|
Si rectificar es de sabios me estoy aproximando a esa condición
de excepción porque admito públicamente mi error
al interpretar un término que se usa con extrema frecuencia
en este singular universo de la oposición política
cubana en el exterior.
El término de
marras es Reconciliación y es que en más
de una ocasión había comentado con mis amigos que
tal palabra no tenía sentido entre nosotros porque con
la dictadura cubana no era posible tal acontecimiento y con el
pueblo no era necesario porque nunca habíamos estado en
conflicto con él.
Sin embargo, la lectura
y el escuchar a varias personas que en su momento estuvieron asociados
al régimen me hizo reconsiderar esa opinión porque
he percibido que junto a los naturales sentimientos de frustración
y amargura que debe producir perder la fe por lo que se ha luchado
buena parte de la existencia cohabita entre algunas de estas personas
mal llamadas desertores la convicción de que sólo
la vertiente de la generación que llegó a la adolescencia
cuando el triunfo de la insurrección y que se incorporó
al proceso revolucionario, se encontraba en el camino justo. También
he creído percibir en algunos de ellos cierto resentimiento,
animadversión hacia aquellos que no compartimos su pasado.
Esa percepción
me ha determinado a escribir estas líneas porque aunque
no dudo que la mayoría de los jóvenes que se sumaron
a la Revolución estaban asistidos de los mejores ideales-
lo comprueba el hecho de que cuando el castrismo torció
el rumbo del proceso muchos empezaron a hacer oposición
y lideraron ésta- también es verdad que todos
no eran justos ni estaban entre ellos todos los justos.
Tal vez las reflexiones
que me han provocado lo leído y escuchado no sea políticamente
correcto hacerlas públicas pero aun así creo imperativo
decir mis puntos de vistas al respecto porque coincido con un
artículo que publicó la doctora Hilda Molina en
el diario El Nuevo Herald hace varios años en el que expresaba
es imprescindible que no nos engañemos y que valoremos
objetivamente el pasado y el presente del país.
Los acontecimientos
políticos que se desencadenaron a partir de 1959 en Cuba
mediaron de una forma determinante en toda la vida nacional pero
muy en particular en lo que podemos llamar muy libremente la generación
de los 60. La influencia en los jóvenes de aquellos años,
hoy pasamos a garrocha los 60 por lo tanto tenemos licencia para
escribir sobre ciertas cosas, alcanzó extremos que no tenían
precedentes en nuestra historia.
Aquella generación
se incorporó casi masivamente a la vida política
nacional y una buena parte de ella asumió el discurso oficial
como propio y participó en la imposición a como
diera lugar de los conceptos ideológicos y políticos
en boga, unos practicaron la violencia, el acoso y la intimidación
no sólo contra los que rechazaban al nuevo orden, sino
también contra aquellos que en disfrute de un derecho natural
se negaban a involucrarse en la gran marcha al luminoso futuro
y otros dieron la espalda a la realidad y aprovecharon las oportunidades
que les ofrecía el nuevo orden.
No pongo en tela de
juicio el sacrificio de muchos de lo conversos. Algunos creyeron
sinceramente en la trinidad, Fidel Castro, Cuba y la Revolución.
Cultivaron la tierra, fueron a alfabetizar, cursaron estudios
en Cuba y en el extranjero, se separaron de sus familiares, trabajaron
con la Seguridad del Estado, se incorporaron a las milicias para
perseguir a los alzados, en fin lucharon arduamente a favor de
lo que creían y quizás un sinnúmero no se
percató que el uso de ciertos medios hacía imposible
que se pudiera construir el paraíso prometido.
Por supuesto que todo
no fue cortar caña, participar en actos de repudio o ir
a la Plaza a dar vivas al Mesías. También fueron
tiempos de tocar el cielo con las manos. Se disponía de
poder y de todo lo que de éste se deriva, incluyendo las
satisfacciones materiales a las que puede acceder una nueva clase
en un régimen totalitario, viajes, estudios, intercambios
internacionales, embajadas, etc. y los gozos espirituales de desarrollar
proyectos en los que se cree se van a concretar las ideas que
dogmáticamente se suponía que iban a beneficiar
a todos porque, y agrego esto por necesario, de todo ha habido
en la viña del señor Castro.
Fueron decenas de años
de entrega y dedicación y no pocos murieron por defender
en lo que creían. El tiempo fue el mejor maestro en aquellos
que en su buena fe se hicieron cómplices de innumerables
tropelías. Con canas, arrugas y achaques tropezaron con
la realidad. En plena madurez se dieron cuenta de lo estéril
que había sido el sacrificio. Habían ofrendado todo
por nada y en cierta medida habían ayudado a empujar la
carreta que tiene al país en el borde del abismo.
No tengo dudas de lo
azaroso que debe ser aceptar el haberse equivocado y estar consciente
de que se es responsable de esos desaciertos, por eso escribo
para aquellos que creyeron en el proyecto y que en su corazón
no se han reconciliado con sus errores y culpan en cierta medida
a los que no incurrieron en las pifias. Los que están conciliados
con su realidad no tienen porque sentirse aludidos.
