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"..Los elementos criminales de la ciudad la
han emprendido con los turistas.
Parece que los están matando para robarles. Se hace con
crueldad, como castigándoles por el privilegio que reciben.
Una forma muy negativa de protestar contra la discriminación
y la marginación que sufre el cubano...."
Por Juan González Febles
Cubanet / Noticuba Internacional
La Habana, 24 de noviembre de 2005
Andar La Habana presupone emociones encontradas. La sensación
angustiosa del desastre cercano y una inmensa misericordia por
sus habitantes entre los que me cuento. Un ejercicio perfecto
de autocompasión o de masoquismo por no querer abandonarla.
Todos los puestos de venta de productos agrícolas permanecen
cerrados. Pude conocer que los camiones de porteadores particulares,
que transportan los frutos del agro, son detenidos por la policía
en los accesos a la capital. Se trata de otra orden "de arriba".
Aunque la medida inquieta con razón a los habaneros, el
regimen no se ha
pronunciado sobre el particular.
La ciudad se ha convertido en sitio injusto y desigual. Hay injusticias
sociales y discriminaciones de muchas aristas. Se incluye entre
éstas, la racial. Pero la más común es la
que se ejerce por origen nacional. Es desventajoso ser cubano
en Cuba. Es peligroso manifestar desacuerdo con el regimen.
Uno de los más atractivos espacios citadinos lo es sin
lugar a dudas, el colonial. La Oficina del Historiador de la Ciudad
ha hecho un trabajo impresionante. Un rincón diferente.
Hoteles, boutiques, cafeterías, devenidos lugares bellos,
limpios y bien iluminados. La única pregunta que cabría
hacerse ante tanto acierto es: ¿Por qué no
veo negros?
Prácticamente no trabajan negros en el Casco Histórico.
No se les ve en ninguna instalación turística de
importancia. No existen como fuerza de trabajo para la Oficina
del Historiador. Han quedado para merodeadores y, en el mejor
de los casos, como payasos. Son la materia prima para el turismo
sexual, que parece ser el gancho
principal de la industria en la Isla.
Cuando se anda la ciudad vieja uno tiene la sensación
de andar por un circo. La mayor parte de los visitantes extranjeros
vienen de vuelta de otros destinos turísticos. Se muestran
críticos con la miseria con que convivieron en Guatemala
o la República Dominicana. La que ven en nuestra tierra
la justifican. Les parece bien, y nuestra gente ha comenzado -quizás
un poco tardíamente- a detestarlos.
Los elementos criminales de la ciudad la han emprendido con los
turistas. Parece que los están matando para robarles. Se
hace con crueldad, como castigándoles por el privilegio
que reciben. Una forma muy negativa de protestar contra la discriminación
y la marginación que sufre el cubano.
Reciclaron la violencia en que fueron formados. Porque la sociedad
cubana es una de las más violentas del orbe. Se trata de
la violencia que ejerce el estado contra el ciudadano. Se trata
del estado que impuso la pena de muerte y los mítines de
repudio. El estado que descalifica a los que se atreven a pensar
diferente.
La respuesta inicial que ha dado ese estado a la violencia en
las calles, es típica de su esencia farisea. En diversas
asambleas de vecinos, celebradas en distintos lugares de la capital,
han asistido policías de Seguridad del Estado. Los mismos
se han referido
tangencialmente a la violencia contra los turistas.
Achacan el fenómeno a la visualización de películas
norteamericanas por cable. Como de costumbre, la culpa se encuentra
al norte del Estrecho. Todo en medio de una política confrontacional
de inspiración oriental. En vez de modernización
al estilo vietnamita o
chino, se opta por cambodización y guardias rojos trasnochados
y maoístas.
No puede ser de otra forma. La cúpula gobernante castrista
está compuesta por personas conocedoras del método
para la preparación de emboscadas. De cómo asaltar
cuarteles al amparo de las sombras. Pocos entre estos dirigentes
saben lo que es trabajar duro para sacar adelante una familia.
Ninguno ha tenido éxito creando riqueza o fortuna.
Se trata de personas formadas en y por la violencia. Buenos para
nada que no poseen experiencia laboral alguna. Gente con vocación
para el show. Muy capaces de abricarse un circo con espectadores
que llegan, aplauden y se van.
Un circo con una función larga hasta el cansancio, de
más de cuarenta y seis años. Con carpas remendadas,
sillas sin espaldar y payasos tristes. Un espectáculo de
artistas del hambre que danzan con lobos al compás de marchas
militares desafinadas, látigo ncluido. El circo de los
dos hermanos en su última función.
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