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"LA
GRAN MENTIRA" |
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Eran aproximadamente las seis de la tarde cuando se presentó en la puerta de balaustres de la celda un militar alto, moreno, con cara de pocos amigos, preguntando si dentro de ese recinto había alguien que supiera trabajar un torno. La voz grave y con un tono verdaderamente autoritario aparentemente atemorizó a los más de cien hombres que había dentro de la celda (no era posible que dentro de tantos hombres no hubiera uno solo que supiera operar un torno). Miré a mi alrededor y nadie respondió la pregunta, nadie siquiera levantó la mano en señal de asentimiento. Yo no era tornero, jamás había tocado ese aparato, y aunque en mis tiempos de mecánico naval había visto muchos artefactos de esos trabajando, nunca me detuve siquiera a observar su funcionamiento. Ya hacia mas de seis meses que estaba en aquella inmunda celda que las autoridades llamaban "compañías". Celda enorme con capacidad para treinta y seis personas que albergaban a más de cien, ciento diez para ser exacto. Un pasillo angosto con literas de dos camas a cada lado, una puerta de balaustres de una pulgada y media a cada extremo del pasillo, una fija, la otra corrediza, dos agujeros a la entrada a mano izquierda que hacían la vez de sanitario, y justamente a un costado de esos agujeros, separados entre si por una especie de muro delgado de concreto de cuatro pies de altura, se encontraban las bañaderas, regaderas que no eran otra cosa que dos tuberías en la pared que echaban un chorro de agua fría, una o dos veces al día, esa agua era para beber y para asearse, lamentablemente nunca se avisaba la hora de poner el agua, así que la regadera se quedaba abierta hasta tanto llegara el preciado liquido. Solo unos diez minutos era bastante para que la población penal de esa compañía acumulara el agua suficiente para bañarse y beber. El militar estaba apunto de retirarse cuando sin saber por qué levanté mi brazo derecho al tiempo que decía: ¡Yo soy tornero! Todos me miraron con verdadera sorpresa, sabían de mi posición política, sabían de mi negativa a gritar consignas revolucionarias a la hora del recuento y sabían casi todo sobre mi vida, lo que nadie sabia era de mis habilidades como operador de torno, bueno, nadie podía saber lo que hasta ese mismo instante ni yo sabia. El uniformado me ordenó que me acercara a la puerta de balaustres de enfrente donde él se encontraba, después de algunas preguntas de rigor acerca de mis habilidades como tornero me dijo: ¡Prepárate que en la mañana vas para "La bloquera"! .Taller fabril donde trabajan bajo condiciones muy difíciles los afortunados presos de la prisión Combinado del Este en La Habana. La jugada era simple; llevaba mas de seis meses dentro de aquella pesadilla, sin ver el Sol, únicamente cuando tenía visitas de mis familiares cada cuarenta y cinco días, así que arriesgarme diciendo una mentira con el objetivo de salir de la prisión por unas cuantas horas diarias hasta que me descubrieran era completamente lógico. Porque considerando que se descubriera el embuste en solo tres días, hubieran sido tres días fuera de aquel infierno. Esa noche no pude pegar los ojos, una mentira de esa envergadura podía muy bien ser considerada por las autoridades penitenciarias como un sabotaje, cuando menos una provocación que me podía costar muy caro. Casi me arrepiento, sin embargo, creí que mas preso de lo que estaba jamás podría estar, así que al día siguiente cuando me vinieron a buscar fui tras el militar más confiado que el más profesional en la materia. Salir a La bloquera fue como nacer de nuevo, vi. el amanecer entre árboles, los talleres donde trabajaban algunas personas de civil, gente que salía de la cárcel todos los días, dormían en su casa y regresaban de nuevo a la cárcel, trabajadores civiles, personas que traían diariamente el acontecer diario de la Ciudad. Luego de formarnos militarmente en uno de los talleres que componían el enorme complejo fabril, después de recitarnos todo lo que no pudiera pasar en caso de querer escapar, en caso de mala conducta, en caso de no obedecer, en caso de no "reeducarnos" o lo que es lo mismo humillarnos. Cada militar llamó de una lista sus trabajadores. El oficial que me atendía era el mismo moreno que el día anterior