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''La historia cubana ha sido deformada
durante 45 años'', dice Eduardo Manet en su prólogo
al extraordinario libro del escritor e historiador del
arte William Navarrete: Cuba: la musique en exil (Cuba,
la música exiliada, L'Hartmattan, 2003). Libro
que, con su contenido esclarecedor, pretende y logra
destruir las cárceles de esas deformaciones impuestas
a la historia y la cultura de la nación caribeña.
Navarrete, cubano nacionalizado francés y
residente en París, desde esa capital ha realizado
numerosas actividades dando a conocer en Europa la
verdad del castrismo, además de mantener y
divulgar los valores de nuestra cultura con trabajos
como el libro que editara con Javier de Castro Mori,
una antología de artículos de varios
autores, Centenario de la República Cubana
(Universal 2002). También es un firme luchador
por el respeto a los derechos humanos en Cuba, que
a través de la organización Tercera
Repúbica de Cuba ha logrado, en gran parte
que numerosos diputados franceses apadrinen a periodistas
independientes y otros presos de conciencia en la
isla cautiva.
En el 2002, Navarrete obtuvo el premio de poesía
Eugenio Florit, por su libro Edad de miedo al frío.
Además de todas estas actividades de orden
político y literario, Navarrete es un investigador
apasionado como demuestran estas páginas que
recogen dos siglos de música cubana exiliada.
Con una prosa clara y sin pretenciones, la larga
y dolorosa historia de nuestra música en tierras
ajenas comienza con una abundante descripción
de sus orígenes en la isla, en el marco de
la ingente nacionalidad desde el siglo XVI, para luego
entrar a las luchas independentistas del XIX con su
prestigiosa panoplia de exiliados. En cuanto a músicos,
se inicia el rosario con los legendarios, Brindis
de Salas, José White, Cervantes y otros menos
conocidos, pero sumamente interesantes, como el compositor
y pianista santiaguero Rafael Salcedo de las Cuevas.
La República también hace su reguero
de talentos por el mundo y este libro no olvida los
casos de exiliados y emigrantes ilustres como Alejo
Carpentier y Mario Bauzá.
La llamada revolución de 1959 inicia el mayor
éxodo de talentos musicales y de todo tipo
que experimentara la isla, y aquí Navarrete
se explaya en una minuciosa narración de uno
de los más nefandos procesos destructivos en
América Latina. Su recuento llega hasta nuestros
días, donde aún siguen llegando nuevos
valores, cerrando con un comentario sobre la recientemente
desaparecida Celia Cruz, ``que nunca pudo regresar
a su tierra, ni siquiera a visitar la tumba de su
madre''.
Para el autor, la música cubana --punzante
paradoja-- es justamente expresión de la tragedia
nacional: ''Nuestra música, por muy alegre
que parezca, es una de las más tristes del
mundo. Lo es --y no vacilo en afirmarlo--, porque
detrás de cada nota tocada, de cada letra entonada,
por nuestros músicos y artistas en general,
hay un hondo pesar que anuda sus gargantas, y ese
pesar, se llama libertad'', dijo a principios de años
en su conferencia Cuba, una música expoliada,
pronunciada en el Congreso Cultural del Exilio, en
Madrid, organizado por la Asociación Española
Cuba en Transición.
Cuba, la música exiliada es un recuento imprescindible
para un cabal entendimiento de lo cubano en la música,
ya que recoge --dentro de un prolijo marco histórico--
tanto la música de Lecuona y Touzet como la
de Pérez Prado y ''Cachao'', ofreciendo un
vasto panorama del desarrollo de la música
cubana fuera de sus tierras, en paralelismo con el
avance musical dentro de la isla. Francia, España,
México, Estados Unidos, brindaron refugio a
los perseguidos artistas cubanos cubanos desde el
XIX; pero en las páginas finales de esta vasta
recopilación se incluyen también los
artistas surgidos ya en el exilio, como Gloria Estefan,
Willie Chirino, Marisela Verena y otros, al igual
que las nuevas generaciones de cantantes exiliados
como Malena Burke y Seve Matamoros.
Aunque no exhaustiva --tarea casi imposible--, los
casi 1,000 nombres de su índice onomástico
dan fe de la labor investigativa realizada. Pero es
preciso aclarar que no se trata de un libro más
de historia, de música o de exilio, éste
es a la vez un grito desgarrado de reclamo por unas
raíces y una cultura expoliadas, deformadas:
``Pienso, cuando escucho Por si acaso no regreso cantado
por Celia Cruz, y grabado en su álbum del 2000,
en todos aquéllos que han muerto sin volver
a ver el lugar donde nacieron, las primeras calles
por la que caminaron, los olores y los ruidos de su
infancia''.
Aunque escrito en francés --su traducción
al español es un deber urgente--, el valor
de su información traspasa la barrera del idioma,
amén de que las letras de las canciones y numerosas
citas aparecen también en español. Por
otra parte, sus datos de cifras y hechos son perfectamente
asequibles sin necesidad de un absoluto dominio de
la lengua gala.
Pero para aquéllos que puedan leerlo en el
idioma en que ha sido escrito --metáfora explícita
de la tragedia cubana el que una obra base de su cultura
se edite afuera y en lengua extraña--, este
libro es un archivo portátil, donde se pueden
encontrar fácilmente cientos de datos de la
evolución musical cubana en los últimos
dos siglos, ya que la ''música exiliada'' ha
estado íntimamente ligada a la de la isla.
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