? ¡Qué
le vamos a hacer! Así paga
el Diablo.
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