me había reclutado en la puerta de balaustres de mi "compañía" Salí de la estancia tras él en compañía de tres presos mas. Recorrimos los talleres de mecánica donde trabajarían los otros reclusos, allí se quedaron no sin antes escuchar de nuevo la misma amenazadora cantaleta. El militar continuó camino acompañado de cerca por mí hasta llegar al lugar de trabajo. Un taller enorme con cinco tornos, dos dobladoras, dos fresadoras, cuatro taladros de pedestal y un equipo enorme de soldadura. Cuatro tornos estaban en plena faena, los torneros (presos también) hacían alarde de su destreza y conocimiento total de la maquinaria que operaban, aquello fue para mi muy impresionante, ver la destreza con que trabajaban aquellos hombres y compararlo con los conocimientos que yo tenia de tornería era como para mandarse a correr y entrar por si solo en una celda de castigo. Estaba frito (pensé) y no era para menos, en ese mismo instante comprendí que no duraría en "la bloquera" ni dos horas, qué dos horas, ni diez minutos, en cuanto el militar me pidiera una prueba de mis habilidades, allí mismo se fastidiaba la cosa. El oficial me dejó frente al torno para que me familiarizara, y se encaminó a una oficina pequeña que había justamente dentro del taller, a un costado de la enorme puerta principal. Yo me quedé frente a la maquina observándola detenidamente, buscando la manera de poder engañar al militar, pensaba que quizás podría engañar al guardia pero ¿Cómo me podía engañar yo mismo? De repente una voz a mis espaldas me preguntó: "¿Es Ud tornero?" Ciertamente no sabía que responder, no podía seguir mintiendo a todo el que se cruzaba en mi camino, así que antes que llegara el oficial decidí poner fin a tanta falsedad. "No, nunca he trabajado en un aparato de estos" "¿Cómo es posible entonces que lo hayan traído a trabajar a esa maquina?" "Porque yo mentí, para salir de aquel infierno por lo menos diez minutos soy capaz de venderle mi alma al Diablo" "No hay que llegar a tanto, te comprendo, yo hubiera hecho lo mismo" "Se que si, pero en cuanto el oficial se de cuenta que yo soy un impostor hasta ahí llegó mi felicidad" "¿Sabe Ud algo de mecánica?" preguntó el tipo a mis espaldas, que era el operador recluso del torno paralelo al mío; detuvo su maquina al tiempo que me dijo con cierta rapidez. "Toma la cuchilla que está en cima del plato del torno, ponla en la torre del delantal, apriétala junto al disco, una vez bien ajustada, pon en marcha la maquina y cuando el sinfín se presione contra el delantal, déjalo así por espacio de unos segundos, eso hará que la barra sinfín se doble haciendo que tengas que reparar la maquina, una semana, quizás dos, tiempo suficiente para que aprendas a operarla. No pierdas tiempo, dale" No perdí tiempo, tenía que hacer lo que me decía aquel hombre antes que el militar llegara, de manera que cuando me diera mi labor del día poder comunicarle de la rotura del equipo, una rotura que supuestamente estaba en la maquina antes de yo llegar, es decir, el guardia tenía que darme la orden de reparar el equipo una vez le informara que estaba roto. Así lo hice, seguí al pie de la letra lo que me dijo el preso y justamente unos segundos antes que el militar llegara ya el sinfín del delantal del torno estaba torcido como una serpiente. El guardia no notó nada, cuando llegó solo me entregó unos planos de tornillos he hilos de rosca, me indicó donde estaba la materia prima y se marchó, yo esperé unos minutos, luego fui a la oficina y le di la mala noticia. El guardia se puso las manos en la cabeza y balbuceó: "Cómo es posible" Se incorporó y salió de la oficina apresuradamente con rumbo al torno que me había asignado, después de observarlo por espacio de unos minutos, y comprendiendo yo que él tampoco sabía un pepino sobre tornos, me preguntó: ¿Puedes repararlo? "Si" respondí de manera tajante, y gustosamente continué diciéndole: "Su reparación me llevará unas dos semanas, de modo que en ese tiempo no podré ponerlo en marcha". El militar se fue murmullando varias malas palabras pero completamente convencido que yo era, aparte de tornero, también mecánico. Dos semanas, tiempo suficiente para estar fuera del infierno que representa la cárcel Combinado del Este de La Habana, en caso de que no aprendiera a operar la maquina.
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