Cuando esa vertiente
de mi generación se entregó a su sueño, la
otra parte, en verdad minoritaria, vivió y padeció
por sostener ideas diferentes.
También ellos
querían lo mejor para Cuba al extremo que se enfrentaron
a un gobierno que disfrutaba de la simpatía y la militancia
de la mayor parte de la ciudadanía y la admiración
casi general de todos los pueblos y muchos gobiernos en el mundo.
Anhelaban justicia
y querían Pan para todos pero bien sazonado de Libertad.
Para ellos el disfrute de una dignidad personal que no fuese menoscabada
por autoridad alguna era fundamental para que existiese una genuina
soberanía popular. Por esas querencias fueron discriminados
sin piedad alguna. Se les expulsó de centros de estudio
y trabajo. No disfrutaron de becas ni planes especiales. Los calificativos
de traidor, vendepatria y gusano les fueron endilgados sin consideración
alguna.
Los que practicaban
una religión se convirtieron en delincuentes. Se exhortó
a la delación. La Revolución estaba antes que la
familia, la amistad, la fe, la profesión y el que no acatara
tal mandato estaba en contra y por lo tanto era un enemigo. El
repudio, 20 años antes que el conocido proceso del Mariel,
fue una dolorosa experiencia para todos. Gustar de otra música,
usar ropas irregulares o cuestionar una orientación u orden,
era una herejía.
El sexo se vínculo
a la política. Una inclinación sexual heterodoxa
era objeto de severo castigo y de atroz discriminación.
La salida del país,
el desarraigo, el cambio de vida, el alejamiento de la familia
y los amigos junto al aborrecimiento y el desprecio que conllevaban
ciertas despedidas era la injusticia de aquellos que se proclamaban
justos, al extremo que si hoy muchos exiliados, no todos, disfrutan
de ventajas económicas no dudo que la mayoría hubiera
deseado permanecer en Cuba por tal de no haber enfrentado aquellas
traumáticas experiencias y sufrir en plena adolescencia
la pérdida de la familia y empezar a vivir como adultos
cuando apenas habían dejado de ser niños.
Pero el exilio fue
menos terrible que la prisión política que devoró
la juventud de millares, menos doloroso que aquellos campos de
concentración de la UMAP y los Pueblos Cautivos. La cárcel
fue crisol pero también un quebranta-sueños sólo
comparable al cruel paredón, a los desaparecidos en el
mar o a la tortura física y moral de la que tantos fueron
objetos.
Creo que un entendimiento
sincero entre las dos riadas de esa generación es más
que imperativa para que se pueda producir una Reconciliación
Nacional, pero hay que admitir que la buena fe o la ingenuidad,
las convicciones y la confianza en un liderazgo determinado no
confiere el derecho de imponer convicciones y menos aun, afectar
el derecho del prójimo a que labore por el progreso de
sus opiniones.
Me uno a la ya referida
exhortación de la doctora Molina de que no nos engañemos,
porque sólo cuando se está dispuesto a aceptar como
maléficas ciertas acciones y se acepta rechazar al Mr.
Hide que muchos llevan dentro, que traidor al País o lacayo
de yanquis o rusos eran calificativos injustos que se sustentaban
en la intolerancia de quienes lo proferían y en el sectarismo
que emanaba de las ideologías en que se militaba se estará
apto para la Reconciliación.
Mientras algunos sigan
creyendo que estaban Iluminados y habían sido Escogidos
para salvar al mundo y que por lo tanto estaban por encima de
las miserias humanas individuales y colectivas que sus actos provocaban,
no estaràn listos como un todo para enrumbar la República
al sano equilibrio social que reclama y necesita. A la Reconciliación
no se puede llegar por la amargura del fracaso ni por la euforia
del triunfo pero menos aun con los restos de una soberbia que
inmuniza ante la pena ajena. No se es mejor por haber tenido la
oportunidad de dar una conferencia en Moscú o Washington,
si acaso hay alguien sobresaliente es aquel que dio todo lo que
tenía por lo que creía y no dudo que de esos habían
en las dos riberas.
La Reconciliación,
nunca he sido religioso y si algún día lo soy será
por convicción y no por frustración de otras expectativas,
es en mi opinión un acto de contrición, de arrepentimiento,
de autocrítica. Un análisis sincero de nuestros
actos que haga posible, en primer lugar, el reconocimiento de
los errores y disposición a enmendarlos con la humildad
a que sólo se llega cuando se sabe que no se es perfecto
y que como actor se es responsable del libreto que se interpretó.
La penitencia de airear
nuestros errores y aceptar responsabilidades éticas y judiciales,
de existir éstas, tal vez sean la única patente
que garantice una Reconciliación que posibilite el renacer
de la nación y el compromiso de Nunca Más permitir
que se repitan los horrores del pasado por muy bellas que sean
las promesas y carismáticos sus cantores.
Pedro Corzo.
Diciembre 2006.
|