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FIDEL CASTRO: UN BOCHORNO PÚBLICO
Jorge Hernández Fonseca
www.pehacubana.com


Se aceleran los acontecimientos en la Habana cuando sus altos dirigentes hablan directamente de “entregas de poder a no mentecatos”, mientras el mundo exterior observa indolente como un pueblo entero sucumbe ante el peso de su propia abulia, que deja translucir nítidamente los síntomas del cansancio después de una larga y pesada jornada de opresión y carestías.

El dictador envilecido hace reunir a la flor y nata de su gobierno y su partido para abochornarlos públicamente, frente a las cámaras de la YV nacional - cual abuelo autoritario y jocoso - y ante un auditorio permisivo que ha perdido lo más importante de todo ser humano: su dignidad.

Personas formadas por las largas jornadas de la dura vida dentro de la isla, con estudios superiores en diversas especialidades del mundo administrativo, económico y tecnológico, conocedores en su mayoría de varias lenguas extranjeras y con experiencia de mando en las tareas que obliga la difícil vida civil cubana, se ven impelidos de responder sandeces ante un anciano despistado e inquisidor, que los hace hablar cual zombis temerosos, cantando cifras inventadas que después le costarán el cargo. Esa es la triste vida de los altos jefes de la isla.

Un teatro bufo ejecutado por “la más alta dirección de la revolución cubana” ocupada ahora en febriles anuncios y promesas sobre “almohadillas íntimas femeninas”, “compra de inodoros en Venezuela” y “asignaciones adicionales de papel higiénico a las provincias orientales afectadas por la sequía”. ¡Un desastre nacional que da vergüenza ante los ojos del mundo civilizado!

Pero todos ellos son culpables y saben profundamente el error que cometen al parase firmes ante el anciano déspota que los desprecia, para responder preguntas absurdas en público, que justifiquen su posterior ‘truene’ y condena al anonimato, como método de continuar el avasallador ritmo de desbarajuste e incompetencia económica que reina actualmente en la isla.

No se dirige un país - al máximo nivel - (presidente de todo) decidiendo el menudeo de los cordones de los zapatos, el desodorante en barras, o el hilo de cocer. Nunca, siquiera en las más absolutas de las monarquías o cacicazgos, el mandarín decidió como se lavaban la boca sus súbditos. Para esto siempre existió una sociedad civil económicamente activa, la que siempre veló celosamente - sin nadie mandarla - por los millones de detalles de la vida social.

La vida económica no se hace por la responsabilidad que el monarca deposita en alguien, sino más bien por aquel impulso antropológico individual de haber detectado atomizadamente una oportunidad potencial, solucionando la cual habría de realizar un negocio que le daría seguridad económica al tiempo que ofrecía una solución de las necesidades de manera independiente.

No es posible resolver el problema cubano sin la participación de todos los miembros de su sociedad civil - de todos - autorizándolos a convertirse en entes económicamente activos e independientes del control del estado, para que cada cual ofrezca su cuota de soluciones económicas - los que puedan y sepan - según sus posibilidades, unos destilando vino, otros haciendo ropas, otros sembrando para la venta, otros haciendo pan y así sucesivamente.

Ya lo escribió genialmente siglos atrás Adam Smirh: ‘el panadero, cuando vende su delicioso pan, no piensa tanto en la satisfacción de quien lo compra, como en la ganancia que él mismo va a obtener con su venta’. Vendiendo el mejor pan hará el mejor negocio y es por eso que el pan es bueno, porque persiguiendo un objetivo individual consigue paralelamente un objetivo social de ofrecer auto obligadamente el mejor producto, para obtener su mayor ganancia.

Eso se llama capitalismo y esa es la única solución posible a las preguntas que hace el dictador cubano en el circo semanal que ha conformado para hablar del ‘chocolatico y de las ollas’ Estas reuniones baladíes marcan, después de 46 años de sufrimientos, la antesala de la derrota de la ideología fidelista y comunista en Cuba y es el anuncio más importante de la muerte del sistema dictatorial en la isla, expresada genialmente en una de las opiniones leídas por el dictador recientemente: “ni chocolatico ni lechita en polvo, lo que queremos es comida”.

Estas son las razones subliminares de Alarcón cuando cometió el acto fallido de anunciar la “entrega del poder a algún no mentecato”, pensando en su deteriorado y vergonzante dictador.